La pareja búlgara

Difuntos del once de marzo de dos mil cuatro

In memoriam.

 

El día comienza a florecer y hay cierta calma plena de luz en el horizonte, la ciudad y sus suburbios resucitan a un nuevo día de este mes de marzo. La sombra enorme negrísima del cuerpo y las torres de la iglesia de San Juan Apóstol, se esparce en derredor alcanzando las chabolas de chapa y madera próximas, y unas cuantas casuchas, que si así las llamamos, cualquiera alcanza a comprender cuál puede ser la índole de su construcción. El resonar de los ladridos de canes guardianes, apenas hace mella en la torre del campanario que impertérrita vigila el despertar del suburbio; no hay ningún alma que se mueva en el complejo eclesiástico, mas no, no es del todo cierto, está el punto luminoso de pongamos que una lámpara, en una ventana esquinera y un sonido de toses rompiendo el hálito de la mañana.

 

Nace un nuevo día en el Pozo del Tío Raimundo, extrarradio paupérrimo de la caótica metrópoli Madrid. Y el campanario, cénit del altar en el que se ofrecen las tristezas y las alegrías de este humus trabajador que es el pueblo que habita estos lares, reina sobre el horizonte apaciguando a los hombres y a las bestias. Tras las toses, un ring largo y otro y otro para tratar de romper el silencio de la nueva mañana. El que ha tosido, sacerdote, única y solitaria alma moradora de este bastión cristiano, corre descalzo de la cama al vestíbulo no vaya a tener que dar una extremaunción de esas repentinas y no esperadas. Contesta al teléfono entre sorprendido y esperanzado, ... luego serio, un poco después ya demudado, parece casi derrumbado por lo que escucha. El rostro, en un rictus repentino, pide aire y luz; dos lágrimas brillantes le caen por las mejillas y lentamente bordean la comisura de los labios. Se queda mudo, se persigna y tomando la cruz dorada que del pecho le cuelga, la besa y mueve la cabeza de forma afirmativa, en silencio, hasta que como si fuera un milagro, sale de su mudez y acierta a decir a la voz del otro lado : "Sí, ahora voy".

Se desploma en el butacón y busca en la mesita del recibidor el paquete de tabaco olvidado allí hace semanas. Enciende un cigarrillo y retiene el humo hasta la asfixia mientras nuevos lagrimones le nublan la vista. Apenas apurado el tabaco, y como un resorte de una bendición interior, se yergue como preámbulo necesario para recibir al mundo entre sus manos; se asea, se viste y consigue atarse los zapatos sin que las ganas de lágrimas rebroten, sin ningún perceptible cambio en el semblante. Un café en una taza minúscula y dos marías mojadas aprisa, es lo único que su cuerpo acepta en este momento del día.

Ya en el vestíbulo, coge su pequeña maleta de cuero y acomoda en ella el breviario, la Biblia y la cajita con los terrenales óleos del consuelo. Abre la puerta y un beso traspasa de sus labios al Sagrado Corazón de aquélla a través de su mano diestra. Se persigna de nuevo al cerrarla. Aprisa aprisa, esa sensación cotidiana se hace hoy necesaria, primordial; mucha gente lo espera y la certeza que lo sobrepasa es para cuántos significarán sus pobres palabras ayuda, consuelo; ayuda espiritual que no puede restaurar las pérdidas lacerantes de vidas humanas ni hacer cesar el dolor de la heridas.

Llega a la estación de trenes y ya hay allí improvisados coordinadores. El alzacuellos hace de salvoconducto, nadie pregunta a dónde ira Manuel, el cura del extrarradio. Allá donde vaya podrá hacer algo más llevaderas estas horas de perdición tras el infame suceso preparado y ejecutado por hombres ciegos, no humanos. Le indican donde están los heridos. Habla con cada uno - alguno no contesta, yace inconsciente - como si una hecatombe pudiese acabar de inmediato con el mundo conocido que se extiende ante nuestro ojos. No hay descanso. El ulular de sirenas parece haber desaparecido de sus oídos, aunque su estruendo sea interminable, omnipresente, atosigante y desesperado a un tiempo.

A los heridos se los van llevando en oleadas, como bien pueden las gentes que allí se encuentran en estrecha colaboración con los equipos médicos; hay transeuntes sin abrigo, benefactores a los cuales dan órdenes los doctores y asistentes sanitarios. Con la mirada perdida, se prestan a cualquier cosa que les pidan, impensable para ellos anterior al impacto de esta mañana gris de invierno.

"Los difuntos" piensa para sí , "dónde los habrán puesto". Un policía sudoroso y sucio se apresura delante mismo de sus narices, lo agarra del hombro y lo interroga. Al polizón se le cae la mirada a los pies, dos lagrimones densos, brillantes, caen lentamente, al mismísimo servidor de la ley y el orden no le sirven de nada sus agallas y las largas horas de contemplación de la maldad y vileza humanas. Más tarde, levanta la vista húmeda y le señala el polideportivo que hay al otro lado de la calle. Le estrecha la mano como pidiendo su bendición y abraza al sacerdote Manuel y al hombre común sin miramientos, como cualquier familiar de ésos con los que trata la policía tras un asesinato, una trifulca o un simple suceso de barrio.
Cual autómata, mientras cruza la calle, acuden a su cabeza teológicamente desamparada las palabras más angustiosas de los evangelios : "Dios mío, Dios mío ¿por qué nos has abandonado?". Ha de detenerse y secarse las lágrimas antes de franquear la entrada de esta morgue increíble que ayer mismo era caja de resonancia de gritos adolescentes en lances deportivos. Gritos de vida. Esa bendición de los suburbios de la que no ha quedado ni rastro en este fijo y oscuro momento de hoy. Ha de secarse las lágrimas no vayan a notar que está construído de la misma pasta que todos ellos este humilde servidor del nazareno.

Uno a uno, apenas rozando levemente la mortaja - sábanas, mantas, cualquier tejido que tuvieran a mano los auxiliadores - bendice sin distinciones su recien llegada a término vida mortal asegurando el tránsito al Cielo :

Ego te absolvo in nomine patri … et filii … et spiritu sancti….
Requis in pacem amén.

Un momento de silencio, la mirada baja y unos pocos pasos hasta poder arrodillarse ante el siguiente difunto. Levantando su brazo derecho, mira al infinito y repite la misma letanía de palabras con idéntica convicción...

Tras el último cadáver, vaciado de sus fuerzas vitales, tropieza y cae desmayado ante una mujer que porta unas lentes pequeñas y va envuelta en un abrigo color lila. El breviario de su mano izquierda queda por unos instantes suspendido en el aire agridulce y parsimonioso de la estancia. Ella toma a Manuel y lo ayuda a sentarse en la silla más cercana. Comienza a abanicarlo. Entre nebulosas, él alcanza a distinguir a su ángel salvador, tiene rostro de mujer. También alcanza a distinguir a su derecha, en la entrada de la gran sala de difuntos, un grupo de jóvenes que hablan un idioma extraño, tal vez extranjeros, en este remolino del tiempo. Sus caras no presagian ninguna esperanza. Las mujeres se miran y lagrimean sin cesar; tratan de enjugarse las lágrimas y que nadie vea su sufrimiento mas apenas lo consiguen. Los hombres, en cambio, con hondas caras de preocupación, parecen muy tristes pero sin alterar la calma que debe dar una esperanza secreta, aprendida desde niños ...

Serían las dos y cuarto de la madrugada ya del día siguiente cuando se recibió una llamada en el centro de atención de la comisaría de Moratalaz; fue inmediatamente desviada al grupo de los desactivadores. Tres hombres velaban a esas horas en la unidad policial :

- Aquí la comisaría de Puente de Vallecas. Tenemos una bolsa extraída de uno de los trenes siniestrados, concretamente del tren del Pozo, con un teléfono móvil dentro. Hay unos cables que salen del teléfono.... - narró un policía de calle. Hemos creído conveniente avisaros ...

-¡ Por Dios ! - le cortó entre nervioso e impaciente uno de nombre Pedro, del equipo de Moratalaz. A ver, escúchame bien. Empezad inmediatamente a desalojar la comisaría, sin prisas pero ahora mismo. Vamos para allá.

Cuando llegaron, todo el personal de guardia estaba fuera de la comisaria. Pedro asumió la responsabilidad de la misión y se hizo acompañar por un colega de la propia comisaría hasta el lugar donde habían puesto la bolsa. El recorrido de las desiertas estancias de la comisaría daba un eco tenue y frío a sus pisadas. Llegaron a la sala y resultó que era una bolsa de deportes azul con cremallera, fue entonces cuando Pedro rogó al guía que lo dejara a solas con aquello. Al comenzar la inspección ya percibió el olor familiar de la dinamita; hurgando pudo observar un teléfono móvil y unos cables que salían de él con rumbo al explosivo. Era meridianamente claro que aquello estaba preparado para hacer explosión sin saber cuándo. Pedro deshizo el camino a la puerta, sudoroso y bastante tranquilo. Una enorme responsabilidad oprimía su nuca, le pesaba y le hacía caminar cabizbajo.

Pidió hablar con sus superiores, su afán, pedir permiso para trasladar la bolsa a un descampado y allí intentar la desactivación. Tras varios minutos de tensión y recorrido de la escala de mando policial, le advirtieron de que no estaba obligado a realizar aquel trabajo pero que no obstante le daban entera libertad para actuar según su modo y criterio. Desechó la advertencia muy amablemente casi con impaciencia o simple testarudez y agradeció la confianza depositada en él.

Pidió dos coches policiales para recorrer el trecho hasta el descampado más cercano; le dijeron que era el parque de Azorín. El primer coche abriría el paso a una distancia prudente pero estrecha para que él no lo perdiese. En el segundo vehículo le tocaba a él en persona la tarea de llevar la mochila. Estaban tratando con un artefacto listo para estallar sin saber de ningún modo el por qué de su demora; habían pasado veinte horas desde el estallido de las bolsas compañeras. Este segundo vehículo estaría a la puerta de la comisaría con el motor encendido y el maletero abierto. En él irían Pedro y el bulto desazonador del pozo del tío Raimundo.

Pedro volvió a entrar y pasaron unos momentos de inquietud hasta que lo vieron salir con aquello suspendido entre las manos. Alguien susurró algo chusco, procaz, malsonante con el propóstio de darle ánimos. Allá vamos - pensó Pedro- con la ínfima parte de su cerebro que no se ocupaba de calibrar los latidos de aquel negro equipaje.

Cada badén del recorrido hasta el parque, por otra parte no muy lejano, hacía la impresión de que subiría al cielo repentinamente sin sentirlo, eran aquellos badenes montañas insuperables en estos momentos de increíble tensión. Durante todo el trayecto fue haciendo algo que nunca antes había hecho, en todos sus años manipulando explosivos. A pesar de no considerarse creyente, fue repitiendo mentalmente :

- Dios, si existes, por favor, ayúdame, de lo contrario no salgo vivo de ésta.

Llegados al parque cargó la bolsa y la depositó en el lugar más alejado de los edificios colindantes, en plena espesura de la vegetación. Cuando la dejó en el banco de madera, respiró hondo muy hondo y se quedó a solas varios minutos con la bolsa como desconociendo el peligro, como en la lidia se queda el matador solo en el coso ante cientos de espectadores pero aislado ante la bestia. Luego utilizó un método rudimentario pero bastante habitual de desactivación, basado en un cable y un anzuelo, pero tras varios intentos vanos comprendió que no serviría.

Eran ya las tres y media de la madrugada cuando Pedro pidió hablar a solas con el jefe de su unidad. Le comunicó que iba a intentar una desactivación manual y sin la ropa de seguridad. Ello suponía trabajar directamente en el artefacto sin ninguna distancia de seguridad. Su jefe le recordó que no estaba obligado a asumir ese gran riesgo. Un mar de silencio se hizo entre los dos. Pedro así lo estimó oportuno y así se lo hizo saber. El oneroso número de víctimas estaba perpetuamente presente en su pensamiento y ésa era una buena razón para intentarlo, para jugarse la vida como iba a hacerlo en los siguientes inciertos minutos. Regresó junto a la bolsa. La iluminación era escasa y el silencio casi absoluto. Comenzó a llover. Se puso dos guantes de látex para no borrar las huellas que pudiese haber del que preparó la bomba. Repasaba mentalmente los cientos de análisis que habían efectuado en la unidad de las tácticas de explosivos más habituales empleados por los terroristas en España. Exploró a la velocidad de la luz uno a uno, así se lo pareció en ese exacto momento, los métodos que había usado para salvar los escollos de otros tantos casos del pasado.

No cortó los cables, no les dio tirones. Con una paciencia infinita fue desenrollándolos, deshilachándolos en una palabra, avanzando milímetro a milímetro hacia el detonador. Tardó una eterna media hora en lograrlo. Finalmente con la frente sudorosa y una sensación de bienestar indescriptible pudo desactivar el aparato explosivo. Él mismo desmenuzó con sus temblorosas manos la olorosa masa de color beis del tenebroso explosivo que había puesto a prueba su arrojo. Las huellas dactilares de la bolsa y la tarjeta del teléfono que hacía de detonador, sirvieron para localizar casi de forma meteórica a los integrantes del grupo de islamistas, cerebros que habían ideado y ejecutado la barbarie.

Manuel, tras el segundo día sin tregua, abandonó el tanatorio y fue requerido en el cementerio para arropar a las familias que todavía tenían que identificar algún cuerpo. Sin breviario ni Biblia, a cuerpo descubierto, como un recluta de Dios, entró al camposanto. El mar de cruces estaba sembrado de extrañas y artificiosas luces que provenían del edificio central, al fondo del cementerio. Allí estaba el grupo de búlgaros que habían visitado ayer temprano el tanatorio improvisado de Vallecas. Muy de mañana habían encontrado finalmente el cadáver de uno de sus primos. Los forenses les habían citado en el instituto de medicina legal del camposanto para que verificaran la identidad de la novia de su primo. El reconocimiento fotográfico resultó inútil y tuvieron que ver otro cuerpo antes de dar con los verdaderos restos de la joven. "Iban a casarse en mayo y ya lo tenían todo preparado" rememoraría días más tarde Manuel, ahora que conoce la historia completa y comparte la tristeza de estos inmigrantes castigados por un destino inmisericorde.

Rendidos por el cansancio y el dolor, los familiares deambulaban en busca de la esperanza. Las mujeres sentadas en un banco al lado de la puerta de acceso, se tapaban sus rostros. Sus ropajes desaliñados era lo que menos destacaba en el cuadro de penumbra del depósito. Mientras, los hombres habían entrado y habían visto. Sabían que la búsqueda había terminado. El forense que los atendió les dio la mano serio y con un corto y frío "lo siento" al que ellos respondieron con deferencia. Apretaron sus sombreros con las mismas manos que se ganaban el pan de cada jornada. Eran manos morenas y fuertes, manos humanas.

Fue entonces que Manuel, sin saber muy bien cómo consolarlos, les pidió que pensaran en una despedida esperanzadora para la pareja de amantes. Alguno del grupo se hizo entender en un castellano rudimentario. Tras una conversación impensada, bastante fluida, saltó la chispa. Fue preciso para ellos hablar de sus planes matrimoniales y en general de las vidas que habían llevado en su país natal.

Su deseo postrero, que pudo materializarse horas más tarde, fue enterrar a los dos jóvenes juntos y vestidos con sus trajes de boda. Llevaban dos días buscándolos, al menos, sonrieron un instante cuando se dieron cuenta de que ambos enamorados ya podían descansar en paz.

El maestresala