Lo que pasó después

No se acordaba de donde se encontraba y de qué hacía en ese lugar. No sentía dolor especial en ninguna parte del cuerpo pero cuando trató de incorporarse no pudo hacer ninguna fuerza con las piernas. Parecía que las mismas no le respondían. Poco a poco le fueron viniendo a la cabeza las cosas que habían pasado en las últimas horas y se fue haciendo idea de lo que había pasado: se llamaba Fabien y era piloto. Se encontraba haciendo el vuelo nocturno desde la Patagonia a Buenos Aires cuando les había sorprendido un ciclón. Los vientos les habían empujado hacia el mar, luego había conseguido subir y situarse por encima del ciclón, a los 5000 m. de altura, donde existía total calma. Había comprobado que tenía fuel para otra media hora. Desde allí habían podido comunicarse con la estación de seguimiento y les habían transmitido la fatal noticia de que el ciclón afectaba a toda la zona y que no tenían nada que hacer con fuel para tan solo media hora. Ahora recordaba que estaban allí a 5000 m él y Paco, el radio telegrafista, por encima de las nubes con media hora de vida antes de que el llegase el fin. Era poco más de la medianoche y no podían hacer nada. Habían desconectado la radio, no tenía sentido prolongar más la despedida. Solo faltaba que nos empezasen a mandar mensajes de consuelo y, lo que es peor, que el loco de Riviere nos sermonease, hablándonos de que nuestras vidas no se habían consumido en vano; que en el futuro la gente hablaría de la contribución que habíamos hecho al desarrollo de la aviación y de los vuelos nocturnos. Si le dábamos pie seguro que hasta nos diría que nuestros nombres se escribirían en los libros que en el futuro narrasen la historia de la aviación. No, no aguantaría todos esos sermones de Riviere, Por eso le pedí a Paco que desconectase la Radio. Ya había amanecido. El sol se levantaba por el este. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Poco importaba aquello ahora. Traté de moverme pero mis piernas no me respondían. Me encontraba sentado en lo que quedaba de la cabina del avión y aún tenía entre las manos los mandos de nivelación. A los lados no quedaba nada de las alas. En el asiento de atrás pude ver a Paco inclinado en una postura extraña, estiré el brazo para tocarle y pude comprobar que estaba más frío que un témpano. La parte de atrás del avión también estaba destrozada. No había quedado nada de las alas, ni de la cola. Seguro que cuando Robineau observase el destrozo me embargaba el sueldo de los dos próximos años.

Después de desconectar la radio habíamos empezado a dar vueltas con el avión por encima de la tormenta. Cuando llevábamos 10 minutos dando vueltas, Paco me dijo que no tenía sentido estar esperando sin más a quedarnos sin fuel y que teníamos que intentar algo. Podríamos tratar de hacer un aterrizaje forzoso, siendo de noche y con tormenta las posibilidades de salir vivos eran muy pequeñas, pero era preferible a la lenta espera hasta que nos quedásemos sin combustible. Primero bajaríamos en picado hasta los 200 m. Luego nivelaríamos bajando poco a poco y controlando para que el viento y los remolinos no nos estampasen contra la tierra. Por último, trataríamos de tomar tierra pero no demasiada. Recordaba algunos detalles de la bajada, primero hice un picado con el avión para entrar en el ciclón a una gran velocidad. En el altímetro vislumbraba cómo disminuía la altura, 2000, 1000, 700, 500 . había ocurrido todo muy rápido. Si alguna vez veo de nuevo a Riviere le tengo que decir que el modo de atravesar un ciclón sin que afecten los vientos es haciendo un picado, quizá debido a la alta velocidad que se consigue en ese momento, y debido a la alta inercia del avión los fuertes vientos no son capaces de desviar su rumbo. Cuando llegamos a los 200 m tiré hacia mí de los mandos del avión: la estructura del avión se puso a vibrar como si de un momento a otro se fuese a hacer añicos. La velocidad se redujo y el altímetro indicaba que estábamos a 150 m. No se veía la tierra pero teníamos que estar cerca. Ahora recuerdo que mi máxima preocupación eran las montañas. Fui bajando de altura poco a poco hasta un momento en que en medio de la oscuridad se podía distinguir algo de tierra. En ese punto me mantuve un cierto tiempo sin decidirme a dar el empujón final a los mandos que harían bajar al avión. Veía hacia abajo como pequeñas mancha que pasaban por debajo parecían piezos con su color gris paloma como los sulfuros de manganeso. Empujé los mandos un poco más hacia delante y entonces debimos tomar tierra porque ya no recuerdo que pasó después.

Por lo que parece me debí golpear en el aterrizaje y perdí la conciencia, aunque no puedo estar seguro de si vivo de verdad o si soy uno de esos fantasmas que tanto abundan últimamente en las novelas.

Hice nuevos intentos para moverme, pero las piernas no me respondían, con los brazos trataba de salir del asiento pero las piernas eran como un peso muerto que me era imposible mover. Sentado en lo que quedaba de la cabina del avión pensaba en mi futuro con una lesión medular que me paralizaba de cintura para abajo para el resto de mi vida. Mi esposa Marga no aguantaría esa situación, tener que cuidarme el resto de la vida. Es curioso durante las últimas horas desde que nos metimos en el ciclón apenas había tenido tiempo de pensar en ella. Me había acordado de Riviere, y por eso había desconectado la radio. Me había acordado de Robineau y de la próxima sanción por haber destrozado el avión. Sin embargo, no me había acordado de ella. Llevábamos tan solo 5 meses casados. Nos habíamos casado la primavera pasada y Riviere con tal motivo me había dado tres días de vacaciones. Cuando protesté diciendo que eran pocos me contestó que no se podía retrasar el correo. Que la gente no deja de escribir cartas porque los pilotos se casen. Que la competitividad de una empresa no se puede poner en juego por las necesidades de la vida privada de sus componentes. Este Riviere, a veces velocidad se redujo y el altímetro indicaba que estábamos a 150 m. No se veía la tierra pero teníamos que estar cerca. Ahora recuerdo que mi máxima preocupación eran las montañas. Fui bajando de altura poco a poco hasta un momento en que en medio de la oscuridad se podía distinguir algo de tierra. En ese punto me mantuve un cierto tiempo sin decidirme a dar el empujón final a los mandos que harían bajar al avión. Veía hacia abajo como pequeñas mancha que pasaban por debajo parecían piezos con su color gris paloma como los sulfuros de manganeso. Empujé los mandos un poco más hacia delante y entonces debimos tomar tierra porque ya no recuerdo que pasó después.

Por lo que parece me debí golpear en el aterrizaje y perdí la conciencia, aunque no puedo estar seguro de si vivo de verdad o si soy uno de esos fantasmas que tanto abundan últimamente en las novelas.

Hice nuevos intentos para moverme, pero las piernas no me respondían, con los brazos trataba de salir del asiento pero las piernas eran como un peso muerto que me era imposible mover. Sentado en lo que quedaba de la cabina del avión pensaba en mi futuro con una lesión medular que me paralizaba de cintura para abajo para el resto de mi vida. Mi esposa Marga no aguantaría esa situación, tener que cuidarme el resto de la vida. Es curioso durante las últimas horas desde que nos metimos en el ciclón apenas había tenido tiempo de pensar en ella. Me había acordado de Riviere, y por eso había desconectado la radio. Me había acordado de Robineau y de la próxima sanción por haber destrozado el avión. Sin embargo, no me había acordado de ella. Llevábamos tan solo 5 meses casados. Nos habíamos casado la primavera pasada y Riviere con tal motivo me había dado tres días de vacaciones. Cuando protesté diciendo que eran pocos me contestó que no se podía retrasar el correo. Que la gente no deja de escribir cartas porque los pilotos se casen. Que la competitividad de una empresa no se puede poner en juego por las necesidades de la vida privada de sus componentes. Este Riviere, a veces anciones a los mecánicos daban como resultado el que hubiese menos accidentes volando Con lo que no estábamos de acuerdo los pilotos era con la presión a la que nos sometía para que las salidas de los vuelos fueran puntuales, y eso por no hablar de las que podían recaer cuando alguien fallaba a un vuelo por cualquier razón, si no que se lo digan a Emilio, otro piloto de la escuadrilla. Era indudable que Riviere de cada accidente, de cada hecho inesperado aprendía algo. Seguro que del ciclón de ayer, que nos pilló por sorpresa, habrá aprendido que hay que abrir una estación de seguimiento en el interior con el fin de alertar de ciclones que se forman en los Andes y que avanzan a gran velocidad hacia la costa. Si en los periódicos de hoy alguien le dice que debe abandonar la idea de los vuelos nocturnos porque los mismos no justifican la pérdida de dos nuevas vidas, él contestará que sigue teniendo los mismos motivos para mantenerlos que ayer y además, a partir de ahora, tendrá un motivo menos de riesgo imprevisto.

A la vuelta de los tres días del viaje de novios nos habíamos instalado en la casa en que habíamos comprado en Buenos Aires. Yo enseguida me había tenido que incorporar a los vuelos con la Patagonia. Cada vez que llegaba a media noche Marga me estaba esperando en casa y me tenía preparad la cena. Un par de huevos fritos con jamón. Ella ya sabía que era lo que más me gustaba. ¿Qué habría ocurrido ayer noche? Seguro que llamó a la oficina como acostumbra a hacer cuando me retraso, y en la oficina como contestación recibiría un largo silencio. No le supieron dar ninguna razón. Con lo decidida que es ella seguro que cogió el carro y se presentó en la oficina. No me resultaba difícil imaginarme la escena de la mujer de un piloto que se va a estampillar de un momento a otro rodeada por los verdugos. Lo que daría por presenciar esa escena. Seguro que acabaría volviéndose a casa porque se daría cuenta de que los ponía a todos nerviosos. Sigo sin poder moverme y las piernas no me responden. Qué ocurriría si como consecuencia del accidente me quedo invalido. Seguro que podría dar para argumento de una novela o de una película. Al principio me recibe Marga como una esposa que se va a sacrificar toda la vida por el marido que queda inválido tras un accidente. Me cuida con primor y atiende las visitas del resto de los pilotos que vienen a verme y se conduelen por mi situación. También me visitan Miguel y Joseba, que me animan a que empiece un pleito contra Riviere. Me dicen que de esta acabamos con él, que le podemos empapelar y que tendrá que trabajar para mi por el resto de sus días para pagarme la indemnización. También vendría algún día Riviere que me dice que están pensando un tipo de avión, con diseño de cabina especial para que lo manejen inválidos. Me repite esa frase de un escritor francés, que dice que en la vida no hay soluciones sino fuerza en marcha, que hay que crearlas y luego las soluciones llegan. Algunos dicen que esta frase no hay quién le encuentre sentido, pero a mi me parece que tiene bastante enjundia, y bastaría dedicarle un poco de tiempo a pensar en ella para sacarle bastante fruto y aplicación a muchas situaciones concretas. Desde luego podrá parecer equivocada se leen novelas en las que se da un determinismo total de las personas debido al ambiente social en el que nacen y viven. Me refiero a novelas como las de Zola o Pio Baroja en las que la fuerza del individuo para superar situaciones adversas aparece completamente anulada.

No sé como me distraía tanto con estos pensamientos cuando debía preocuparme por salir de la situación actual. En Buenos Aires seguro que nos dan por muertos. De todos modos, habrían dado aviso a la policía de los diversos departamentos para que tratasen de encontrarnos. Harían vuelos de reconocimiento, pero no sería fácil encontrar los restos del avión en una extensión tan grande. La búsqueda se podría alargar por días y por allí no pasaría nadie y no tenía nada para comer. Lo que es más importante, tampoco para beber. Esta situación me recordaba lo que había leído hace poco en un libro de Edgar Allan Poe sobre las Aventuras de Sir Arthur Gordon Pin. El protagonista se estaba muriendo de sed en un barco que había naufragado. ¡Que cantidad de sufrimientos y que bien descritos estaban en ese libro! De todos modos, no era un libro tan bueno como para que le hubiesen dado el premio a la mejor novela de las propuestas el año pasado en el periódico La tertulia de Buenos Aires. Este periódico propone cada mes un libro para leer y luego organizan una discusión en la que los lectores pueden enviar por carta sus opiniones sobre el libro. Una vez al año organizan una votación para elegir el libro del año. Yo suelo leer los libros, y me parece que el año pasado hubo libros mucho mejores que el de Allan Poe. Por ejemplo, estaba aquel libro de Guitton en el que se refería lo que tenías que hacer para escribir un libro, y que tanta aplicación puede tener para cuando uno tiene que escribir algo en la vida. Decía que tenías que ponerte delante de la máquina de escribir o el ordenador y empezar a escribir lo que el llamaba un monstruo, en donde todas las ideas iban saliendo por si solas. Luego, si había tiempo, se corregía el monstruo y si no lo entregabas así a la editorial. Que ahora los monstruos que uno escribe ya no se corrigen, porque aunque queden farragosos e incomprensibles parece que esto dota al libro de un aire intelectual y de misterio que lo hace muy apreciado. Algo así como en el libro ese de Pedro Páramo, en el que no se entiende nada y sin embargo por miedo a ser tildado de inculto, todos dicen que tiene sentidos ocultos que hay que saber desentrañar. Y si alguien dice algo contra el libro se le puede responder que el estilo pertenece al nuevo realismo mágico o el surrealismo geta, que es lo último que se lleva en literatura. Pues aquel libro tan útil de Guitton no consiguió el premio de mejor libro del año del periódico.

El tiempo iba pasando y el sol estaba en lo alto, ya sería por tanto cerca del mediodía. Empezaba a tener hambre y sed. Estos aviones ya podían llevar alguna cantimplora o algo similar para casos como el presente, llevar alguna cantimplora o algo similar para casos como el presente, porque no tendría ningún sentido que después de haberme librado de la muerte en el aterrizaje me fuese a consumir ahora por la falta de agua. Qué final más triste para una vida y también para una novela.

Gonzalo Alvarez de Toledo