Angel

Sara lo conoció en un sueño, en una noche fría, con la conciencia sumida en una serena oscuridad. Su cuerpo se retorcía en medio de sus sábanas blancas empapadas de sudor y sus ojos soñaban un inmenso mar iluminado por potentes relámpagos, y el poder de los truenos estremecían cada poro de su piel. Se sintió desnuda en la orilla violentada por inmensas olas y justo encima de su cabeza estaba Él, agitando desesperado sus hermosas alas negras, la miraba asustado y lleno de curiosidad, como un niño que por primera vez descubre las maravillas de la vida. Un extraño accidente cruzó a los dos mundos en la conciencia de la niña que había crecido creyendo que todo lo que puede ver es todo lo que hay.

 

La claridad del día entró por su ventana y sus ojos se abrieron extasiados y melancólicos, extrañando a aquel que se le había presentado en las tinieblas. Sara recordaba cada detalle del sueño, cada color, cada imagen, cada aroma que salía del agua salada, pero al final suponía que sólo era eso.un sueño.

 

Bajó por las escaleras de madera y sus padres la esperaban con el desayuno servido: café, fruta, huevos. Salió despidiéndose de su madre y caminó tranquilamente hasta llegar a la escuela donde pasaría un día más lamentándose por no poder vivir un poco más. A su alrededor sólo podía ver fantasmas que obedecían suspirando por la libertad que atravesaba las ventanas del aula. Maestros desfilaban, uno tras otro arrastrando su patética existencia llena de arrepentimiento y "si hubiera"; pero después de todo, mañana será otro día.
Sara llegó a su casa arrastrando su alma y su mochila, subió a su cuarto y llenado su cama de libros se dispuso a absorber los conocimientos ajenos; dos horas más tarde se encontró de nuevo en el mar, pero esta vez era de día y el sol lo iluminaba todo, miró hacia arriba pero sólo pudo ver un par de nubes que pecaban con sus formas. Se sentó en la arena, desilusionada pues esperaba encontrar de nuevo aquellos ojos azules como llamas recién encendidas que habían penetrado los suyos la noche anterior; cerró los ojos y una brisa tenue sopló sobre su rostro, dejándose llevar por ésta se recostó sobre la suavidad de la playa y soñó dentro de su sueño. Pronto una voz la llamaba para cenar y sin otra opción regresó a su realidad y obedeció.

 

Pisando con suavidad el piso helado de su habitación se dirigió de nuevo a su cama para acurrucarse en los cálidos cobertores que su madre amorosamente había colocado por la mañana. Sara durmió de nuevo y esta vez el entrañable deseo se hizo realidad y Él la esperaba volando sobre el mar despreocupadamente; cuando llegó, bajó hasta ella y la miró de nuevo, conmovido por la novedad de una persona sin alas que no pertenecía a su mundo. Le preguntó su nombre y Sara respondió con temor, "¿Y el tuyo cuál es?" dijo entrelazando los dedos en un nudo sin principio ni final, "Eliet" contestó el ángel que temblaba de frío sin saberlo. La tomó de la mano y caminaron juntos por la playa que ya comenzaba a desatar su furia nocturna; cuando el primer relámpago iluminó el cielo, Eliet levantó el vuelo y se alejó dejando a Sara sola a mitad de la tormenta; sin palabra alguna, se dio cuenta de que el oscuro personaje se había llevado su corazón.

 

Pasaron los días y el sueño no volvió a repetirse, la melancolía y el vacío se habían apoderado de su cuerpo que yacía inerte en la cama de un hospital. Su madre la encontró catatónica en el piso y desesperada buscó ayuda, pero nadie podía curarla; sonó entonces en el aire aquella trillada frase "sólo nos queda esperar". Sara, sumida en la total inconciencia de su ser, se desplazaba de fantasía en fantasía protagonizando junto a los más bizarros y desconocidos personajes las aventuras inimaginables que provenían de los límites de su realidad. Muchas noches pasaron en vela sus padres, rezando, pidiendo, exigiendo al que todo lo puede que regresara a la vida a su pequeña hija.

 

Luego de la interminable incertidumbre, llegó por fin la noche final del despertar. Sara lo vio de nuevo, pero esta vez parecía más humano, sus alas estaban guardadas en su espina y los ojos llameantes de azul se habían apagado casi en su totalidad, pero una pequeña chispa huyó de su fatal destino y se instaló en las pupilas dilatadas del ángel que caminaba hacia ella abriéndose paso en las tinieblas mentales que la aprisionaban. Dolor, sudor, tristeza por un ángel caído que había llegado por fin a la realidad humana. Eliet se encontró a sí mismo desprotegido rodeado de máquinas que palpitaban con el mismo ritmo de Sara. Sin deshacerse de su sorpresa, miró a la joven tendida en la cama inmóvil y lívida, casi muerta pero llena de vida; se acercó lentamente y la besó con la frialdad de una suave nevada nocturna, ante semejante temperatura, su alma no tuvo más remedio que calentarse y la vivacidad de la existencia regresó a las mejillas de Sara, y sus ojos se abrieron, descubriendo así que su corazón había regresado volando con unas alas negras.

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Lydia Rodrígues

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