A mí me gusta con leche

Guillermo se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos con un gruñido de placer. Su mujer apenas le había saludado con un leve arqueo de cejas, absorta como estaba en una de sus habituales y prolongadas conversaciones telefónicas. Cuando tiró el segundo zapato sobre la alfombra, Lucía se interrumpió y con el dedo índice le señaló los dos bultos marrones que se agazapaban bajo la mesita. Se hizo el desentendido, pero su esposa tapó el auricular con la misma mano admonitoria de antes, y con voz tensa —en realidad la voz que empleaba siempre con él— le llamó guarro y le ordenó que dejara los zapatos en el balcón.

Cuando regresó, Lucía ya había colgado el teléfono; estaba sentada en el brazo del sillón y se tamborileaba sobre la pierna con las uñas. A Guillermo no le gustaron nada ni su actitud ni su mirada. Su esposa tenía unos ojos azules, pequeños, hundidos en las órbitas y normalmente esquivos, salvo cuando deseaba algo de él. En esos casos las dos pelotitas azules dejaban de rebotar de un lado a otro y era como si se le clavaran en el cerebro dos agujas ardientes. Esa era la mirada que utilizaba para obligarle a participar en actividades sociales que a él le resultaban desagradables, muy desagradables, y siempre relacionadas con las amistades de ella.
Guillermo no soportaba a ninguna de las amigas de su mujer. Todas, sin excepción, eran unas insustanciales y Lucía no les iba a la zaga, aunque esto era algo que había descubierto demasiado tarde. Los oropeles de sus dos títulos universitarios lo tuvieron cegado durante mucho tiempo, hasta que descubrió que sólo sabía hablar de su trabajo y de banalidades. Por supuesto sus amigas eran todas ellas compañeras de trabajo. Cuando se reunían en casa, a él se le ofrecían dos posibilidades: hacer de camarero durante la fiesta o irse a dormir a casa de sus padres. La primera vez optó por llevar bandejas de acá para allá; algunas de las amigas de Lucía estaban estupendas y él no dejaba de tener buena planta; aunque no ejerciese de manera habitual de macho irresistible y conquistador, ni esporádica si vamos a ello, no le desagradaba pavonearse y ser objeto de alguna que otra miradita aderezada con unas gotas de lujuria. Después de esa ocasión cualquier veleidad adúltera se le disipó como se esfuma un dulce sueño bajo las acometidas del despertador; Lucía le hizo un repaso de sus asquerosas miradas a Luisa y Carlota, en especial a ésta última. Les estabas mojando el culo con tus babas, Guillermo, le había dicho. Él se había sentido aterrorizado; por un momento había pensado que su mujer tenía el poder de leer la mente; en sus fantasías durante la aburrida fiesta en que participaron esas dos había, en efecto, mucha saliva.
En la segunda reunión acabó con el cuello rígido después de horas de tratar de no mirarle la grupa a aquellas dos jacas. En la tercera declinó la invitación; prefirió tomarse unas copas con un par de amigos y después dormir la cogorza en casa de sus padres.
Guillermo abandonó su vida interior bien a su pesar.
¿Qué te pasa, Guille? Estas como pasmado.
Nada, nada, cariño —respondió él mientras se pasaba la mano por la nuca.
Ven, anda, siéntate aquí —acarició el respaldo del sofá.
Algo malo iba a suceder. Su mujer no era cariñosa sin tener un motivo poderoso.
Mañana tenemos invitados a cenar, Guille –dijo Lucía con un tono demasiado declamatorio, aunque él no consideró oportuno hacérselo ver.
Muy bien, cariño. Si no te parece mal, haré como otras veces… –no pudo acabar la frase.
Lucía le palmoteó el hombro y le ordenó callar. No se trataba de la clásica cena con sus compañeras; en esta ocasión los invitados serían Carlota y Alberto, su marido. Guillermo trató de esquivar la mirada de su mujer cuando pronunció el nombre de su amiga.
Así que esta vez no te vale escaquearte, ¿te enteras?
Me entero, amor. ¿Y a qué se debe este acto social tan inaudito?
Menos pitorreo… —sentenció Lucía—. A Carlota la acaban de ascender y desde su nuevo puesto me puede ayudar mucho —continuó explicando sin ningún rubor.
Guillermo supo que sería mejor ahorrarse el comentario que se le estaba ocurriendo. La paz conyugal era lo primero. Durante un buen rato, Lucía le puso al corriente de todo lo preciso para que, según ella, no metiera la pata como era habitual en él.
Oye, y su marido, ¿qué tal es? —preguntó con interés genuino, puesto que entre las explicaciones de ella no había ninguna referencia al tal Alberto.
Lucía lo miro sorprendida; con un mohín de desprecio le espetó:
No tengo ni idea, pero de ése te encargas tú.
Carlota y Alberto llegaron puntuales a la cita; cuando sonó el timbre, Guillermo corrió hacia la sala e intentó componer una pose de digno anfitrión. Se miró de reojo en el espejo y comprobó que todo estaba en orden. En la entrada todo eran grititos, besos y parabienes. Se giró con un suspiro de resignación cuando los pasos llegaron a donde estaba. Los saludos y presentaciones fueron breves, tanto que apenas tuvo tiempo de atisbar el escote de su la invitada. Carlota le dio un beso que juzgó demasiado húmedo mientras le palmeaba el vientre.
Se te echa de menos en nuestras fiestecillas, majo. Veo que sigues machacándote en el gimnasio…
Luego le presentó a su marido entre los apremios de Lucía y antes de que casi la terminara arrastrando a la cocina a empellones.
Alberto y él se quedaron solos, frente a frente, en silencio y algo turbados. Guillermo le ofreció algo de beber. Mientras vertía el licor, intentaba hallar algún tema de conversación. Sus dedos se rozaron cuando le entregó la copa. Alberto le miró directamente a los ojos y le sonrió; Guillermo sintió el impulso irresistible de ayudar a su mujer con la cena. Balbuceó una disculpa y se asomó a la cocina donde ambas mujeres bisbiseaban en torno a la bandeja con el asado. La interrupción fue recibida por su mujer con una mirada repleta de veneno; casi puso oír el silbido amenazador y el resonar de unos cascabeles antes de escapar por el pasillo de regreso a la sala.
El marido de Carlota se había sentado en la butaca preferida de Guillermo.
Guillermo, esta butaca es fantástica —dijo Alberto mientras descruzaba las piernas y su sonrisa se desplegaba de nuevo en una dentadura perfecta.
Los ojos de Guillermo se quedaron colgando de la entrepierna del invitado. No es que fuera fijándose en el paquete de los tíos, claro, quiso disculparse a sí mismo, pero aquello… Levantó las cejas y negó ligeramente con la cabeza; no quería dejar entrar la imagen que se le estaba formado detrás de las pupilas. Pensó que sería mejor responder al comentario de Alberto sin parecer maleducado.Lo cierto era que no soportaba que nadie se sentara en su butaca; ver allí a aquel tío, abierto de piernas, le estaba cabreando bastante. Trató de controlarse; lo último que deseaba es que a Lucía le llegase algún comentario negativo de él a través de Carlota. Podría hacerle la vida imposible…, un poco más aún.
Sí, es mi butaca preferida. Ahí sólo me siento yo… —se interrumpió preguntándose cómo podía ser tan imbécil.
Alberto se levantó con gran parsimonia, puso una mano encima del hombro de su anfitrión y lo empujó suavemente hacia el asiento.
Bueno, bueno, Guillermo, entonces no puedo permitirme robarte tu lugar preferido.
No, no quería decir eso…
Guillermo se sorprendió de lo cálidas y agradables que eran las manos del otro. El rubor le subió desde la base del cuello hasta la punta de las orejas. Se rascó la nuca, tosió con el fin de disimular su turbación y, por preguntar algo se interesó por la profesión del otro.
Soy fisioterapeuta —respondió, y a Guillermo le pareció que sus ojos brillaban de una manera especial al decírselo.
Por primera vez en mucho tiempo, se alegró de ver a su esposa; las dos mujeres regresaban al comedor entre una nube de risitas y complicidades. Carlota dio un par de palmadas llamando a la mesa y Guillermo comprobó cómo los pechos se le estremecían a través del escote. Cerró los ojos, aspiró hondo y pensó en la bronca que Lucía le había echado aquella misma tarde, ya no recordaba el porqué. Fue la única manera que se le ocurrió de controlar lo incontrolable.
Durante la cena procuró estar pendiente en todo momento de su mujer y asentir con vehemencia ante todas sus opiniones; sin embargo tenía la incómoda sensación de que Alberto no le quitaba los ojos de encima. Cada vez que lo miraba de refilón para comprobar si era así, éste le respondía con una sonrisa y un guiño. En su intento de huida siempre tropezaba con los pechos de Carlota, y allí comenzaba de nuevo lo incontrolable. A pesar de toda su concentración, cuando llegaron los postres, Guillermo dejó de oír la voz de Lucía; su mente se perdió en una habitación desconocida donde dos cuerpos desnudos retozaban en una cama enorme. Carlota y él estaban echando el polvo de su vida. Al lado de la cama, también desnudo y muy incontrolable, Alberto les sonreía con su perfecta y reluciente dentadura; cada poco se inclinaba y les acariciaba con sus manos cálidas y suaves.
Estás bobo o qué, Guille. ¿No me has oído? Vete a por el café.
Se disculpó y corrió hacia la cocina no sin antes hacer una parada en el baño. A su vuelta, Lucía no se ahorró un nuevo reproche por su tardanza.
Anda, sirve el café que ya estará frío… Mira que eres inútil.
Sumiso y obediente, Guillermo se inclinó sobre el busto de Carlota. No llevaba sujetador.
A mí me gusta con leche, Guillermo, con mucha leche… —dijo ella.
Él no consiguió reprimir el temblor de su mano y unas gotas de leche salpicaron el regazo de la mujer. Por fortuna Lucía no se percató del pequeño percance. Alberto acarició el vientre de su mujer para limpiarle las gotitas blancas que lo humedecían; con disimulo y sin dejar de sonreír a Guillermo, se lamió los dedos.
A mí también me gusta con leche, con mucha leche, si no te importa —dijo Alberto.
Guillermo se vio a sí mismo desde fuera mientras contestaba con voz quebrada:
No, Alberto, claro que no me importa. Estoy encantado de que te guste así.
Lucía miró a su marido extrañada, pero se desentendió enseguida de él para regresar de nuevo a su monólogo con Carlota. Se limitó a un gesto brusco con la cabeza cuando él le preguntó si quería el café solo.
Ya en la puerta, mientras se despedían, Alberto le dio a Guillermo la tarjeta de su consulta.
Visítame cuando quieras, Guillermo. Te vendrá bien —lanzó una carcajada breve y sonora—. Fíjate en Carlota, es mi mejor clienta. Ella te puede confirmar que tengo unas manos mágicas.
Guillermo miró a Carlota y ésta asintió con una caída de párpados. Cuando abrió los ojos, le miró directo a los suyos. A Guillermo se le erizó el vello de la nuca y jadeó un par de veces de manera casi incontrolable. Mientras tanto Lucía se dedicaba a besuquear a sus invitados.
Algo más tarde, mientras cargaban el lavavajillas, Lucía entonó una inesperada alabanza.
Cariño, veo que has hecho buenas migas con Alberto. Me alegro mucho, eso le puede venir muy bien a mi carrera.
Claro, amor, claro —respondió Guillermo mientras se preparaba un café con leche, con mucha leche.
 
Roberto Sánchez