La isla de los circuncidados

PRIMER INTERLUDIO

De cómo el hijo natural de los ilegítimos, pero muy fervorosos y placenteros, ayuntamientos y amores mantenidos entre Su Señoría el Marqués de la Vega y la benemérita hija del alguacil de Alcaudete de La Jara, fue embarcado en la galera San Bartolomé de los Abiertos por su preclaro progenitor y de las, en ocasiones, infortunadas, y en otras no tanto, desventuras que le sucedieron tras su forzado abandono de la nave y su salvamento en las costas de la antedicha isla.

Es esta una historia que en numerosas ocasiones he relatado y en pocas, por no decir ninguna, ha sido tomada como cierta. Y, sin embargo, a fe mía que absolutamente todos los hechos que presentaré al amable lector son fieles en grado sumo a la realidad, al menos hasta donde la frágil memoria de este anciano es capaz de alcanzar. Aún más, todos ellos fueron experimentados en sus propias carnes por su seguro servidor, Diego de la Encina, allá por el año de Nuestro Señor en el que nuestro Magnífico Soberano, que en gloria esté, aunque no la merezca, derrotó al Turco en aguas griegas para mayor grandeza de la Cristiandad, según se decía y, en especial, de su propia persona, porque, vistos los resultados con la perspectiva que dan los años, aquella magnífica victoria no sirvió para gran cosa. Pero esa es otra historia y no es este el lugar donde debe ser narrada.

Como tantos de mis compatriotas y, a decir verdad, en número especialmente elevado en la región en la que me tocó ver la luz del Sol, me cupo la suerte (o tal vez no fue tal) de ser hijo natural de un poderoso, rico e influyente en la Corte noble, el Marqués de la Vega. Mi madre me trajo al mundo el año en el que abdicó el Emperador y se retiró del mundo a la tranquilidad de un apacible y aislado monasterio de la Extremadura. Era una mujer de franca belleza, que tuve la fortuna de heredar, y de un natural pusilánime y apocado, algo que también se ajusta a mi carácter, como se ha de ver en esta historia. El Marqués pronto quedó prendado de sus atractivos y la joven y hermosa hija del alguacil de Alcaudete de La Jara se convirtió en la favorita de Su Señoría.

Durante mi infancia jamás me sentí afectado de manera particular por las circunstancias de mi concepción y nacimiento. Nunca me tuve por poco observador y no se me escapaba el grado de miseria en el que vivían los comunes súbditos de Su Majestad y, en especial, los que dependían de la voluntad de mi muy amado, por su riqueza, padre. No se portó mal conmigo el Marqués. Al fin y al cabo, y a pesar de lo cornamentada que estaba la señora del de la Vega, no tuvo Su Señoría otros hijos varones (legítimos o no) que éste que les habla. Y si bien en otros muchos aspectos fue una persona ruin y miserable, aunque no más que otros de su época y categoría (todo debe decirse) he de reconocer, justo es, que nunca anduvo con miramientos en lo que se refirió a mi bienestar y formación. Aprendí latín y griego, según las costumbres educativas de la época, pero también francés, italiano y alemán (lenguas habladas en, decía él, nuestras posesiones). Algunos rudimentos de la lengua del Profeta también me fueron impartidos. Súmesele a todo esto el cuerpo de conocimientos que todo futuro caballero de la Alta Nobleza debía poseer (importantes destinos me aguardaban o eso me había de parecer en aquellos tiempos) y, resultará claro, que llegué a la edad adulta con una cultura académica inmensa, pero sin conocer nada de la Vida, con mayúsculas, y muy poco más que la enorme casa solariega en la que habían transcurridos mis años mozos. Mi amantísimo padre me educó tanto y me protegió tan bien de la contaminación del mundo, la carne y todo aquello con lo que los dómines nos amenazaban que, el día que hube de levantar vuelo desde el nido de mi hogar, no tenía excesivamente claro lo que era esa Vida y entiéndase a este respecto, una mujer y todo lo que la rodea y entiéndase nuevamente a este respecto, placentero ayuntamiento.
Diríase que en un seminario había transcurrido mi infancia y pubertad y no andarían desencaminados quienes tal pensaran.

Según los planes de mi ilustre progenitor era la carrera militar la que me estaba destinada. En realidad esto me era indiferente. Mi deseo era salir de aquel poblachón manchego en el que me había criado y conocer todo aquello que en los textos de mis maestros había vislumbrado e, intuía, no se encontraría demasiado lejos de mi alcance dada mi, suponía yo, elevada posición social. Así, la noticia de mi próxima partida hacia la Corte para, una vez allí, unirme al séquito de Su Alteza el Hermanastro de nuestro amado Soberano, me llenó del alborozo que el lector puede suponer. El destino final era enrolarme a la flota que a la sazón se estaba armando con el objeto de combatir al infiel Turco. La brusca transición que se me avecinaba no me asustaba en absoluto. Aquel no sólo sería mi primer contacto con el mundo auténtico y real, sino, además, mi bautismo de armas, el comienzo de mi andadura en una carrera militar que me llevaría a la gloria y al triunfo. El magín se me desbordaba ante la imagen de la batalla que pronto habría de vivir. Las cabezas enturbantadas caían a mis pies como los melocotones maduros lo hacían en el patio de la casa paterna unos días antes. Heroicidades sin número en la lucha me llevaban a los salones de la Corte donde Su Majestad me inundaba de mercedes, predios, títulos y riquezas. Bendita adolescencia. ¡Cuán diferente habría de ser la realidad!

El primer desengaño se presentó a la hora de embarcar. Razones prolijas de exponer (en esencia y resumen, la más alta alcurnia de otros miembros de la expedición, no nacidos, como un humilde servidor, de ilegítimo amorío) me llevaron a ocupar plaza en la galera San Bartolomé de los Abiertos y no en La Real a las órdenes del Hermanastro de Su Majestad. Los oropeles del poder se alejaban un tanto, pero aquello no hizo disminuir mi ilusión un ápice. En pocas semanas embarcaría y nos haríamos a la mar. Tanto daba una galera que otra. Oportunidades sobradas se presentarían para alcanzar fama y honores y allí estaría el caballero Diego de la Encina para aprovecharlas.

Mi tutor, mentor y protector en aquella aventura iba a ser el Conde de Navahermosa, íntimo amigo de mi padre y personaje de fama en la Corte por su arrojo en las guerras contra los franceses y flamencos y por otras razones de índole galante. Él se encargaría de proporcionarme todo lo necesario para la travesía y la lucha y de indicarme mis deberes y obligaciones hasta que el momento culminante de la batalla apareciera en el horizonte del mar infinito y de mi vida. Era el Conde, a pesar de su prestigio merecido, un hombre joven, apenas siete u ocho años mayor que yo, pero, como queda claro de mis anteriores palabras, con bastante más experiencia vital que un servidor. Alto, moreno de cabello y de tez pálida, ojos claros, bien parecido, un cuerpo resultado de marcial ejercicio por los yermos castellanos y los cenagales de Flandes, desenvuelto, de gran simpatía, reunía todas las características necesarias para recolectar amistades y admiradoras allá por donde pasara. Ante tal despliegue de mundología y tamañas perfecciones naturales no tardé en rendirle total pleitesía. El de Navahermosa se convirtió en mi ídolo y modelo a seguir.

Antes de la partida hubieron de transcurrir varias semanas en puerto, de preparativos variados, indefectiblemente vinculados a una campaña naval como aquella. Durante los días de espera me fui aclimatando a lo que iba a ser mi primera experiencia militar. Nuestro alojamiento en la ciudad era acorde a nuestro rango (al menos al del Conde). Disponíamos de varias habitaciones en un palacete propiedad de unos parientes de la madre de mi nuevo Señor. Allí podíamos llevar una vida independiente de la de su familia. La mayor parte del tiempo se nos iba en duras prácticas con la espada, el escudo, la pica, la alabarda, el arcabuz y otras armas que, maldita sea si recuerdo sus nombres dado el servicio que, finalmente, me prestaron. Tras el esfuerzo físico venía algo que, hasta entonces, no me había sido muy conocido y poco había practicado, a saber, la higiene corporal, práctica no muy bien valorada e incluso denostada por mis dómines docentes allá en la casa solariega de mi padre. Versado como era en los clásicos mi noble protector, las costumbres de aquellas remotas épocas no le eran desconocidas y, tras el fatigoso entrenamiento, todo un ritual se desarrollaba en las habitaciones reservadas a tales actividades. Baños en agua caliente, en agua fría, baños de vapor, masajes con aceites perfumados… Todo asaz placentero. En las primeras ocasiones en las que practicamos este ritual no pude evitar sentirme violento con mi propia desnudez, en especial ante la presencia del Conde. Éste, sin embargo, actuaba con total naturalidad, por tanto, poco a poco, la costumbre fue apagando mi turbación por el traje de Adán, que no por un cierto efecto secundario. A éste último también me habitué, aunque no por ello dejó de inquietarme. Me consolaba en parte el hecho de que el tal efecto era evidente también en Su Señoría. Cosa curiosa, pensaba yo en mi inocencia, evidente sólo después de que el paje empleara sus infantiles y suaves manos en masajearnos. La realidad es que en mi caso el efecto secundario mencionado se presentaba bastante antes del masaje (cosas de la juventud, vuestras mercedes sabrán disculparme), por tanto lo del de Navahermosa nunca me extrañó demasiado. Tampoco me llamaron la atención sus aquilatadoras y poco disimuladas miradas, ni sus sonrisas insinuadas al contemplarme en mi adolescente desnudez. Esto lo atribuía a que mi efecto era en forma notable superior al suyo y a su sorpresa ante tal circunstancia. No tenía yo por entonces demasiados criterios para evaluar tales diferencias (ignoraba si mi efecto era grande o acaso el suyo pequeño) ni conocía la existencia de posibles y poco ortodoxos placeres. Tampoco sospeché nada la tarde que el paje no apareció y el Conde solicitó que fuera yo el masajista. En fin, a su innegable inteligencia dejo a vuestras mercedes la elaboración de las pertinentes conclusiones. De aquesta manera fueron deslizándose las semanas, alternándose las duras prácticas con la espada con los relajantes momentos de asueto que compensaban tan agotadores esfuerzos. Al fin llegó el ansiado día de la partida. El magnífico espectáculo quedó marcado en mi memoria. Decenas de naves: galeras, fragatas, bergantines e incluso una galeaza veneciana, hasta sumar más de cien. Sus velas desplegadas, sus remos batientes, atravesaron la bocana del puerto engalanada como de fiesta. Todo a mayor gloria del Imperio, su Monarca y la Cristiandad, pienso ahora con ironía, pero es cierto que en aquel momento la emoción, la juventud y la inexperiencia me impedían cualquier tipo de análisis que fuera más allá de las meras formas.

La existencia en la galera, a pesar de que el Conde y un servidor éramos privilegiados por nuestra posición, no podía ser la vida acomodaticia de la ciudad. Ya decía el refrán marinero: "La vida en la galera, déla Dios a quien la quiera". Nuestra nave embarcaba 250 galeotes, aunque parte de ellos eran remeros voluntarios. Súmesele a esta cifra la gente de mar y la de guerra y sin dudarlo podría asegurar que superábamos la cifra de 500 alistados en nuestra embarcación. La pasarela de crujía ocupaba la parte central de la galera y era el dominio personal del cómitre y su rebenque, con el que se entusiasmaba a la hora de fustigar a la chusma; tanto que en varias ocasiones fue amonestado por el estricto capitán. A los lados de la crujía, los talares sobre los que iban situados los bancos de los remeros. Por aquí y acullá culebrinas y falconetes que defendían a la línea de remos. La gente de guerra habitaba sobre la arrumbada, encima de los cañones. Sin embargo mi amo y yo, gracias a nuestra elevada alcurnia, ocupábamos la cámara, compartida en ocasiones con otros oficiales. En definitiva, la vida en la galera era como habitar una aldea en la que una mínima intimidad resultaba complicada de obtener. Además, algunas de las costumbres y usos que mi Señor y yo habíamos venido practicando en puerto no tenían buena aceptación en la Armada de Su Muy Católica Majestad. Yo lo ignoraba, ignoraba incluso que ciertas prácticas estuvieran mal vistas o no fueran al uso entre gente cristiana, pero ciertamente el muy hideputa del Conde no era desconocedor de tales circunstancias. Como serviola (sí, de caballero de brillante armadura, mis expectativas habían descendido hasta lo más bajo del escalafón de la marinería, y aun así, no dejaba de ser éste un título puramente honorífico), como serviola, decía, mis tareas, en realidad, no iban más allá de servir al Conde. En los quehaceres marineros poca era mi participación y, a pesar del solemne cargo naval que se me había otorgado, continué desempeñando las mismas importantes labores de asesoramiento militar para con mi amo el de Navahermosa que en la ciudad portuaria de la que habíamos zarpado. Durante las dos semanas de travesía hacia el encuentro con las escuadras italianas, más y más entrenamiento y más y más baños y, sobre todo, masajes. Hasta que aquella vida se transformó en una especie de pesadilla y a punto estuvo de costarme, si no el pellejo, que en parte lo hube de perder, sí la vida. Aquel endemoniado pajarraco me estaba picoteando el ojo izquierdo. El derecho ya se lo habían comido el día anterior, en las primeras horas de la mañana, mientras la flota entraba en el puerto de Mesina. Mi cuerpo llevaba tres días colgado (por el cuello, maticémoslo como aclaración obligada) del mástil de la galera, para escarmiento y aviso de los infractores de las normas y demás elementos asociales. Durante estos tres días, primero la lluvia, luego el viento arrastrando la salobre agua y, finalmente, el Sol castigador del Mediterráneo habían resecado mi piel, convirtiendo mi antes hermoso cuerpo en un guiñapo informe.

Tampoco es que hubiera excesiva ceremonia durante la ejecución; me subieron a empellones a la plataforma, apretaron el lazo en torno a mi cuello y tiraron del otro extremo de la cuerda. Así me fui elevando poco a poco hasta ocupar mi actual posición de privilegio.

La verdad es que tardé bastantes minutos en morir, pero el trámite no fue doloroso en extremo. Tal vez al principio, mientras me iban subiendo. Pataleé, como corresponde a todo buen ahorcado, pero luego, ya arriba, me sumergí en una especie de quietud, arrullado por el rumor del mar y los gritos de las gaviotas cabalgando por el aire. Pude contemplar como los cirros ocultaban porciones de cielo azul a medida que se me escapaba la vida. La muerte me llegó cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a humedecer mi amoratado rostro; el cielo se volvió negro, sentí un mareo enorme, tuve la sensación de estar cayendo.
Y así fue como me convertí en fantasma.

Cuando recuperé la conciencia (o lo que sea que se supone que tiene un fantasma) estaba sobre la cubierta, observando como mi cuerpo se balanceaba, con dos gaviotas sobre la cabeza, las cuales se estaban dando el banquete de su vida con mis ojos; ora picoteaba una, ora la otra. Encantador, una escena realmente deliciosa.

Y se preguntarán vuestras mercedes cuál fue el horrible delito que me condujo a tan peculiar coyuntura, un tanto ambigua, por otra parte. Pues bien, deben conocer que en la Armada comandada por el Hermanastro de Su Majestad no se permiten una serie de perversiones (o diversiones, que todo depende del punto de vista) entre ellas la sodomía. Pero también es verdad que lo más parecido a una mujer es un hombre y que después de varias semanas embarcado, sin pisar tierra… Y mi joven sirviente era tan sensible, delicado e inocente… En fin, el pobre muchacho tampoco salió bien parado de la aventura. Creo que lo arrojaron por la borda unas horas antes de ajusticiarme. Al menos espero que su alma obtenga el descanso eterno. La mía, sin embargo, tiene un trabajo que realizar durante los próximos años, para mayor gusto y placer del capitán de la galera. Porque a partir de esta noche, y todas las que sigan hasta el día de su muerte, me verá aparecer en su cama, siempre a medianoche, y podrá gozar de una sodomización espectral. Y así fue como acontecieron los hechos. Al parecer mi amigo y protector había tenido sus dimes y diretes con el capitán de la galera, el Duque de Gumiel, tiempos ha, a causa de un bien parecido vástago del citado noble. Jugada de venganza arriesgada la del Duque, puesto que el de Navahermosa era personaje importante en la Corte, pero la ley del mar le permitía actuar como lo hizo y, además (¿para qué ocultarlo?) las leyes que regían el comportamiento y la moral en la Armada habían sido un tanto vulneradas.

Nunca supe si lo que conmigo perpetraron lo fue por misericordia o por agravarme el castigo. Ya que sigo vivo y les puedo hacer partícipes de mis aventuras, debió ser por lo primero. Aunque el hecho de verme arrojado por encima de la borda, sin apenas explicarme lo que había sucedido ni dónde se encontraba el tremendo delito, no lo consideré en aquellos instantes como algo de buenos cristianos. En especial porque de la suerte del Conde no tuve conocimiento en aquel momento y me pareció que me convertía yo en el único deudor de toda aquella violenta situación.

Guardo escasa memoria de los minutos posteriores al lanzamiento e inmersión. Tal vez la angustia que me atenazó las entrañas, la imagen de una gran nave que se balanceaba, el eco de unas risas lejanas y después, el silencio del mar azul infinito. Infinito silencio. Infinito azul. Infinito mar. Infinito final.

Puesto que me hallo escribiendo estas páginas y dado que no soy un fantasma, parece evidente que no sucumbí a las embravecidas aguas del Mediterráneo. Es este el momento en el que debería contarles cómo cuando al recobrar la conciencia me encontré en una playa de blancas arenas, bajo un sol acariciador, mecidos mis cabellos por una templada brisa marina y con un grupo de amables lugareños dispuestos a desvivirse por mi estado de salud. Sin embargo no fue tal mi fortuna.

Recobré los sentidos de manera harto brusca, rompiéndome contra unos afilados peñascos que hicieron crujir bastantes de mis huesos. A duras penas logré salir de aquellas hoyas infernales, desgarrado y ensangrentado, con más mataduras que ropa, en mitad de una tremenda tormenta que a punto estuvo de conseguir con frío y viento lo que el mar no había aún alcanzado. Busqué refugio y pasé la noche como buenamente me aconsejó mi nublado entendimiento, entre unas rocas, a resguardo de las rachas heladas que amenazaban con terminar con la poca vida que me restaba. La luminosa mañana siguió en su cotidiano acontecer a la noche terrible y azarosa. Así llegó el alivio que hizo renacer mi esperanza.

Debí dormir algunas horas a pesar del frío y el dolor. El sonido de unas campanas comenzó poco a poco a hacerse sitio en el marasmo de mi mente. Tocaban a muerto, pero aquel hecho me pareció irrelevante. No significaba para mí más que la confirmación de que gente cristiana habitaba aquellos lugares, y cerca, a juzgar por la intensidad del tañido que llegaba a mis oídos. Arrastré mi cuerpo magullado y fracturado hasta una cala cercana desde la cual se podían apreciar claros signos de civilización. Por doquier crecían árboles frutales, cultivos de hortalizas trepaban por las laderas de las suaves colinas que huían hacia el interior. Feraz y rica parecía aquella tierra. Algunas jóvenes labriegas se movían entre las matas, contoneándose y cantando alegres. La debilidad, acaso la sorpresa ante aquella mágica visión me hicieron perder el conocimiento. Horas más tarde, a juzgar por la posición del sol, volví en mí. A Dios gracias, aquellas damas se habían apiadado, al parecer, de mi lamentable situación; en aquel instante un sacerdote y un par de acólitos se afanaban en limpiar mi rostro y proporcionar reparo a mis males. Al percatarse de que mis ojos les contemplaban, los dos jóvenes comenzaron a hablarme atropelladamente en un idioma del que sólo conseguí identificar alguna palabra aislada. El sacerdote les ordenó silencio y, después de intentarlo en su propia lengua y apreciar en mi rostro claros signos de incomprensión, se dirigió a mí en griego clásico. Me hizo las preguntas típicas en estas situaciones de zozobra y rescate, en las que el pobre náufrago es recuperado de las garras del dios del mar por las manos de los hombres o de la providencia. Respondí como buenamente pude, sin aclarar demasiado las razones que me habían conducido a aquella desafortunada coyuntura, las cuales tampoco hacían al caso por otra parte y, además, no me habían quedado del todo claras. Pasé el resto del día y toda la noche descansando y reponiendo fuerzas.

A la mañana siguiente, ya algo recuperado de los embates
marinos, me llegó a mí el turno de hacer preguntas. Había dormido en una habitación limpia y sobria en la casa del sacerdote. Él mismo me ofreció en aquel amanecer un frugal desayuno que engullí con ansia. Las campanas de la iglesia continuaban repicando. Me encontraba en una isla; me informó de su nombre, pero éste no me aclaró en medida alguna la posición de aquella tierra. No logré conocer a qué reino pertenecía aquel lugar; menos aún fui capaz de que me informaran de quién detentetaba el poder en aquellos territorios. Pronto lo sabría, fue la enigmática respuesta del sacerdote. Le pregunté acerca de la razón por la que repicaban continuamente las campanas. Su sonido, tan próximo, empezaba a desquiciarme y a inquietarme. "La Reina ha muerto para sus súbditos", fue su lacónica respuesta. Después continuó, "Existe una tradición en esta isla en la que podrás participar si te recuperas a tiempo. He podido apreciar, mientras te atendíamos, que no eres ni judío ni musulmán, por lo tanto dispones de todo lo necesario para pagar el tributo". De esta manera finalizó su explicación mi anfitrión, la cual me dejó, más o menos, igual de confuso que antes, porque era incapaz de entender tanto misterio ridículo ni la sardónica sonrisa que había aflorado a los labios del sacerdote.

Después de varios días de descanso conseguí salir de la cama y pasear por el jardín que rodeaba el hogar en el que me habían acogido. Era una casita de dos plantas: la inferior estaba ocupada por lo que parecía ser un establo. Una escalera trepaba por la fachada blanca hasta el piso superior en el que se encontraban las habitaciones principales. En el hueco que se hallaba debajo de las escaleras una ventana rodeada de macetas con flores y hiedras se abría y dejaba ver lo que podía ser una sala de costura. Allí una mujer, la barragana del cura seguramente, y una jovencita adolescente me sonrieron al ver que me acercaba. La luz dorada de aquel atardecer bañaba de ocre los tejidos blancos que, afanosas, cosían casi con frenesí. La mujer mayor se interesó por mi estado de salud y, por señas, me indicó que aquellos tejidos se convertirían pronto en ropa con la que vestirme. Ciertamente, después del, llamémosle así, naufragio, anadeaba yo por el jardín casi como Dios me trajo al mundo, con una sábana cubriendo mi desnudez, cual toga de patricio romano.

Días más tarde, ya prácticamente recuperado, pude utilizar aquellas prendas. Unos calzones de tela basta para cubrir mis intimidades y una túnica espléndida, de un tejido de suavidad indescriptible, como la más refinada seda del más elevado noble de la Corte. Unos bordados de hilo dorado dibujaban unos caracteres griegos alrededor de la cintura y unas cintas de terciopelo verdes, granates y azules pendían como sujetas por cada una de las letras. No fui capaz de descifrar en su totalidad lo que parecía un acróstico o fórmula ritual referida a un festival relacionado con la juventud. Me pareció un tanto ostentoso para un pobre joven arrojado a los acantilados por el mar y perdido en aquel ignoto lugar en lo más profundo del Mediterráneo. Una mañana, engalanado con mis nuevos atuendos, el padre me hizo subir a un carromato tirado por un par de mulas y me informó de que debía presentarme en el Palacio del Festival. Acudíamos para que un servidor de Vuestras Mercedes, amables lectores, fuese aleccionado sobre cómo debía actuar en las próximas ceremonias. Así me lo comunicó, sin mayores aclaraciones. Durante el viaje, que había de durar la jornada completa, aprecié con mayor detenimiento y calma que el día de mi accidentada llegada la riqueza de la isla, con bosques umbríos, plantaciones de frutales y sembrados de cultivos diversos. En lontananza una pequeña, pero elevada sierra se recortaba contra el azul del cielo. Más allá se encontraba el destino final de nuestro periplo.

Al atardecer estábamos a punto de entrar en la ciudad, después de un viaje de constante traqueteo, con nuestros cuerpos martirizados y doloridos y anhelantes del reparador descanso. La capital era una bella urbe de piedra, de dorados brillos a la luz del Sol poniente, que trepaba por las laderas de un escarpado promontorio. En su cima, dominando calles y callejuelas, imponiendo su mole a la vida cotidiana de sus habitantes, se encontraba lo que mi compañero de viaje denominó como el Palacio de los Festivales y Morada de la Reina.

Con paso cansino las mulas arrastraron nuestro carro hasta uno de los dos puentes por los que se accedía a la urbe. Era una soberbia construcción de tres ojos que salvaba, orgullosa, la profunda quebrada que rodeaba la ciudad. Al otro lado una espléndida puerta de arco ojival se abría en la muralla dando paso a la ciudad. Mientras cruzábamos el puente y encarábamos las primeras rampas de subida en pos del Palacio, el padre me puso al corriente de lo que acontecía por aquellos días en la isla. Su sistema de gobierno se fundamentaba en el matriarcado. Que el poder se encontrase en manos de una mujer no era un hecho extraordinario; su Católica Majestad, la hermana del pobre Rey Impotente, de mirada de loco y menudencias inservibles, lo tuvo en su momento en el castellano reino. Sí era inusual, sin embargo, que siempre residiera en una mujer y aún más la forma de alcanzarlo. La Reina y gobernante de aquella ínsula lo era en virtud de su concepción, por un lapso de tiempo limitado y a partir de un momento dado. Su reinado duraba veinticinco años y era también a la edad que igualaba la anterior cifra cuando accedía al trono. Aquel era el periodo de vida de máximo esplendor intelectual y físico de cualquier ser humano. La Reina concebía y daba a luz a los veinticinco años, al comienzo de su reinado. Cuando la hija alcanzaba esta misma edad pasaba a ocupar el trono y la Reina Madre se retiraba a lo que se llamaba el Convento de las Soñadoras, un bello edificio de picudas torres en la vega baja del río. Nunca volvía a traspasar sus muros. Nunca nadie volvía a saber de ella.

Fue el día posterior a nuestra llegada cuando se inició el Festival. En la madrugada, en ceremonia secreta como los Misterios Órficos y en la cual sólo participaban mujeres, se había producido el traspaso oficial del poder de la Madre a la Hija, la nueva Reina. Una vez finalizada la coronación se elegiría al que sería progenitor de una futura Reina, pero sólo sería eso, un individuo fecundador de la Matriz Real, no un rey, ni siquiera un acompañante de la joven monarca. Como resultará evidente para los preclaros lectores, es en este punto cuando entraba en liza este humilde servidor de condes y duques. En esta parte del Festival participaban todos los varones de edades inferiores a la de la nueva monarca y que hubieran visto más de quince inviernos. Ningún otro criterio servía de tamiz. Máxima fertilidad, máxima potencia procreadora. Pero, y he aquí la sorpresa última, el Festival no consistía en una justa entre caballeros, en lances de espada, en torneos de exhibición de fuerza, audacia y bravura. Un nuevo sesgo hacía aún más fascinante aquella singular monarquía.
El Festival era una contienda literaria. Cada participante debía elaborar una breve historia en la que narrara un sueño. La protagonista del sueño sería la propia Soberana y en la narración debía quedar patente el sin par amor que despertaba su imagen en el joven aspirante a zángano de la Abeja Reina. Imagen desconocida para todos, puesto que la joven Reina, desde su nacimiento, vivía privada de todo contacto con los habitantes de la isla. Imagen que debía ser intuida y descrita en una poesía, parte del sueño. La joven Soberana seleccionaría la composición vencedora durante la noche, mientras los poetas pagábamos nuestro particular impuesto.

Porque en aquel singular torneo cada joven debía abonar un pequeño y doloroso tributo. Como pueden imaginar a tenor del título de esta historia que me ha sido dado narrarles, la mínima dádiva con la que habíamos de contribuir no era otra que nuestro prepucio. Una vez cicatrizada la herramienta fecundadora después de su dolorosa amputación, el triunfador procedía a engendrar un nuevo miembro en la estirpe real. Tanto la ceremonia de la circuncisión como la elección del instante supremo se encontraban controladas y reglamentadas por las Vírgenes del Festival, conjunto de bellas jóvenes que comprometían su vida al servicio de la Reina. Las Vírgenes también se responsabilizaban de inmortalizar el texto vencedor. Para ello se encargaban de curtir los prepucios recolectados y después componer con ellos una especie de pergamino. Sobre este soporte se plasmaba la redacción que había prendado los sentimientos de la Soberana, amén de un retrato del ingenioso vencedor. Tintas de brillantes colores terminaban adornando aquellas sensibles partes de nuestra anatomía. Y así, ilustrado por mi involuntario benefactor y sin comprender demasiado bien aquellas exóticas costumbres, amaneció el nuevo día, radiante de luz, en el que tuve el honor de participar en aquel torneo. El inmenso salón, bañado por los rayos del Sol que ya despuntaba por el marino horizonte, nos recibió cálido y engalanado. Varias docenas de jóvenes, ataviados a la misma usanza que el que esto escribe, ocuparon sus atriles. Tinta, pergamino, secante y tiempo hasta que la oscuridad tiñera de gris nuestras creaciones. Angustia ante el momento final de tributo y dolor. Emoción ante el desenlace del torneo, un día más tarde.

SEGUNDO INTERLUDIO
De lo que compuso Diego de La Encina en el Festival de Coronación de la Reina de la Isla de los Circuncidados

La habitación está en penumbra, sólo iluminada por los rayos de luz de Luna que danzan a través de la ventana abierta. La noche es cálida y una suave brisa hace aletear lánguidas las cortinas de muselina. Estoy apoyado en el alféizar, aspirando el aire puro y fresco con olor a bosque que impregna todas las estancias del palacio. Un sueño agitado me ha hecho despertar. El viento tenue me refresca y el silencioso rumor del bosque allende el jardín del palacio me tranquiliza y relaja. Vuelvo mi cabeza y te contemplo, dormida y serena en la cama. Tu cabellera cubre tu rostro, no puedo ver tus ojos ni el rubor que tiñe la piel de tus mejillas cuando sueñas con sueños misteriosos que nunca me has querido contar. La línea de tu espalda se dibuja sinuosa, incitante, la piel desnuda, lechosa por el efecto de la Luna, te hace parecer estatua de mármol. La sábana se ha deslizado y sólo te cubre caderas y piernas, perfilando su contorno, sugiriendo placeres difuminados en la oscuridad de la noche y el sueño.

Consigo arrancar mis ojos de la visión de tu cuerpo durmiente, a medias entreverado por las sabanas de raso huidizas, ansiosas de mostrar tu cálida desnudez a mis manos de piel de almendra. Paseo mi mirada de nuevo por los jardines del palacio, por el bosque umbrío más allá de la verja. Al fondo la sierra perfilada contra el azul oscuro y estrellado del cielo, coronada por el Palacio del Rey Poeta en uno de sus extremos y por el arruinado Castillo Medieval del Rey Moro en el otro. Jirones de niebla avanzan desde el este y, despacio, van diluyendo sus perfiles, desdibujando sus contornos, como si aquellas construcciones, la sierra toda, estuvieran volviendo al mundo de hadas del que alguna vez debieron surgir. Gasas traslúcidas reptan por las colinas hacia los parterres. Una forma humana desnuda avanza por el jardín, se mezcla sensual con la blancura que todo lo invade, su melena de cabellos dorados agitándose a cada paso. Se detiene, parece dudar, eleva su rostro y extiende sus brazos hacia el cielo teñido de blanco. Sus manos, de dedos largos, sus uñas prolongadas y pintadas de negro. Es como si estuviera implorando, pidiendo por algo.
Da unos pasos y vuelve a detenerse. Lentamente se gira y mira hacia la ventana en la que me encuentro. Aquellos ojos verdes y rasgados me contemplan en muda suplica. Mi corazón se acelera; no eres tú, sin embargo los ojos te pertenecen. No eres tú; sin embargo, de alguna manera, sé que sí lo eres. Me vuelvo hacia el interior de la habitación: la sábana reposa en el suelo de madera, la cama, vacía me lanza su reproche, me avisa de su desesperación, de tu desesperación y de la mía. Te sumerges en la niebla del jardín, cada vez más espesa. Ya no te puedo ver. Has desaparecido.

Corro, tropiezo, salto, caigo, sudo, sangro en la profundidad de un bosque negro e infinito. En lo alto, entre las tupidas ramas, se atisba la Luna compañera. Corro, tropiezo, salto, caigo. Estoy en el Palacio del Rey Poeta y avanzo por un corredor con puertas laterales y paredes de piedra gris, un corredor que se prolonga y estrecha a medida que me adentro en sus tinieblas.

Al final del pasillo eterno, unas escaleras. Comienzo a subir. Mis pies tocan el último peldaño cuando siento que algo asciende por la rampa, opresivo, lento y plural. La curiosidad puede más que mi miedo y no cierro los ojos. Al principio, su risa no es más que un débil crujido, como la apertura de una puerta que llevara cerrada durante un lapso incalculable de tiempo. La risa crece, parece alcanzar todas las direcciones como algo separado, que tomara forma y adquiriese valor. Al final la risa deriva en grito que hiela mi sangre. Es tu grito, tu voz.

Estoy en la habitación del palacio. Una pergamino amarillo descansa sobre la cama, allí donde antes reposaba tu cuerpo ahora perdido. La recojo y me contemplo en el espejo que se sitúa sobre la cómoda. Estás allí, a mi lado, en el reflejo, y me miras y señalas el papel que mis manos sostienen. Me susurras algo al oído, pero no puedo descifrar tus palabras. Sin embargo hago lo que me dices. Leo aquellas líneas, musitándolas con labios temblorosos:

No he soñado contigo,
Jamás nos hemos visto,
Nadie nos ha unido,
Nada nos separa,
Nunca te he gozado,
No conozco tus besos.
Siempre te he amado

Siempre amaneces, en mi memoria,
Ojos verdes, todo el mar en ellos,
Dorado cabello, es el sol del mediodía,
Piel suave, que todo mi cuerpo desea,
Manos blancas, aletean en la brisa,
Música tenue, brisa de tus labios.
Nunca me has amado

Noto tus labios, dulces, en los míos, tu aliento, aroma de azahar, acaricia mis párpados. Siento tus pechos cálidos sobre mi
costado. Abro los ojos y mi mundo eres tú.

Final del Segundo Interludio
No les abrumaré con la descripción de los terribles momentos que sucedieron a la finalización de nuestro esfuerzo creador. Dejo a la imaginación de cada lector la composición de las escenas que constituyeron el transcurrir de las horas de aquella noche.

Al amanecer una joven penetró en mi celda y se acercó al jergón en el que continuaba retorciéndome de dolor. Sin apenas poder andar, con los ojos empañados en lágrimas, fui conducido hasta una minúscula sala. Dos butacas recubiertas de paños de terciopelo rojo, una frente a la otra, ocupaban la práctica totalidad de la estancia. Desde la ventana se atisbaba una espléndida imagen del sol naciente, con la ciudad a los pies y el mar púrpura en la distancia. Mi guía me dejó, solo y doliente, en la habitación. Al padecimiento de mi miembro viril hube de sumar la angustia que experimentaba por el incierto destino que parecía aguardarme más allá de los muros de aquel rincón del Palacio. Así me encontraba, atribulado por los más negros presagios, cuando otra bella joven penetró en el aposento. Alta, de tez pálida, cabello negro y ojos grandes y almendrados. Una túnica blanca ocultaba sus formas de mujer y le daba un aspecto de aparición, de fantasma evanescente. Su sonrisa fue un bálsamo en mis torturados cuerpo y mente. Sus palabras me hicieron creer que en un sueño me encontraba. Yo era el triunfador del Festival, yo sería quien yaciera con Su Majestad cuando me fuera ordenado.. Durante el proceso de cicatrización que aún estaba en marcha permanecería en el Palacio, en unos aposentos adecuados a mi nueva condición de Progenitor Real y con las atenciones correspondientes a tal rango. Una vez engendrado el nuevo vástago, recibiría mi recompensa final, el premio a mi esfuerzo, mi dolor y mis padecimientos Así me describió mi futuro próximo la fantasmal joven.

Cuando terminó de hablar cerró los ojos, respiró profundamente, extendió su mano con la palma abierta hacia arriba y sopló con suavidad. Sentí una agradable lasitud, como me sucedía en aquellas lejanas mañanas de verano en la hacienda de mi padre, durante los minutos de duermevela que precedían al definitivo despertar. Un trino de pájaros acarició mis oídos, una leve brisa, cálida y con recuerdos de mar recorrió con sus suaves dedos mis párpados ya dormidos.

No sé cuánto tiempo permanecí en aquel estado, pero cuando recobré la conciencia mis dolores habían desaparecido por completo. Un tanto apurado por un pensamiento repentino, alcé las ropas que me cubrían y comprobé que todo estaba donde debía y en perfectas condiciones. Me levanté de la cama, paseé por la habitación y me acerqué a la ventana. Una puesta de Sol de brillantes colores hacía las veces de hermoso cuadro, ornamentando la ya de por sí magnífica habitación. Poco a poco el cárdeno globo se sumergió en las aguas y las sombras comenzaron a invadir la alcoba. La frescura de la Luna nocturna y su mágica luz ocuparon su lugar a mi alrededor. Cuando la puerta de la habitación giró sobre sus goznes ya había oscurecido por completo. Su sonido me arrancó de mis ensoñaciones. La penumbra que envolvía la estancia me impidió apreciar los rasgos de la mujer que se acercó a mí y que con su pequeña mano asió la mía. Se inició de esta manera un extraño viaje en el que nunca supe distinguir lo real de lo imaginario y onírico. Quizá ambos aspectos contribuyeran, con diferente intensidad en cada momento, a construir las siguientes horas en mis recuerdos. Cuando la Luna sesgada por las oscuras nubes comenzó a desaparecer en el cielo, mi conciencia inició un lento fluir hacia aquel mundo que desde hacía tanto tiempo había ansiado sin yo saberlo.

Mi reflejo en los cristales emplomados de la ventana me hizo comprender que ya me encontraba dispuesto para la partida. Asomé lo que podía ser una sala de costura. Allí una mujer, la barragana del mi rostro a la noche húmeda. Salimos al balcón y allí percibí cómo la hiedra que cubría la fachada del Palacio bailaba con la niebla, ascendía veloz y trenzaba sus zarcillos mágicos con las volutas y jirones vaporosos de su compañera de juegos nocturnos. Saltamos al vacío y sus verdes tallos nos sostuvieron y levantaron e hicieron volar hasta la cima alguna de las montañas próximas. Con suavidad nos depositó en un oscuro jardín, silencioso, infinito en la bruma de la noche.

Caminamos durante un tiempo indefinido hasta alcanzar el inmenso portón que se abría en la fachada de piedra de una negra construcción. "El Castillo de Rocamador", me susurró la joven invisible. "Dentro te espera la Reina; ahora debes continuar tú solo".

TERCER INTERLUDIO
De lo que le aconteció, pero nunca estuvo seguro
de ello, a Diego de La Encina en su búsqueda de la
Reina de la Isla de los Circuncidados

Golpeo la madera con mis puños mientras mi voz muda penetra por los quicios desajustados hacia el interior. Ahora voy detrás de mis sonidos hasta la escalera que asciende para perderse en la negrura de las bóvedas. Dos figuras semiocultas me observan curiosas, indecisas. Una de ellas salta al suelo desde la barandilla de alabastro blanco y dirige sus ojos verdes hacia mí. Me mira, da dos vueltas en torno a mis piernas, rozándolas con su suave pelaje y, como obedeciendo a un impulso, brinca sobre mi hombro. Clava sus uñas y desgarra mi piel. Me susurra al oído, me indica el camino que he de seguir. Una minúscula puerta se abre en el hueco de la escalera sin final. Penetro en aquellas tinieblas, ciego, tanteando con mis dedos, mientras el suave ronroneo del animal me sugiere los caminos a seguir en aquel laberinto tenebroso.

Tras un tiempo que avanza viscoso, como las miasmas de un pantano del que tratara de huir, una luz blanca, difusa, ilumina el final de mi peregrinar. Albos resquicios delimitan un negro rectángulo. Las líneas de luminosidad se ensanchan y puedo contemplar la habitación que se muestra al otro lado. Es mi dormitorio, el que abandoné mecido en los brazos del deseo, el caprichoso hermano del eterno sueño. La misma cama, los mismos tules ondeando en la brisa nocturna. La misma Luna bañando las figuras que descansan y sueñan en la lechosa oscuridad. Desde la otra orilla del negro espejo puedo contemplarme yaciendo al lado de la que tanto tiempo fue mi ausencia y desesperación.

En la otra ribera ella aún duerme y sueña un sueño que tiene fin. En la otra ribera ella despertará a la mañana y sus ojos serán mi luz y su voz mi vida. En el lugar de donde vengo no hay vida. No despertaré y así viviré por última vez en mi sueño.

Final del Tercer Interludio

Vuestras Mercedes habrán de juzgar si lo anterior acontecióme en verdad o fue fruto de la calenturienta y torturada imaginación de un adolescente perturbado por lo irreal de las circunstancias que le habían sido dado experimentar. Aún hoy, después de una vida, me considero incapaz de emitir un juicio al respecto. Nunca he sido capaz de rememorar los momentos conyugales compartidos con la Reina. Sin embargo sí tengo grabada su imagen, su rostro, sus ojos, su cuerpo.
Su voz. Una voz que me ha acompañado todos estos años, una voz como el tañido de una campana de cristal debajo de la más suntuosa bóveda de la más bella catedral. Una voz que ahora, cuando me acerco a mi final, resucita, llamándome, en mis breves sueños de anciano.

Pero dejemos la melancolía a un lado. El caso que nos ocupa evolucionó como les he presentado, con una mezcla de sustancias que, como resultado final, me llevó a despertar, una vez más, en la habitación desde la que me había lanzado al vacío acompañado por mi misteriosa guía. Allí me encontraba un tanto perplejo cuando la puerta comenzó a abrirse. Otra vez la misma joven penetraba en la alcoba. De nuevo me vi avanzando por corredores oscuros de la mano de aquella mágica niña. Ahora, sin embargo, todo era extraordinariamente real, nítido, palpable. Volvía a ser un triste serviola naufragado que en actitud humillada se postraba ante una hermosa mujer, la misma con la que había yacido la última noche. Me contempló con interés y una cierta sorpresa durante unos segundos, como quien se encuentra con un conocido en una situación inesperada y un tanto desconcertante. Tal vez un leve rubor cubrió sus mejillas, vergüenza, reconocimiento y recuerdo de los momentos compartidos. Quizá sus cejas se arquearon un tanto, quizá las aletas de su nariz se ensancharon a causa de un suspiro sugerido. "Te saludo de nuevo, Diego", me habló con un ligero estremecimiento en la voz. En seguida recuperó el dominio sobre su persona. Mis piernas, en cambio, temblaban incontrolables. "Ahora que ya has cumplido con tu misión debes recibir el premio merecido. Es una recompensa singular, has de saberlo. Tanto lo es que la elección que habrás de efectuar cambiará tu vida. Porque de eso se trata, querido joven, has ganado tu vida. Al amanecer, cuando abras los ojos al Sol naciente, no estarás despertando de un sueño, sino al sueño que tú decidas vivir. Es una oportunidad única que muchos desearían, tal vez yo misma. Debes elegir y hacerlo con rapidez. Una vez sucumbas ante Morfeo tu nuevo destino estará sellado". En aquel punto realicé amago de preguntar algo, pero un gesto de su mano hizo que mis labios quedaran sellados.
"Conozco tus preguntas; siempre, generación tras generación, son las mismas. No tienes que mostrar preocupación, no cometerás ningún error en el camino elegido por tu voluntad . Si eres un ser noble tu corazón te llevará al mundo en el que deseas realmente vivir. Aprende a superar las adversidades que se te presenten y gana tu felicidad". Se acercó, me tomó de las manos y depositó sus cálidos labios sobre mis párpados. "Parte ya en pos de tu vida".

Cuando abrí los ojos lo primero que aprecié fue el aspecto deformado, de continuo cambiante de aquello que me rodeaba. Me sentía ingrávido, flotando en un cálido vientre maternal. Los problemas comenzaron cuando intenté respirar y pude comprobar que sólo agua salada entraba por mis orificios nasales y boca. Braceé y pataleé como endemoniado en la hoguera, tomando como referencia hacia la que encaminar mis esfuerzos la claridad que me anunciaba la proximidad de la superficie. Boqueando y tosiendo experimenté el alivio de conocer en mis pulmones lo que, ansiosos, me demandaban.

Me resultaba inconcebible aquella situación. A pesar de lo angustioso de la misma mi cerebro tuvo la capacidad de ordenar a mis labios pronunciar todo tipo de improperios y blasfemias. Si aquello era lo que más deseaba, es decir, si el sueño de mi vida era encontrarme en medio del Mediterráneo a punto de ahogarme, con unos simples maderos a los que sujetarme a modo de salvavidas, desde luego la Reina no había jugado limpio conmigo. Con la perspectiva que dan los años transcurridos entendí que lo que se me concedió en aquella ocasión era lo que realmente se me había prometido. En el fondo de mi corazón deseaba volver con mis compañeros de armas, luchar en aquella batalla y borrar los momentos de humillación que viví cuando fui arrojado al mar. Es muy posible que lo único que queramos la mayoría de las personas sea dejarnos llevar, no tener que tomar decisiones drásticas, que lo que haya de suceder lo haga y no nos convierta en seres del todo infelices. Quizá no se pueda aspirar a más en este mundo. Yo nunca lo he hecho.

Después de varias horas asido a aquel noble despojo de anteriores naufragios, avisté unas velas en el horizonte que hicieron saltar de gozo mi desfalleciente corazón. Pueden imaginar mis gritos y llamadas de auxilio y la alegría que me invadió cuando me sentí izado sobre la crujía de la galera. Se trataba de La Marquesa y navegaba con boga dura y velas al viento hacia su punto de reunión con la Primera Escuadra, a las órdenes de Andrea Doria. Disculpé mi húmeda circunstancia como buenamente pude, un golpe de mar que arroja a un joven marinero desde su pescante en la amura hasta el oscuro océano, en la confianza de que mi antigua galera se agrupaba en el cuerpo de batalla al mando del Hermanastro y que sería poco probable que se hubiera llegado a conocer la realidad de los hechos acontecidos sobre mi persona. Me atendieron de la mejor manera posible, dados los intensos preparativos bélicos que se vivían ante el inminente encuentro con la flota turca. Como mis condiciones físicas eran aceptables a pesar de las horas pasadas a remojo, al día siguiente a mi rescate estaba ya dispuesto para cumplir con las tareas que se me encomendaran. Según la cuenta que era capaz de echar, habían transcurrido veintidós días desde que fuera dado de baja en la Armada y convertido en náufrago. Aquella era la mañana del siete de octubre del año de Nuestro Señor de 1571 y pocas horas más tarde habría de empezar la batalla que fue llamada de Lepanto y en la que, al final de estas extrañas aventuras que me ha sido dado narrarles, pude participar.

Me encontraba cerca de la carroza de la galera ayudando a preparar armas y municiones cuando unos tremendos gritos nos hicieron detener nuestras tareas y observar con curiosidad la escena que se desarrollaba en la cámara. Allí, un individuo enjuto, con barba de híspidos cañones, ojos desorbitados y ademanes exagerados con los que parecía invocar a Neptuno y a su corte de Tritones, gritaba que él, que había servido a Su Majestad en todas las ocasiones que se le habían ofrecido, no había de hacer menos en aquella jornada, a pesar de su calentura. Se negaba en redondo a permanecer en la enfermería y se aprestaba para la lucha desafiando los consejos del capitán del navío.
Como en aquella alta ocasión todos los recursos habían de ser pocos, se le otorgó finalmente razón al perturbado caballero. Y como este humilde soldado se situaba en la proximidad de la antedicha discusión y como, asimismo, había declarado conocer el manejo de las armas de fuego al uso, viose en un decir amén a las ordenes de aquel orate, con un arcabuz en las manos y embarcado en el esquife de la galera en compañía de otros once soldados.

No les fatigaré con la descripción de la batalla: humo, explosiones, gritos, sangre, cadáveres, lamentos, sudor, metralla, afiladas espadas y confusión, sobre todo esto último, confusión. Mi visión de la lucha se limitó a la pelea en aquel esquife, a ver como nuestro demente oficial recibía dos disparos en el pecho y otro en el brazo izquierdo y era trasladado, moribundo ya, hacia la enfermería; a sufrir las embestidas de aquellos turcos ululantes, a sentir en los ojos el escozor causado por la pólvora quemada y, cuando agotamos nuestras municiones, a degustar el sabor de mi propia sangre durante la lucha cuerpo a cuerpo. Les puedo asegurar que nada tuvo que ver aquella sanguinaria carnicería con las edulcoradas imágenes que me había forjado durante mis semanas en puerto e incluso antes, en la lejana hacienda manchega. No había nada de heroico en lo que mis ojos habían contemplado y sí mucho de locura y sinsentido.

La reunión en la isla de Corfú de las naves victoriosas supuso el fin oficial de la expedición contra el Turco. Desde allí sólo quedaba el regreso triunfal hacia los reinos de Su Majestad y el merecido descanso del guerrero. Sin embargo, nunca volví a ver las secas tierras de Castilla. El loco aquel a cuyas órdenes tuve la dudosa suerte de servir en la lucha consiguió recuperarse de sus graves heridas, si bien perdió la movilidad de su mano izquierda, para mayor gloria de la diestra, según repetía con insistencia. Gracias a sus delirios y actitudes provocadoras y en circunstancias que, de ser narradas, alargarían estas páginas más allá de lo recomendable, durante nuestro regreso hacia la Península nos vimos presos de piratas berberiscos y hubimos de conocer, en contra de nuestra voluntad, las mazmorras de las cárceles de Argel.

Fue en la lobreguez de aquellas celdas donde supimos de los terribles acontecimientos que acaecieron durante los siguientes meses en Occidente: la llegada a las costas de Portugal de la Armada de Barlovento, capturada, nunca se supo dónde, por aquellos extraños seres de singulares capacidades que se llaman a sí mismos Mioritas y que el tiempo dio en bautizar como cefalomorfos. Los poderes por ellos convocados significaron la pronta caída de los Reinos de Portugal y España. La muerte del Rey, la destrucción de las ciudades, las caravanas de refugiados que huían hacia Francia y el norte de África.
El absoluto silencio que cubrió aquellas tierras a continuación, el total desconocimiento de lo que podía estar ocurriendo más allá de los Pirineos y las Columnas de Hércules. Los mismos sucesos repetidos en Francia, en el Imperio, en Italia. En dos años los principales reinos de la Cristiandad habían sucumbido ante aquella extraña raza venida de más allá del mar. Sus artefactos guerreros barrieron los más poderosos ejércitos y derribaron las más fortificadas murallas. Aunque lo más terrorífico fue la ignorancia en la que siempre permanecimos respecto a sus últimas intenciones y a lo que sucedía con todos aquellos que no conseguían huir hacia Oriente.

Una mañana nos percatamos de que nuestros guardianes habían desaparecido. La ciudad bullía de agitación, con la mayor parte de sus habitantes decididos a abandonarla en breve. Aquí y allá fuimos recogiendo fragmentos de lo sucedido durante los meses que habíamos permanecido en el cautiverio. Mientras, contemplábamos como las naves se hacían a la mar, atestadas de gente, y se perdían en el horizonte. En pocos días Argel quedó desierta y no nos restó sino unirnos a la última caravana que partía en dirección a Egipto haciendo valer nuestra condición de soldados.

Es tiempo de que finalice mi historia. Han transcurrido ya cuarenta y cinco años desde aquella huida. Puede parecerles incongruente lo que voy a decir, pero ha sido una vida feliz. A pesar de los horrores que han azotado Europa; a pesar de que durante estos años todos hemos tenido la sensación de vivir con un tiempo que no nos pertenecía y que había de acabar cuando los Mioritas lo dispusieran. Pero eso es la vida, un tiempo que no nos pertenece, que intentamos llenar y al que intentamos dar sentido y que acabará cuando sea menester. Un tiempo en cuya duración tendremos poco que decir, que avanzará hacia su final y con el que partiremos en la postrera hora hacia donde sea que vayan nuestras almas. He sido feliz en este aislado oasis a orillas del Nilo, siguiendo al inmenso Sol rojo en su descenso hasta sumergirse en las aguas del río cada atardecer y viéndolo renacer en las mañanas, brillante y cálido. He sido feliz con la joven que me recogió, curó y atendió después de que nuestra caravana fuera masacrada por aquella banda de saqueadores. He sido feliz con los hijos que me dio. He sido feliz sin conocer lo que ha ocurrido en el mundo, sabiendo que entre los bancales que cada día cultivaba reinaba la paz y la armonía y que cada mañana podía ser la última. Por ello he vivido con intensidad. Ahora soy un anciano escéptico, un tanto cínico e irónico, pero que sabe que ha disfrutado de una vida plena, que ha sido zarandeado por hechos y situaciones que siempre han escapado a su influencia y entendimiento, pero que, a pesar de todo, siempre ha sabido cultivar la costa a la que era arrojado por el mar inescrutable de los acontecimientos. La muerte se acerca, una nueva aventura me aguarda en esa oscuridad ignota y la afrento con alegría. Porque quizá mi vida haya sido un sueño, el sueño deseado, el premio otorgado por mi Señora en aquel lejano Festival.
Porque quizá la muerte, sea el despertar y el paraíso, la voz de la Reina de la Isla de los Circuncidados.

Y aquí llega a su final la muy asombrosa, maravillosa e increíble historia contada por su protagonista y titulada La Isla de los Circuncidados, historia para leer y disfrutar en figones de techos bajos y fumoso ambiente, a la luz de un fuego de sombras agitadas, durante las noches de final de verano y acompañado el lector de una jarra de buen vino y música de rabeles, vihuelas y zanfonías. Historia que fue narrada para mayor solaz y deleite de Vuestras Mercedes, nobles, inteligentes y magnánimos caballeros, y que sabrán disculpar cuantas erratas y faltas hayan podido disminuir el regocijo que sin duda han experimentado durante el transcurso de las sin par aventuras del hijo natural, bachiller, sirviente, serviola, náufrago, amante, arcabucero, prisionero, fugitivo y enamorado, Diego de La Encina.

Roberto Sánchez