Una tarde

La cocina está iluminada parcialmente por la luz dorada que penetra por la ventana que da a la terraza. Acabo de llegar del colegio y, deslumbrado aún por la claridad de la calle, sólo la pila, la tabla de lavar y mi madre, sus manos cubiertas por unos guantes de goma, siempre amarillos, destacan en la penumbra de la habitación. Me acaricia el cabello, sin quitarse los guantes. Me besa. Huele a lejía, a jabón, a agua fresca, a ropa húmeda.

En la radio la novela de las cinco de la tarde. Siempre me pierdo el comienzo, pero, durante la publicidad, mi madre me pone al corriente de lo que ha ocurrido. Las escenas, los diálogos de los personajes, la voz del narrador se apagan, ahogados por una música que siempre me evocará aquellos momentos de tranquilidad, de vuelta al cariño desde la frialdad de las aulas y que, irremisiblemente, me entristece hasta el punto de casi hacerme llorar. Años después la reconocí en la película "Lo que el viento se llevó", en aquello de que juro que no volveré a pasar hambre. En la radionovela aparece un médico malvado que, poco a poco, está envenenando a su hijo. Se me ha olvidado la razón. El pobre chico nos daba mucha pena, sobre todo porque aún estaba convaleciente de una herida que había sufrido en la guerra de Cuba. Recuerdo que me gustaba mucho la voz del joven protagonista y que mi madre y yo jugábamos a inventarle un rostro, color para sus cabellos, altura, peso, vestimenta, guiados tan sólo por su voz y por la tristeza que nos inspiraba.

Acaba el capítulo y mi madre me prepara la merienda. Lo que más me gusta, mi merienda favorita: pan con chocolate y queso. Otras veces se empeña en que coma salchichón, pero esos granitos oscuros que hay por en medio (¿será pimienta?) tienen un sabor muy fuerte. No me gusta, prefiero el chocolate con queso, con pan, mucho pan.

Hago los deberes sobre la mesa de la cocina. Es de formica verde, tiene dos cajones. En uno están los cubiertos, en el otro el pan. Primero las matemáticas: sumas. De vez en cuando le pregunto algo a mi madre, mamá, ¿cuánto es seis más tres? Sus dedos golpean uno a uno sobre la tabla de lavar hasta alcanzar el resultado. Son nueve, cariño. Después le toca el turno al libro de lenguaje. Tiene las tapas amarillas. Mi madre me lo forró de plástico al comenzar el curso. Hoy tengo que leer un cuento sobre un ogro egoísta que no quiere que ningún niño penetre en su jardín. Para conseguir su objetivo construye un muro alrededor. Un muro alto, muy alto, de piedra, que impide a los niños no sólo acceder, sino también contemplar los árboles magníficos, las fuentes, los parterres con flores multicolores. Pero el muro también aísla al ogro del mundo y termina el cuento solo, sin amigos, ignorado finalmente por los niños que se olvidan de él y de sus bellos jardines.

Comienza a oscurecer. Mi madre enciende la luz. Ya he terminado los deberes y puedo ver durante un rato la televisión. La programación comienza por las tardes a las siete y hoy emiten una serie de animación con marionetas. Es mi preferida. La acción transcurre en una nave espacial que viaja por planetas lejanos sin aparente razón para ello. No me importa este detalle porque corren aventuras sin número a cual más fantástica y arriesgada. El capitán de la nave está enamorado de una de sus compañeras de viaje. Ella le corresponde en secreto, pero ninguno de los dos se atreve a declarar al otro sus sentimientos. En el episodio de hoy el capitán acaba salvando la vida a la chica. Decido que cuando sea mayor pilotaré una nave estelar. En el año 2000, tan lejano todavía, eso será fácil.

En un lateral de la cocina, a continuación de la pila, está la chapa. Por una portilla en el frontal se alimenta de combustible: carbón y madera. Me gusta cuando me dejan darle fuego a una hoja de periódico arrugada y arrojarla con urgencia al interior del fogón, temeroso de que la llama avance con demasiada rapidez y alcance mis deditos. Me gusta cuando mi madre abre la portilla y arroja una paletada de carbón a la lumbre, las chispas que huyen del interior cuando su mano, empuñando la pala, casi desaparece por completo en aquel pequeño infierno. Suspiro aliviado cuando la veo surgir de entre el fuego, indemne. Al lado de la chapa hay una encimera alicatada de baldosas blancas. Debajo están las carboneras, un par de mínimos huecos donde se almacena el combustible para el fogón. Cuando está vacío mi hermano y yo jugamos a los castillos. Uno dentro, protegido por cartones que hacen las veces de murallas y otro fuera, asediando e intentando tomar la fortaleza.

La televisión está sobre la encimera, con unos extraños cuernos sobre ella que, de vez en cuando, hay que mover para conseguir eliminar los chisporroteos y rayas que invaden la nave de mis héroes espaciales. Una estatuilla de cerámica pintada descansa al lado del aparato televisor. Es un ciervo, quizá una cierva porque sus cuernos son muy pequeños. Es mi confidente. Cuando estoy solo me encaramo en la encimera, me acurruco, aproximo mi boca a sus orejitas desconchadas y le cuento en voz bajita, susurrante, lo que he hecho durante el día, adónde iremos mañana por la tarde. Otras veces la consuelo, en especial cuando no hemos podido hablar en días y noto, en la noche, antes de irme a la cama, que me mira con tristeza y un punto de reproche en sus ojillos negros.

Mamá comienza a preparar la cena, hoy croquetas de bacalao. Una fiesta. Nada resulta tan fascinante como observar la mezcla de la harina, la leche, el huevo, el bacalao desmenuzado sobre la sartén caliente, todo ello empujado y animado por una cuchara de palo casi negra, desgastada, suave y pulida después de años de cocinar y ser fregada. Una cuchara de madera que siempre tiene un tacto húmedo cuando la sujetas, que nunca volverá a recuperar la aspereza de las nuevas. Poco a poco la masa se va ligando. Se acerca el momento tácitamente convenido. Comienzan los ruegos, ora lastimeros, ora mimosos. La cuchara con restos de masa adheridos es el botín anhelado, el objeto mis insistentes peticiones. Es parte del juego. Mi madre, estricta, responde que hoy no, que tiene prisa, que la deje cocinar. Un brillo travieso alumbra en sus ojos. Insisto, sé que al final venceré su resistencia fingida. Cuando la masa está en su punto cede al fin ante el asedio, refunfuñando y pidiendo a cambio una compensación y señalándose la mejilla. Pago la deuda entre gritos de júbilo, nos comemos a besos entre risas. Ya puedo deleitarme con la cuchara negra, lamiéndola despacito hasta que desaparece el último resto de masa, mezclado su sabor con el de la madera. Hoy he tenido suerte, por un lado la batalla con mi madre, ganada, por otro con mi hermano. La cuchara buena es la negra, vieja y gastada. La masa sabe mejor. Nunca queremos la nueva, medalla de plata áspera, que nunca será vieja de igual manera que la que siempre lo ha sido.

Mi padre está a punto de llegar. Le gusta cazar y ya lleva varios días fuera de casa. Estoy ansioso por saber qué será lo que ha capturado en esas jornadas de aventuras para mí inimaginables. Mi madre dice que ha ido a cazar jabalíes, pero no me lo creo. Otra vez trajo varios conejos, de eso sí me acuerdo. Pero un jabalí debe ser un animal gigantesco, como un cerdo, dice mi madre. Y un cerdo sí que sé cómo es. Los pude ver este verano en casa de mis tíos, en Cáceres. Por fin oímos que la puerta de la calle se abre y hacia allá corremos. Las escopetas nos fascinan. Tiene dos, con las culatas de madera barnizada y brillante. Son más altas que yo y a duras penas logro sostener una de ellas en mis brazos. Besos, arrumacos y preguntas sobre la caza, las presas, el campo. Dos bolsas de magdalenas son el botín, dos bolsas y una jaula con una tórtola, viva, pero con una ala rota. En casa tenemos un canario, en una jaula de alambres azules. Vive solo, siempre ha estado solo. Es muy viejo para ser canario. Más de diez años. Una de sus patas acaba en un muñón. Hace unos meses se le empezaron a caer los dedos hasta terminar quedándose cojo. A pesar de todos sus achaques aún nos despierta por las mañanas con sus sonoros y alegres trinos. Pronto tendrá compañía, aunque una tórtola sea mucho más grande que un canario. No podrán vivir en la misma jaula, pero seguro que se terminarán haciendo buenos amigos.

La tórtola está sucia de barro y sangre. Me causa tanta tristeza su estado que decido ayudarla, asearla para que su primera noche en su nuevo hogar sea lo más agradable posible. La jaula está en el baño, sobre el plato de la ducha. Con mucha precaución consigo sacar al animalito de su nueva morada. Apenas presenta una leve resistencia, imagino que entre triste y débil. Triste por su prisión y soledad y débil por su herida y el duro viaje. La traslado al lavabo y con agua templada y jabón retiro los restos de suciedad que cubren parte de su cuerpecito tembloroso y cálido. Con el teléfono de la ducha, negro y pesado, de baquelita, le doy el último aclarado y elimino la espuma y los trocitos de jabón que se esconden entre sus plumas grises. La catástrofe, el drama se abalanza, repentino, sin previo aviso, toma forma de grito. Mi madre se encuentra en la puerta del baño con un gesto extraño en su rostro. No sé si está conteniendo la risa o está enfadada. Contemplo a mi padre, que se encuentra detrás de ella. En este caso la expresión de su cara no ofrece dudas, el tono de su voz cuando me ordena volver a dejar la tórtola en su jaula y salir del baño no me deja demasiado tranquilo. El cielo se nubla de repente y amenaza tormenta. El primer relámpago estalla en forma de mano extendida aproximándose a gran velocidad a mi mejilla. Mi padre tiene unas manos muy grandes. Por fortuna consigo capear el temporal con un bofetón, una reprimenda y una noche sin cenar. No llego a entender aquella furia, en aquel momento, pero, a la mañana siguiente, mi madre me despierta, cómplice, con una noticia terrible. El pájaro ha muerto durante la noche. El nuevo día no comienza bien. Sólo espero que mi hada madrina pueda protegerme de la ira del ogro. De momento el colegio será un buen refugio hasta que amaine la tempestad. Quizá esta tarde pueda desahogarme con mi confidente silencioso de negros ojos pintados.

Roberto Sánchez