Más allá de la orilla gris

Una tarde encaminé mis pasos hacia la ciudad, hacia su ornamentada calle principal. Riadas de humanos de multicolores vestimentas anegaban las aceras de la amplia avenida. Avanzaban mirando al frente, sus ojos atrapados en desconocidas fantasías y deseos que les hacían ignorar lo que acontecía a su alrededor, inmerso cada uno en su propio jardín rodeado de muros infranqueables, como el ogro egoísta del cuento infantil.

En una orilla de aquel discurrir, relegado a una esquina sin lustre ni chaflán, apartado de los luminosos escaparates de los comercios que flanqueaban aquella pleamar invasora de playas de asfalto, vi a Quim. Era joven, de piel pálida y ojos oscuros, grandes y almendrados, perfilados con largas pestañas. Estaba disfrazado de mujer, su rostro maquillado, peluca de lacio y leve cabello negro y túnica oscura que cubría su cuerpo y entre cuyos pliegues asomaban unos pantalones vaqueros desgastados y un calzado conocido de muchos caminos, calles y plazas.

Quim pretendía cantar arias de ópera y, mediante este arte, ganarse un mínimo sustento con el que sobrellevar su oscura existencia. En su rostro no se reflejaba la luz de alegría falsa y artificial que parecía rodearle por doquier. Allí estaba, erguido, acompañando de teatrales ademanes su voz y su música. Sin embargo su melodía se extraviaba en un fragor de gritos, risas, bocinazos y musiquillas de teléfonos móviles. Su voz se diluía como un condimento más, indistinguible en aquella ensalada de mil instrumentos.
Invisible, Quim persistía en su representación, sin recaudar ni una moneda, ignorado por los seres autistas que lo atravesaban con sus vacuas miradas. Ante el patetismo de aquella imagen, me invadieron una tristeza y una lasitud que parecían querer amortajar mi espíritu y mi voluntad.

Sólo yo me di cuenta de que la tapa de una alcantarilla próxima había comenzado a temblar. Subía y bajaba hasta que con un impulso final se elevó lo suficiente y se desplazó lateralmente dejando al descubierto un ojo tuerto nublado de vapores grises. Una figura comenzó a asomar desde aquella sima. Primero una cabeza cubierta por un yelmo, luego unas manos protegidas por guanteletes. Poco a poco se fue componiendo la totalidad del personaje. El torso y cintura ocultos por corselete, espaldar y faldones; las piernas perfiladas por quijotes, rodilleras y grebas. Los pies ocultos debajo de metálicos escarpes. Mandoble amenazador sostenido por su brazo derecho, el izquierdo portando un pesado escudo construido de gruesas maderas reforzadas por flejes de acero.

El guerrero se plantó en medio de la acera, cual escollo en fluvial cauce, dividiéndolo en remolinos y turbulencias. El fulgor del filo de su espada desenvainada aparecía oscurecido por un líquido viscoso que resbalaba remiso hacia la empuñadura. La armadura estaba cubierta de costras barro y sangre y repujada con mil cicatrices. En el rostro del caballero, indiferenciado bajo las sombras que arrojaba el morrión, destacaban sus ojos inyectados en sangre, desbordantes de furia.

Observé como, con rapidez, la ira se tornaba primero en desconcierto y luego en temor, su mirada vagando errática sobre la humanidad que circulaba a su alrededor. Humilló su cabeza y se descubrió, arrojando el casco al suelo con un gesto de frustración y derrota. Alto, de tupido pelo azabache con pinceladas de blanco, nariz prominente y gesto adusto, giró su cuerpo maltrecho y se encaminó hacia la esquina en la que Quim continuaba con su representación, avanzando cauteloso, esquivando los obstáculos humanos que le salían al paso. Al darse la vuelta aprecié en el metal que cubría la espalda del aquel ser perdido e inverosímil un oscuro orificio del que, a cada movimiento del guerrero, manaba un hálito de sangre en suave borboteo.

Cuando llegó a la altura del artista se colocó a su lado a modo de gárgola protectora, hierática y firme. Éste le sonrió en señal de reconocimiento, aceptando su compañía sin gesto alguno de extrañeza.

Había comenzado a moverme en dirección a aquella singular pareja cuando mi vista se fijó en dos hombres trajeados que caminaban directos hacia la descubierta alcantarilla. Ambos mantenían una conversación, aunque en ningún momento se miraban, sus ojos siempre clavados en el infinito. El teléfono de uno de ellos comenzó a sonar con metálica insistencia. Y continuó repicando con ecos que reverberaban sobre las paredes del pozo a medida que el hombre caía hasta lo más profundo de aquella boca. Corrí hacia allí dispuesto a ayudarle: su compañero había continuado camino sin percatarse de la reciente ausencia, fiel a su monólogo interminable. La marea de paseantes avanzaba y retrocedía, giraba y se retorcía en remolinos sin que nadie más hubiera llegado a advertir lo sucedido. Me asomé a la alcantarilla, preocupado, y grité ofreciendo mi auxilio, pero sólo oí mi propia voz distorsionada por el vacío de aquella sima.

Al final del tunel se intuían destellos, fogonazos de estroboscópica cadencia. Me incliné algo más e introduje mi cabeza en aquellas profundidades plenas de hedores mefíticos. Las imágenes se proyectaron en mi retina como si de una avalancha se tratara. El hombre trajeado chapoteaba entre el barro de una trinchera mirando perplejo su teléfono ahora mudo. De repente donde éste se encontraba nació un árbol de barro y sangre con sus ramas extendiéndose en un arco evanescente sobre el parapeto de la trinchera. El tronco del árbol primero se ensanchó para, a continuación y con la misma rapidez, diluirse en humo y minúsculas gotas de lodo sanguinolento. Los surtidores de muerte seguían apareciendo por todo el campo. Aquí y allá hombres con impedimentas militares de diferentes épocas corrían y fenecían indefectiblemente en aquellos terraplenes infernales, como había ocurrido con el hombre trajeado, del que apenas unos restos chamuscados y jirones dispersos de sus ropas daban fe de su anterior existencia.

Aparté la vista, mi cara lívida y demudada por el horror, y me retiré de aquel brutal espectáculo.

Sin embargo a mis oídos no regresó la conocida barahunda condimentada con la música de Quim que me había acompañado hasta aquel momento. Ya no me encontraba en la acera, rodeado de un gentío inmisericorde que había renunciado a su humanidad. Estaba solo, arrodillado sobre un suelo de losas grises. Enfrente de mí, a varios metros de distancia la multitud parecía haberse congelado. Todos me observaban con la misma inexpresividad con la que antes fluían hacia sus asuntos privados, pero poco a poco en cada semblante, y al unísono en todos ellos, se fue conformando un gesto de alarma primero y, al final, de espanto. Seguí la dirección de sus ojos y vi lo que ellos. Una extraña máquina avanzaba hacia mí, parecida a uno de los antiguos trolebuses que en mi infancia había visto recorrer las calles de la ciudad. Un hombre corcovado de barba entrecana y como en barbecho, de ojos minúsculos y con una sonrisa que no pude calificar sino de aviesa, conducía aquel extraño vehículo. Su mole fue extinguiendo las restantes imágenes hasta que ocupó por completo mi campo de visión.

El gris parecía ser el color dominante. Miré a mi alrededor, confuso y aturdido. La multitud, el vehículo, el asfalto habían desaparecido. Bajo mis pies, mullida arena gris. Arriba, un cielo de nubes enfoscadas, plenas de agua a punto de derramar su carga sobre aquel lóbrego paisaje. Al frente, una planicie eterna y tenebrosa. Cerré los ojos y comencé a caminar, al albur de la leve brisa que agitaba mis cabellos, permitiendo que fuera su soplo en mi rostro el que marcara la dirección y el sentido de mis pasos.

El sonido del chapaleo del agua hizo que detuviera mi errabunda marcha. Ante mí se extendía una playa sobre la que una agua que parecía azogue dudaba: ascendía, reptaba hasta lamer mis pies para huir a continuación, temerosa. Bordeando aquellas olas cobardes me acerqué a la joven pintora que ejercía su arte en el extremo de la pequeña bahía. Parecía contravenir las singulares reglas cromáticas de aquel lugar, con su bata blanca, maculada por una marea de manchas de mil tonalidades.

Se sentaba sobre un taburete de madera; en una mesita próxima había dispuesto su maletín de pinturas y su paleta. Concentrada, sujetando con la mano izquierda el tiento y apoyando su muñeca derecha sobre él, repartía delicadas pinceladas por el lienzo. Su actitud resultaba sorprendente puesto que de continuo aquilataba un imaginario modelo para plasmarlo de inmediato en su obra. Sin embargo, allí delante, no existía más que un mundo borroso y plomizo en el que hasta el batir de las olas contra la orilla era de aquel agonizante color gris. No parecía haberme oído llegar, así que permanecí en silencio, contemplando como la joven, con un afán de precisión minucioso e incomprensible, perfilaba un triste horizonte en aquel cuadro de ceniza.

Toqué su hombro con suavidad para atraer su atención. Sin interrumpir su labor me habló:

- Te estaba esperando.

Multitud de preguntas se agolpaban queriendo brotar de mis labios; sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, ella me susurró, como si fuese un secreto:

- No pretendas conocer sobre lo que no debes saber.

- ¿Y qué es lo que no debo saber? - pregunté intrigado y con un punto de irritación.

- Lo que hay más allá del mar - me contestó críptica.

- Pero, ¿dónde estoy?

- Estás aquí, en esta orilla.- Se volvió y me miró.- Yo soy la que da a elegir. Siempre estoy en este lado del mar, esperando a los que aún tenéis una oportunidad.

- No entiendo nada, ¿qué lugar es este? - inquirí con una desesperación que anegaba todos mis poros.
- Es el final. Al otro lado está lo que nadie conoce y lo que ves a tu alrededor es tu propia vida.

- ¿Un páramo gris? ¿Esto es mi vida? - grité.

Me arrodillé en la arena, a su lado, y callé. La joven me miró con ternura, apenada ante mi abatimiento mientras me explicaba su cometido en aquel extraño lugar. Con los colores de su paleta construía aquel mundo, cada pincelada en el lienzo se transformaba en un río, una flor, una nube, una cascada, una imagen que representaba los anhelos, ilusiones y deseos del espíritu de un ser humano.

Y yo había desperdiciado mi vida; esa era la interpretación de la estampa que podía observar en el caballete, la traducción de mi devenir por la triste existencia que yo mismo me había labrado.

Sin embargo aún tenía una oportunidad. Era tan sencillo como tomar el pincel de sus manos, mojarlo en la paleta y hacerlo danzar sobre el lienzo gris.

- El destino, tal vez el azar, nadie lo sabe, elegirá el color de tu pincelada y te llevará hacia la otra orilla o de vuelta a la vida. Yo sólo puedo ofrecerte la posibilidad de que por una vez tomes las riendas de tus días, o de que los pierdas para siempre.

Cogí el pincel con dedos temblorosos y mis parpados ocultaron la visión de aquel mundo desolado.

Verde

Cuando abrí los ojos estaba en una cama de hospital; los templados rayos del sol de la mañana me acariciaban susurrándome mensajes de esperanza. Estaba solo y también desconcertado, desorientado. Ya el desasosiego comenzaba a hacer presa en mi alma cuando se abrió la puerta de la habitación. Dos enfermeras acompañadas por un doctor entraron y se aproximaron a mi lecho.

- ¿Cómo estás, Quim? - me preguntó sonriente el hombre mientras una de las enfermeras me acariciaba la frente con su mano cálida y suave.

Lo miré sin saber qué responder.

- No lo sé. Supongo que bien. Pero, ¿dónde estoy? Hace un rato estaba paseando… Y ahora…

El doctor me interrumpió con una sonrisa y una mirada cargadas de compasión.

- No, Quim. Has permanecido aquí desde Navidades, hace ya tres meses, en un coma inducido. Pero ahora te estás recuperando. Te hemos extirpado el tumor y los dolores no van a volver. Bienvenido a la vida.

Recosté la cabeza sobre la almohada y cerré los ojos.

Sentí una lágrima que resbalaba por mi mejilla.

Gris

Cuando abrí los ojos estaba en una cama de hospital; los templados rayos del sol de la mañana me acariciaban susurrándome mensajes de esperanza. Estaba solo y también desconcertado, desorientado. Ya el desasosiego comenzaba a hacer presa en mi alma cuando se abrió la puerta de la habitación. Dos enfermeras acompañadas de un doctor de uniforme verde entraron y se aproximaron. Formaban un trío singular; el doctor se asemejaba de forma sospechosa al sujeto que conducía el trolebús en lo que no sabía si había sido sueño o realidad y lucía la misma retorcida sonrisa. Una de las enfermeras era extremadamente alta, con un rostro prognático más que varonil y voz grave, densa y profunda. La tercera del grupo era joven, delgada, agitada y nerviosa, con movimientos entre espasmódicos y compulsivos. Como si fueran una coral curtida de candilejas declamaron los tres a una sola voz:

- Es la hora de la inyección, estimado paciente.

- ¿Quiénes son ustedes? - pregunté alterado.

- Somos tu hipóstasis.

Así me respondieron mientras el doctor recogía de una bandeja lo que no podía ser sino un artefacto diseñado para funciones diferentes a las puramente médicas que aquellos seres, dignos de los desvaríos de un paranoico, pretendían.

Las enfermeras me obligaron a colocarme en posición decúbito prono, sujetándome con manos insospechadamente recias y firmes mientras lanzaban risitas de monja traviesa. El médico se acercó y me susurró al oído mientras lamía mi oreja con una lengua asombrosamente larga:
- Ataraxia y relajación, querido amigo. Pero sobre todo ataraxia.

Sentí un tremendo dolor que me desgarraba las entrañas. Después, en las agonías del sufrimiento, experimenté un mirífico desvanecimiento que me permitió evadirme de aquella delirante vivencia.

Cuando abrí los ojos estaba en una cama de hospital; los templados rayos del sol de la mañana me acariciaban susurrándome mensajes de esperanza. Estaba solo y también desconcertado, desorientado. Ya el desasosiego comenzaba a hacer presa en mi alma cuando se abrió la puerta de la habitación. Dos enfermeras acompañadas de un doctor de uniforme verde entraron y se aproximaron. Formaban un trío singular.

Recosté la cabeza sobre la almohada y cerré los ojos.

Sentí una lágrima que resbalaba por mi mejilla.

Aquello era un horror sin final.

Roberto Sánchez