Las ranas de Berlín

Alemania, año 0.
Un Berlín en ruinas, cercado por los rusos;
Una ciudad repleta de escombros, basuras y cadáveres, iluminada por los incendios.
Un Berlín en el que las consignas de la victoria y las amenazas represoras convivían con consejos surrealistas del Ministerio de Propaganda para mejorar el día a día de la población.
Para mejorar la base de proteínas se recomendaba, por ejemplo,
Acudir a los ríos o lagos cercanos para cazar ranas arrastrando trapos de colores por la superficie del agua.

Hans, contraviniendo las órdenes de su padre, había escapado del refugio y se entretenía trepando sobre las ruinas del edificio vecino bombardeado la víspera por los aliados, cuando la estridencia de un altavoz distorsionado le obligó a quedarse quieto, parapetado tras un bloque de caliza gris.

-Para mejorar la base de proteínas que todo ario necesita -recomendaba la voz anónima llena de parásitos-, acudan a los ríos o lagos cercanos para cazar ranas arrastrando trapos de colores por la superficie del agua.

Hans no se movió de su escondite improvisado, seguro de que había entendido mal. Pero el mensaje se repitió muchas veces con frecuencia regular hasta que el niño tuvo la certeza de que esas eran las palabras. Pero entonces le entró otra sospecha: debía de tratarse de una trampa. Eran estrategias que el enemigo utilizaba a menudo para desconcertarlos, aprovechándose de su sentido de la disciplina germánica. Hans se mantuvo inmóvil mientras consideraba todas estas

posibilidades en el interior de su cerebro alemán de doce años recubierto por un cráneo sólido y una mata de pelo rubio que anunciaba sin ningún género de dudas su origen centroeuropeo.

Mientras aguardaba, se examinó más despacio. Había oído hablar tantas veces de la pureza de la raza aria que había aprendido a identificar los rasgos en su propio cuerpo sin titubeos: talla alta, pero fornida; miembros bien proporcionados; tez clara; ojos azules o grises; pelo y vello rubios. Su padre, Klaus, oficial de las SS, lo repetía cada noche a la hora de la cena como una obsesión, como un rito litúrgico. Y al tiempo que escuchaba a su padre la salmodia, él iba haciendo un repaso mental para saber si, dado el caso, pasaría con ventaja el examen del Reich. Estaba seguro de que sí, porque incluso sus cejas y sus pestañas eran de un amarillo pálido tal que cuando le daba el sol en la cara se volvían casi invisibles.

Hans estaba orgulloso de cumplir los requisitos, pero deseaba que su padre también lo estuviera. La descendencia era un valor singular para los miembros del Reich y del pueblo alemán en general.

En cambio su madre, Marlen, no era tan drástica en sus ideas. Antes de la guerra había sido la primera violoncelista de la Filarmónica de Berlín. Tenía un acendrado espíritu artístico y eso la convertía a los ojos de Klaus en una bohemia y una soñadora que rara vez tocaba tierra.

Klaus amaba la música como una manifestación última de la civilización y era capaz de caer en éxtasis durante una representación de "Los Nibelungos", pero el carácter de los artistas era para él algo incomprensible. Lo que le mantenía unido de por vida a Marlen era que esta le había dado cuatro hijos fuertes y sanos, todos varones, que en su momento engrosarían las filas del ejército nacionalsocialista. Que además su esposa tocase el celo a nivel profesional, suponía un ornamento útil y decorativo para cualquier oficial del Reich. Que sufriese arrebatos intempestivos y melancolías extempóreas eran efectos colaterales de su condición de artista que él estaba dispuesto a soportar como buen soldado, pero no a compartir.
Sin embargo, todo eso era antes de la guerra. Porque ahora Berlín se había convertido en una plaza sitiada por los rusos donde faltaba incluso lo más elemental, lo que obligaba a la población a realizar complicadas peripecias para sobrevivir. Lo más costoso no era el hecho en sí de tener que emplear gran parte del día recorriendo las calles para obtener muy poco a cambio, sino la degradación que suponía tener que pedir lo que creían que les pertenecía por derecho y verse obligados a mezclarse en su peregrinaje con gentes que no eran de su condición, que a veces vestían con harapos y que a menudo olían mal.

Al comienzo de la guerra, el Reich abastecía a los oficiales y a sus familias con prodigalidad, pero a medida que esta se dilataba y el ejército nazi iba perdiendo posiciones, los suministros fueron escaseando. Klaus tuvo que apearse de sus galones y Marlen cambió el tacto suave del celo por la aspereza de la bolsa de esparto que era tan difícil de llenar cada día para alimentar a sus cuatro hijos, aquellos vástagos que poco tiempo atrás habían supuesto la esperanza de la patria.

Al paso de los meses, cuando los bombardeos se hicieron frecuentes, tanto o más que sus estómagos, a Klaus empezó a preocuparle la integridad física de sus hijos; por ello insistía en que no salieran del refugio a no ser que resultase imprescindible y jamás solos y sin avisar a dónde iban exactamente. A medida que Klaus iba perdiéndolo todo (posición, rango, bienes materiales) se daba cuenta que lo único que le quedaba era su familia.

Pero Hans siempre había sido un alma libre. Aunque todavía parecía pronto para determinar cuál sería su orientación en la vida, todo indicaba que había heredado de su madre cierta predisposición a la fantasía, cierto rechazo a la disciplina inquebrantable que le oprimía como un corsé. A sus pocos años, esta tendencia le hacía cuestionarse en momentos concretos si esta debilidad suya le convertía en menos alemán, pero el impulso era más poderoso que las convicciones y siempre que podía, escapaba para vivir sus propias aventuras solitarias entre las ruinas cada vez más extensas de Berlín.
Como esta vez en que, armado con el mango de una escoba a modo de fusil, estaba a punto de tomar una colina nacida del derrumbamiento de una fábrica de compresores y convertirse en un héroe legendario, cuando le sobresaltó el mensaje y, en un principio, le hizo dudar si procedía del interior de su propio ensueño o si pertenecía a la realidad de la guerra.

Una vez más, en su imaginación se impuso la curiosidad a la sensatez, y se dejó llevar por aquel canto de sirenas roncas. Evitó pensar en su padre y en las razones que aquel podía tener para alejarle de los peligros. Buscó entre las ruinas y los cascotes lo que no era fácil de encontrar, hasta que al trepar sobre una viga derruida, le llamó la atención algo que no era de naturaleza mineral: una cabellera de mujer cuyo cuerpo había quedado atrapado en el derrumbe. Seguramente pertenecía a alguna secretaria que trabajaba en las oficinas de la fábrica, en la planta alta.

Observó su rostro con atención. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, y en la boca un gesto de sorpresa, como si la muerte le hubiese sobrevenido a destiempo, en un mal momento. Hans se había ido acostumbrando al espectáculo de los cadáveres como flores raras que salían de las grietas cuando uno menos lo esperaba. Habían dejado de sorprenderle, aunque todavía le interesaba imaginar en qué actitud les había pillado la muerte o cuál había sido su último pensamiento en este mundo.

El rostro de la mujer que ahora tenía ante sí parecía mostrar un conato de fastidio. Tal vez había quedado en verse esa tarde con su novio que acababa de llegar del frente con un permiso corto o estaba herido en el hospital militar y ella tenía que ir a darle la cena porque le habían amputado ambas manos. Hans se fijó mejor. La mujer llevaba anudado al cuello un pañuelo de vivos colores, precisamente, lo que él andaba buscando. Lo extrajo con habilidad y descendió del promontorio a pequeños saltos de pájaro.
Para cuando alcanzó el suelo ya tenía un plan. Detrás de lo que había sido su colegio y el de sus hermanos y que hoy estaba convertido en un solar diseminado de escombros, había un bosquecillo de cedros y, más allá, un lago hasta el que nunca les dejaban acercarse para evitar accidentes.

Hans creía que sería capaz de llegar solo, aunque siempre había ido en coche con Sebastián, el chófer de su padre; pero él sabría rehacer la ruta a pie. Se guardó el pañuelo de colores en el bolsillo y echó a andar.

Llevaba un rato caminando cuando se detuvo desorientado, incapaz de reconocer dónde se encontraba. La destrucción sistemática de las bombas había alterado la fisonomía de Berlín hasta hacerla irreconocible. Preguntó a un hombre que iba con una guerrera desabrochada y un libro de partituras bajo el brazo. El soldado ni siquiera le miró; no dio señales de haberle escuchado. Hans continuó andando; tendría que confiar en su intuición.

Ya le dolían los pies y había empezado a minarse su confianza cuando el bosque de cedros le salió al paso como un viejo amigo que ha estado jugando a esquivarle. Sólo tenía que atravesarlo y al otro lado encontraría el lago.

Al traspasar la cortina de árboles una escena inesperada se extendió frente a él: centenares de berlineses se alineaban a las orillas del lago bordeándolo por completo. Los más osados, incluso se habían internado algunos metros en el agua aprovechando los vados más accesibles. Y todos ellos aventaban la superficie del lago valiéndose de todo tipo de retales. El efecto constituía un espectáculo de brillante colorido: destellos rojos, amarillos, verdes, se reflejaban en el agua azotada y convulsa produciendo un espejismo de arco iris reptante.

Hans se detuvo a unos metros de la orilla, de manera que su vista pudiera abarcar toda la actividad de sus conciudadanos. Observó sus miradas enfebrecidas, hipnóticas, clavadas sobre la superficie del lago, los colores de los trapos rebotando contra el brillo de sus retinas. Observó sus actitudes de fanatismo, su sentido de la disciplina germana que les llevaba a seguir las consignas con la fe de una celebración. Observó aquellos cientos de golpes dados al agua con la concentración de un mantra insistente. Y no vio ni una sola rana.

Tal vez las ranas de Berlín habían celebrado una reunión clandestina para organizar su éxodo hacia un lugar más seguro en el que el cielo no arrojase llamaradas de fuego cada noche ni la mañana les trajese hordas de cazadores de proteínas.

En ese momento, Hans, a sus doce años, supo que Alemania iba a perder la guerra y soñó ser una rana berlinesa que vivía en una charca fuera de los circuitos de la cartografía. ¿Sería ello posible?

Esther Zorrozua
Berango, 19 mayo 2004

 

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