Ciertos trazos de latón y terciopelo

Vengo de la oficina paseando por la Gran Vía, dando a las aceras un ligero toque británico, con paraguas y bombín, traje príncipe de gales cruzado, cuello duro y corbata de terciopelo bermejo. Incluso los edificios que se yerguen ante mí, aunque tiznados por la carbonilla que respiramos, empiezan a parecerme victorianos y en su ignorancia serena, me guían a una calle que flanquea en penumbra la estafeta, el gran edificio postal de la capital. Sumergido en mis pensamientos, como siempre que la rutina de caminar me lo insinúa, no advierto un carruaje que se acerca por la izquierda, cuyo atronador y rápido crepitar de cascos caballares irrumpe en mi conciencia de forma salvaje.

- ¡ Hay que joderse ! - le digo al cuello de mi camisa, en medio de un estrépito ensordecedor - ¡ Van como locos estos gañanes de la pértiga y la chistera !

Habiendo detenido la marcha a un pie de la divisoria entre el torbelli- no de ruedas y herraduras y mi propio cuerpo, contrariado, intento mirar al cochero como si fuera simplemente a despedirlo tras un servicio común. Me hierve la sangre y los ojos. Intento un ademán pero allá marcha, en la lejanía, sin reparar en mí. Nadie ha notado el sudor de mi frente que ceremoniosamente seco con mi pañuelo de seda.

Espero calmarme y me calmo de hecho al traspasar el umbral de la librería "El Baúl de Latón", la de mi predilección suprema, y unas campanillas angelicales suenan a un tiempo con el cerrarse de la puerta tras de mí. Dejo el bombín y el paraguas húmedo en el perchero de caoba sito en el rincón a la derecha de la entrada, cuando una tos de perro repentina me nace de los mismísimos bronquiolos para salir explosiva, tos que llama la atención del librero y de un ratón bigotudo que se sube las gafas doradas para atisbar mi figura mejor. Me hiela con su displicencia. Vuelve a bajar la vista sobre un tomo abierto que sostiene entre sus manos. Olisquea nervioso en una de Leon Tolstoi.

- Buenos días, don Miguel. ¿Le trae algo especial por aquí? - arranca a hablar desde un despacho, de eterna y tenue luz naranja de lamparilla, el regentador del establecimiento.

- Nada nada, don Crescencio, un simple husmear maricón.

- ¿Ya le conté que había llegado el último novelón de Unamuno? - volvió a decir el tal Crescencio con bonhomía.

- Sí, agradecidísimo de sus amabilidades conmigo. Eso será en otro momento, hoy me traen otros aires más místicos. Bueno no sé si decir místicos o desarregladamente poéticos...

- Bien, disponga usted, don Miguel, tiempo no ha de faltarle - zanjó amablemente el dueño de la barraca.

Con tranquilidad rebusco con la vista en las estanterías y anaqueles que cubren plenamente las ancianas y en algunas partes desconchadas paredes de la mal iluminada caverna. Cada hallazgo es una tentación. No sé lo que busco pero ciertos aires de poetas me atraen. Revuelvo acá y acullá, y extrayendo diversas obras se me va el santo al cielo. Aspiro el olor a viejo de una antología de poemas escogida al azar. Tras tratar de descifrar su aroma, leo un poema, y es otra sensación equiparable y provista de maravillas. Rumio, degusto de nuevo los fonemas, las estrofas verso a verso, rima a rima. Se demora el tiempo entre alejandrinos y sonetos, brillantes septiminos culmen de la poesía y coplas de quebrado pie, el deleite me hace desvanecerme por dentro, cerrar los ojos y casi verme obligado a abrir el almacén de picadillo holandés de mi bolsillo e inhalar antiguas esencias de mi particular arcadia feliz. Recuerdo de pronto que estoy en una librería y que allí por nada del mundo se debe encender el chisquero. En fin, cierro la obra y la luz de la lamparilla de don Crescencio me guía al mostrador casi a tientas de tan cegado como me ha dejado el éxtasis :

- Don Crescencio, por favor, éste si no le importa - lo miro débil e indeciso, como un can a sus pies, con cara de hambruna.

- Lo que usted diga, don Miguel, aquí estamos para servirlo a usted - contesta el librero. ¿Le envuelvo el tomo o se lo lleva puesto?

- Sí, envuélvamelo en papel de estraza, por favor, la tarde no ha terminado todavía - donando a don Crescencio más información de la debida.

- Algún que otro anisete ya caerá, ¿no don Miguel? - pregunta malicioso.

- Sí, don Crescencio, es el primer día de la semana. Ya sabe usted los lunes obligan - haciéndole partícipe de mis planes, plenamente henchido de alegría.

Envuelve el libro con oficio y deleitación como se envuelve un diamante de valor incalculable. Sus manos fuertes y regordetas producen en mí una sensación de fortaleza y tranquilidad. Las observo con aire placentero que él ya conoce de sobra.
- Ahí tiene, don Miguel, y que disfrute con su lectura - sonríe el alma de aquel local.

- Muy agradecido, don Crescencio, es siempre un placer acudir a su establecimiento - le digo mientras él introduce los billetes en la antigua máquina registradora de madera noble y redondas teclas latonadas.

Fuera ya es noche cerrada, los farolas me seducen con su fuente de luz que hace sombras por doquier a lo largo de la calle; tuerzo a la derecha para transitar un callejón entre el edificio de la librería y el de la estafeta. Las pisadas resuenan en las paredes del estrecho y solitario callejón. Siempre está solitario y su soledad es lo que precisamente me cautiva. No hay calesas ni carruajes, ni siquiera un alma a la luz de los altos ventanales de la estafeta. La otra pared del callejón, ciega, descansa en un suave remonte a modo de acera. Me demoro a sabiendas sacando el picadillo y el papel en su mágica cajita naranja de dibujos dorados. Apoyo mi hombro derecho en la pared ciega y tras dejar el paraguas contra la fachada y trabar el paquete de estraza bajo el sobaco, creo con mis blancas manos de oficinista el cigarrillo de la dicha, con unas pocas estacas y pelusas venidas de tierras cálidas y lejanas.

Chupo el cigarrillo recién encendido, la punta refulge con un vivo naranja y entonces lo veo todo con otra luz, otra claridad, hay otro aire a mi alrededor.

Sigo caminando hacia el final del callejón mientras fumo y al toparme con él tuerzo hacia la izquierda para estrenar una avenida sumidero que va a dar a la Gran Vía, es allá, donde muere la gran avenida en la plaza circular, donde me espera mi butacón de terciopelo rojo, mi café favorito donde me conocen y me agasajan como a un cliente preferencial. Camino mirando a izquierda y derecha observando a mis prójimos y también atento a los gañanes de la pértiga y la chistera no vaya a ser ésta la jornada de los sustos.

Paso por al lado de una iglesia donde un monaguillo guarda la roja y gran puerta del templo con un enorme cirio encendido. Dos señoronas con velo se apresuran para el oficio vespertino. Llevan velo de tul negro y rosario anudado a sus muñecas que descansan juntas en postura de rezo; caminan como con rostro compungido perdida la vista en las losas del suelo. Huele a incienso y a perfumes de violetas, todo ello mezclado en el torbellino de mi nasón cultivado en tantos y tantos olores.

Se oyen, cuando mi caminar pasa por el portón del templo, cánticos que se me meten en las venas. Se me eriza el vello dorsal, siempre me pasa cuando algo me recuerda los interminables y solemnes oficios de mi pueblo natal, en esa Itaca perdida de mi infancia.

Se hace la claridad interior y la tarde se ilumina al llegar a ese rumbo de farolas prendidas, a ese centro circular que mis ojos han aprendido a valorar tarde a tarde, nostalgia tras nostalgia. Llego entonces a la plaza de mi latonado local, llena de muchedumbres casi paralizadas y sin prisa, cuando dan las siete de la tarde. Empujo mi vista a observar en lo alto al sobrio y broncíneo caballero, que más de una y dos veces ha devenido en cupido de mi alma tantas veces doblegada por el romanticismo.

El templo refulge con brillo propio. No hay incienso ni cánticos pero yo los traigo dentro. Es el café de mis duermevelas vespertinos, de mis opiáceos sueños literarios, la oficina de mi alma en paciente espera.

La puerta giratoria me saluda con un chirrido particular, más desengrasado de lo común, ya está aquí el invierno.
- Buenas tardes, don Miguel - exclama Elías con cara de camelo.

- Buenas las tengamos, Elías.

- ¿Cómo estamos? Le hacíamos aquí más temprano hoy, don Miguel.
Los escaños están plagados, ésto parece Cafarnaum recibiendo al nazareno. Veremos de ponerlo en su esquina favorita ... si no se tuerce el asunto - se espabila Elías hacia el rincón del templo que en penumbra me espera y que por ventura parece libre.

Con celeridad felina Cotidio me avista desde una esquina en su eterna guardia de limpiabotas, se acerca silencioso y despliega su industria. Sentado en el taburete procede con mis zapatos, como suele, pizpireto y con la acostumbrada locuacidad.

- Que don Miguel ¿cómo se presenta la tarde? - con ojillos danzarines de brillos acuosos.

- Va bien, va bien, sólo es preciso que aparezca mi alter ego, el barón intelectual que viste de negro, ya sabes - sentencia don Miguel entre risitas entreveradas.

Pasa con roce de tejidos doña Carmen, la cigarrera, con su falda de tubo y su clara sonrisa incansable; le pellizco una nalga en una maniobra cariñosa y atrevida a un tiempo.

- ¡ Cómo estamos hoy, don Miguel! - su sonrisa chispea juguetona. Usted da el pego pero en el fondo es un chisgarabís.

- Carmen, pierda cuidado, hoy vengo presto a diálogos intelectuales, nada de escaramuzas carnales ... - apunta don Miguel entre apurado y zascandil pero con ocultas ilusiones de fino amador.
- ¿Le hace así, don Miguel? - interroga Cotidio seguro de su buen hacer y de su industria de categoría.

- Cojonudo, Cotidio, este brillo latonado me ha de durar toda la semana - agradece don Miguel aflojando tasas y propina en un movimiento discreto de su mano diestra.

Se acerca Elías, diligente como siempre, ordenando en la mesita de mármol un vaso de agua, el espumoso cortado y la preceptiva copa de anís "El mono", el de la sonrisa simiescamente humana entre patillones. Y el cenicero, tras ser permutado por otro recién limpio, lo coloca en el centro del mármol listo para albergar las finas cenizas de mi picadillo, leve y gris rastro de una tarde inmortal.

- Muchas gracias, Elías. No sé que haría sin sus eficaces servicios.

- Ea, don Miguel... ¿Me ayudará más tarde a redactar una carta a mi cuñado el del pueblo? - suplica Elías con la bandeja bajo el brazo.

- Faltaría más, délo por hecho. Luego hacemos unas líneas con la estilográfica usted y yo. ¿Hace ?.

- A ver, don Miguel, esto de no tener aires para la redacción es un incordio. Es que se le ha muerto el padre a mi cuñado y tengo que trabajar, ya sabe, uno ha de quedar bien con la familia ante todo y sobre todo - se explica como un libro abierto con las palmas hacia arriba, nuestro Elías, tan sincero como un niño en su primera comunión.

La puerta giratoria hace aparecer al barón poco antes nombrado. Va fuertemente perfumado y con su gabán de cuero negro oteando en busca de don Miguel que hoy providencialmente está en su esquina preferida. Con suaves pasos toma asiento al lado del elegante caballero :

- Buenas tardes, fiel guardián del templo. Veo que ha hecho usted una incursión en "El Baúl" - avezado y observador, nuestro intelectual de negro, anteojos y fino olfato.

- Sí, dice bien, ha sido un rapto místico que bien ganado me lo tengo tras esquivar a un loco con un carruaje a dos calles de aquí.¿No cree, barón Sánchez?

- Sí, don Miguel cualquier excusa vale para engrosar la biblioteca de uno. Está bien, pero que muy requetebien.

Hay un murmullo como de viejecitas recitando el rosario que llena el ambiente y al que pareciera empresa difícil dar salida sin que se atore y acabe por romper los diálogos entrelazados como tal zumbido omnipresente en el que ha llegado a convertirse. Sin embargo, por muy molesto que sea, no parece estropear el que don Miguel, en trance, extraiga de esa columna sonora, casi indominable, el agudo sonar de la flautilla de Rapidín :

- Dosirrédosiiii redó. ¡Afiladoooor, cacharrero, paragüero!. Dosirrédosiiiii redó.

Don Miguel permanece aparentemente embobado a la escucha de un sonido clásico del latonado café. Se imagina la cara de Rapidín ... con su son, sentado en la puerta trasera, en la incierta captación de negocietes espúreos. Embobado don Miguel y a punto de éxtasis, deja caer la pava fuera del cenicero a lo que el barón Sánchez, más despierto y atento a todo lo que acontece, le espeta :
- Hale, don Miguel, no se me quede in albis, reaccione que tenemos que charlar de las cosas del caletre... Vaya, vaya ¿se ha dado cuenta de lo flamencona que nos ha venido doña Carmen hoy, don Miguel?

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NOTA: Esta es una historia apócrifa, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

El maestresala