Retorno a Itaca

 

"En un lugar de la infancia, de cuyo nombre…"

 

Escribí hace años esta frase al comienzo de una hoja de papel. La guardé doblada en un cajón en que almacenaba promesas que revisaba después de tanto en tanto. Planeaba entonces comenzar con ella alguna vez el relato de mis días. De unos días que, estaba seguro, se harían acreedores de tamaño privilegio, tal era la estima en que entonces tenía mi existencia. Se extendía ante mis pies un futuro sin final, virgen, ignoto, rebosante de promesas que harían de mí un hombre de provecho. Ahora, cuando la suerte está echada, cuando no hay frente a mí más que un camino sin relieve, cuando repaso todas las ocasiones perdidas, contemplo aquella página, rememoro la caligrafía decidida, y sólo acierto a sonreír con indulgencia.

Puedo definir mi vida como el paradigma del tedio. Los días que habito se suceden como cuentas de rosario por los dedos de una beata. Los hay gloriosos y dolorosos, y sin embargo idénticos en su levedad, precipitándose indolentes por un torrente de noches, y cerrándose en pompas de años que escapan en un flujo impasible y constante.

Como las aves por su estación, he regresado a M., un lugar accidental en que emití mi primer llanto. Cada año, en su final, vuelvo allí a visitar a mi familia. Recorro entonces las calles que circundan el hogar de mis padres, y golpeo con mis recuerdos las fachadas anónimas que suplantan aquellas que arroparon mi niñez. Me detengo ante ellas, las escruto despacio, y busco tras sus rostros residuos de pasado. Completo de este modo, cada fin de diciembre, un triste inventario de ausentes, cuando hago recuento de caídos del año que termina.

Ya no puedo prescindir de esta rara costumbre, tan penosa como inútil. Mi ánimo en estos ratos se columpia entre la ira y la nostalgia. Ira al descubrir los destrozos más recientes, y nostalgia por la serena dignidad con que resisten los últimos comercios.

El progreso ha profanado especialmente la calle principal. En su inicio, donde antaño se erguía el Cine Savoy, desde hace años unas barras luminosas repiten obscena y espasmódicamente la palabra "bingo". Cuántas veces nos salvó aquella sala de las tardes de domingo, remolonas y tristes. La nostalgia, en ocasiones, me ha invitado a pasar, mas prefiero recordarla en su antaño esplendoroso: las cálidas butacas, la lámpara de cristal, las pesadas cortinas flanqueando la pantalla. No quiero conocer los detalles de este ultraje, el patio atestado de mesas de juego, el proscenio humillado bajo un bombo de hojalata.

A su lado el primer portal ha sustituido su recia puerta de madera por un vidrio pretencioso, y su fresco zaguán embaldosado por una alfombra larga y colorida.

Más arriba estaba la papelería. Cuando penetraba en ella sentía que lo hacía en un refugio confortable. Había que bajar un par de peldaños y empujar con esfuerzo su destartalada puerta. Entonces se incorporaba invariablemente de su silla la propietaria, una mujer solterona y carnosa. Al fondo de sus gafas se advertía una pena profunda. Casi cualquier artículo que solicitase la obligaba a agacharse bajo el mostrador, para emerger al rato arrebolada por el esfuerzo. Siempre vestía el mismo jersey rojo, estrecho y sobado. Jamás recibí de ella un gesto inamistoso, cada vez me atendió con su gesto amablemente amargo. ¡Cuántas veces resistí el impulso de acariciar su mano levemente en el momento en que me entregaba las monedas sobrantes! ¿Qué habrá sido de ella? ¿Sabrá que en el lugar donde vendía cartulinas, lápices, cuadernos, cartillas, sacapuntas, aroma de papel, polvo en suspenso, penumbra dulcemente iluminada por la estufa del rincón, se amontonan ahora mozalbetes esperando a comprar lo más avanzado en juguetes electrónicos?

Seguía la ruta del colegio haciendo una parada en la tienda de golosinas, minúscula, estrecha, encajonada. Ya desde la acera podía ver al tendero bajo su boina pequeña, aburrido, probablemente absorto en la nostalgia de su pueblo, lejano y polvoriento. Servía con desgana los pocos regalices que podía procurarme mi magra fortuna. Pero no me importaba. El placer de revisar cada tarde el contenido de aquellos frascos de cristal tan exactamente apilados me compensaba su trato desabrido. Y sentir el cosquilleo anterior al placer cada vez que giraba un cuarto de vuelta sus tapas metálicas, me hacía olvidar al instante tal agravio. Alguna tarde de hace años bajó por última vez la persiana metálica, y la sujetó al suelo con un grueso candado. El tiempo no ha perdonado que lo detuvieran allí, y ha teñido ambos de moho en represalia. Cada vez que paso por aquí me pregunto si permanecerá tras esta fina puerta aquel muro de tarros erigidos sobre el mostrador de mármol, y, de ser así, si seguirán encerrando sus frutos coloridos, ahora -como yo- endurecidos por los años.

Continúa este lado de la calle con una agencia de viajes, por cuyas ventanas se asoman imágenes de amantes sonrientes e inmóviles, de playas tropicales, de ruinas majestuosas. Hace tiempo este espacio lo ocupaba la tahona. Penetrar en ésta era para mi un placer ingenuo y purificador. Su puerta colosal se abría en un chaflán, aupada sobre tres escalones semicirculares. Al fondo de un atrio espacioso, el matrimonio de panaderos esperaban tras el mostrador oscuro, vestidos de blanco, como flotando en el ambiente enharinado. A cualquier hora estaban allí, jamás los vi por la calle. En ocasiones me preguntaba si tendrían piernas o si la parte que sólo me era dado ver -torso, brazos y cabeza- estaba clavada eternamente en alguna suerte de tarima, donde quedaban por las noches esperando al primer cliente. Los días de suerte, se batía una puerta trasera, de la que emergía un mancebo albo y sudoroso arrastrando una cesta repleta de barras humeantes. Llevar a casa uno de estos panes bastaba para colmarme de dicha durante unos minutos. Ahora me recreo en observar cómo asoman por los flancos del moderno cartel plastificado, rebeldes y orgullosas sobre el muro de piedra, las perennes cicatrices que dejaron aquellas grandes letras de latón: a un lado la T y al otro lado la A. En medio, el letrero intruso parece acomplejado.

Cruzo la calle buceando por estos pensamientos, cuando un chillido me sobresalta por la izquierda. La sorpresa clava mis pies al pavimento, y solo alcanzo a percibir el gesto feroz de un automóvil que embiste por ese lado, hasta que un golpe me voltea por encima de toda su armadura. El asfalto me recibe sin miramientos, y quedo tendido en el suelo, enfrentado a las nubes, ya casi anochecido. Por un momento mi conciencia se reblandece, y parece mecerse en un mar de confusión. Percibo la dureza del lecho, las manos abotargadas y un fuerte dolor en la nuca. En ese momento el cuadrante de cielo que tengo ante mis ojos es invadido por el rostro de mi madre, absurdamente joven. Creo estar concentrando toda mi atención en este fenómeno incomprensible, cuando ella extiende sus brazos hacia mi, me atrapa y me alza sin esfuerzo.

Allí quedo de pie, observando maravillado sus gafas anticuadas, su alegre vestido, su cabello abundante. Un fuerte escozor reclama mi atención, y al bajar la vista descubro mis rodillas, sucias y huesudas, arañadas, asomando por el sur del borde del pantalón. Más abajo las piernas delgadas terminan en un par de zapatillas de lona, a una distancia extrañamente próxima a mi vista.

Siento todo el peso de la mirada impaciente que un grupo de niños deposita sobre mi. Esperan a unos metros, armados hasta los dientes con fusiles de palo. Me encamino hacia ellos, que arrancan al galope, y me uno a su juego mientras dejo que una paz balsámica embriague mi conciencia. Me rindo finalmente ante el tibio placer de lo sencillo. Sé que todo está bien, que todo ha vuelto al lugar donde debía.

 

Carlos Fernández