Material para la muerte

 

De suerte que el pneuma es una materia que se hace propia del alma, y la forma de esa materia consiste en la justa proporción del aire y del fuego.

 (Veterum fragmenta)

 

 

Tras unos días anodinos de inútil tedio, el joven Cavendish había descansado profundamente y le era costoso el retorno, ese volver repentinamente a la superficie de la vida, al estanque de la vigilia. En días como el que estaba naciendo, grises y sin luz, su alma cavilaba como secularmente acostumbraba intentando domeñar el avispero de la mente, atendiendo a un tiempo, cada vez más enfáticamente, a esos escondidos y amplios valles en penumbra fruto de misteriosas intuiciones. Transcurría la vida usualmente tranquila y muchas veces fútil, omnipresentemente llena de reflexiones y de lecturas interminables. Fue en el duermevela de aquella alba nueva, cuando comenzó a seguir por dentro su brazo derecho, en la oscuridad de la alcoba, en medio de la nebulosa de la madrugada, desde la unión firme del hombro hasta el dedo meñique, fibra a fibra, sabiéndose él mismo sin dudarlo un momento.

Después, como un ser dotado de un profundo sentido de equidad, intentó el mismo malabarismo con su brazo izquierdo y ahí fue cuando encontró cosas débiles y oscuras ¿ Pertenecía el brazo también a su cuerpo ? - soterradamente se preguntó a sí mismo, inconscientemente.
No lo sentía en absoluto y apenas significaba algo en ese momento. Se llegó a dar cuenta de que el brazo estaba dormido, acalambrado hasta el hombro. Sin ningún tipo de premura ni angustia, lo agitó suavemente como el ave fluvial acierta a emprender el vuelo desde el lodo del río hasta las copas de los altos habitantes de la chopera. Levemente, empezó a ser suyo aquel miembro, utilizado por mor de su fuerza, casi adivinando en ese mismo momento algún tipo de sed de infinito en su brazo, en su alma, en su alto lado eterno, con la ineludible condición de que no tuviera que ser escrito, expresado ...

Tras unos dilatados momentos, el brazo izquierdo comenzó a ser suyo, se incorporó a su voluntad con estertores de sangre bombeándose de nuevo por sus cauces, sangre, ese fluido que nos ata a la vida. Promovió entonces un afán de sentir los pliegues de la piel, el vello de la superficie del pecho, a la luz de una mera posibilidad. Los ojos estaban todavía entrecerrados y algo molestos por los destellos de luz que filtraban los cortinajes desplegados ante el ventanal de la habitación. Esa pobre luz que apenas alcanzaba la noble madera, los pináculos y los cortinajes de seda que constituían una flamante cama de estilo victoriano, el lecho del joven Cavendish. Los ojos, oteando primero algunos enseres en la más suave penumbra y finalmente el brazo izquierdo, se quedaban entonces clavados en el eje central de su cuerpo, habiendo mirado hacia la mano derecha, allá en la penumbra, y hacia la mano izquierda, persistente y alternativamente. En este mencionado centro, entre las dos protuberancias del pecho, descansaba semioculta por el vello una medallita de oro : el sagrado corazón moldeado en metal precioso apenas brillante por el paso del tiempo y sobre todo por el efecto del agua que cada mañana resbalaba por su cuerpo, agua de la higiene.

El pecho no era prominente pero se había ensanchado desde el tiempo de la adolescencia bajo los efectos de una lentísima transformación y clamaba desde hacía años que allí dentro había enterrado un poetastro. El torso desnudo, con abundante vello germinado no hacía demasiado tiempo, iba a imbrincarse en la cintura con músculos tersos y nada aparentes. Las caderas anchas, nada apropiadas para la estrecha cintura, eran el inicio de dos fuertes piernas. Piernas que sin dudar hubiera cambiado por dos potentes alas para izarse de la diminuta perspectiva de lo fugaz y lo a ras de tierra; alas en bien de una vida desconocida hasta ese instante; alas de poeta con alta inquietud trascendente, para vuelos circulares en búsqueda de sendas hechas de aire, de algún secreto rastro espiritual.

Un repaso del cuerpo a la luz de su pequeño pero dilatado pasado, le llevó a pensar en ese poetastro allí enterrado. Pues desde antaño creía conocer la verdad. Un lírico literato en potencia que yacía enterrado a lo largo del cuerpo, carne hecha de luz que reposaba ahora en la cama, sobre su costado izquierdo. Los cortinajes, gracias a la floreciente luz, se hacían cada vez más presentes. La claridad del día permitía ahora ver los tejados nevados de las casas de alrededor : bellas mansiones de esplendor victoriano, tranquilas en una quietud sin ningún aparente movimiento de vida en el condado de Wiltshire. Pero la mañana, como acostumbraba, nacía con sus nuevos desvelos. El joven señor Cavendish, cierto dueño del propio tiempo que le había tocado vivir, gracias a las rentas familiares, dedicaba las horas a resucitar al poeta muerto y enterrado que exhalaba dentro de su ser. Difunto desde tiempo inmemorial pero con desconocidas facultades para algún día resucitar.

Tras finalmente incorporarse, se limpió el rostro y el torso en la bacía de agua fresca como fresca era aquella mañana de un invierno profundo, sin apariencia de tener postrimerías. La faz reflejada en el espejo volvía a sonreír agradecida por la nueva jornada que le esperaba, jornada de intenso trabajo. Tocó la campanilla y tras un silencio ciertamente breve, el que se demoró el sirviente en estar preparado y presentable, la puerta se abrió y James apareció con todo el esplendor que solía, como si la dicha de vivir se hubiere revitalizado en el dulce oficio de obedecer.

- Buenos días tenga usted señor Cavendish.

- Buenos días, James. Hace una luz difusa que invita a desperezarse ¿Me preparará usted un desayuno de apaño? - interrogó el señor de la casa, sentado en el lecho.

- Faltaría más, señor. ¿Le parece huevos con beicon, judías, zumo de naranja y café cargado ? - ofreció James.

- Valdrá valdrá, diantres, siempre me pregunto cómo puede usted atinar a cada momento con mis pensamientos, querido James. Se diría que hubiera nacido usted para adivino y no para servir en una casa noble - maravillado contestó.

- Señor, es más fácil de lo que usted pretende. Me basta con observar su rostro, espejo del alma, y un breve momento sus manos. El resto proviene de las enseñanzas de mi padre que sirvió a su padre y a su abuelo, diríamos que somos infinitas generaciones de Collins sirviendo de forma interminable a infinitas generaciones de Cavendish. Eso acaba formando parte del pulso de uno, de la idiosincrasia y el ser ...

- Hummm ... siempre me sorprende James con su sabiduria y su desparpajo. No sé que sería de este hogar sin usted ahora que mis padres ya no están aquí. Estoy muy orgulloso de haber quedado en sus manos fraternales y atentas.
- Por Dios, señor Cavendish, no haga tales vanaglorias de éste mi humilde oficio - dijo James a la vez que hacía su armónica y lenta reverencia.

- ¿Nos vemos en los fogones dentro de un rato, entonces ?

- Sí, señor, de acuerdo - confirmó el eficiente James.

Y en los fogones se encontraron pues ése era el gusto de James y el señor Cavendish, gusto que repetían cada mañana si el dueño de la casa no había salido a Londres para vigilar sus rentas o por algunas de sus raras inquietudes literarias.

Desayunaban en una fuerte mesa de roble al calor de los fogones, donde ya zascandileaban la mujer de James y una de sus hijas, preparando los maravillosos guisos del almuerzo. Nada evitaba que el señor de la casa desayunase con cualquier miembro del servicio, no demasiado numeroso, y por lo general integrante de la familia Collins, aunque era casi costumbre inveterada que James fuese el compañero de mesa del señor Cavendish. Mesa de confidencias y risas sinceras que nacían de lo profundo. El señor Cavendish aprendía de la sabiduría mundana de James y éste quedaba muy agradecido de ser partícipe de las confidencias de su señor. Las gracias, anécdotas y sucedidos de lo cotidiano eran como amapolas de un campo abonado pues el señor de la casa era un hombre de carcajada bien fácil. Mientras los diálogos se sucedían era común que alguna judía entomatada se saliese del plato y que el empleo desaforado del pan blanco, saeta de huevos fritos, dejara el mantel lleno de migas en aquellas mañanitas de eterno regocijo.

- ¿ Ha quedado contento, señor Cavendish? - solía preguntar James.

- Después de este reconfortante ágape mañanero, estoy preparado para la muerte sin solicitar más bendiciones apostólicas al deán del condado o al mismo obispo de Canterbury - bromeaba el señor Cavendish como solía con cuestiones trascendentales.

Tras felicitar al fiel sirviente, que para entonces se había sentido sobre un gran barril y fumaba su pipa entre volutas de humo perfumado, reposando el alimento recién ingerido, el señor Cavendish se incorporaba y mientras daba unas gracias harto sinceras, salía de las cocinas y accedía, por los pasillos silenciosos y oscuros de la mansión familiar, a su despacho de trabajo en el ala oeste.

Esa mañana echó una ojeada obligada a los libros de cuentas de los negocios familiares, revisados y transcritos por el testaferro John Twickerance, libros que dejaba cada semana en el hogar familiar. Rendía cuentas y se ocupaba de todo lo necesario para que el joven Cavendish tuviera cada año una renta adecuada a su alcurnia, rastro de un apellido de una antigua y noble saga familiar. Eran unas meras firmas en los lugares de los documentos marcados con un aspa. Su conciencia no le eximía de leer previamente los párrafos, a veces farragosos, que precedían a la firma. Esta era la crematística devoción que su padre había previsto para él. Ambos, su padre y su madre, fallecieron años atrás en un naufragio en el Canal de la Mancha, precisamente en los acantilados de la isla de Wight. Fue un infortunio triste fruto de la inclemente acción de una galerna que se echó encima del "Constance", barco de la escuadra de Su Majestad y enlace normal entre Inglaterra y Francia por aquellos años. Habían partido en el citado bergantín desde Calais, en la costa francesa, tras haber disfrutado ambos de un alegre fin de semana nupcial en París, como invitados al enlace del primogénito de un familiar lejano de su padre, el Sr. Deveraux. Familiar al que todavía le unían fuertes lazos cultivados en la niñez de su padre, Sir Cavendish.

Toda esa situación de zozobra comenzó con un apresurado viaje a caballo hasta la costa sur de Inglaterra, después vino la dolorosa identificación de los cadáveres de sus progenitores y el sepelio en la catedral gótica del condado. Se cerró el trance para el joven heredero, en el despacho londinense de John Twickerance con la firma de los poderes y de la aceptación del testamento. Su hermano Richard Cavendish, ya emancipado, casado y residente en el Soho londinense donde tenía su negocio de curtido de pieles, aceptó las disposiciones del cabeza de familia. Tan detalladas eran que pareciera como si al escribirlas hubiese anticipado el momento oscuro del naufragio en el que él y su esposa perdieran la vida. También le hacía heredero su padre del legado literario : obras que había escrito a lo largo de muchos años y que no habían sido leídas por nadie más que el propio autor y algún amigo o allegado aficionado a la lectura. Aún hoy no había conseguido hacer un índice completo y se había demorado en las obras que se apilaban en la parte superior del baúl. También se había entretenido en los legajos sin número que estaban rellenos de curiosos aforismos, universos en flor, los cuales rumiaba a razón de unos cuantos cada día. Una de esas obras que venía repasando era de gran misterio y se titulaba con el sonoro nombre de "Los cuatro clavos de Cristo" : algo así como un especie de historia ambientada en la Europa continental detallando los rastros de un sinfín de reliquias entre ellas, claro está, los cuatro clavos que clavaron a la cruz el cuerpo de Cristo. Era una mezcla de novela histórica e historia sagrada. También se ocupaba, siempre con un estilo vivaz y nada puritano, de otras varias archiconocidas reliquias de santos y obispos del Imperio de Bizancio.

Aquella mañana de luz mortecina, la pasó en el despacho más ocupado por la obra inédita de su padre que por los absurdos papeles llenos de lenguaje legalista y de números y más números del aplicado Twickerance. Escribió una larga epístola a su amada que por entonces estaba residiendo en Edimburgo, acompañando a una abuela anciana y ciega, pero apegada con fuerza a la vida, tal como le narraba en sus frecuentes cartas. Como singularmente hacía, volvía a preguntarse el joven Cavendish cuál sería su reacción si su prometida falleciera : era la extraña forma de poner a prueba sus propios sentimientos. Al terminar la carta, besó el sello y en ese mismo momento sintió en su mejilla algo así como un beso de ella; era un curiosa vivencia que raramente experimentaba y cuando así ocurría le hacía sentirse en contacto con algo misterioso y no tan desconocido.

Las aves del terruño, principalmente palomas torcaces y ánades de las marismas cercanas, estuvieron pasando por delante de su ventana toda la mañana. Llegó un momento en que volaban sólo en sus sueños de cristal, en un dulce reposo de su cabeza, apoyada en los aforismos del venerado y nunca olvidado progenitor.

Tras un almuerzo sabroso, hecho de verduras salteadas y caza, redondeado en su tramo final con un excelente dulce de ruibarbo, todo ello regado de Rioja español y servido en la mejor vajilla de la casa, desechó la idea de volver a su alcoba a echar una cabezada. Le animó la idea que se le aparecía más tentadora y optó por una visita verpertina a un maduro amigo muy querido por él. Una suerte de maestro, de guía espiritual con el que había entrado en contacto a través de su difunto padre. Así vestido, con la indumentaria de paseo invernal : chistera, amplia capa de invierno, rematada con piel de armiño, traje de paño, guantes, fuertes botines de cuero negro y bastón de puño dorado formando cabeza de perro galgo, abrió la puerta lateral de acceso a las caballerizas, miró a la derecha por encima de los portones de los establos a los rocines que allí pacían, y sonriendo les dijo:

- Hoy no tengo trabajo para vosotros, mis nobles caballos. He decidido ejercitar un poco las piernas yendo a pie hasta el linde cercano con el condado de Hampshire.

El cielo abrió sus algodones allá en lo alto y le contestó con una lluvia de copos que pareció convertir el camino en una senda blanca e infinita para la vista.

- ¿Tú también quieres acompañarme en mi caminar, cielo gris de Inglaterra? - habló mirando a lo alto hacia la densa luz mortecina. Vayamos a ver qué cuenta lord Lawrence en su apartada soledad, pensó para sí mismo.

La tarde había sido invadida por una luz tenue, filtrada por el algodonoso techo de nubes grises que cubrían el condado y probablemente todo el sudeste de la isla. Los botines de buen cuero hollaban el camino que también iba siendo recubierto por el manto blanco, síntoma del invierno. El camino estaba solitario y así continuó hasta al primer cruce, pues de ahí en adelante, se podían apreciar otros viandantes, probables vendedores textiles, afiladores, ropavejeros y algún que otro vecino de por aquellos andurriales.

Las colinas de Whitewood, Ravennary y Undinals, que eran las tres más altas del condado, en hilera a la derecha del camino, acogían en silencio el leve y blanco sudario del invierno. Se iban cerrando a la vista sus siluetas por la luz cada vez más escasa; hubiera dado la vuelta de no ser sábado, pero el día reclamaba una cita, un encuentro con la tranquilidad y el divagar sosegado en la compañía de lord Lawrence y su nargile. El trecho que le esperaba no era demasiado extenso pero las inclemencias podían hacerlo incómodo. Una avecillas oscuras, que se movían en revoloteo nervioso bajo unos gigantes sauces, en apariencia de estar cazando insectos, seguramente que hacían frente al viento gélido que se había levantado y que bajaba fuerte por las laderas y los pasadizos que las colinas dejaban entre sí.

En la calma acompasada del tru-tru de las botas sobre la blanca capa de nieve, sin saber demasiado bien el porqué, se le apareció la faz del deán del condado, el padre O' Connolly, dando la bendición póstuma en la inhumación de sus padres :

"Acoge Señor a tus siervos Sir y Lady Cavendish en tu última morada .... " - sólo acompañado por el eco de las paladas de tierra golpeando los féretros...

La dorada punta del bastón se hundía cada vez más en la fría estela blanca y decidió a atajar dejando la senda principal - como en otros tantos sábados había resuelto - llena para entonces de múltiples rodadas de carruajes dibujadas en el barro mezclado con nieve-. La imagen indeleble del paisaje invernal se asemejaba a aquellas encerradas para siempre en los cuadros flamencos que había contemplado recientemente en una galería londinense. El único ser de este vespertino cuadro invernal, era su espectro, vencido hacia delante, caminando por la límpida blancura, con el embozo del capote sobre el rostro, y como rastro inane, el dejado en la nieve virgen por sus pisadas.

Había perdido las referencias mentales de otras tardes debido a la total blancura del paisaje. La nieve, que le caía sobre la chistera y la capa desde las ramas bajas de los pinos, empujadas por su deambular fantasmal, parecía hacer más cortante el frío que traspasaba sus botas y que poco a poco helaba los pies pareciendo urgir al pensamiento a buscar trazos de esperanza. En otras ocasiones del pasado, hubieren sido contumaces preguntas y desnudos conceptos filosóficos o bien el mundo secreto creado por algún aforismo, legado por su padre, que pretendía florecer enteramente nuevo e inmaculado. Pero en medio de tal luz tenebrosa y del blanco tenaz que cubría el suelo, otra cosa muy diferente ocupó su cabeza haciendo de faro lejano que clamaba por llegar : era el calor del hogar, fe y ansias en coincidencia, que salía de la chimenea de la biblioteca de lord Lawrence, el cual, a esas horas, estaría sentado en su diván quizá con la presencia de Cavendish en sus pensamientos, interrogándose sobre si le haría compañía esa tarde.

Era un leve levitar de copos vírgenes propendiendo a flotar lentamente en el vacío. Dos herrerillos volaban de árbol en árbol celebrando la caída lenta de copos sobre los campos y las colinas. Su piar le dió fuerzas. Levantó la vista y allí estaban como saludando al más desamparado de los hombres, entre el frío y la desazón, en su trabajoso caminar. Detuvo la marcha en el centro de un círculo de abedules grandullones e hizo un movimiento suave en el aire, con el bastón a modo de saludo, de forma que sin espantarse, piaron a coro su melodía ancestral, solamente para Cavendish. Fue entonces que bajó la vista a su izquierda y avistó una colina de familiares contornos : la que guardaba por su parte baja, en la ladera izquierda, el camino hacia la línea limítrofe con Hampshire; de la divisoria entre los dos condados hasta la mansión de lord Lawrence, aproximadamente habría unas cuatro millas, que serpenteaban entre varios cruces señalizados con seriedad británica.

Celebrando su orientación, bajó al camino en cuanto pudo, clavando el bastón en la nieve espesa, tranco a tranco, como quien está a punto de hacer cumbre en una montaña altísima, y no desea quedarse rezagado del grupo pues quiere saborear también la cumbre.

Tras unas mal calculadas dos horas de camino, una vez rebasada la frontera entre condados, pudo divisar a lo lejos, el humo de la chimenea : los tejados se habían teñido de color blanco, y también se podía apreciar alguna luz de candelabro en los ventanales. Ibase cerniendo la noche y sus esperanzas estaban colmadas, vería a su amigo tras el largo paseo invernal. Después de una dura lucha, siempre nos asalta la idea de si la Providencia nos vigila, y conscientes por ello, de haber sido salvados de la angustia y la desesperanza al menos una vez más. Le recibió el sonido de mágicas campanillas y el mayordomo abriendo el portón de la mansión con un chirriar largo debido a la falta de engrase :

- Buenas noches, Sr. Proudhon - dijo victorioso, apartando el embozo del rostro.

- Buenas noches tenga usted, señor Cavendish. Le noto exhausto y hasta gris en el rostro - apostilló el mayordomo. ¿Me cambiaría esas botas húmedas por unas zapatillas y la capa por un mullido batín del armario de lord Lawrence?

- Sr. Proudhon, por Dios , no le haría ascos a su ofrecimiento por nada del mundo. ¿Está ya su señor esperándome en la biblioteca? - interrogó, a medias repuesto de la caminata y de los envites del viento frío, pero sobre todo de la angustia por llegar allí.

- Pues, diría que ha estado leyendo en su sillón favorito y también diría que le notaba un poco intranquilo por su picar y repicar la campanilla del servicio pidiendo atenciones triviales.

El visitante se sentó en el recibidor, dejó el bastón y la chistera en el perchero de latón adosado a la pared, y se descalzó bien a gusto. El Sr. Proudhon le trajo las hogareñas prendas. Mientras se ponía el calzado de andar por casa, sonó la campanilla del servicio : ¡ Era lord Lawrence impaciente, preguntando si había llegado ! El sirviente le llevó a través del pasillo, adornado por antiguas armaduras, y a través de las grandes ventanas del corredor, podía ver la nieve caer sin descanso ahora que ya estaba salvo en un hogar amigo. El anfitrión salió a recibirlo ataviado con un batín oriental y unas babuchas de vivos colores :

- ¡ Mi querido Cavendish ¡ Ya estaba preocupado por su demora. Me ha acostumbrado mal, por Dios que sí, y los sábados siempre le espero con impaciencia para dialogar y fumar a placer al calor de los libros y el fuego del hogar - dijo lord Lawrence con chispeante jovialidad, aunque ya contaba con setenta años de larga vida a sus espaldas.

Lord Lawrence, quien había servido en el ejército de Su Majestad en la lejana India, vivía desde hacía unos buenos años retirado en su pequeño palacete, dedicado a las tareas de la sabiduría y al reposo de la senectud. Era viudo desde hacía por lo menos una década y sus hijos - hijo e hija -, que se habían traslado al condado de Essex, tenían sus negocios en auge y sus ocupaciones, por lo que de vez en cuando venían a pasar unos días con su anciano padre, acompañados de toda su parentela : niños, gatos, perros y nannies incluídas. En esas jornadas la mansión apartada de lord Lawrence rebullía y perdía el sosiego que reinaba el resto del año.

- Hoy es un día grande, el calor de su chimenea tendrá un significado especial. Lo recordaré como el paseo por la nieve más funesto de mi vida y su hogar como la salvación de la divina Providencia, el justo descanso del caminante. Pero olvidémoslo porque estamos juntos para charlar con quietud.

- ¿La apetece beber algo para entrar en calor? - preguntó lord Lawrence -. Hablando de bebidas alcohólicas, ¿le he contado alguna vez cómo se inventó el combinado de ginebra con agua tónica, señor Cavendish?

- No recuerdo, lord Lawrence. Seguro que se trata de una historia curiosa.

- La verdad es que fue un hallazgo fortuito que nos colmó de contento a los que servíamos en el ejército en la India por aquella época - aseguró el anfitrión. Un buen día, en la taberna de oficiales del sexto regimiento de la guarnición de Bengala, Oliver Harlow y Charles Merrick, ambos capitanes, se disponían a tomar la quinina disuelta en agua tónica. Como sabrás, la quinina tenía el objetivo de evitar la malaria, azote importante en aquel país sobre todo para los occidentales. Pues bien, a uno de ellos se le ocurrió una idea que ambos celebrarían con profundas carcajadas : ¿ por qué no añadir un chorrito de ginebra al bebedizo? Y así lo hicieron y fue la sensación en el bar de oficiales. Después vendría el hielo y la rodaja de limón y el apaño alcohólico quedaría completo para el resto de los días del mundo - sonrió ampliamente lord Lawrence.

- Curiosa historia, lord Lawrence, y curioso principio para una mezcla tan chispeante. Me tomaré un poco de agua tónica con ginebra para entrar en calor, si no le importa. Ah, no me ponga quinina, por favor - dijo el señor Cavendish, al tiempo que se sentaba en el diván frente al fuego, en la enorme y acogedora biblioteca. Lord Lawrence contestó con una socarrona risotada.

Los cristales de los ventanales habían sido blanqueados por la ventisca y el vaho no dejaba contemplar los jardines que circundaban la hacienda. Lord Lawrence corrió los cortinajes hasta conseguir una atractiva penumbra sólo rota por una gran lámpara de pie y el propio fuego del hogar. A continuación, se acercó al mueble que cobijaba las bebidas espiritosas y trajinó con botellas y vasos hasta conseguir dos transparentes mezclas que habrían de hacer honor al sexto regimiento de Bengala. Las dejó en las mesitas que flanqueaban los dos divanes que su vez formaban una v frente a la chimenea.

- Siempre me he preguntado cómo fue, Lord Lawrence, la génesis de esta biblioteca tan maravillosa - inquirió el señor Cavendish para abundar en una conversación más profunda.

- Mi querido amigo. Este enorme conjunto de libros, que llenan las paredes de esta gran sala, ha sobrevivido y se ha ido incrementando tras sucesivas generaciones gracias a que ha habido siempre un ávido lector en cada una de ellas; en esta generación me ha tocado a mí serlo, como podrás imaginar. Desde pequeño cultivé la lectura a instancias de mi padre y mis tutores y no me arrepiento en absoluto de haber empleado mi tiempo en este menester. Llegado a la vejez, incluso puedo decir, que me hacen compañía y me dan calor - alcanzó a terminar con los ojos acuosos lord Lawrence.

- Pero ¿ había un afán primigenio o todo se desarrolló sin interrogantes ni titubeos ? - preguntó sin circunloquios el señor Cavendish.

- Bueno, cuando uno es joven e inexperto se plantea metas y logros para el futuro lejano. Yo jugaba a responder las grandes cuestiones que cualquier ser humano acierta a preguntarse. No podría ser de otra manera pues la razón está ahí por encima de la intuición y de los misterios de la existencia - y en ese momento se levantó y fue a una esquina de la estancia. Sacó un volumen color beige, encuadernado en rústica, y acercándose al lado del joven huésped, le conminó a leer una nota a pie de página (1).

- … Profunda nota, lord Lawrence. Largo me lo fiáis, que diría Sir Cavendish, mi padre. Digamos que el círculo se ha cerrado para usted y ha ensamblado, a su manera claro está, el oscuro puzzle de la vida ¿ me equivoco ?

- En absoluto, y además hace honor a la noble estirpe de los seres dotados de alma. La escondida perla que buscaba había estado siempre ahí, en ese pie de página tan evidente, tan escueto y esclarecedor. Leí esta obra y la nota claro, a poco de dejar la adolescencia. Trazar ese círculo de la existencia me ha llevado a la hermética y por otra parte clara conclusión ahí expuesta. Todo sale bien o mal parado, la vida en general, según nos enfrentemos a la idea de la muerte. Así sea nuestra postura así serán nuestra mirada y los frutos que obtengamos …- sentenció con voz emocionada, lord Lawrence - … la singladura llega a su fin y el timonel conoce el último puerto, mas ello no nubla su vista ni le hace temblar más de lo debido. Simplemente, disfruta de la navegación, del mar, de la brisa … en mi caso, de los libros que he leído con placer y que han ayudado a mi alma en los momentos de angustia y desazón.

Finos resortes cultivados en otras tantas tardes, hicieron que el señor Cavendish se acercase a una estantería concreta y extrajese un tomo en cuero oscuro con ribetes dorados, y comenzase a leer, como al anfitrión le gustaba, Oda a una urna griega, del poeta inglés John Keats. Lord Lawrence le interrrumpió y dijó con voz pausada llena de resonancias fuera del tiempo lineal :

- Esta tarde, mi apreciado amigo, ¿ me hará la infinita deferencia de leer Isabella (2) ? - resonó en la biblioteca la voz de lord Lawrence, con un poso de cansancio antiguo .

La voz del joven Cavendish resonó suave, casi imperceptible y desconocida, amortiguada por los miles y miles de volúmenes que cubrían las paredes. Miraba con un ojo los versos impresos en un grueso papel de calidad, y con otro el ensimismamiento de lord Lawrence, hechizado como el que saborea los versos entronizado en un universo lejano, inexistente en el aquí y el ahora. Libaba la mezcla de ginebra y agua tónica para remediar la sed que la emoción le procuraba.

Este fue el momento escogido por lord Lawrence, cuando recitaba con parsimonia la última estrofa del poema, para acudir al armarito que había entre los divanes y sacar el renegrido opúsculo que pondría en la cazoleta de mi pipa de agua. Prendió el fuego y conminó a su joven amigo a no dejarlo morir. Cerró entonces el libro, el joven Cavendish, y lo posó en la mesita adyacente. Se relajó sobre el diván y chupó de a pocos por la boquilla de la larga cánula. El sonido del burbujeo le hechizó - las burbujas parecían entrar por boca y oídos al mismo tiempo - y preludió el valle de tranquilidad que ambos buscaban en la dulce estancia cálida y penumbrosa. Contemplaba a través de la fina columna de humo que se deshilachaba en formas imposibles, el serio rostro de lord Cavendish, aspirando lentamente y entornando los ojos - había repetido la misma maniobra introduciendo la negra piedrecilla de opio en la cazoleta de su narguile. Los borboteos eran el único sonido que los mantenía unidos al mundo, el fino hilo conductor de la jornada ya vencida por la noche. La anochecida encontró las sonrisas de sus rostros resplandeciendo hacia el alto cielo de la biblioteca y más allá, si apuramos la figura alegórica.

La música en éxtasis y los paisajes que fueron descubriendo en la calma de las horas venideras, constituían un mundo interior del alma casi detenido sin el necesario remolino de pensamientos de la vigilia. Nada necesitaban, salvo tiempo, licuado en horas, y un tremendo sosiego que horadaba suavemente sus mentes como fruto agradecido de la droga.

El fuego crepitaba en la chimenea gracias al Sr. Proudhon, que lo alimentaba amorosamente y en profundo silencio, respetando el nirvana de los hombres recostados en los divanes, viajeros ahora de un tiempo y un espacio desconocidos.

Algunas horas después, en el alba, entre penumbras, como se había hecho costumbre, abandonaba nuestro joven Cavendish el palacete a bordo del carruaje del anfitrión, guiado por el cochero del lord Lawrence, y llegaba, felizmente extenuado, al lecho de su propia mansión.

Aquel mediodía del domingo posterior al encuentro, se levantó el joven fumador de opio, y una vez aseado, sintiendo un valle de calma en lo profundo de su alma, comió frugalmente en su despacho. Un pensamiento - una imagen más bien - de lord Lawrence vino a ocupar su mente. La campanilla de la puerta principal sonó repetidas veces, diríamos que con insistencia. Bajó el señor Cavendish a la entrada principal, sacándose ruido de los nudillos. Allí estaba el Sr. Proudhon con la cabeza alta y los ojos húmedos bajo la gran araña de infinitos cristales brillantes.

- Buenas tardes, Sr Proudhon ¿ qué nuevas me trae?

- Esto es para usted .... - bajando la mirada como avergonzado por sus ojos lacrimosos.

El señor Cavendish rompió rapidamente el lacre del sobre y leyó la breve epístola :

Apreciado amigo :

Este momento había sido vaticinado hace algunos meses y no ha podido llegar de manera más oportuna. No podré acompañarlo en más opiáceos viajes vespertinos y por ello espero que me sabrá perdonar. Su impagable compañía, este sábado de nuestro último viaje, ha sido el mejor viático que hubiera podido esperar. No piense en mí sino como el alma que ya descansa para toda la eternidad, relevado de la vida y sus desazones, quizá añorando de verdad sólo unas pocas cosas. Tras nuestro último encuentro, intuí la llegada del momento sobre el que los doctores me habían prevenido. No deseo que me recuerde con tristeza y sé que no lo hará pues ha de sobreponerse. Le auguro una larga vida pues le va a hacer falta entre otras cosas porque he dispuesto que mi extensa biblioteca pase a su poder paulatinamente. Se despide ahora su amigo con infinito agradecimiento por su amistad que tan sagrada ha sido para mí. Adiós y hasta siempre.

Que Dios le bendiga

Lord Lawrence

Dos lagrimones brotaron lentamente de mis ojos y entonces supe que él había comenzado su desposorio eterno con el silencio. Mi amigo me precedería en el sueño níveo de la muerte y esperaba, así habría de ser sin duda, hacerle algún día compañía en esos cielos mansos y tremendamente azules que sólo los fumadores de opio saben apreciar.

 

The end

 

(1) Nota del Autor - Idem a pie de página del libro que lord Lawrence sabiamente estimaba y que había sido descubierta en su juventud : "Quiero decir más sencillamente que la muerte es lo inevitable y la vida lo evitable, vivible, configurable (Liturgia), pero que nosotros, al tratar de evitar angustiosamente la muerte (y su sentido religioso), caemos en una vida inevitable y mortífera por cuanto "petrificada" por el Rostro del Gorgona Medusa (Muerte). Al evitar lo inevitable (la muerte), inevitabilizamos la vida, o sea, la hacemos invivible, insufrible, irreligiosa : como un Destino sin destinación."

(2) Nota del Autor - El poema leído por el señor Cavendish, Isabella, fue escrito por el inmortal John Keats que abandonó este mundo a la edad de 26 años y en su epitafio dejó escrito : "Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua."

Dulcísima Isabella,
rojos arándanos penden sobre mi cabeza
y un ancho perdernal pesa sobre mis pies;
alrededor las hayas y los altos castaños derraman
sus hojas y espinosos frutos; un balido
llega de la otra orilla del río hasta mi lecho.
Ve a verter una lágrima sobre mi brezal en flor
y me confortarás en mi sepulcro.

Soy una sombra ahora, ¡ ay de mí !
En los confines de lo humano vivo
solo, y a solas canto la sagrada misa,
mientras en torno tintinean los rumores de la vida,
las lustrosas abejas pasan a mediodía rumbo a los campos.
Y dan la hora las campanas de las capillas,
traspasándome de dolor; ajenos a mí son esos sones,
y tú estás lejos en el mundo de los hombres.

Sé lo que fue y siento lo que es,
y me enfurecería, si tal pudiera un espíritu;
aunque olvide el sabor de la beatitud terrena,
tu palidez entibia mi tumba, como si
del brillante abismo hubiese elegido a un serafín
para desposarlo; tu palidez me alegra;
tu belleza crece en mí, y siento
que un amor más grande se insinúa en mi ser.

 

El maestresala