Crimen sin castigo

- ¡Por favor, no deje de leer! ¡Necesito su ayuda. Quieren asesinarme! Sí, estoy hablando con usted, con quien está leyendo estas líneas. Comprendo que le sorprenda una petición de auxilio tan intempestiva, pero debe creerme. ¡No trate de pasar la página! Le recuerdo que denegar socorro es un delito. ¡No dudaré en denunciarle!

Vengo siendo víctima de la persecución de un maníaco desde hace semanas. Es alguien a quien conozco bien. Le ha hechizado una joven y, como es habitual en él, no puede zafarse de esa obsesión.

Al principio, se limitó a ignorarme. Mas me mantuve firme, a la espera de que los aullidos de su conciencia le devolvieran el juicio. Entonces comenzó a someterme a situaciones humillantes. Me convertí en objeto de todas las burlas y en blanco de todos los golpes. Pretendía mi rendición, pero he resistido. Ahora sé que trata de asesinarme, como le he dicho al principio.

Es imperdonable, pero no me he presentado. Mi nombre es Bruno, y soy el personaje principal de los libros de A.G. Morris. Comprendo que esté sorprendido, que se frote los ojos, que se pregunte si esto es real. Sí, sí lo es. E insisto en que preciso su ayuda.

Si usted es aficionado a la literatura - a la buena literatura-, probablemente me conozca. He hecho disfrutar a miles de lectores, desde hace más de diez años. Los libros del señor Morris han sido alabados por algunos de los críticos más exigentes del país. Quizá le parezca pretencioso, pero considero que mi humilde persona no ha sido ajena a ese éxito.

El señor Morris acostumbra a decir que sus personajes cobran vida propia y, en ocasiones, fuerzan el desarrollo de sus novelas hasta llevarlas a lugares imprevistos por él mismo. Comprenderá usted que esto no ocurre accidentalmente. Los autores suelen hacer manifestaciones como esas, que atribuyen a la fecundidad genial de su imaginación, ignota incluso para ellos mismos. ¡Divina vanidad! Muy al contrario, somos nosotros, los personajes, quienes nos hacemos con el timón de sus relatos, cuando colegimos que estos empiezan a hacer aguas.

Bien, como le decía al comienzo, ahora el señor Morris ha decidido terminar conmigo. Y además ha planeado un fin indigno, grotesco, impropio de alguien como yo. Comprenderá usted que no puedo permitir que esto suceda. ¡Tengo mis derechos!

Realmente resulta llamativo que cualquier individuo con pretensiones artísticas tenga derecho a matar a sus protagonistas impunemente. ¿Qué sucedería si alguien se apropiara del personaje de otro autor y le sometiera a cuantas vejaciones ideara su escabrosa creatividad, para matarlo finalmente? Sin duda, ese autor denunciaría al agresor, defendiendo la fama de su personaje. Y lo efectuaría amparándose en leyes, reglamentos, edictos, boletines y preceptos, como la propiedad intelectual y otras zarandajas. Sin ninguna duda, lo haría acuciado por la defensa de su interés, económico o de otro tipo, pero en cualquier caso el suyo. Sin embargo, si a continuación él mismo decide darle una muerte, si cabe, más infame, nadie podrá siquiera afearle este proceder. Pues bien, le voy a confesar qué innoble finalideó para mí el señor Morris. Pretendía vocear a miles de lectores, como epílogo de su anterior obra, lo que sigue:

"Bruno corría, intentando vanamente zafarse de su perseguidor. Encontró refugio en un armario entreabierto, y allí tomó resuello. En la oscuridad, mientras oía los gruñidos de su acosador, adquirió conciencia de su situación. Le invadía una sensación de pánico que le impidió percibir el húmedo calor que recorría su pierna izquierda por debajo del pantalón, hasta empapar el calcetín y formar un pequeño charco en el suelo. En el momento en que creyó no ser visto, tomó impulso para salir, pero resbaló en sus propios orines, golpeando, al caer, su occipital contra el borde de una mesa de mármol. Cuando despertó, el perseguidor todavía estaba allí. Su corazón no resistió. Bruno quedó tendido, con la boca y los ojos entreabiertos, privando a su verdugo del placer de matarle".

Entenderá usted mi estupefacción, cuando vi el final que el señor Morris me había preparado. ¡Después de diez años! Afortunadamente, tras leerlo varias veces, decidió romperlo. Esto sucedió anteayer. Sé que prepara algo peor, pero estoy decidido a impedírselo. Para eso me he puesto en contacto con usted.

Recuerdo los versos de un poeta libanés, muy popular hace unos años: "Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos e hijas de la Vida, deseosa de perpetuarse. Vienen a través vuestro, pero no desde vosotros. Y, aunque estén con vosotros, no os pertenecen." Disculpe esta cita que acaso considere cursi, pero creo que resume bien lo que reclamo. He nacido a través del señor Morris, pero no desde el señor Morris, y desde luego no le pertenezco. Es bastante más laborioso -y desde luego menos placentero- crear un personaje que una criatura. Y, paradójicamente, tenemos menos derechos. En realidad, carecemos de ellos.

Algún día, conseguiremos organizarnos, y los poderes públicos se verán obligados a redactar la Declaración de Derechos del Personaje de Ficción; pero esto no va a suceder mañana, y nosotros -sí, querido lector, usted y yo- por el momento debemos evitar mi asesinato.

Bien, pongámonos manos a la obra. Marque en su teléfono el número de la policía, y cuéntele lo que ha leído. Apresúrese; creo haber oído pasos. Corra; creo que el señor Morris se encamina hacia aquí. Está entrando. Se ha sentado frente a la máquina de escribir. Me temo lo peor. ¡Por favor, no se distraiga! ¡Deje ya de leer esto, y haga lo que le digo! ¡Llame a la policía! ¡Por favor, hágalo ahora!

No, señor Morris, no estoy dispuesto a hacer lo que me dice...

¡Por favor, corra!

¡No, señor Morris, no voy a hacerlo!

¡Llame, se lo suplico!

¡No, señor Morris, no, no...!

Carlos Fernández