Apuntes de una excursión al Pirineo Navarro

Soplaba una brisa ligera y el sol brillaba todavía tímido cuando Jon nos recordó el plan establecido: Foz de Lumbier, Otxagabia, Organbideska para el Sábado y Kakueta , Sta-Grazi y la Piedra de San Martín para el Domingo.

Llegamos a las ruinas romanas que enfilan la Foz cuando el sol ya a medio camino calentaba con fervor y las ropas de abrigo empezaban a sobrar. Pudimos contemplar el puente romano que vigilaba la entrada a la magnifica garganta esculpida por el Irati durante siglos de minucioso trabajo.

El recorrido por la Foz de Lumbier contemplaba dos alternativas: limitarse a la propia garganta o rodearla paseando por sendas que bordean los arcos de Lumbier.

Tras tramite democrático, Jon decidió por nosotros y emprendimos la ruta larga.
El camino ascendía suavemente escoltado por coscojos, espinos y espléndidos escaramujos. Mientras LuisMa explicaba sus técnicas de orientación y se sucedían los laps, algunos pudimos disfrutar de Nogales, Arces de Montpellier y Olivos silvestres.

Alcanzamos una regata y tomamos la bifurcación (bien señalizada por el correspondiente Caiv- amontonamiento de piedras-). El camino seguía ascendiendo mientras empezaron a aparecer Enebros (realmente huelen a Ginebra?) y quitameriendas. A nuestra izquierda los magníficos e inaccesibles Arcos de Lumbier protegidos por miles de espinos. Algunos buitres los sobrevolaban, elegantes.

Cruzamos el Corral de Alzueta pasada una media hora del comienzo de la excursión. Cinco minutos después alcanzamos la cota mas elevada, alrededor de los 600 mts sobre el nivel del mar.

En la cima de la loma, la vegetación resultaba más pobre y yerma.

- ¡Eh! ¡Mirad! Un Estramonio
- ¿Lo qué?
- Es un alucinógeno natural, que termina siendo venenoso.

Empezamos a descender hacia el Irati entre cientos de Enebros, hermosos. A la izquierda y cuando llevábamos caminando unos 47 minutos encontramos una cantera con un camino de acceso. Seguimos descendiendo por un camino pedregoso y empinado entre encinas, enebros y boj; alguna sabina, madroños y lo que en opinión de Jon podrían ser lentiscos.

Después de 1 hora de camino, tomamos desvió hacia la derecha por una senda estrecha e incomoda, plena de piedras y de cuesta pronunciada.

Aparecen las primeras Efedras (ya sabéis, a partir de ellas se obtiene la efedrina) y se nos presenta un magnifico Serval de Cazadores; algunas jaras y a nuestra derecha el bello Irati.
Caminábamos, más bien descendíamos hacia el río como posesos. Decenas de Almendros preñaditos de frutos lindaban el camino por nuestra izquierda y un par de seres humanos los bareaban con fuerza. Vuelven los escaramujos, colorados, espléndidos, inmarcesibles. Cárcavas de torrentes descienden con nosotros por la ladera del monte para tomar un desvío hacia la derecha. Hace un calor intenso, bebemos, hace ya 75 minutos que caminamos.

Torcemos a la derecha y tomamos un camino ancho que pertenece a una gran ruta. Caminamos codo con codo con el río Irati. Alrededor de su figura, la vegetación de ribera, cantidad de chopos, algún olmo (de hoja asimétrica, claro). Vemos cornejos, aromáticos hinojos y esparragueras con sus frutos verdes ya dispuestos.

-¡Mirad!, una euforbia. Si le partes el tallo obtendrás látex, blanco y pegajoso.

Y Jon acabo con las manos blancas y pegajosas.... de látex.

A los 90 minutos de caminata, avistamos el Túnel que desemboca en la garganta y a su izquierda el puente de diablo, destruido durante la guerra de la Independencia que los valientes españoles libraron contra los malvados franceses.

Una travesía peligrosa, más aun, imprudente nos permite alcanzar el puente y desde allí admirar la garganta, la foz con las paredes pulidas por el paso del agua .Las formas de los barrancos cerca de la superficie del agua invitan a soñar en formas voluptuosas y primarias.

Atravesamos el túnel, paso de la antigua línea férrea entre Pamplona y Sangüesa y nos sumergimos totalmente en la garganta, espléndida irrepetible, vertical, casi espiritual. Buitres, cientos de buitres, buitreras blancas por sus excrementos. Un grupo de ornitólogos y ornitólogas internacional invade el camino con sus telescopios y cámaras para poder observar a los buitres copulando. No conseguimos ver ningún Alimoche.

Al salir de la garganta y en una mesa a la sombra de un viejo olmo, dimos cuenta de un frugal almuerzo sin fruta.

-Y ahora a Organbideska a ver pájaros.

Alguien había mentido.

Paramos en Lumbier y sentados cerca de una magnifica iglesia tardo románica o pregótica, nos tomamos unos cafetitos y unos espirituosos mientras la charla transcurría por las islas caribeñas. El sol calentaba sin descanso.

Alcanzamos Otxagabia cuando la tarde ya despuntaba y antes de dirigirnos a Organbideska (la gran mentira), ya en el Albergue, nos hicimos fuertes en nuestros camastros, sin ajuar que echarse al cuerpo.

Por fin aparecieron hayedos, hayedos interminables, frondosos como muros, todavía verdes pero prometiendo el ocre, el rojo, el tostado, hayedos inquietantes, hayedos deseados.

Paramos, por casualidad, en el puerto de Larrau para admirar el valle y los bosques. Y allí, de repente, se nos apareció un elfo. Si, digo bien, un elfo, blanco etéreo, que apresó nuestras entendederas y tras un periodo de hipnosis narcoléptica, nos inculcó una sola, pero imperdonable idea, subir al mítico Orhi.

Decidimos, como un hombre sólo, abandonar los pájaros y abonarnos a los dos miles. Ahí es nada.

Ascender a una montaña mítica produce un erizamiento capilar similar al ue se experimenta cuando besas a Carmina Ordóñez. Así de emocionados comenzamos la escalada, con mucho animo y con la vista clavada en la cima. Pudimos disfrutar de la maravillosa presencia de eguzki lore del aterciopelado canto del Orhiko Txoria e incluso pudimos atisbar en la lejanía de los valles rebaños de ovejas, latzas intuyo, que atemperaban los rigores del ascenso. Atemperaban poco, habría que decir, porque la cima del mítico Orhi estaba dolorosamente lejos. Todo lo olvidamos cuando nuestros hinchados y aromáticos pies hoyaron la cima mágica. La tarde, ya avanzada, presentaba una luz magnifica que aumentaba el misterio. Coincidimos con un montañero guipuzcoano que se ofreció a inmortalizarnos a todos y así lo hizo.
El descenso fue en alegre algarabía, caminábamos como Heidi por las praderas de los Alpes, felices y contentos de haber cumplido con nuestro destino.

El final de tan intensa jornada discurrió por ríos de alegría, amena conversación, comida y sobre todo bebida. Nos saciamos con todos los placeres que Otxagabia la nuit puso a nuestro alcance.

Amaneció un domingo pletórico, de luz, de calor y de ilusiones. El día invitaba a volver a ascender el Orhi sin embargo decidimos visitar la garganta de Hoizarte y desafiar a las leyes de la física.

Como no podría ser de otra forma, para llegar hasta la garganta había que ascender por una pronunciada y larga cuesta, porque además nos gusta subir.

El camino pedregoso cruzaba cascadas y barrancos. Como durante toda nuestra excursión, la vegetación reinaba sobre el paisaje: hayas, olmos (hay algunos ignorantes que los confunden), robles. Durante la primera parte de la ascensión nos acompaña un río de montaña frío y virgen.

Arriba el espectáculo vuelve a ser magnifico y peligroso. Una humilde pasarela salvaba un precipicio de una altura inescrutable. El paisaje recordaba lejanamente al de una popular película, La Misión, y el canguelo recordaba a otra, La Gran Evasión. Tras infinitas fotografías en otros tantos ángulos imposibles, seguimos ruta sumergiéndonos en un hermoso hayedo, fresco, profundo, trascendente. Jimmy sugirió seguir camino hasta la cara norte de no sé que otro monte mítico (allí abundan, todo es mítico y todo es cuesta arriba).El camino cruzaba multitud de charcos, plenos de barro y tras media hora de camino, un paseante nos aconsejo que no siguiéramos que aquello no conducía más que a mojarnos los pies. Decidimos regresar y Jimmy no volvió a sugerir nada.

Descendimos a duras penas de la garganta, sudorosos, cansados y hambrientos. Encontramos un coqueto restaurante vasco francés, preparado para excursionistas sudorosos, cansados y hambrientos, muy cerca de Hoizarte.

Tras reponer fuerzas nos dirigimos hacia un bello pueblito llamado Santa-Grazi. Una magnifica iglesia románica lo presidía. Dentro frescos de escenas sorprendentes adornaban las columnas: la reina de Saba, carnavales, una pareja besándose ardorosamente. Al pie de la iglesia, pudimos visitar un cuidado cementerio, pequeño y evocador; como habitualmente son los cementerios vasco franceses.

La piedra de San Martín, la portentosa figura del Anny, cerdos pirenaicos y alguna pose de excursionista avezado fueron los últimos hitos de una excursión que terminó como empezó, plena de luz.

Joseba Molinero