Un hastío inevitable

Sintió que el sonido intermitente y agudo le perforaba el cráneo hasta llegar a su conciencia y que, una vez allí, la atrapaba como a un pez en un anzuelo y jalaba del hilo hasta hacerla salir a la superficie del sueño. Ahí estaba la realidad, en penumbra, a regiones iluminada por la pálida luz de la mañana. Tomás volvió a cerrar los ojos y remoloneó unos segundos entre las sábanas cálidas y arrugadas, hasta que con esa fuerza antigua que nace de la costumbre las apartó con desgana.
 
Se dirigió al baño y reconoció en el espejo su rostro abotargado. Apoyó sus manos en el borde del lavabo, dobló la cerviz y descargó todo el peso de sus hombros sobre los antebrazos. Pensó en el duro día de trabajo que le esperaba y le invadió un profundo desaliento.
 
Cumplió con sus rutinas de higiene diarias y, ya vestido, masticó con desgana un trozo de pan de la víspera que ablandaba en el caldo pardo y caliente que colmaba una taza. Tras cada mordisco inapetente y pequeño un hilo de líquido caía hacia la barbilla, y del extremo de ésta hacia la mesa. La mirada de Tomás, fijada en el infinito, ignoraba la pared cercana y desnuda que se interponía. Recogió los restos con gesto decaído y se aprestó a marchar hacia la calle.
 
De espaldas al descansillo, con la diestra girando la llave y la siniestra tirando del pomo de la puerta, el movimiento de una sombra acompañado de un rumor le produjo un leve escalofrío en la nuca. Se giró y se dio de bruces con dos hombres mal encarados y recios que le cerraban el paso hacia las escaleras. Confuso, aún no había llegado a su garganta una sola palabra cuando el más alto de ellos le ordenó:
 
- Acompáñanos, Tomás.
 
Se replegó brevemente contra la puerta cerrada para preguntar:
 
- ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?
 
- No hagas preguntas y ven con nosotros- insistieron, al tiempo que le cogía cada uno de un brazo y echaban a andar con él escaleras abajo. Tomás inició un débil forcejeo consciente de la inutilidad del gesto. Volvía la cabeza hacia su casa como buscando amparo cuando vio que la mirilla de la puerta aledaña se cerraba con fuerza. Pensaba que en la calle, a la luz del día, este malentendido se resolvería o podría pedir ayuda, y sólo sintió que su vientre encogía cuando vio que un tercer hombre les esperaba junto a la portezuela abierta de un automóvil con el motor en marcha.
 
Se acomodaron en el interior del vehículo y arrancaron calle abajo. Tomás perseveró:
 
- Debe ser un error, yo no puedo ser el Tomás que buscan. Tengo que llegar a mi trabajo en unos minutos y esto me va a provocar un contratiempo. Les ruego que me expliquen a qué se debe todo esto.
 
Los hombres miraban al frente con indolencia aunque de sus facciones hieráticas escapaba un gesto burlón.
 
El nerviosismo se apoderó de Tomás viendo que recorrían las últimas calles de la ciudad. Desesperado, se abalanzó sobre una palanca encastrada en la tapicería de la portezuela y tiró con fuerza de ella. Pero no ocurrió nada, nada se movió más que los ojos de los tres hombres que se miraron de soslayo y prorrumpieron en una salvaje carcajada. Tomás continuó moviendo incrédulo el manubrio hasta que, agotado, empezó a aporrear los cristales con los puños.
 
La población terminaba abruptamente tras una línea de casas, más allá de la cual se extendía un páramo de cerros pelados y chatos. La carretera atravesaba un racimo de chabolas aisladas, con tejados planos y huertos cercados con alambre roñoso. Un perro escuálido y salpicado de úlceras que dormitaba en una sombra se levantó y se alejó mirando al vehículo con desconfianza. El paisaje entero parecía moribundo.
 
No tardaron mucho en llegar a una edificación pequeña y baja y Tomás observó que estaba desprovista de ventanas. El automóvil se detuvo junto a ella y los dos hombres le sacaron con violencia mientras el tercero hacía sonar la bocina. Al instante se abrió una puerta metálica y entraron los tres por ella al tiempo que el vehículo se marchaba levantando del suelo una nube compacta y terrosa.
 
Les recibió un pasillo oscuro, al fondo del cual se adivinaba un cuarto escasamente iluminado. En éste les esperaba otro hombre de más edad con los faldones de la camisa colgando y arremangado. Sus brazos fuertes y morenos, poblados de un vello abundante y negro, aún en reposo tenían un aire de amenaza. Los dos hombres que le conducían le sentaron con fuerza en una silla que, junto a una mesa medio desvencijada, constituían todo el mobiliario de la estancia. El otro le miró fijamente y preguntó:
 
- ¿Qué has hecho con el paquete?
 
- ¿De qué paquete me habla?- respondió Tomás.
 
El desconocido apretó la mandíbula, agarró a Tomás por el pelo y gritó:
 
- No tienes todo el día. ¿Qué has hecho con el paquete?
 
A Tomás le sobrevino un deseo incontenible de llorar. La cabeza le ardía donde la mano del hombre tensaba su pelo.
 
- Le juro que no sé de qué paquete me habla. Por favor, debe creerme, todo esto es un error.
 
El hombre soltó a Tomás y rodeó la mesa. Llegado al otro lado abrió un cajón, sacó unas fotografías y las arrojó sobre el tablero.
 
- Te hablo de este paquete, mamarracho. Soy yo el que te juro que si no me dices donde está no vas a volver a ver la luz del día.
 
Tomás dudó un instante y finalmente acercó la mano, precavido, a las brillantes hojas desparramadas. Las miró y su corazón se desbocó cuando se descubrió a sí mismo en ellas, caminando por la calle con un paquete de papel basto firmemente sujeto bajo el brazo. En unas parecía marchar con prisa, en otras mirar hacia atrás desconfiado. Reconoció sus ropas, su cara, sus miembros, todo en suma menos el lugar y el momento en que tal suceso pudo haber ocurrido. Las miró incrédulo todas varias veces, no sabiendo qué decir ni qué hacer. Finalmente el hombre se las arrebató de un manotazo y repitió:
 
- Y bien ¿dónde está el paquete?
 
Tomás trató de levantarse sabiendo de antemano lo estéril de cualquier argumento. Los dos hombres que le llevaron hasta allí le agarraron por los brazos y el otro comenzó a golpearle con el puño cerrado en el abdomen y en la cara. Cuando lo hubo hecho hasta agotarse, se acarició los nudillos con la otra mano y ordenó:
 
- Arrojadlo al pozo, veremos si se ablanda.
 
Le condujeron de vuelta por el pasillo en mitad del cual había otra puerta que en el tránsito anterior no había visto. La abrieron y entraron en una pieza oscura, a la que solo llegaba la luz suficiente para ver un agujero abierto en el suelo de profundidad a simple vista incalculable. Los hombres le empujaban hacia él cuidando de no acercarse ellos mismo al borde, y Tomás intentaba resistirse clavando los talones en un suelo duro y resbaladizo. Finalmente, vencido por una fuerza irresistible, cayó hacia el orificio negro y ancho y sintió que su vientre dolorido trepaba hasta la boca y se convertía en un grito interminable que, trenzado con un sonido intermitente y agudo que le perforaba el cráneo terminó por despertarle. Aún resonaba en las paredes de su cuarto el eco de su voz asustada cuando abrió los ojos y comprobó aliviado que ahí estaba la realidad, en penumbra, a regiones iluminada por la pálida luz de la mañana. Tomás se incorporó y permaneció un instante sentado entre las sábanas cálidas y arrugadas hasta que, como si necesitara asegurarse, con esa fuerza antigua que nace del miedo las apartó con violencia.
 
Se dirigió al baño y reconoció en el espejo su rostro abotargado. Apoyó sus manos en el borde del lavabo, dobló la cerviz y descargó todo el peso de sus hombros sobre los antebrazos. Los últimos jirones del sueño se habían disipado y ya por entero consciente de sí mismo, pensó en el duro día de trabajo que le esperaba y le invadió un profundo desaliento.

 

Carlos Fernández