¿Por qué lloran las niñas?

Alicia esperaba en la hilera de niñas a que la profesora diese la orden de salida. "¡Vamos chicas! ¡En orden y en silencio, y sin romper la formación de a uno! ¡Todas a la parada del autobús!" dijo ésta, gritando enérgicamente para ahogar el murmullo de voces producido por los monólogos de las alumnas. La profesora dio una palmada de manos, y al instante se callaron. Acto seguido, el rosario de párvulas comenzó a moverse.

La niña guía avanzaba muy despacio, con paso cansino. Daba la impresión de no tener fuerzas para arrastrar su mochila carro, seguramente repleta de libros y de objetos de incalculable valor para su propietaria; aunque, con toda probabilidad, totalmente inútiles. Y lo mismo ocurría con las demás niñas, todas ellas equipadas con su mochila cargada de sabiduría impresa, menudencias y sueños.

La cabeza de la fila doblaba ya la esquina del largo pasillo que atravesaba el parvulario, cuando Alicia empezó el recorrido. Era por turno la niña escoba, y le correspondía cerrar la fila. Ella tenía la misión de vigilar el orden en la formación de a uno y, en su caso, si alguna compañera rompía este orden, apuntar su nombre en el libro de faltas de la clase, para poner el hecho en conocimiento de la profesora. En otras ocasiones, Alicia era muy diligente en el cumplimiento de este cometido. Si Ibone hablaba, como de costumbre, con la niña que tenía delante, fuera ésta quien fuera, si Marina ponía la zancadilla a Lucía o Nastia escribía con typpex "tonta" en la mochila de Isabel, eran circunstancias que no le pasaban inadvertidas y que ella denunciaba en el incidentario. Pero aquella tarde no prestaba demasiada atención a lo que ocurría en la hilera. La cadencia de los movimientos de las demás niñas, el ruido que producían las ruedas de los carros al pasar por encima de las estrías de las baldosas del pasillo y el griterío de las alumnas de primaria, que bajaban corriendo por las escaleras que llevaban a la explanada en la que se ubicaba el aparcamiento de los autobuses eran el ritmo y los acordes de una música celestial, que le transportaban a otro mundo, un mundo fantástico de olas gigantes, mares infinitos, aventuras marineras y barcos piratas. Navegar por esos mares, surcarlos capitaneando un barco de papel, mirar al horizonte y ver siempre el abrazo del cielo y la mar; éste era su sueño, su única realidad, y lo único que le importaba aquella tarde. Las compañeras, la fila, el bloc de faltas, la profesora y el colegio eran simples anécdotas que se perdían en la bruma que cubría su mente.

El tren de párvulas se detuvo en el estand número 21 del aparcamiento, y la cadena de niñas se rompió en 24 eslabones que se desparramaron por los bancos de piedra que jalonaban la acera de la parada de los autobuses. Alicia se sentó sola. Seguía ensimismada, pensando en su travesía marina, en la espuma de las olas al chocar contra la proa de su barco en la piel curtida por el salitre y el viento de un viejo lobo de mar, ... Si en ese momento alguien le hubiera preguntado dónde se hallaba, ciertamente no hubiera sabido qué responder. Pero los bocinazos de los autobuses que ya comenzaban a desfilar por el carril que circunvalaba los estands del aparcamiento le devolvieron al banco del estand 21 en el que indudablemente estaba sentada. Al cabo de un rato, los dos autobuses que cubrían el servicio de transporte de las niñas del parvulario abrieron sus puertas, y las pequeñas, con la ayuda de las azafatas de los autobuses, comenzaron a subirse a ellos.
Alicia ocupaba el asiento número 13 del autobús. Daba a la ventana, y esto le gustaba, porque podía observar lo que ocurría en el exterior. Se entretenía mirando el cielo gris de la tarde, los bosques de eucaliptos que adornaban las faldas de los montes y los barcos amarrados en el puerto. Pero, sobre todo, en invierno, ya al final del recorrido, cuando la noche vestía de negro las casas del pueblo disfrutaba mirando las luces de neón de los escaparates de las tiendas.

No obstante, aquella tarde tenía un entretenimiento infinitamente mejor que éste y en él se iba recreando. Había aprendido a hacer barcos de papel y, por nada del mundo, quería olvidar los pasos para la ejecución de los mismos. Si bien no recordaba con exactitud el nombre de la actividad que habían comenzado aquel día en la asignatura de manualidades, era algo así como "papirofiesta", sí que estaba segura de haber comprendido las instrucciones que la profesora había dado al respecto. Ésta les había explicado, uno a uno, los movimientos que debían llevar a cabo para la manufactura de un barco de papel a partir de un folio entero, al mismo tiempo que dibujaba en la pizarra las diferentes formas que el folio iba adquiriendo en el proceso de elaboración del barco. Y por si esto fuera poco, les había obligado después a poner en práctica lo aprendido. Era cierto que a ella no le salió bien al principio; pero, al tercer intento, consiguió hacer un magnífico barco de papel de color salmón.

Alicia revivió con inusitada satisfacción la emoción que sintió en aquel momento triunfal. Y lo mismo que entonces, un escalofrío le recorrió la espalda y las piernas le comenzaron a temblar. No se asustó, ni tuvo miedo. Todo lo contrario, se sintió feliz, con la felicidad que proporciona la posesión del conocimiento de los entresijos de un misterio. Ella sabía, a pesar de ser una niña de parvulario, que la magia de esos instantes de gloria íntima, aunque fuera efímera, era el bálsamo necesario para la superación de los sinsabores de la vida cotidiana, así como el silencioso pálpito de la autoestima. Por ello estaba resuelta a degustar a placer la hidromiel de esa felicidad momentánea; así que se acurrucó en el asiento del autobús y cerró los ojos.

Permaneció un largo rato en esta postura; pero, de pronto, recordó que en su mochila guardaba la fotocopia que la profesora de manualidades había repartido en clase, en la cual se resumían los pasos a seguir en la elaboración de los barcos de papel. Por casualidad, aquel día su compañera de asiento en el autobús había faltado al colegio, y había dejado la mochila en el sitio vacante, de modo que no tuvo más que alargar el brazo para abrirla. Con gran nerviosismo introdujo la mano en el fondo de aquel cofre de lona con ruedas, en el que se encontraba el plano de su tesoro más querido. Lo cogió con mucho cuidado, y lo abrió. Allí estaba escrito lo que la profesora de manualidades había explicado en clase: "Instrucciones para la elaboración de barcos de papel: Primero, coger un folio nuevo, sin arrugas ni agujeros, y doblarlo por la mitad, uniendo en un pliegue los dos extremos cortos del mismo, para que coincidan dos a dos los vértices de sus ángulos, de forma que obtengamos dos rectángulos unidos entre si por uno de los lados largos. Segundo, coger los vértices de los ángulos correspondientes al lado largo donde se unen los dos rectángulos, y llevarlos al centro del plano, de modo que el resultante sea dos triángulos superpuestos con dos faldones. Tercero, plegar los faldones hacia arriba y remacharlos por las esquinas; así obtendremos dos triángulos isósceles unidos por los lados cortos. Cuarto, coger los triángulos por el centro de su lado más largo, y plegarlos hasta conseguir dos cuadrados unidos por dos de sus lados. Quinto, coger el vértice del ángulo que forman los dos lados separados de cada cuadrado, y llevarlo hasta el vértice del ángulo que forman los lados unidos de los cuadrados; el resultante es tres triángulos isósceles superpuestos, unidos por los vértices del lado más largo de los mismos. Sexto, coger los triángulos por el centro de su lado más largo, y plegarlos hasta conseguir dos cuadrados con solapas, unidos por dos e sus lados. Séptimo, estirar de las solapas, a izquierda y a derecha. Y ya está. Hemos hecho un barco de papel."

No entendió prácticamente nada de lo que allí ponía; mas, con todo, dedujo el contenido del escrito, siguiendo los dibujos que acompañaban al texto. Conocía el perfil de las figuras geométricas elementales, gracias a un juguete que su abuela le había regalado el día de su cumpleaños. Éste consistía en un gran cubo de plástico, en cuyo interior había diversas piezas con formas diferentes: cubos, prismas, conos y esferas. Las piezas se extraían por una de las caras del cubo que, en realidad era una puerta-reloj que se abría cuando las agujas marcaban las doce en punto. Las otras cinco caras del cubo tenían agujeros en forma de triángulo, cuadrado, rectángulo, circunferencia y demás polígonos, en los que había que encajar las piezas para introducirlas en el cubo. ¡Quién iba a decirlo! Las horas que había pasado jugando con aquel cubo voraz le servían ahora para distinguir algunas figuras geométricas, cuyo conocimiento resultaba indispensable para hacer barcos de papel.

De todas formas, el esfuerzo de comprensión le produjo un cansancio que se manifestó en un desagradable picor de ojos y en una sucesión de bostezos. Alicia, entonces, volvió a cerrar los ojos, y se adormiló. Soñó que jugaba al escondite con tres sirenas que encontró en una isla a la que accedió en su barco de papel de color salmón.

El autobús se detuvo en la parada número 16. Alicia debía bajarse en ella. Sin embargo, permanecía en su asiento, en una especie de letargo marino. La voz de una de las azafatas la despertó: "Vamos Alicia. Muévete. Hemos llegado." Se incorporó sobresaltada, y bajó del autobús como un autómata. En la parada aguardaba su canguro, una joven estudiante de medicina que se encargaba de su cuidado por las tardes. De la mano de ésta recorrió el trayecto hasta su casa. Salvo el saludo obligado en el momento del encuentro, no intercambiaron palabra alguna. Y todo porque Alicia no estaba para conversaciones. Ella sólo tenía una idea en su mente: llegar cuanto antes a casa, para hacer realidad su sueño marinero.

Y así fue. Nada más llegar a casa, corrió hacia su dormitorio, dejó la mochila en su sitio, detrás de un pequeño escenario de guiñol que ocupaba parte de una esquina de la habitación, y se sentó a la mesa de estudio. Ésta estaba muy ordenada: las pinturas , en su estuche; los lapiceros, borragomas, typpex, clips, reglas y demás utensilios de trabajo, en un bote al efecto de color azul y rosa; los cuadernos de dibujo, de matemáticas y de lenguaje y los cuentos y libros de lectura a izquierda y a derecha respectivamente en el único estante que ésta tenía. La mesa contaba, además, con dos cajones de distinto tamaño, y Alicia abrió el más grande. En él guardaba las hojas de papel sin usar, hojas de todas las texturas y de todos los tamaños y colores. Eligió la más grande de ellas, una lámina blanca de dibujo, y la sacó del cajón con sumo cuidado para no arrugarla.
En ese momento comenzaba la aventura en la que los sueños, la fantasía y la realidad se confundirían, como el día y la noche se confunden en el brillo mágico de la luz crepuscular.

Alicia acariciaba la lámina desplegada sobre la mesa como una madre acaricia la suave piel de la cara de su bebé, como se acaricia un sueño.
Presentía que su vida iba a cambiar a partir de ese instante. Y le embargó una emoción tan honda que, casi sin darse cuenta, pero de un modo irremediable, se sumió en un estado de ansiedad, que afloró en una excitación extraordinaria. Y comenzó a llorar.

Poco a poco se fue tranquilizando y, al cabo de unos minutos, la mar de sus ojos recobró la calma. Entonces recordó que en el bolsillo de la camisa guardaba la guía de instrucciones de confección de barcos de papel. La sacó de él, la abrió y la puso al lado de la lámina de dibujo. Siguió a pies juntillas los pasos que en ella se indicaban y, como por arte de magia, hizo un barco de papel en un tiempo récord de cinco minutos. Era un barco extraordinario, de formas equilibradas y acabado perfecto. Ella lo miraba con incredulidad. ¡No era posible que de sus manos hubiera salido tan bello artefacto! Lo miraba y remiraba orgullosa de su talento y, por un momento, pensó que Dios se habría sentido así de feliz cuando contempló el resultado de la creación.

Alicia bebía los vientos de la alegría porque había visto satisfecha una de sus ilusiones más recientes. ¿Qué más podía pedir? tenía el barco en las manos. Era suyo y lo había hecho ella misma. Sin embargo, la felicidad y la angustia son las dos caras de la moneda de la existencia humana, y ésta siempre está girando en torno a su propio eje clavado en el cristal de la vida. Por eso, la carcajada franca siempre se baña en lágrimas, del mismo modo que el dolor más intenso muere en las carcajadas de la demencia. Así ocurrió también en esta ocasión, cuando la alegría de Alicia devino en honda inquietud. Sí, había construido un excelente barco de papel; pero, pensó, "¿para qué sirve un barco, si no es para navegar? ¿para qué he hecho este barco?
La respuesta era inequívoca: el barco debía hacerse a la mar. Y entonces todo tendría sentido.

Volvió a notar un cosquilleo en las piernas y una sensación de vértigo que le impedía moverse, cuando tomó conciencia de que había llegado la hora de la verdad: la mar le estaba esperando, y ella debía acudir a la cita. La suerte estaba echada, por tanto: sería la capitana del más bello barco de vela, y con él surcaría esa mar, a la vez fascinante, misteriosa y tremenda.
Alicia concibió un plan y, durante un breve periodo de tiempo, meditó acerca de la estrategia a seguir, en previsión de cualquier problema que pudiera abortar el desarrollo del mismo. Debía actuar con rapidez, si quería evitar que todo se fuera al traste. Disponía de una hora, que era el tiempo que sus padres tardarían en llegar a casa. Y, sin pensárselo más, se puso manos a la obra.
De esta manera, llamó a Teresa, la cuidadora, y le comunicó su intención de bañarse. Ésta no salía de su asombro. "¡Qué extraño!", exclamó. Alicia nunca quería bañarse, y la hora del baño era la batalla más dura que tenía que librar todos los días. "¿Qué estará tramando?" se preguntaba. Pero no dijo nada. Y, antes de que la niña cambiara de parecer, comenzó a llenar la bañera. Agua templada, jabón de coco, esencia de frutas y solubles perfumados, como a ella le gustaba.

Alicia observaba muy atenta la operación de llenado, desde el umbral de la puerta del baño. Ya se había quitado el uniforme del colegio, y se había puesto las pantuflas y el albornoz. En su mano derecha sostenía el barco de papel, mientras esperaba paciente a que Teresa acabara.

Cuando la espuma que cubría el agua rebasaba ya los tres cuartos de la bañera, ésta decidió cerrar los grifos. Y, al girarse para salir del cuarto de baño, vio a Alicia con su barco de papel en la mano. Entonces comprendió su actitud, tan sorprendente y sospechosa, y esbozó una sonrisa de complicidad. Alicia no la miraba. Tenía la vista fijada en el agua de la bañera, y parecía estar ausente, como si observara la línea dorada que en la mar traza el sol de poniente, como si oteara el horizonte en una mar inmensa. Intuyó que ésta quería estar sola, y allí la dejó, viviendo su fantasía marinera.

Alicia se desnudó y se metió en la bañera. Por fin, estaba en la mar. Aún tenía el barquito de papel en la mano, pero faltaban sólo unos segundos para su botadura. Y ésta se produjo, cuando soltó las amarras de la emoción, y lo liberó en aquellas aguas con sales y aceites aromáticos.

El barco inició su travesía sin ningún problema. Tomó rumbo norte. Iba en dirección a las montañas de espuma que se hallaban en el extremo más alejado de la bañera, como si se dirigiera hacia los icebergs de los gélidos mares del Ártico.
Al principio, avanzaba despacio, empujado por el impulso inicial de sus manos; sin embargo, al poco tiempo, se paró en medio de la bañera. La mar estaba en calma, y el barquito no se movía.
Alicia, entonces, comenzó a dar golpes en el agua. Y se levantaron las olas. Y las olas eran un batido de manos que de nuevo puso en movimiento el barco de vela.
Aunque, para mayor enfado de ésta, el movimiento era irregular, y parecía que el barco navegaba al pairo. Así que optó por soplar. Y soplaba y soplaba con rabia. Y Alicia era viento. Y el barquito de vela volvió a navegar ayudado por la fuerza de los soplidos.

Continuó soplando, esta vez apuntando al velamen, y batiendo posibilidad de un naufragio.¡Iba todo tan bien! El barco navegaba majestuoso, con su gran vela desplegada, la mar lo mecía en sus faldas verdes y las olas y el viento lo acariciaban.
Pero, aquel ciclón..., aquellas enormes olas....acabaron con él.

"Si no ha sido más que una broma inocente", se repetía una y otra vez, mientras sostenía en sus dedos los restos de su sueño marinero. Y comenzó a llorar.
Y en la mar llovió un aguacero de lágrimas.

Ella hubiera querido que Teresa o sus padres estuvieran a su lado, en esas circunstancias tan trágicas. Mas no era posible. Estaba sola, y sola debía encarar la situación, como sola se afronta un examen, una regañina, un castigo o, cuando llega el momento, el adiós de una ola que se va para siempre.

Así, con el corazón anegado de tristeza, se preguntaba:"¿por qué se hunden los barcos? ¿por qué se rompen los sueños? ¿por qué lloran las niñas?

Nadie le respondió. Aunque el espejo del cuarto de baño le devolvió una mirada llorosa. Y las paredes también lloraron en silencio.

Nicolás Zimarro