La última noche

El viento no despeina a la chica del calendario que cuelga de la pared. Ni el frío o el calor, ni el tiempo marchitan las rosas del jarrón que está sobre la mesa. Aquí no hay vida, todo es artificial. La chica es simplemente una cara en el papel, una sonrisa estampada. Y las flores son de plástico; son cadáveres que no acompañan a mi soledad.

¡Susan, qué largas son las horas en esta celda!. ¡Y qué vacías sin ti!. Te siento lejos, tan lejos... Es como si la distancia fuera un puñal que las circunstancias han clavado en mi corazón. Un puñal que me desangra. Sangre que mana y mana. Sangre de color de ausencia.

De la herida abierta brota el miedo; miedo que en un reguero de anhelo y angustia corre por el pecho y el vientre; miedo que convierte mi vida en poco más que un tiempo muerto. Miedo, sí Susan, a que la soledad, insolente, me escupa a la cara y me grite: "estás solo", "estás solo".

¡Cuántas veces he soñado contigo!. Siempre es el mismo sueño: tú duermes abrazada a mí, desnuda, saciada de amor; yo acaricio tu cabello. Y siempre acaba de igual forma: intento besarte, y en ese preciso instante, me despierto sobresaltado y empapado en sudor. Entonces, asustado, te busco en la oscuridad, hurgo en las formas de las sombras y escarbo en la soledad de mi cama. Pero nunca te encuentro. Estoy solo, indefectiblemente solo.

Esta noche quiero jugar a que estás a mi lado, a hablarte, a decirte que te quiero, a repetirme tu respuesta: "yo también", "yo también". Esta noche quiero que estés aquí, en el aire que respiro, en mi piel, en mis manos. Quiero oler tu perfume. Ver la noche de tus ojos. Acariciar tu cuerpo imaginario preso en las arrugas de las sábanas. Quiero que estés aquí, para que cures mis llagas con las lágrimas del recuerdo.

Susan, siempre que te necesito, digo tu nombre. Y cuando lo hago, tu imagen se dibuja en una nube que se eleva al techo de la celda. Y una nube, dos nubes y muchas nubes cubren el cielo y lo llenan de ti. Y yo espero a que llueva, a que la lluvia me cale de recuerdos hasta los huesos.

Una y otra vez, sí, repito tu nombre; y el eco de mi voz se impregna en la pared, como el salitre en la piel. Entonces, huelo a mar, a nostalgia. Veo el oleaje de tu pelo, tus ojos, tu boca. Y, aunque no estés aquí, te siento cercana como el aire, y, como la luz, presente.

En cierta ocasión, quise escribir tu nombre en la arena de la playa, tu nombre.... , y mi dedo escribió "Caracola". "Caracola" eras tú. Tú eras mi refugio, mi hogar y mi baluarte. Hubiera querido habitarte siempre; sentir los zarpazos de las olas y el azote del viento acomodado en el vientre de tu concha. Eras mi amiga, mi confidente; tú me susurrabas los sonidos de la mar. Y eras, además, mi amante, mi alimento. "Caracola", seno que trajo la marea, tú me dabas vida y me colmabas de amor.

Escribí también tu nombre, junto a dos corazones ensartados por una flecha, en un banco del paseo de la playa. Ese banco solitario era el altar de nuestros secretos. Era el mudo testigo de los besos que robé a tu vergüenza.. En él descansaban nuestros latidos, las lágrimas y las caricias. En aquel banco de piedra te esperaba todas las tardes. Y cuando te veía a lo lejos venir hacia mí caminando por la arena, sentía que todo era posible, porque una vez más se había cumplido el sueño de verte. Susan, creía conocerte. Pregunté al viento, a la mar, a las olas. Y me dijeron tu nombre: "Marea de la mañana". Me trajeron la sonrisa y la sal de tus labios, la resaca de un beso y los remos de tu barca. Pregunté al faro que te orientó en la noche, a la luna del puerto, a las gaviotas. Y todos me hablaron de ti. De la luz de tus ojos, de tu mirada en calma y de tus manos de seda.

Creía conocerte, "Marea de la mañana". Pensé que la mar te trajo a mi arena, y que todas las tardes me esperarías en tu barca varada. Pero me equivocaba. Me equivocaba.

Yo fui un trotamundos que caminaba descalzo por el camino del amor, con las alforjas repletas de desengaños; un caminante para el que los días amanecían siempre preñados de tristeza. Y un día te vi, estrella y camino, guía y futuro. Te vi callada y expectante, como callados son todos los caminos y expectantes las estrellas. Vi en tus ojos una aurora perpetua, la fuerza de un tiempo nuevo que llenó de vida las acequias de mi corazón.

Recuerdo aquella vez que te interesaste por mi pasado. No supe qué decirte, y sólo se me ocurrió recitarte unos versos de un poema que leí no sé en qué poemario. Hablaban de un caballo negro que galopaba desbocado, con el corazón abierto al viento; un caballo arrastrado por la locura.

Ese caballo era el amor sin nombre, el amor sin cuerpo. Era, por decirlo así, una metáfora de mi pasado sin ti. Sí Susan, me perdí muchas veces en la carrera, como ese caballo; otras veces no llegué a ninguna parte; y no pocas, fui y vine vagabundeando por las inmensas llanuras de los sentimientos. Yo, al igual que ese caballo, preferí no llevar montura. Porque, cuando mi jinete fue el hambre, corrí al trote en busca de algunos pastos que saciaran mi apetito, pero lo único que pude comer fue mala hierba. Preferí no llevar montura porque, cuando mi amazona fue la pasión, ésta soltó la brida, se agarró a las crines y me espoleó con fuerza hasta hacerme sangre; y cuando lo fue la angustia, su carga era tan pesada que hundió mis cascos en la tierra. Con una, galopé y galopé; galopé herido de rabia hasta agotarme. Y con la otra, no pude dar ni un solo paso.

Fui como ese caballo negro. Pero, a diferencia de él, llegué a ti, a un inesperado horizonte de campos en flor. Y me quedé en tus praderas verdes.

¿Te acuerdas de nuestro primer beso?. Era verano. Salíamos del cine y, de pronto, el cielo crujió en parto de tormenta, y las nubes panzudas se vaciaron en agua en tromba. Huíamos del aguacero, en busca de un lugar a cubierto, y el azar nos llevó ante aquel escaparate: dos corazones de neón guiñaban a la calle desierta con su luz intermitente, y unos maniquíes desnudos se abrazaban junto a una farola en el fondo de la cristalera. Tú los mirabas absorta, y sin darte cuenta cogiste mi mano. Entonces, te di un beso en la boca.

El sudor del asfalto recién mojado humedeció nuestras caras . Los párpados, sin fuerza, se cerraron. Tus labios, tu corazón y tu vida se fundieron con mis labios. Sentí la ingravidez del cuerpo, y cómo la ciudad, el tiempo y todo se borró en ese rapto de pasión liberada.

Aquel verano, todas las noches te esperé en la pérgola de tu jardín, entre serpentinas de hiedra y parras de uva. Sabía que vendrías en busca de aquellas caricias que quebraron tu inocencia, para revivir el calor de las brasas de aquel primer beso de fuego. Algunas noches, recogía las perlas de rocío que dormían en la hierba y los diamantes que colgaban de las hojas mojadas por la lluvia de la tarde. Con ellos cubría tu cuello, los senos, el vientre y la piel erizada de tus muslos. Y así nos fundíamos en un solo cuerpo: tú te vaciabas en mi boca, yo bebía de ti y me mojaba en tu piel humedecida.

¡Éramos tan felices!. Por eso no acierto a comprender lo que pasó. Aún me sigo preguntando: "¿por qué?", "¿por qué?".

Aquella tarde regresé a casa antes de lo previsto, sin aviso previo. Entré en la cocina, con la intención de beber un vaso de agua. Encima de la mesa permanecían los restos de la celebración de la víspera: tres marchitas gardenias, una cuartilla aromática en la que te escribí unos versos, la piel de plata que envolvía mis sentimientos y un lazo verde fosforito. Los miré con atención, y ya no me decían nada. Eran parafernalia, los fósiles de un aniversario hechos una bola. Mientras pensaba que estas muestras materiales de amor eran inútiles, me dirigí a nuestra habitación. La puerta estaba cerrada; la abrí confiado. Y allí te encontré, en la cama. Estabas desnuda , abrazada a él.

Ahora entiendo la expresión de tristeza de tu rostro, tu apagada sonrisa y tu silencio culpable, cuando en la fiesta de nuestras bodas de cobre de la noche anterior te pregunté si el amor tenía formas, límites o tiempo No esperaba una respuesta inmediata, y por ello intenté contestarme a mí mismo. Te dije que, en mi opinión, el amor era como el llanto de un niño naciente, como el borboteo de agua que brota de la entraña de la tierra. Llanto que se convierte en aliento de vida. Agua que mana y mana, y se hace río. Río que fluye y fluye hasta llegar a la mar, para hacerse así más grande. Mar que es siempre igual y siempre distinta.

El amor-proseguí- es inefable. ¿Qué reloj puede medir la plenitud de los amaneceres que moran en tus ojos, Susan?, ¿cuál es la talla del vestido de una marea?, ¿o cuál la horma del zapato de una ola?...

Permanecías callada, inmóvil, como si no pudieras hacer otra cosa que sostener un trozo de tarta de queso en la mano. Quise quitar importancia a la cuestión, y en tono jocoso concluí: "si me lo preguntas, no lo sé; si no me lo preguntas, lo sé".

Interpreté tu silencio como conformidad, como el silencio de la arena que espera la ola que se marchó para no volver. Pero me equivocaba. Me equivocaba.

Aquella tarde, me quedé paralizado, mirándote desde el umbral de la puerta. Llovía agua de náusea sobre mí, horror de traición. Y cuanto más me mojaba la lluvia, con mayor intensidad me dolía el pecho. Parecía que el corazón quería salir del cuerpo, y volar con sus alas rojas, como una mariposa de sangre; volar sobre los pétalos de las rosas de la ira, volar sobre las llamas que quemaban mi amor.

Nunca había sentido nada parecido, mariposa perpleja. Te conocí larva, ninfa de la inquietud; te conocí sin nombre, crisálida furtiva. Y ahora que te siento acontecida, sé cómo llamarte: odio.

De pronto, el haz de luz que penetraba por el ventanal que cubría por completo una pared de la habitación llamó mi atención. La luz se reflejaba en las figuras que estaban de pie junto al tocador, y dibujaba los perfiles de dos cuerpos humanos unidos por la frente como siameses, que se abrazaban y se fundían en un beso. Instintivamente, fijé la vista en aquella pieza de madera y, sin pensarlo dos veces, corrí a cogerla.

Una vez que la tuve en mis manos, en un movimiento muy rápido bordeé la cama y llegué al lado en donde él estaba. Con inusitada fuerza levanté la pesada escultura y le golpeé en la cabeza, una y otra vez, hasta quedarme extenuado. Un dolor muy agudo atenazó mis brazos y no pude hacer nada para evitar que los amantes de ébano, bañados en sangre, se escurrieran de mis dedos. Luego, cuando recuperé el aliento, te miré fijamente a los ojos. No parecías real. Tuve la impresión de estar viendo un fantasma impávido, que en cualquier momento podía desaparecer de la cama. Un escalofrío recorrió mi espalda y las piernas me empezaron a temblar . Te seguí mirando a los ojos sin saber qué hacer.

El tiempo transcurría lento, tan lento que no parecía existir, -probablemente éste sea el estado anímico que los teólogos denominan eternidad-. Y yo continuaba anonadado en la profundidad del abismo de tus ojos. Pero, de repente advertí un cambio muy brusco en mi interior. Sentí calor, un calor intenso, como si me atravesara una espada flamígera, que rompió en un sudor frío. Los hilos de hielo que serpenteaban por mi cara me sacaron del agujero negro en el que me encontraba y me despertaron a la realidad.

Eras tú, Susan. Estabas allí, en la cama, desnuda, inerme, esperándome. No lo dudé; di un salto y me lancé sobre ti. No opusiste resistencia. Seguidamente, me senté encima de tu vientre y, con rabia febril, rodeé tu cuello con las manos. Me mirabas en silencio, con expresión relajada e insultantemente dulce, casi en actitud de mártir. Furioso, comencé a apretarte el cuello.

No sé que esperaba de ti; quizá un reproche, una disculpa o una mentira... No lo sé. Pero no hubo nada: ni una palabra , ni un grito, ni un suspiro. Era como si fueses la víctima de un destino inevitable y como si el tálamo matrimonial fuera el ara del sacrificio. Y apreté y apreté, más y más fuerte, ...hasta el final.

Consumado el holocausto, salí de la habitación y cerré la puerta. Estaba bañado en sudor y sangre; completamente exhausto. Mis fuerzas flaquearon, y me senté en el suelo del pasillo. Los párpados me pesaban sobremanera. Los mantuve abiertos con mucho esfuerzo, e intenté fijar la vista en el cuadro que colgaba de la pared frontal de la chimenea situada en una esquina del salón, que podía verse por el hueco que dejaba una de las puertas entreabiertas del mismo. Era tu preferido. Lo adquiriste en un viaje que hicimos a la Amazonia. Recuerdo que lo descubriste por casualidad a la entrada de una choza en un poblado de la selva. El lienzo policromado con tintes de extracto de flores y fabricado con pasta de madera y resina estaba en el suelo secándose al sol.
Nada más verlo, detuviste en seco tu marcha y te quedaste contemplarlo ensimismada; al cabo de un rato, exclamaste emocionada: "¡Viva el amor libre!". "Me lo quedo".

El cuadro representaba una danza india del amor; pero, aquella tarde, desde el suelo del pasillo, no vi más que manchas difuminadas en una nebulosa roja que, acto seguido , se tornó violácea, más tarde azul oscura y, al final, negra. En ese momento perdí el conocimiento.

Cuando recobré el sentido, después de muchas horas, no puedo precisar cuantas, quizá un día entero, no era en absoluto consciente de mi situación. Me dolía todo el cuerpo y en mis extremidades sentía los aguijonazos de la sangre dormida, como si miles de alfileres bailaran claqué sobre las piernas y los brazos. Permanecí quieto durante unos segundos y, enseguida, me percaté de que estaba tumbado sobre una superficie dura. Quise averiguar dónde me hallaba e intenté abrir los ojos; pero resultó una tarea imposible, porque tenía los párpados cosidos con pegamento de legañas secas. Y todavía fue peor cuando probé a incorporarme, ya que sentí un dolor de cabeza tan intenso que , por un momento, creí que me iba a estallar.

Volví de nuevo a la posición yacente inicial y, de inmediato, experimenté un gran alivio. Continué con los ojos cerrados y, poco a poco, fue remitiendo el dolor de cabeza. Me hallaba en ese estado mortecino, cuando en mi mente comenzaron a repetirse sucesivamente las imágenes de una mariposa que cubría con sus alas dos rosas entrelazadas por los tallos, unas manos gigantes que estrangulaban a una paloma y una quijada manchada de sangre. Al principio, un tanto aturdido, pensé que estas imágenes serían retazos de una pesadilla; más tarde, que quizá fueran escenas inconexas pertenecientes a un filme que había visto y que no recordaba. Pero, al poco tiempo, comencé a percibir el insoportable hedor a sangre putrefacta que desprendía mi ropa, y la sensación de náusea me devolvió al presente.

En el acto recordé lo sucedido, y comprendí lo que ocurría: las imágenes no eran sino el resumen de la tragedia cifrado en simbología onírica; y yo me encontraba tirado en el suelo del pasillo de mi casa.

La toma de conciencia de la realidad no fue, ni mucho menos, traumática; sino todo lo contrario, me invadió una sensación placentera de paz. La mariposa tenía las alas rotas; ya no había odio, sino solamente amor.

Pasaron los días, y el río del amor se fue haciendo cada vez más grande , hasta que se perdió en la mar de la locura. Como una hoja seca caída del árbol se retuerce en la esquina de la acera y, convertida en títere del viento , va de un lado a otro, del mismo modo devine en un patético espectro que deambulaba por la casa, por las calles y los parques.
Susan, Susan, tu nombre se transformó en una jaculatoria que repetía sin cesar, y la necesidad de tenerte junto a mí, en una obsesión paranoide. Y te busqué por todas partes. Te busqué en un poema de amor, pero sólo hallé palabras a la deriva en una mar de tinta; en el piélago, en el cielo de la tarde y en la luz de una estrella, pero sólo hallé neblinas, la brumas de tu ausencia. Te busqué en las cosas pequeñas: en un milímetro cúbico de aire, en el "pistear" de la cerilla que enciende una tarta de cumpleaños...; pero no encontré más que humo. Y te busqué, también, en los espejos que te vieron desnuda, y en los labios de la niña que se escondía tras el cristal del portarretratos en el que hibernaba tu sonrisa; pero obtuve el mismo resultado: nada. ¡Nada, Susan!. Era como si hubieras desaparecido de la faz de la tierra, como si ya no habitaras los objetos que me rodeaban.

Desde aquella tarde fatídica, no hago otra cosa sino preguntarme:¿por qué?, ¿por qué?. Y, a pesar de los "porqués" sin resolver, todas las noches, en el minuto previo al sueño, cuando el cansancio se adueña del cuerpo y las dudas se agolpan en el pensamiento, pienso en ti. Y sólo así me duermo.

Un hilo violáceo de luz se cuela por la claraboya, y traza una línea oblicua en el aire que borra la cara de la chica del calendario y cubre, como una mortaja, con su claridad deslumbrante, las flores muertas del jarrón. La línea se ensancha al tocar el suelo, perdiéndose por la rendija que hay debajo de la puerta de la celda. Parece un camino que la aurora me invita a recorrer.

Llaman a la puerta. Son las 6,45 de la mañana. Es mi hora.

Nicolás Zimarro