Te quiero siempre

Remueves distraído el café. Tu atención se encuentra dividida entre lo que acontece en la calle que se ve desde tu mesa y una imagen que te ronda desde hace días, desde el Armisticio.

El Café d'Etoile, en el Boulevard Haussman. A través del ventanal y más allá de los tejados de pizarra el sol amanece. Mientras, los adoquines resuenan bajo las botas de los soldados alemanes que ocupan la ciudad. Fanfarrias, timbales, falsa alegría en un mañana de luz negra.

Un hombro donde solloza la muerte: esa es la imagen que te gana para el desánimo. Hoy hasta la muerte siente pavor y tiene la necesidad de consuelo.

Como autómatas, los soldados del ejército victorioso toman posesión de su botín: París hoy; Francia entera mañana. Pero ayer fue Viena, porque tú, Eugene, ya conoces esta escena. Porque dos años antes, desde un café muy parecido, viste desfilar los mismos uniformes, los mismos rostros; las mismas cruces gamadas que rompieron tu amor con Sussane.

Sussane, la que aquel día lloró sobre tu hombro, entre los lamentos del tren que te iba a sacar de aquella pesadilla… Sussane, la que se quedó en el sueño demente, ahogándose en un mar de color pardo. El último beso. La última mirada cuando el vagón inició su lento rodar hacia la luz.

Y ahora la luz se apaga también en París.

Apuras el contenido de la taza y enciendes un pitillo. Exhalas el humo hacia la cristalera y se desvanece así durante unos valiosos segundos el desfile.

¿Cuáles fueron sus últimas palabras? Como las del vals, "te quiero siempre". Palabras derramadas en tus labios. ¿Y tú, Eugene? ¿Qué le respondiste? "Baila siempre conmigo, Sussane. Baila siempre conmigo ese vals."

Pero los bárbaros han quebrado la cintura de la música y ahora se te mueren en los brazos Sussane, el amor, el vals y el te quiero siempre.

Apagas el cigarrillo y sales del café. En la esquina un anciano da la espalda al desfile en un gesto de inútil desprecio y valor desesperado. El río de la guerra, sin embargo, continúa su fluir indiferente; y anega las riberas del Sena con el sonido metálico de las cadenas que hieren las calles de la ciudad. Y tú, Eugene, recuerdas una vez más a Sussane porque sabes que no volverás a verla; porque su voz era música de violín y sus cuerdas se rompieron en aquella estación de Viena.

Esta mañana, en París, hay árboles adonde las palomas van a morir.

Caminas despacio calle abajo, hacia Pont des Arts y el Sena. Eugene, tú también tienes un árbol en el que morir.

Quizás hoy lo encuentres.

Roberto Sánchez