Soledad de latón y terciopelo

Vengo de la oficina en metro, dándo al transporte público un toque británico, ligero, sin paraguas, sin bombín, con traje príncipe de gales y con camisa corbatera, ambos gris confederado. El traje tiene una pequeña concesión al género femenino en forma de delgadas líneas rosas cruzadas, que combino, generosamente, con el fondo de mi corbata favorita, de seda con hoscos cuadraditos marengos, suave y áspera a la vez. Cinturon y zapatos ocres, pasador de corbata de oro. Quiero disfrutar de mi cita del jueves, con la soledad. El viaje de ida al trabajo lo hice rodeado de periódicos gratuítos a los que se agarraba un ser humano; en la mayor parte de los casos una mujer, vieja, fea, teñida, mal vestida, mal peinada, con los zapatos sucios, en fin..., un avance de mi próxima estancia en el infierno. Pero no me asusté, porque hoy es jueves y esta tarde gozaré de mi soledad. Afortunadamente, a la vuelta los periódicos han conseguido huir del vagón dejando esparcidas por los asientos a las personas que se aferraban a éllos. Mujeres viejas, con los pies hinchados por las varices; jubilados tostados por el sol que vuelven a casa tras pasar el día paseando por la costa; muchachas con verrugas metálicas en la cara y pelo de color marciano; jóvenes cabohorneros que nunca han subido a un barco; obreros mal afeitados que han acabado la jornada laboral y algún que otro empleado encorbatado, que desentona en el vagón. Todos mirando al vacío, refugiándose en la lectura de novelas de mujeres, hablando por teléfono; nadie repara en mí, caballero trasnochado de mediana edad que está citado con Soledad. El tren llega a la estación. Los periódicos se han escondido en las papeleras y sus parásitos pasan a su lado sin molestarlos; los periódicos suspiran aliviados. Por la tarde, la papelera es un buen escondite. Por la tarde, el Café es un buen escondite.

Salgo a la tarde fresca y clara del jueves de primavera. Compro un cuarterón de tabaco holandés y papel catalán, corto y fino, en el estanco. La estanquera me atiende distraída, como si no existiera. Miro el reloj; aún voy bién de tiempo a esta cita conmigo. Me dirijo, como siempre, al Café, mi favorito.
El Café es de los años veinte, no sé si felices, pero estoy seguro que olvidados. Un maitre de cartón me recibe en la entrada principal, doble, para días fríos y calurosos, giratoria y de bisagra, para románticos y apresurados. Paso junto a él mirando el mecanismo de apertura y cierre del toldo, cuatro paralelogramos negros con corredera, una joya de la mecánica a la vista de todos y sin admiradores.
Entro por la puerta giratoria, dispositivo vencedor de efectos fotoeléctricos, y hago mi viaje de 180º hasta el pasado. Parece que su giro antihorario quisiera hacer retroceder el tiempo o, al menos, a mí me lo parece.

El local es muy sobrio, con altas columnas de fundición, pintadas de un gris verdoso y baldosas pequeñas con cuadros amarillos, blancos y colorados, que se giran y superponen, hasta confundir la memoria. Las paredes están paneladas de madera hasta la altura de los ojos y el resto enfoscadas en rosa sudor y humo. Soportan carteles de antiguas ferias taurinas y fotos de la época de inaugural que se calientan con la luz naranja de los enormes apliques de latón, cuidadosamente fabricados en estos tiempos para que no se note que no son los originales. Tristes apliques, tan fielmente reproducidos, que pasan totalmente inadvertidos, salvo para mí que me baño en su luz latonada. Baño que me limpia de verrugas metálicas, de pendientes cabohorneros, de tintes marcianos, de teléfonos móviles, de periódicos gratuitos, de prisa y de presente.

Los asientos, desparramados por toda la pared izquierda son cómodos escaños forrados de terciopelo bermejo y sillas con asiento de cuero marrón, remachado con tachuelas doradas. Las mesas, la mayoría tullidas, son de dos tamaños, los dos pequeños, rectangulares y redondeadas, para cuatro o dos personas respectivamente, soportan una placa de mármol blanco y barato, sobre la que se camufla un platillo, que quiere ser cenicero.

Algunos espejos alargados compiten con los percheros de latón por el territorio irredento de los carteles taurinos. En las baldas superiores, quiero ver los sombreros de los negociantes de Unamuno, pero aún es pronto.

La barra está a la derecha, de falso ébano y auténtico castaño, protegida por un tubo de latón, bruñido por mil clientes, que ríe la desgracia de su hermano que, sucio y desconocido, sirve de estribo a los parroquianos.

Pido un cortado y espero. Observo a un hombre de mediana edad, que luce calva y vaqueros, mientras engulle un par de pinchos de tortilla. No debe haber comido, pues ha pagado el primero y al poco ha pedido otro para socorrer a su estómago despoblado

Las muchachas de verrugas metálicas también han llegado hasta aquí, pero sienten vergüenza de su pelo marciano y solo usan tintes zanahoria y violín. Los cabohorneros se han puesto americana y corbata, pero todos ellos responden a la publicidad de los grandes almacenes de la esquina y me parece que pertenecen al mismo batallón de penados de la Wermatch.

Llega el café, dulce y amargo al mismo tiempo, y busco la soledad entre la gente. No llega, pero no me impaciento, la espero mirando por las ventanas que escoltan la puerta giratoria y me distraigo con los escudos de las vidrieras que las adornan. Escudos de lobos y robles, de lobos y puentes. Escudos coronados con coronas que ahora no reinan, con coronas antiguas de las que yo solo soy súbdito.

Abro la petaca y cojo un pellizco de vello de mujer castaña, tiene un olor puro y picante, olor de infancia, olor olvidado. Lío el cigarrillo, sin prisa, con la tranquilidad del cazador que pasea por un coto sin perdices, disfrutando del paisaje y pensando en la merienda que lleva en el zurrón. Le pido fuego al camarero que, solícito, me presta un poco de lumbre. Él y yo somos los únicos intérpretes acordes al decorado: él con su camisa blanca y su chaleco y pajarita negros, yo con mi traje príncipe de gales. Los dos completamente irreales. Los dos con tez de latón. Los dos camuflados en el pasado. Siento que pronto llegará Soledad.

Fumo y miro el espejo redondo, de madera tallada, reliquia americana de algún saloon del oeste; me recuerda un cuadro flamenco en el que aparece un tipo feo con su esposa embarazada y que se reflejan en este mismo espejo convexo para demostrar la pericia del artista. Espejo embustero, espejo desempleado. Solo yo me reflejo en él, deformado, lejano, latonado, pretérito.

En una esquina, la máquina tragaperras le confiesa su amor lésbico a la máquina de tabaco, con sonoras musiquillas y parpadeos de colores. La máquina de tabaco contesta, educada y distante, que su amor es imposible. Sólo yo veo a la lotera y la cigarrera que se resisten a abandonar el refugio de su amor.

Entre las dos, el teléfono público alberga al botones, ¿o es un aprendiz de camarero?, todavía no le distingo bién. Sí siento su viejo quehacer de llevar y traer telegramas y su doble olvido en este tiempo en el que nadie necesita ni mandar un telegrama ni usar un teléfono público. En cualquier caso, él también desea a la cigarrera, pero es demasiado tímido para confesar su amor, tanto que rara vez suena su timbre. Calla y reza por no ser desconectado y a veces piensa en que su futuro está en una terminal de correo electrónico con monedas. Dicen que en la estación ya hay una.

Tras la barra, las estanterías de madera muestran triunfales las viejas botellas de fino y vermut, con mugre de lustros, que fueron rescatadas de la bodega en la última remodelación del local. Triunfo vano, pués sólo yo lucho por desentrañar el misterio de su contenido.

Fumo y miro a la clientela, en parejas o grupos de mujeres, también hombres solos que esperan y fuman. Busco mi soledad en la tarima ubicada sobre la escalera que baja a los retretes, y encuentro al pianista en la mesa de mezclas que ameniza los nuevos guateques de las noches del fin de semana.
Se apoya, cristalino, en los soportes de los calabrotes, de terciopelo rojo, que protegen su piano virtual. Habla con el limpiabotas, que se queja de la falta de una máquina de limpieza de zapatos que le sirva de morada. Está enfadado, pues su colega del Hotel vive cómodamente en esos aparatos, que se pueden encontrar en cualquier planta, junto a los ascensores. Si llegara ese dispositivo, él podría salir de detrás de los cortinones, también de terciopelo rojo, con argollas y guías, también de latón, que cubren las ventanas de la pared del fondo.

El estraperlista y la encargada de los servicios suben por las escaleras. Animan al limpia con su propia historia de deambulares hasta que instalaron una máquina de condones y otra de cepillos de dientes desechables al lado de los lavabos, donde ahora siguen desarrollando sus actividades, ocultos del bullicio de la planta superior, como en los viejos tiempos. Consuelan al limpiabotas mostrándole al chico de la tienda de ultramarinos y al afilador que, en las escaleras de la puerta trasera, están condenados a esperar eternamente el permiso del maitre para entrar al Café.

Y el permiso no llega, pues el maitre, como el camarero, solo atienden al presente y no necesitan el cobijo del maitre de cartón ni de las botellas de fino amontillado. Mientras, el triciclo del chico y la rueda del afilador se achatarran en la acera, sin estorbar a los peatones demasiado ocupados para verlas.
Fumo y miro al presente, nadie se interesa por los pianistas y limpias fantasmales. Los viejos lucen calvas naturales y los jóvenes artificiales y se miran deseando lo que no tienen, solidarios en su calvicie, solidarios en sus envidias. Las mujeres se agotan hablando de mujeres, me arrullan con sus conversaciones triviales que me resultan relajantes, incluso hipnóticas, llevándome a un sueño de señoritas sureñas que vienen al Café a llevarse los cortinones para hacerse un vestido. El limpia me despierta con su voz animada:

- Buenas tardes, Don Miguel, ¿lo de siempre?.

- Lo de siempre, Cotidio.

Cotidio despliega su industria y sentado en el taburete procede con mis zapatos.

- ¿Cómo va el negocio?.

- Mal. La mayor parte de la gente ni se entera de mi presencia, además casi todos llevan el calzado de ordeñar. Gracias a Dios, con lo que saco de los clientes fijos me da para seguir adelante.

Asiento en silencio y pago a Cotidio, que marcha a atender a sus clientes, que ya han dejado sus sombreros en las baldas de latón. Han salido, mientras soñaba, de detrás de los apliques de latón. Se sientan en los escaños vacíos y beben copas de anís, del suministrador de la Real Casa, leen diarios de la tarde de nombre metálico y se atusan el bigote fino al paso de la falda de tubo de la cigarrera que, debajo de los paquetes de caldo, esconde los golpes de suerte, sin filtro, que le ha pasado el estraperlista.

Fumo y miro los carteles de fiestas taurinas, esforzándome por leer los nombres de bombitas, caganchos y mazantinis, buscando un hueco para mí, para cuando llegue mi turno. Entretanto, la lotera, con sus guiños y cancioncillas, comienza su ronda por la esquina de los cortinones rojos, donde los intelectuales de la Villa analizan la obra de Kafka y otros autores de actualidad. Es la primera vez que los veo y exclamo en voz alta:

- ¡Caramba! Una tertulia.

Y oigo la voz del camarero a mi espalda.

- No se sorprenda, llevan varios años reuniéndose, lo que pasa es que lo hacen los terceros sábados de mes y ud. sólo viene los jueves. Hoy deben haber cambiado el día por algún problema logístico.

Fumo y pienso que la luz latonada ya está afectando al camarero, que pronto hablará con Cotidio, que pronto el afilador y el chico de los ultramarinos podrán entrar al local, que pronto las muchachas marcianas se quitarán sus verrugas metálicas y se pondrán falda de tubo, que pronto los cabohorneros se embarcarán hacia el Pacífico Sur y que pronto ocuparé mi lugar en el Café, latonado y aterciopelado, quizás en el paralelogramo del toldo....

Fumo y miro la pava del cigarrillo que me está diciendo que ya es hora de marchar. Hoy no ha llegado Soledad, pero no estoy triste, pues el próximo jueves volveré al pasado latonado del café aterciopelado y puede que entonces me reuna con élla.

Miguel San José