Microrrelatos

Dicotomía

Método de clasificación en que las divisiones y las subdivisiones sólo tienen dos partes.

Todo el día habían difuminado las aguas pulverizadas, que se elevaban por encima de la cresta de las altas olas, los ribetes de la costa y la parte más baja de los montes cercanos. A media tarde el sol invernal declinaba como una moneda metiéndose en la abertura de una hucha. Yo paseaba por lo alto de acantilado, cuando una berlina parada delante de un mesón resplandeció a mis ojos. Sin lugar a dudas era de un señor importante, habría comido en el mesón y dos lacayos aguardaban dentro de ella la salida de su dueño. Eso pensé la primera vez que la vi, cuando me dirigía al fuerte derruido en el extremo alto del acantilado. No me di cuenta que algo extraño arrumbaba esta primera impresión , ¿si eran criados, cómo estaban sentados dentro de la berlina? Su lugar era el pescante; eso quería decir que eran algo más que personal del servicio doméstico. Al volver de mi itinerario, uno de ellos había salido del carruaje y, muy tieso, miraba escrutadoramente hacia la puerta principal del mesón.

No había duda, o ésta se había reducido a dos posibilidades : eran dos guardas de su cuerpo de seguridad, o eran dos asesinos que aguardaban la salida de su excelencia para darle muerte.

Especie

Bot. y Zool. Cada uno de los grupos en que se dividen los géneros.

Sólo rebajó algo de una cantidad. El fiscal lo llamó desfalco. La acusación popular, robo premeditado. La defensa dijo que era inherente a su naturaleza, que no lo pudo evitar. Por lo cual solicitó un eximente.
El juez pidió un receso, llamó a las partes a su despacho para preguntar si hablaban del mismo individuo. Las partes dijeron que sí.
Cuando se inició de nuevo el juicio, el acusado, concejal de urbanismo del ayuntamiento de Pizpireta, roía menuda y superficialmente con los dientes un fajo de billetes extraído de la cartera del abogado.
Definitvamente, Ramón Raudo Ratón no se salvó de la pena máxima. Su abogado no hizo nada para revocarla.

La carta

La maté con el filo adhesivo de un sobre. Dentro había escrito que la quería; mejor dicho, rubriqué con un "te quiero" una cuartilla escrita por las dos caras.
Entre el encabezamiento con el nombre de la ciudad donde yo me encontraba y la fecha, y el colofón, rectas y largas frases contenían exageradas curvas sentimentales que añoraban las sinuosidades de su cuerpo.
Hay amores felices. Circulan por raíles de acero paralelos a otros que matan, hasta que cruzan en algún punto, cambiando de dirección.
La noticia me llegó al cabo de unos días. La madre me dijo que su hija se había alegrado tanto cuando encontró mi carta en el buzón, que subió corriendo las escaleras a decírselo. Luego bajó con parsimonia, leyéndola de nuevo.
Ya en la calle no se dio cuenta del tranvía que se acercaba circulando por las líneas escritas que yo le tendí.

Interferencia

Cruzar, interponer algo en el camino de una cosa, o de una acción.

No podía tener tan mala suerte. De las muchas mesa vacías, el muchacho largirucho se había sentado justo en la suya, enfrente. No dejaban de mirarse de soslayo. Una mirada era iracunda, la otra lacrimosa por el constipado que le hacía continuamente sonarse la nariz con pañuelos de papel, que luego, arrojaba a una papelera.
Toda la atención del primero se dirigía al recién llegado, ¿qué podía hacer más que contar el papel mucoso que una y otra vez lanzaba al albero de la papelera? Ya llevaba contados siete. Sus libros y cuadernos abiertos no conocían el paso de las páginas. Alguna vez intentó concentrarse en sus estudios, el examen estaba cercano, pero fue inútil. Nada podía con el sónoro pedorreo de la nariz enrojecida del otro. Sólo quedaba tensar flechas en el arco de sus ojos. Mirarle mal.
Empezó a sentir un carraspeo en su garganta.
Cuando el muchaco largirucho se levantó cargando una mochila en su espalda, quiso decirle algo. Pero únicamente le salió el estornudo.

 

 

El vuelo

Elevarse una cosa en el aire y moverse algún tiempo por él.

Sacó un cuaderno de hojas cuadriculadas y empezó a escribir como si fuera la tierra de un erial que se pone en cultivo. Él no entendió porqué le había salido esa comparación. Era un hombre de ciudad., y al campo sólo había ido alguna rara vez, de vacaciones. Siguió escribiendo y llenó la primera página, la segunda y la tercera. Luego se detuvo y las leyó.
Al arrancarlas pensó que una bandada de estorninos había arrasado una cosecha. Arrebujó los papeles con fuerza y los lanzó a una papelera cercana. El muñón de una paloma salió de su mano. Con la otra se atusó la patilla izquierda mientras pensaba en aquel árbol que había visto en el parque cargado, como hojas de tinta negra, de pájaros.

Félix Martínez Aristín

 

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