Atenea II

 

"Atenea, en su hornacina de piedra, lanzó sus buenos deseos al hombre en efigie que la miraba parado al pie del palacio; no podía sino velarlo pues sus poderes, de otro tiempo y de otra magnitud, habían quedado muertos como pregonó aquel filósofo alemán llamado Friedich. Por ser diosa y por ser mujer, no le pasó desapercibida la sombra que se agitaba en la adoquinada calle trasera del edificio foral. Una auténtica sombra de enigmática intuición. La efigie del caballero, traje príncipe de gales y camisa corbatera ambos gris confederado bajo flamante gabardina forrada por dentro, comenzó a caminar por la calle desierta hacia Atenea y la diosa agradecía los ecos de las pisadas en el enorme silencio y la soledad de la noche. Se sentía acompañada en su atalaya."

Fragmento de "Calles de lluvia"
 

 

 

"Pasos y golpes de la punta del paraguas en el pavimento. Al llegar frente a la hornacina, José Félix miró a la mujer armada que había turbado de algún modo sus sueños infantiles, sus timoratos sueños infantiles. Llenos los ojos de agradecimiento por su presencia tan antigua, viró hacia la calle Gardoqui, penumbrosa de día y de noche tranquila, sólo avivada por los sonidos de algún bar frecuentado por oficinistas, ejecutivos y gente de paso que busca descubrir la ciudad y sus calles, entre pequeños recados y compras más serias."

 

Fragmento de "Calles de lluvia" 

 

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