Radiolac

Le despertó el frío. Durante unos minutos prefirió no abrir los ojos. Era mejor continuar refugiado en los últimos jirones de sueño y en unas mantas que ya no eran capaces de defenderle de la inhóspita realidad. Tosió un par de veces, se incorporó muy despacio, como si le doliera volver a la consciencia, y apartó el cobertor. Se sentó en la cama y se miró los pies desnudos durante unos instantes; la capa de aire helado que se extendía por toda la habitación parecía difuminarlos. Afuera, al otro lado de la ventana, el color grisáceo de los edificios se veía atenuado por la fuerte nevada que barría la ciudad. Se sumergió en el gélido fluido de una nueva mañana y se dirigió hacia el dormitorio Lalya. La puerta entornada le avisó de que no había regresado aquella noche. La empujó despacio y espió el interior desde el umbral. En su boca apuntó una mueca de asco ante la acumulación de iconos del enemigo que se ofrecían a sus ojos intrusos. Jacob bajó los párpados. Deseaba borrar de su mente aquel paradigma de lo absurdo, porque hoy el enemigo enarbolaba la cruz y loaba a la muerte, y tenía el rostro de un Papa vestido con armadura y yelmo. Quiso preocuparse, indignarse, pero allí donde nacían los sentimientos Jacob sólo conseguía rascar unas virutas de tristeza. Hacía meses que la indiferencia rebosaba desde el brocal de aquel pozo por el que habían desaparecido su alegría y su esperanza.
Con pasos lentos avanzó hacia la cocina. Abrió y cerró las puertas de los armarios como si estuviera buscando algo, aunque ni siquiera sabía si le apetecía tomar el magro desayuno que las estanterías le brindaban aquel amanecer. El día anterior apenas había comido una pieza de fruta, pero no tenía apetito, su estómago ya nunca le acuciaba. De todas formas no podía dejarse morir de hambre. Aún le quedaba Lalya. Por Lalya aquella mañana abandonaría su refugio y se expondría al desolado exterior, a las inclemencias de una ciudad que sólo aguardaba ya su última hora.
En el salón, la enorme pantalla plana le observó negra y distante, muerta desde que la última emisora suspendió sus emisiones. Internet se había volatilizado como la red de una araña bajo la tempestad. Sobre la mesita, un pequeño aparato de radio brillaba entre el desorden de papeles, periódicos antiguos y platos sucios. Jacob se desplomó sobre el sofá y sujetó entre sus manos el receptor. Con un punto de asombro se percató del temblor de sus dedos mientras hacían girar la rueda del dial. Ayer aún no se rebelaban con espasmos inútiles, hoy sus manos habían decidido extraviarse en medio de la niebla, la oscuridad y la derrota que se iban filtrando en su cuerpo desde aquel atardecer, cuando abrió la puerta del dormitorio y encontró a su mujer derrumbada sobre el alféizar de la ventana con la mitad de su cuerpo colgando en el vacío, como si en medio de su carrera por escapar del dolor hubiera desfallecido y la muerte la hubiera sorprendido unos segundos antes de que ella misma se lanzara en su busca. Emma tuvo el valor que a él le había faltado, ella había sabido que ya nada tenía sentido, que el mundo que se les venía encima como una avalancha tras el colapso de los frentes y sobre todo, tras el desaparición de Tobian y Patrick, estaría cargado de más muerte y locura. Y de un fanatismo absurdo e incomprensible. ¿Por qué no se abrazó a su cuerpo aún caliente y volaron juntos hacia la nada y el olvido? Todos los días la respuesta era la misma, Lalya, pero cada mañana había menos convencimiento en sus labios y más dudas en sus manos.
El tremolar de sus dedos en el viento de la aflicción se confundió con los crujidos y estertores que se derramaban desde el aparato de radio. No había mucho entre lo que elegir: la emisora del Gobierno que apenas emitía un par de horas de noticias que un simple vistazo a través de la ventana se encargaba de desmentir de inmediato, y RadioLac. RadioLac había iniciado sus emisiones piratas dos meses antes, cuando el Gobierno pensó que sería mejor que la nave virara a favor del viento que impulsaba a las tropas vencedoras. Una semana más tarde, en un acto ridículo, risible e innecesario, la ilegalizaron. Ellos ya eran ilegales, dijeron. Nadie se ocupó de hacer cumplir aquella decisión inútil. Después de las derrotas en el norte, la existencia se había convertido en una foto fija en la que todos aparecían con un gesto en el que se mezclaban la incredulidad y el horror. Desde entonces la única resistencia había consistido en contener la respiración y aguardar. Todos lo hacían desde que se conoció el final de la batalla de Mulhouse. Pero RadioLac continuaba emitiendo, y lo hacía con una fidelidad a sus horarios que era reflejo de una época fenecida, proyectando su ironía y sarcasmo sobre los tejados de la ciudad, y también la amargura de los que saben que la ejecución de su condena está próxima. De alguna manera aquellos tipos lograban enterarse de lo que sucedía más allá de las montañas, y contarlo.
La voz de Tim Giorgis se escurrió entre los dedos de Jacob y revoloteó con su ironía contenida por la habitación, imponiéndose al silbido de la tormenta que se revolvía furiosa en el exterior. Dejó la radio sobre sobre unos cojines y su mirada se perdió en el cielo blanco del techo, tratando de seguir las grietas de la escayola y los intrincados caminos que trazaban entre las cordilleras amarillas que la humedad caprichosa había dibujado durante las últimas semanas. Nadie sabía de dónde había surgido aquel locutor de voz grave y espesa, una voz que transmitía la insólita sensación de que nada de lo que contaba era demasiado importante, de que todo era una broma atroz. Los labios de Jacob se distendieron en lo que quizá fuese un gesto de resignación cuando Giorgis saludó a los diez grados bajo cero que desfilaban por la calle.
Preparad vuestras banderas para recibir a los nuevos cruzados, buscad vuestras prendas de luto porque el funeral se aproxima. Esta vez nos toca a nosotros. Sí, somos importantes, nuestra ciudad ha sido durante mucho tiempo un símbolo de la civilización humana, por eso nuestra pena será más dura. No esperéis nada, simplemente tratad de morir con dignidad, y recordad: lo que nos van a ofrecer no lo es, no es digno. La aberración jamás podrá serlo. Ayer había en el mundo decenas de miles de seres humanos más que hoy; ahora son almas benditas que han partido a la espera del Señor, ha dicho Su Santidad, porque todos aceptaron el sacrificio y la vida eterna. Pero hoy sólo tenemos seguro el sacrificio. Ya sabéis lo que eso significa y si no, no importa. Mañana las banderas negras ondearán en el Estadio de Rouen. Será un hermoso contraste con la pureza de la nieve, ya lo veréis. Amigos, sobre Europa se ha posado el ave oscura del fanatismo y la irracionalidad. América es un vertedero de escombros desde el que levantó el vuelo la locura que nos azota. Ahora ellos calientan sus manos entre las ruinas, al amor de los restos de las hogueras nucleares con las que exterminaron la mayor parte del continente. En África los desiertos y la selva se han tragado a la Humanidad. Bendita sea África. Hoy los ejércitos de la Cristiandad renovada se dan la mano con el Islam, y juntos vuelven su mirada hacia Asia. Quizá aún anide la esperanza más allá de los Urales, al otro lado del Himalaya… Quizá. Amigos de RadioLac, la noche se aproxima. La tristeza nos condena a muerte y en mi mano ya tengo una pistola recortada en lágrimas. Llorad, porque la música está punto de ser desterrada de nuestras vidas. Y la poesía, y todas las palabras que aletean en nuestros ojos y nos ayudan a pensar y a soñar. Los acorazados del Papa han atravesado ya la frontera y dentro de poco rugirán en nuestras calles. Mañana ya no estaremos juntos. Tal vez seamos afortunados y nuestra muerte sea rápida, porque RadioLac no tiene derecho a poseer un alma; eso dicen encaramados en sus tanques los apóstoles de la nueva religión. Pero nuestra alma habéis sido vosotros. Estaremos en vuestra memoria. No nos olvidéis.
En el altavoz comenzó a sonar la misma melodía de cada final de emisión, pero esta vez era como si John Coltrane acariciara las teclas de su piano con mayor suavidad, porque esa mañana “Every Time We say Goodbay” tenía un carácter definitivo. Una breve e incongruente ráfaga de música barrió los últimos acordes de la canción y después la radio enmudeció.
Jacob abandonó el receptor sobre el sofá, regresó a la habitación y se vistió deprisa. Giorgis había dicho la verdad, los tanques estaban entrando en la ciudad desde el norte. Por la ventana podía ver la nube oscura de los gases de escape que acompañaba a la columna blindada.
Cuando salió a la calle había dejado de nevar. Como él, decenas de fantasmas informes se asomaban desde los portales, temerosos, olisqueando el olor del combustible que quemaban los ocupantes en su avance. Pero él no deseaba acudir al desfile de la muerte, él sólo quería encontrar a Lalya, verla al menos por última vez. Por última vez. ¿Por qué había pensado aquello? Jacob agitó la cabeza y caminó hacia la orilla del Lago. El manto blanco que todo cubría era como un sudario que amortajara lo que restaba de vida en la ciudad. En la esquina de Rive un par de vagones de tranvía se habían convertido en un refugio improvisado. Más adelante, una barricada famélica ocupaba todo el ancho de la avenida. Treinta o cuarenta soldados se aprestaban a defender su bastión mientras eran rebasados por los sonámbulos que como él sólo buscaban, cada uno su propio anhelo. En el cruce con el puente de Mont Blanc, ajenos al reducido grupo de militares, un grupo de jóvenes agitaba unas banderas negras. Todo aquello era absurdo. Para qué más sangre en una resistencia inútil, por qué aquella alegría por la llegada de los portadores de la muerte. Banderas negras. Las contempló unos instantes sin sorpresa, aunque con unos copos de incredulidad. En su ciudad había seguidores del Papa, seguidores del nuevo culto en el que la existencia humana no tenía valor, de una perversión que proclamaba que sólo mediante el sacrificio de la propia vida en el altar era posible el nacimiento de nuestra alma, la liberación de esa porción del dios creador que moraba en nuestros corruptibles recipientes. La nueva eucaristía se pintaba con sangre. Banderas negras y gritos de júbilo. ¡Que incongruencia!, se revolvió Jacob en silencio. Más aún cuando los adeptos eran jóvenes. Como Lalya, y un frío que no venía del lago, ni del viento, ni de las montañas, un frío que se destilaba desde sus ojos y se derramaba en su interior le congeló la sangre, porque Lalya estaba allí, entre aquellos jóvenes, dispuesta a dar la bienvenida a los acorazados que ya tronaban unos cientos de metros más allá, al otro lado del puente.
Jacob detuvo su caminar, su búsqueda ya había finalizado, y hubiera preferido no iniciarla. Patrick, Tobian, con seguridad ambos muertos en alguna batalla, en alguna escaramuza al otro lado de las montañas defendiendo la vida, y ahora aquella estúpida acogiendo con júbilo su propia aniquilación. Se vio a sí mismo sujetándola por el brazo, abofeteándola, arrancándole la bandera de las manos, gritándole su locura. Luego vineron sus ojos —eran como los de Emma pero hoy estaban cargados de ira y odio—, escupiéndole la humillación a la cara, unos ojos que ya no le amaban, unos ojos que ya sólo querían ver a la muerte. Los ojos de Lalya. Eso le dijo mientras corría hacia los tanques alejándose de él, que pronto se habría ganado su alma, que pronto formaría parte de Dios, que su mayor anhelo era sufrir el martirio en la nueva fe triunfante.
La figura de Lalya se fue empequeñeciendo, oscureciéndose confundida entre los pliegues de su bandera y la negrura de los uniformes de las tropas. Jacob levantó una mano, pero detuvo su inútil movimiento de despedida. La dejó caer y dio media vuelta. Cuando volvió a pasar cerca de la barricada miró abatido a sus defensores. De alguna ventana se desprendió la voz gastada de un cantante de otra época, sus palabras planearon sobre aquellos hombres tal vez espléndidos, pero a buen seguro ridículos en su resistencia porque no se convertirían en símbolo de nada para nadie. Porque las esperanzas yacían ahogadas en sangre y ruinas en Berlín, en París, en la misma Roma. En Mulhouse. Esta vez no habría futuro.
Tardó mucho en regresar a casa. De repente le había parecido que estaba muy lejos, que sería mejor tumbarse en la nieve y dejar que todo ocurriera de una vez. Sin embargo continuó caminando, arrastrando los pies hasta llegar al zaguán de su edificio. Apenas había cerrado la puerta del apartamento cuando los cristales empezaron a temblar. Los estampidos golpeaban el aire, y el aire traía gritos, agonía, dolor y rabia. Se estrellaron contra las ventanas y resbalaron sobre la fachada como lágrimas. Él prefirió guardar las suyas. Sabía que pronto le harían falta.
Jacob se recostó en la cama deshecha y cerró los ojos. Hacía frío, mucho frío.

 

 Roberto Sánchez