El reo

Parte I: las últimas horas.

Mi tragedia comenzó con un golpe de mazo. Cuando aquel maldito juez lo alzó por encima de su cabeza y descargó un formidable golpe sobre la mesa que tenía delante, como si con él pretendiera separar las aguas del Mar Rojo y hacer avanzar por esa brecha a la justicia camino de la Tierra Prometida. Le miré a los ojos, clavados en los míos, mientras el impulso casi le ponía en pie, con el pelucón empolvado revoloteando sobre su calva. Las bocamangas de la toga se hincharon como globos dotando a sus brazos de una robustez momentánea. La mano crispada en el mango del martillo, el ceño circunflejo, los ojos flamígeros y vidriosos, todo en él se conjuraba para mostrar a la sala el rostro de la ley, de la ley mayestática, monolítica, inapelable.

He de confesar que daba ese veredicto por descontado. Había estado en su presencia varias veces antes, siempre acusado de algún hurto o robos menores. Pero esta ocasión era diferente. Pocos días atrás había aparecido al borde de una vereda el cadáver de un aparcero, amarrado por la espalda a un algarrobo, con el cráneo destrozado y el pecho repleto de puñaladas. Quienes le hallaron, referían horrorizados que su estampa semejaba un San Sebastián aldeano, la cabeza aureolada con argamasa de pelo ensangrentado y la camisa salpicada de lágrimas oscuras, como condecoraciones a la tozudez de su resistencia. En el pueblo se decía que había sido víctima del robo de una importante suma de dinero, con la que se disponía a satisfacer el pago de unas rentas. Esos investigadores supersticiosos y ágrafos reconstruían en corrillos los minutos del crimen, llegando a la conclusión de que primero le golpearon la cabeza, y que, tal vez considerando escasa la cantidad que portaba, le ataron al árbol para obligarle a confesar donde escondía el resto. También aseguraban que las cuchilladas que le causaron la muerte se debieron a ser los asesinos -pues también afirmaban mis paisanos que tal crimen no pudo ser llevado a cabo por un solo hombre- gentes conocidas por la víctima, y de este modo sepultar sus identidades con el cadáver.

No habían transcurrido muchas horas del macabro hallazgo, cuando dos guardias se llegaron a mi casa, exigiéndome acompañarles a presencia del oficial. Lo hice de buen grado, flanqueado por ellos. Se formaban a nuestro paso remolinos de gente que murmuraban entre sí, creando un cortejo que nos seguía de cerca. Me invitó el agente a tomar asiento, y no había terminado de hacerlo cuando comenzó bruscamente el interrogatorio: que donde había estado esa mañana, y la noche anterior, que de donde procedía el dinero con que pagué alguna ronda en un par de tabernas, que si negaba haber estado en las últimas horas con un par de patanes de la aldea vecina. Yo respondía con cierta displicencia, confiado en aparentar la seguridad propia de la inocencia. Se prolongó esta escena por un tiempo incalculable. Sudábamos ambos, mientras los guardias, alejados, fingían indiferencia. Se colaba del exterior un áspero murmullo y a cada momento un rostro diferente aparecía en la ventana, a contraluz, con las palmas de las manos en las sienes, recordándome el aspecto de los asnos en la trilla.

¡Quien hubiera sabido que cuando crucé aquel umbral me despedía para siempre del goce de la libertad!. Esa noche, a pesar de mis protestas, dormí en el calabozo. Los ángeles custodios me empujaron a la celda y la acerrojaron por fuera con estruendo. Escuché desde mi encierro como el oficial se asomaba a la calle y pedía al populacho que volviese a sus casas. El murmullo se fue sofocando hasta que el silencio se unió a la oscuridad dejándome solo con mis temores.

Apenas había empezado el sol a trazar diagonales en las calles, cuando me trajeron una sopa parda y tibia. Insistí en recibir alguna explicación, pero el guardia se condujo como si no me oyera. Permanecí toda la mañana sentado en el camastro hasta que escuché una voz que se acercaba. Al instante apareció el oficial acompañado de un alguacil anciano. Éste me miró, desenrolló con ambas manos el pliego que traía, alargó los brazos en toda su extensión y carraspeó un par de veces. Erguía la barbilla como el gallo del alba, y comenzó a leer con voz impostada:

- Por la presente se le notifica que ha sido acusado oficialmente de la muerte de monsieur L'argent, así como del robo a la víctima de una suma de dinero aún por determinar. Cuando la instrucción del sumario lo permita, y siempre dentro de los plazos establecidos, tendrá derecho a ser oído por el juez que corresponda, de acuerdo a las normas que nuestra legislación establece a tal efecto.

Noté como el frío se adentraba en mi ser hasta provocarme temblores. El juez que correspondía no podía ser otro que el magistrado Mépris, el único del condado, un hombre amargado por su escasa fortuna, varado desde hacía años en aquel villorrio que ni en sus tiempos de opulencia alcanzó el millar de almas. No éramos más de una docena de tarambanas los que ocasionalmente le sacábamos de su letargo obligándole con nuestras trapacerías a desempolvar los códigos. En cada castigo notaba el peso de su rencor, como si fuera mi proceder el culpable de que no pudiera empaquetar sus aperos y marcharse a la ciudad.
No exigió mucho tiempo completar los trámites. Quedó señalada la vista para apenas ocho días después del anuncio del alguacil. No daba con el modo de acortar el tiempo, tal era mi deseo de presentarme ante la justicia. Empleaba todas las horas en defenderme del infundio, argumentando al vacío como lo haría frente al letrado. Repetía los argumentos cambiando las palabras o las inflexiones de la voz, buscando reforzar mi poder de convicción.

La noche anterior al vencimiento del plazo apenas pude disfrutar del sueño, y en los breves momentos en que lo hice me veía por adelantado en el salón de audiencias. Allí, a las preguntas del juez, respondía en sentido contrario al que yo pretendía, como si estuviese dominado por una voluntad dañina que, regocijada, me hacía confesar el crimen impertérrito. Despertaba agitado y volvía a repasar lo que habría de exponer a la mañana siguiente.

Entré en la audiencia por una puerta lateral, con las manos atadas delante de mi sexo. Racimos de paisanos abarrotaban los bancos, los pasillos, el vano de la puerta, y más allá de ésta, la plaza polvorienta. Ni en la misa mayor recordaba semejante acumulación de almas. Me ordenaron sentar en un banco que a duras penas alzaba palmo y medio del suelo, lo que me forzaba a tener las piernas encogidas contra el pecho. Al momento llegó el juez y, con todos los actores en escena, comenzamos a representar los papeles que el azar nos había adjudicado.

Hicimos un espléndido trabajo. Yo repetí ante el público las frases que tantas veces antes había ensayado, y el togado insistió en las acusaciones que traía preparadas. Minutos antes se había presentado un joven mortecino que decía ser mi abogado. Repetía que el caso era difícil y que apenas había tenido tiempo de prepararlo. Aquello duró hasta que quiso su señoría, tras lo cual bramó "visto para sentencia" y se retiró a deliberar consigo mismo, fingiendo que su decisión no estaba ya tomada. Regresó al cabo de unos minutos provocando gran revuelo en la sala. Se sentó despacio, saboreando cada momento y empezó a recitar:

- Yo, juez titular del condado, en ejercicio de las prerrogativas que el Estado me ha otorgado, encuentro al reo culpable del asesinato de monsieur L'argent, y le condeno a la pena máxima establecida en nuestro ordenamiento jurídico: la muerte en la guillotina. La sentencia se habrá de cumplir antes de tres días.

Rubricó la sentencia con aquel golpe de mazo. Como si éste fuese una orden, los guardias me cogieron por los brazos y me arrastraron de nuevo hacia la puerta, mientras yo me resistía, retorciéndome y gritando.

Pasé esas fechas todavía perplejo. A ratos me abordaban arrebatos de ira que se iban aplacando hasta sumirme en una especie de resignación incrédula.

El alba del día señalado me encontró ovillado en el camastro, con la vista centrada en un punto lejano, más allá de las húmedas paredes que me rodeaban. Con la primera luz se presentó en la celda el párroco, ataviado con sus hábitos negros y una Biblia en las manos. Tocó mi cabeza compasivo y susurró:

- Hijo, ¿deseas confesar tus pecados?

Sus palabras sacudieron mi conciencia y recordé el sueño de las vísperas, en que me declaraba culpable del asesinato. Viendo allí su silueta negra, de pie, observándome desde lo alto, reviví el día del juicio, y noté que mi pulso se aceleraba. Contuve la ira y el deseo de rebelarme se trocó en ironía:

- Padre, no vendrá a hablarme del Juicio Final. Ya he tenido bastante con el de anteayer.

- Hijo, la soberbia no va a conducirte a ningún lado.

En la penumbra de mi encierro noté como se ruborizaba, mas esa debilidad no logró contenerme:

- Ni la mayor de mis virtudes me va a conducir a otra parte que no sea el patíbulo. No quiero morir, y usted no piensa hacer nada para evitarlo.

- ¿Qué puedo hacer yo?. En la justicia de los hombres...

- Padre -le interrumpí bruscamente- solo quiero que salve mi vida, no mi alma. Debería resultarle más sencillo.

El fraile agachó la cabeza como si hubiera recibido una bofetada. Dibujó con dos dedos una cruz en el aire y se encaminó a la puerta. Ya detrás de las rejas se volvió a mirarme con indulgencia y marchó sin prisa hasta la escalera.

No dejaron transcurrir mucho tiempo hasta venir a buscarme, apenas el preciso para que el religioso abandonara la estancia. Los guardias me amarraron las manos por la espalda con la profesionalidad indiferente con que venían actuando desde mi arresto. El sol me hirió los ojos al salir a la calle. Me ayudaron a subir a un carro que aún tenía hierbajos en los rincones y una pareja de desmejoradas yeguas empezó a arrastrarlo con visible esfuerzo. No había un alma en la calle, e hice el recorrido acompañado del ruido de los cascos, los chirridos del eje y una brisa cálida y ligera.

Mi sorpresa fue mayúscula al entrar en la plaza. En ella se apretaba tal número de gentes que por fuerza habían tenido que acudir al espectáculo vecinos de otros pueblos. En el centro, a una distancia respetuosa de la primera fila, se alzaba el cadalso, imponente, con la guillotina recortada contra el cielo, esperando paciente mi llegada. No se oía un murmullo pese a la suma de almas que allí se congregaba. Subí las escaleras y ya desde lo alto miré las casas apiñadas, los campos sembrados, los montes circundantes. El verdugo me mandó arrodillar, y obedecí mansamente. Había llegado al momento de mi muerte como lo haría una res abnegada por el peso de generaciones sufriendo la misma suerte. Apoyó mi garganta en un madero y cerró el grillete sobre la nuca. Sentí que me ahogaba y tal vez fuera eso lo que hizo despertar en mi interior un instinto dormido que se rebelaba contra aquello que ya era inminente. No quería morir, no podía dejarme arrojar al depósito de la historia donde yacen los ancestros de todos los presentes, cuyos huesos son polvo desde hace siglos y cuyo paso por el mundo ya nadie recuerda. Si lo deseaba con fuerza, estaba seguro que podría evitarlo, que el amanecer de ese día no sería el último que hubiese contemplado.

Un grito incontenible escapó de mi boca mientras una voluntad desconocida luchaba por liberar mi cuello de la mordaza. Solo conseguí aumentar mi dolor y excitar a la chusma, que ahora se agitaba como la superficie del mar en días de borrasca. El verdugo siguió con su trabajo, impávido por la costumbre, y manipuló lo necesario para que desde lo alto se desplomara sobre mi cabeza, con un ruido atronador, la gigantesca cuchilla de la máquina.
Parte II: las primeras horas.

No recuerdo haber sentido el golpe, tan solo vértigo y la brutal sensación de que mi cuerpo se marchaba. Cayó mi cabeza con tal violencia que se hundió en el cubo dispuesto debajo y lo volcó, rodando el contenido un par de metros hasta detenerse. Desde ese lugar vi mi cuerpo atrapado por el hierro, vacío de vida, con los miembros como descoyuntados, y sentí que no era mío aquel ser exánime, tan reciente era el lugar desde el que lo observaba.

Luchaba por que no terminase el minúsculo instante en que habría de sumergirme en la perpetua oscuridad. Miraba en derredor hasta que me dolieron los ojos de tanto forzar su posición natural, mientras iba comprobando que ese punto final nunca llegaba. Repetía en mi conciencia victorioso: "sigo vivo". Las gentes me miraban expectantes, y ya algunos se agitaban, hasta que un joven que se encontraba próximo exclamó:

- sigue vivo

y el pánico se derramó como un aguacero sobre la plaza. Las autoridades presentes se miraban incrédulas, el alcalde se aproximó con mueca de espanto, el párroco se aferraba a la cruz de su pecho alzando la vista hacia el cielo. Mi euforia inicial se transformó al instante en desconcierto y grité:

- ¿qué está pasando?

El verdugo se llegó en dos pasos y me propinó un puntapié en la frente que hizo rodar mi cráneo por las tablas. Gemía mientras la turbamulta huía en todas direcciones. El sayón miraba a las autoridades esperando instrucciones, hasta que al fin el oficial de la guardia se alzó con el mando, ordenándole:
- ¡Termine con el reo! ¡vaya y remátelo!.

El verdugo se acercó dubitativo, como cavilando de qué forma cumplir su tarea. De improviso otra voz le exigió:

- ¡Deténgase! No puede hacer eso, la sentencia ya ha sido cumplida, el condenado ya ha sido ajusticiado.

Se formó entre los presentes una algarabía inextricable. Todos vociferaban como un coro de pájaros de distintas familias. Gritó el oficial, fuera de sí:

- ¿Quién es usted? ¿qué pretende? O se retira de la plaza o mandaré detenerle.

El desconocido respondió con aplomo:

- ¿Por qué habría de detenerme? ¿de qué delito se me acusa? Conozco mis derechos, oficial, soy licenciado en leyes. Le digo que no puede matar dos veces a la misma persona y si consuma su pretensión formularé denuncia contra usted por asesinato.

Yo -o tal vez debiera decir mi cabeza- seguía tendido en el patíbulo. Acusaba la dureza de los maderos en el pómulo sobre el que me asentaba. El agente palideció. Se dirigió al forastero con aparente calma:

- Esto es absurdo. No comprendo qué está pasando, pero este hombre no ha muerto. ¡Mírelo! ¡Podría conversar con nosotros si quisiera! No podemos prolongar esta situación inaudita. La sentencia ha de cumplirse, el reo debe morir.
-¿Cómo puede asegurar que no ha muerto? - repuso mi defensor- ¿qué significa entonces aquel cuerpo exangüe a quien todos ignoramos?

- No fuerce las cosas caballero. -continuó el oficial- La vida continúa en esa cabeza de forma inexplicable. Este hombre sigue vivo, aunque una parte de él ya no lo esté.

- Lo que afirma es dudoso ¿está seguro de que esta pequeña porción de ser humano es el condenado y aquello que yace junto a la guillotina apenas un apéndice del mismo? ¡Allí tiene su cadáver!. ¡Ordene al doctor certificar su muerte y dele sepultura!

Intervino el juez titubeante. Expuso su opinión mientras me miraba de soslayo como arrepentido:

- Puede que este hombre tenga razón. No se conoce ningún precedente similar. En cualquier caso no hemos de precipitarnos. Recabaré la opinión de las más altas magistraturas del Estado y zanjaremos este asunto definitivamente.

- ¿Y qué haremos entre tanto con el reo?- inquirió burlón el agente.

- Entiendo que debería volver a su celda. -sentenció el letrado.

-¡No voy a encerrar en mi calabozo una cabeza parlante! ¡Ningún funcionario se hará cargo de semejante tarea!- masculló por fin el oficial.

Mientras tenía lugar esta conversación, observé a una mujer que se dirigía al grupo. Cuando estuvo cerca, reconocí en ella a madame Bonté, una vieja amiga de mi madre. Me miró compasiva y se dirigió a los dignatarios:

- Señorías, les ruego disculpen el atrevimiento de esta anciana. Conozco al condenado desde que sus ojos se abrieron la luz entre grandes sufrimientos, y desde entonces le he querido como a cualquiera de mis propios hijos. Les rogaría con toda humildad, me permitieran cobijarle en mi hogar mientras sus señorías determinan lo más adecuado. Me sentiría muy confortada y ustedes no tendrían de qué preocuparse.

- Yo no opongo objeción alguna- concedió raudo el oficial.

El juez dudaba, aunque finalmente aceptó:

- No veo inconveniente. Pero usted será responsable del reo- ordenó al agente, a lo que éste opuso:

- ¿Yo? ¿Y por qué no este leguleyo entrometido?

- Me haré cargo de él, no se preocupen. -concluyó con sorna el aludido - Estoy seguro de que no intentará huir-.

El doctor intervino en la disputa:

- Con todos mis respetos, creo expresarme en nombre de toda la profesión al exigir ser tenido en cuenta. A la postre habrá de ser algún profesional de la medicina quien certifique o no la muerte del reo, y para poder proceder con rectitud, debemos determinar su estado bajo el prisma objetivo de la ciencia.
- Está bien, acabemos de una vez -zanjó el oficial- disponga lo necesario, pero antes del ocaso déjelo en casa de esta mujer. Y no se le ocurra sacarle del pueblo. Lo que tengan que estudiar, háganlo aquí.

El doctor asintió y empezó a revolotear por los alrededores, repartiendo instrucciones a algunas de las pocas personas que quedaban en la plaza. Ninguno de los presentes tuvo a bien interesarse por mi estado, consultar mi parecer o cosa semejante. En todo este tiempo me trataron como a un objeto inanimado. Me habían reducido a la categoría de fenómeno, dando de algún modo la razón a mi espontáneo defensor. Yo permanecía silencioso confiando en que la ciencia fuera capaz de poner algún remedio a mi padecimiento.

Al cabo de unos minutos volvió un pastor con una pajarera construida con tablillas y alambre. El médico cogió mi cabeza con ambas manos y la introdujo en tan innoble recipiente. Casi simultáneamente apareció el boticario conduciendo su tílburi, con la yegua babeando por el esfuerzo. El doctor subió al pescante sin soltar la jaula en que me hallaba, y emprendimos de nuevo la carrera.

En la puerta de la farmacia nos esperaba la esposa del licenciado, y al verme llegar sus ojos se agrandaron y no pudo sofocar un grito, mientras con ambas manos se tapaba la boca. Su marido la miró con dureza aunque no le reprochó nada. Entramos en la oficina y tras descorrer con brío una cortina accedimos a una espaciosa rebotica. Se cruzaron una pocas palabras sincopadas mientras me miraban con satisfacción como quien se recrea ante un trofeo. Se marcharon y escuché como cerraban la puerta con varias vueltas de llave.
Por primera vez estaba solo desde el ajusticiamiento. Mi conciencia se hallaba en estado de cierto adormecimiento, y yo trataba de excitarla buscando alguna explicación, intentando adivinar cómo se resolvería esta situación tan extraordinaria. El sopor llegaba rítmicamente, como oleadas. Cada vez que esto ocurría temía no volver a despertar, y el pánico me devolvía un punto de lucidez. Entonces imaginaba una larga existencia en ese estado y el espanto me asaltaba de igual modo.

Pasé en ese estado de confusión un tiempo imposible de calcular. Al fin se abrió la puerta y entraron en tropel media docena de ceñudos varones. Supe al final que algunos eran doctores que habían llegado apresuradamente desde la ciudad. Comenzaron a explorarme sin preguntarse en momento alguno si con sus instrumentos me causaban algún daño. Seguían ignorándome como antes en la plaza. Hablaban entre si de arterias, de fluidos, de nombres para mi desconocidos. El más joven se maravilló al comprobar que tenía pulso en las sienes, algo que calificaba de imposible sin el músculo cardíaco. Otro de más edad le respondió con dureza si no juzgaba imposible todo lo que veía, siendo el pulso de las sienes lo más irrelevante.

Pasaron varias horas estudiando con atención cada centímetro de mi escasa anatomía. Llegó desde fuera una voz de mujer advirtiendo sobre lo avanzado de la hora, tras lo cual el apretado círculo se abrió, y empezaron a conversar entre sí animadamente. Me devolvieron a la jaula y salimos del cuarto.

Afuera ya casi había anochecido, en contra de lo que había establecido el oficial. En la puerta me esperaba el primogénito de madame Bonté, al que advirtieron que no debía tener miedo, y que mañana volvería a buscarme el propio boticario. El joven tomó la pajarera como si fuese una bandeja y emprendió el camino con aprensión y vergüenza. Giraba la cabeza en todas direcciones, tal vez temiendo ser objeto de burla si algún mozalbete le encontraba con tan extraña carga. Tras los primeros minutos se fue relajando, y poco antes de llegar a nuestro destino se dirigió a mí:

- Mi madre nos está esperando. Ha sufrido mucho con su situación. Desde que supo que le habían condenado no ha dejado de rezar, y ahora asegura que este suceso demuestra su inocencia. Nunca ha creído que usted matara a aquel hombre.

No supe responder, traté de hilvanar varias veces una frase hasta que desistí de hacerlo. Las luces de la casa alumbraban el último tramo de la calle, por lo demás en penumbra. Entramos. Madame Bonté se levantó de la silla en que nos esperaba y cogió la jaula con cuidado. Ordenó a su hijo ir a dormir, y me condujo a una alcoba contigua. Yo recordaba vagamente aquella estancia, a la que de niño había llevado recados de mi madre. En ella había dispuesto, en una gran artesa, unos cuantos almohadones que habrían de servirme de yacija. Abrió la jaula y me depositó en ellos con suavidad. Observé que tenía los ojos enrojecidos. Me peinó el flequillo con los dedos y se marchó sin decir palabra.

Y al fin estoy aquí, esperando el alba. Me pregunto si pronto moriré o si la vida se ha quedado irremediablemente fundida con mi ser, como una sustancia imposible de ser extirpada. Sabía que el ansia de vivir lograría sobreponerse a las leyes de este mundo, y que ninguna decisión de los hombres sería suficiente para impedirlo. Sin embargo no era esta victoria lo que yo pretendía. Añoro mi cuerpo, quisiera saber donde se encuentra. Me siento huérfano de él, pero saber que su padecimiento ha terminado me conforta, y en cierto sentido envidio su suerte. Intentaré descansar. Si lo deseo con fuerza también conseguiré que el día de hoy no haya sido más que una pesadilla, y con la luz se desvanecerá como la tiniebla de la noche.

Carlos Fernández