Fábulas caducifolias

Cuando la Araucaria llegó a La Cruz, este pueblo empezaba a despertar de la última guerra de los duendes y contaba con tres barrios proletarios, completamente deshabitados, a este lado del río, y uno administrativo, al otro lado del río, con la familia de los Sauces Llorones que empezaban a crecer a la sombra de la fábrica de terremotos, donde los duendes se entrenaban para los tiempos en que cansados de hacer cosas se dedicaban a destruir árboles.

Los árboles de toda la vida vivía en casas de antes de la guerra, pues La Cruz era la cabecera de un extenso municipio rural que había resistido el empuje de la industrialización de principios de siglo y no había adquirido la horrible denominación de suburbio, que ya sus vecinos tenían. Pero los tiempos cambian, y la Araucaria fue la señal de estos cambios, y me explico: la Araucaria fue a vivir a un chalecito nuevo, a mitad de la cuesta de la Iglesia, enfrente del caserón de D. Tilo y Dª Palmera. Tenía poco espacio pero era muy soleada y…ya les hablaré luego de la cuesta de la Iglesia porque la elección de esta joven daba un vuelco cualitativo a la distribución de población de La Cruz. Es cierto, que como dijo D. Magnolio, hacía muchos años que Dª Palmera vivía entre ellos y que pocos podían decir que no fuera tanto o más exótica que La Araucaria. Pero D. Magnolio, tenía esa fama y quería estar a buenas con D. Tilo, porque cuando este volvió de hacer las Américas, tuvo que sufrir los mil y un cotorreos de todas las Acacias del pueblo respecto de su pareja: que qué ampulosa, que quién se creerá con esas palmas, pues yo creo que es cuarterona, porque da dátiles. En fin, lo normal en pueblos donde lo mas extraño que habían visto fueron unas cortezas de alcornoque con las que protegieron la fuente del Rey en una de las guerras de los duendes. Claramente se trataba de un análisis sesgado, solo los Plátanos de la Sociedad Micológica entendían el alcance de la situación y auguraron cambios terribles en los hábitos sociales. ¿Quién se atreve a recordar esos momentos ahora que los periódicos traen noticias tan escalofriantes?

¿Qué digo escalofriantes? ¡Terroríficas!. Esta que les cuento me la refirió el Abedul, ya saben, el indigente que vive al lado de la plaza. Será pobre, pero, ¡Jesús!¡Qué bién informado está!. Esto ocurrió poco antes de que yo fuera a vivir al macetón. Al otro lado de las montañas que se ven al sur de La Cruz, en aquéllas tierras planas y secas, donde solo el trigo se atreve a soportar los azules del verano y los blancos del invierno, comenzaron a construir de manera desaforada centenares de chalecillos de fin de semana, resultado de la bonanza económica que trajo la incorporación a Europa y que se fueron poblando, como es natural, de jóvenes cepellones de distinto origen, orgullosos de su condición social, alborotadores de fin de semana y bastante pasmados de poblar aquel terreno desierto por siglos. Se lo explicaron todo cuando llegó la nieve.

La nieve me produjo un sobresalto, pues era casi un niño y no sabía muy bién de que me hablaba el Abedul. El, con toda su paciencia, me explicó que los cambios de color que tiene el Monte del Rayo algunos días al año se deben a que las hojas de los árboles del cielo caen a la vez que las nuestras y que en vez de volverse pardas se vuelven blancas. Años mas tarde, los Plátanos de la Sociedad Micológica me sacaron del error, pero aún recuerdo aquél día en que el Abedul me contaba como las hojas azules de los árboles del cielo se marchitaban y caían sobre mí, en mil copos de nieve. Ya sabrán perdonar estos desvaríos, pero a veces mi mente se comporta de forma independiente viviendo aquellos momentos reales y virtuales que la hacen feliz, dejando mi ser sólido algo desatendido. ¿No sé si saben a qué me refiero?. El caso es que entre aquellos pisaverdes se encontraba, por cosas de duendes, un pariente mío, lejano de oriente, llamado Ginkgo Biloba, que se ser una conífera caducifolia… Sí, lo mismo se preguntaron sus vecinos, pero todos somos muy acomodaticios y al poco decir Ginkgo sonaba tan natural como Pino o Peral y hasta era motivo de orgullo para toda la urbanización contar con un elemento tan particular. Pero pasaban los años y el Ginkgo no crecía y aunque el juraba y perjuraba que el clima le era propicio y que la tierra no era mala, no pasaba de ser un ser enfermizo y escuchimizado. Los duendes con esas reacciones características le bañaron en abonos químicos artificiales inocuos para el medio ambiente, pero que no se podían ingerir. Tras esto empezó a hablar del lento desarrollo que caracteriza a las grandes especies y que solo debían tener un poco de paciencia para verle en todo su esplendor. Supongo que ya saben el estado actual de las cosas, mientras el Ginkgo es un ejemplar infantil, sus vecinos han alcanzado dimensiones portentosas, esperando divertidos a que el Ginkgo alcance la altura de nuestra Araucaria.

La Araucaria, en poco tiempo se convirtió en una moza triscona, con todo lo que tiene que tener una araucaria, en su sitio y en su debida proporción. Con un carácter fuerte, que se veía de lejos en las espinas de su cuerpo y una dulzura intensa, sobre todo en primavera cuando en los extremos de sus ramas engordaban y clareaban los pelillos de sus hojas, como si quisiera besar a todo el que se le acercara. Y algo de coquetería que le hacía adornarse, en invierno, con un petirrojo. Parecía mayor para su edad, pues no quería saber nada de gorriones chillones y pendencieros, que por su bajo precio tanto gustaban al resto de sus vecinos. Solía decir a veces que ella prefería poco y bueno que mucho y malo, mostrando los pecadillos que caracterizan a todos los seres femeninos de este mundo: la soberbia y la envidia. Y el petirrojo cumplía a la perfección las consignas de su ama, pues nunca vi a otro pajarillo a menos de 30 m de la Araucaria, salvo a alguna petirroja que cada año acudía a formar la pareja de pendientes de la Araucaria.

La Araucaria no era la única buena moza de La Cruz. Dª Palmera era muy alta y hermosa, con un cuerpo negro que recordaba su origen africano y era la base de los sueños eróticos de muchos lugareños, especialmente de los Plátanos de la Cuesta de la Iglesia, primos hermanos de los de la Sociedad Micológica, pero con mucho menos porte, canijos y retorcidos parecía que arrastraban el cansancio de los cientos de años que llevaban subiendo la cuesta, sin llegar a adornar la plaza de la iglesia, que nunca contó con un mal jardín o arbolillo, si bien con los años y el crecimiento del pueblo llegó a estar dotada con un duende de piedra verde y un árbol muerto, bastante alto y flaco, de un color blanco que enfermaba con algún tipo de liquen u hongo pardo, que los duendes retiraban periódicamente. En este tronco muerto, para darle una sensación de vida, colocaban en la copa, un trapo de colores muy vistosos, a modo de hojas protésicas, que según la opinión general, a nadie engañaba y no podía compararse con el lento agitar de las extremidades de las Acacias.

Las Acacias, que vivían en el bosquecillo paralelo al río, eran flacas y chaparras y algo desaseadas, parecía que nunca se peinaban, aunque yo creo que todo su desaliño se debía a las continuas peleas en las que se veían envueltas, por cualquier diferencia de opinión. No había día en que no se tirasen de las ramas y dejasen un rastro de hojillas a su alrededor, si bien debo decir que nunca rompieron una quima, por que uno de sus encantos es esa madera flexible y clara que, a mi particularmente, gusta tocar y hace olvidar cualquier mal carácter cuando llegan los momentos de intimidad. Es cierto, vivir con una Acia es difícil. Su voluntad es enorme y crecen en los lugares mas insospechados compitiendo con ortigas y hierbajos. ¿Quién no ha visto salir una de ellas entre el agujero más pequeño del asfalto? Y después luchan hasta romper cualquier obstáculo que se las oponga. Muestra de ello son sus gustos, aprecian las camisas de musgo, y todo tipo de bisutería: gorriones, mirlos, jilgueros y carboneros. Lo que sea para llamar la atención masculina, sobre todo del Guindo. El Guindo se llamaba realmente Cerezo, sin embargo en su tierra muchos tenían mote: el Quejigo, el Ocalito y él se lo trajo a La Cruz . Vino al jardincillo de una de las casitas del barrio del Monte del Rayo, junto con otros forasteros (naranjos, limoneros, nísperos) y cien de mis hermanos que hicieron de aquellas casas de rajuela con contraventanas de madera, un barrio residencial al estilo de lo que ahora tanto gusta. Quizás intuía algo de esto nuestro amigo El Guindo, por que su comportamiento era propio de quién se creía descendiente del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, a pesar de que solo daba algunas cerezas, y bastante ácidas, todas las primaveras vestía su galas blancas, pequeñas y viriles, nada parecido a las mariconadas de D. Magnolio y D. Camelio; y claro todas las Acacias locas y todos los Chopos furiosos. Las unas con !qué elegante!, los otros con ¡qué bajito! pasaban todo el verano de cháchara, hasta mediados de otoño, en que el guindo se quedaba mondo y lirondo pidiendo a gritos una poda, que sus duendes realizan diligentemente.

Respecto de la diligencia de los duendes respecto de los árboles, y de todos los seres vegetales en general, se han realizado interminables debates entre los duendófilos y los duendófobos, sin llegar a una conclusión firme.

 

Miguel San José