Castañas

Nunca sé como empezar. Se me agolpan las ideas pero sin meollo, fuegos de artificio de playa veraniega. Podría empezar con aquello de “llamadme Augusto” o “en un lugar de Gredos de cuyo nombre…” o mencionaros magdalenas, hojitas del librillo de liar o cofres con hijas de mercaderes como premio pero no seria ni original ni practico, así que comenzaré por lo clasico.
Hola, me llamo Augusto Ibáñez Colomer. Sí ya sé que el Colomer no casa muy bien con el adusto Ibáñez castellano pero mi padre hizo la mili en Valencia en un cuartel de caballería y entre horchata y fartons calló en las redes amorosas de mi madre, una burrianera carnosa y coqueta, dependienta de un horchatería en el barrio del Carmen. Mi padre siempre decía que nada mas dulce que la horchata de El Maragat –así se llamaba el establecimiento del avaro aquel que sacó a mi madre de Burriana con la vana promesa de regentar la tienda. “Es que es de mi madre y hasta que no se muera…”. Salía de la casa del avaro, acalorada y despeinada cuando una vecina despechada viendo el pecho desazonado de mi madre, le espetó a bocajarro: “Es huérfano, hija mía, es huérfano”- aunque yo creo que pensaba en la horchatera, que mi padre siempre fue muy faldero. Ya de pequeño prefería pasar las tardes de los domingos de otoño, frías y lentas, al calor de la mesa camilla de las comadres que dando el palo a los castañares. Disfrutaba del olor dulce y salado de las mujeres y de su conversación frugal. Reía con sus labios rojos y volaba entre sus escotes aguados. Todo un “caballero” era mi padre y toda una “señora”, mi madre. Así que no les quedó otra que casarse. Uno para cumplir con su papel en la vida, la otra para parir hijos. Cuatro somos, sanos y dispuestos.
 
Pero yo no les quería hablar de mis padres sino de las castañas. Me explico. Mi padre a su muerte me dejo el castañar –cuarenta y ocho castaños esparcidos a la vera del arroyo del Costal y cerca de la calzada romana en el termino municipal de Cuevas del Valle donde nací, vivo y pretendo, mas tarde que pronto, morir-, la casa y un huertucho casi en la cima del puerto del Pico.
Tus hermanas no sienten inclinación por el pueblo. Se casaron con domingueros madrileños y allí viven tan ricamente sin acordarse lo mas mínimo de los castaños. Tu hermano mayor es un intelectual de los que escriben en los periódicos y le parecemos poco. Así que he ido al notario de Arenas y he dispuesto en mi testamento que te quedes con la casa, el huerto y los castaños.”
Mi padre conocía cada castaño. Les llamaba por su nombre: Gañan, Podero, Manchado, el gran Tron… Hablaba con ellos y les contaba sus cuitas: “Repostero, ayer me dijo la valenciana que porque no nos vamos a Madrid con las hijas. Que si el pueblo es muy frío, que si a nuestra edad necesitamos cuidados, que si todo el mundo se va. Yo le pregunté que qué iba a ser de vosotros. Me dijo la muy zorra que buenas mesas y sillas se podían hacer con vuestra madera. ¡La mande a freír buñuelos y se puso de morros! Cené en lo del Tinín y me relajé con medio cuartillo”.
 
Decía mi padre que los castaños tenían mas de doscientos años, que su tatarabuelo los había recibido del cacique de turno, el Conde de no se qué, cuando la Primera Republica. Decía que nos habían librado del hambre de la posguerra.
 
Yo, para que les voy a engañar, siempre he sido un punto perezoso y conformista. Me amoldaba plácidamente a lo que el guión vital me iba otorgando. Estudié con calma, ayudé en casa según mi entendimiento, aprendí albañilería y algo de fontanería por decisión paterna (“Con un universitario en la familia tenemos bastante”), me casé por instinto y azar, tuve una pareja de hijos sanos y perezosos, enterré a mis padres (murieron ordenadamente y sin alargarse innecesiaremente) y me ocupé de los castaños por herencia como ya saben. Todo muy previsible y sin estridencias.
Quizá a ustedes les interese saber como fue lo de mi casorio porque tuvo su gracia. Se lo voy a relatar. Contaba yo con veintidós años, la mili terminada y un cierto picor genital que me obligaba en mi timidez y apatía ha utilizar ciertos servicios sonrrojantes. En aquella época, mi padre, que conocía a mucha gente en la comarca, me conseguía chapuzas aquí y allá y así me mantenía activo y alejado de mi tendencia a dormitar, pulular y charlotear en la cocina. Era invierno y la temporada de la nieve ese año estaba siendo muy beneficiosa. Yo trabajaba en la reconstrucción de una caseta auxiliar en medio de una pista. Era temprano de un sábado con un sol helador y no se veían aun muchos madrileños. Salí un momento de la caseta para comerme, al sol delgado de esa mañana, el bocadillo de tortilla de escabeche que mi madre me había dejado en la panera. En ese momento una gordita, chatilla y sonrojada se despatarró a pocos metros de mi almuerzo. Me acerqué algo amoscado y aquella mujer enfundada en un mono rosa palo y enredada en una suerte de atillo de esquís y palos, me rogó: “por amor de Dios, ayúdeme si es cristiano de pro”. Yo no recuerdo si lo era, pero la desenredé, la cogí en brazos –no podía caminar alegando una supuesta rotura de su pierna derecha- y con un esfuerzo sobrehumano –aquella mujer gozaba de una excelente salud calorica- la bajé hasta donde habia aparcado el coche que mi padre me había prestado –un viejo land rover desviado tras el desmantelamiento del cuartelillo del pueblo- que aun quedaba a desmano de la casona que servia como acogida a los visitantes de la estación. “Por favor, lléveme a mi casa. Se lo ruego.”. No supe negarme. Nunca supe. “Y, ¿dónde vive usted?”. Nada mas preguntar tuve la extraña sensación de que mi vida previsible y adecuada hasta entonces, se transportaba a otra dimensión. “En Alpedrete, por la Nacional seis”. La sensación se convirtió en temor. “Pero yo no puedo llevarla. Estoy trabajando y no puedo irme sin avisar”. “Llame usted a la estación y diga que esta atendiendo a un cliente que se ha accidentado. Yo responderé por usted si es preciso. No tema, soy cliente habitual y vengo cada fin de semana.”. Ya era pavor.
Acomodé a Amelia –así me dijo que se llamaba, Amelia Cabrerizo Román-entre el montón de cachivaches de diferentes procedencias (señales de tráfico de la benemérita, aperos de mi padre y ladrillos y masa para mis chapuzas) que convivían en paz en el compartimento de carga del land rover. Aquella mancha rosa entre todos aquellos trastos producía un efecto, digamos, estimulante que costaba reprimir.
Durante el trayecto Amelia emitía gemidos intermitentes y agudos que me cansé de consolar.
Llegamos bien entrada la tarde a una casa mas antigua que grande que seguro dispuso de algún blasón de moldura. Aparte los cacharros y rescaté a Amelia que dormitaba debajo de un triangulo de aviso de paso de ganado. La cogí nuevamente en brazos –había olvidado su densidad-, toqué el timbre ayudado de mi nariz y esperé pacientemente con aquella durmiente. Nos abrió un hombre empatillado de edad merecedora de respeto y con aspecto de perito mercantil. Tras las consabidas explicaciones que tuve que dar con Amelia en brazos, el padre de la accidentada –así se presentó- me dejo depositarla en una cama turca de la habitación mas próxima. Aun con los brazos hormigueantes, me espetó: “Así que tu debes ser el famoso novio de Amelia. El de la nieve.” Y yo con la certeza de que todo estaba escrito no supe decir que no y cuatro meses más tarde Amelia y yo contraíamos sagrado matrimonio en la parroquia de San Miguel de Alpedrete. Poco importaba que aquel novio de la nieve fuera una invención de Amelia para huir de las burlas de amigas y vecinas.
Bien pensado creo que en mi fuero interno agradezco que el azar o lo que sea me invitara a participar de esa historia. Me ayudó a hacer lo que debía. Amelia resultó una hembra solicita y femenina. Aceptó de buena gana vivir en Cuevas y sus pretensiones se adaptaron como un guante a mis posibilidades. Tuvimos dos hijos y nos dejamos vivir. Yo a mis castaños, mi huerto y mis chapuzas. Ella montó una casa rural que le mantenía en una agradable tensión y nos ayudaba a llegar con cierto desahogo a fin de mes.
 
Cada otoño pasaba varios días recolectando las castañas. Lo hacia solo con la ayuda esporádica de algún amigo de la taberna, de algún hijo –rara vez. Preferían la vida madrileña de sus primos- o de algún bracero de paso por el pueblo.
Algo he leído por gusto y por ocio sobre la felicidad. Por lo general no se acomoda ninguna de las definiciones que encontré con lo que yo pienso de ella. La felicidad es merendar castañas asadas bajo Blasillo sentado en la tapia que acoda el camino que asoma a la calzada romana –en Cuevas tenemos una calzada romana de mucho merito. Por el pueblo pasaban las carretas con mercancías y minerales desde el sur a la Astorga romana. A su vera plantaron castaños que alimentaban a los ejércitos republicanos-, eso y no otra cosa es la felicidad, créanme. Uno se sienta en el colchón natural de las hojas picudas de los castaños y en los días de frío soleado mira hacia la montaña, hacia la niebla, muerde una castaña recién asada, como un corazón y siente, mastica la felicidad.
Es cierto que no dura mucho y quizá en eso estriba su secreto.
 
Durante el verano en las largas tardes ociosas, en las tabernas, las alamedas o a la salida de las iglesias, los hombres hablan de los castaños y sus ciclos. Una día de esos veranos de ese año, mi hermano el escritor, articulista y profesor de no me acuerdo que universidad vino a visitarnos acompañado de su hijo, mi sobrino, naturalista de nuevo cuño profuso colaborador de medios de comunicación en tareas de divulgación y protección del medio natural. Hablamos, como no, de castaños y Feli (Feliciano se llamaba mi sobrino) se declaró un inesperado especialista en, como el decía, el Castanea sativa Millar de la familia de las fagáceas. Desplegó teorías, hipótesis, conocimientos sobre su crecimiento, reproducción y cultivo. En un momento de la conversación al calor de un aguardiente de guindas del vecino valle de la Vera, Feli me propuso aplicar en mis castaños un novedoso sistema de recolección que el ha ayudado a perfeccionar y que permitía desfrutar al árbol en su totalidad, reduciendo su daño y mejorando su fertilidad para lo próxima cosecha. Acepté encantado, atrapado por aquellas explicaciones mágicas. Mis castaños sanos, sin ramas rotas y con más castañas. Esos pensamientos obsesionaban mi mente durante los meses que transcurrieron hasta la cosecha. Anuncié a bombo y platillo en el pueblo, en la comarca hasta en Internet el privilegio de mis castaños que pronto serían los mejores del mundo.
Concreté fecha y hora con Feli y su grupo y esperé impaciente. Días antes apareció mi hermano para escribir un articulo sobre la calzada romana. Se alojó en casa una noche – en la casa rural de mi mujer- y charlamos hasta tarde. Yo necesitaba hablar de la suerte de mis castaños y quien mejor que el padre del mago. “Augusto, pero ¿no conoces a tu sobrino, hijo mío por otra parte? Hablar, habla muy bien. Hacer no lo sé porque jamás le he visto llevar a cabo las cosas que sabe o que dice saber. Siento decir esto de mi hijo pero no quisiera que te ilusionaras en exceso”. No iba a dejar que un padre despechado me sacara de este arrebato en que vivía. “Feli se ha comprometido en firme varias veces personalmente. No seas tan desconfiado y malévolo.” “En fin, que no sea porque no te advertí”. Y pensé “anda y que te zurzan, mal hermano”.
 
Ya era noviembre y mañana era el día. Todo estaba preparado: los zurrones, las varas, los asadores, el vino, las zamarras de cuero. La noche como la de reyes no terminaba nunca. Se me clavaron en la almohada todas las horas del reloj de la ermita de San Antonio. A las cinco y media estaba yo desayunado y hecho un brazo de mar en el vestíbulo de casa. Fuera me esperaba todo el pueblo dispuesto a acompañarme a mi castañar y no perderse así ni un ápice del prodigio. Caminamos en procesión por la calzada, por los caminos preñados de hojas, sorteando los regatos y torrenteras, recortando la niebla y vaheando un frío intenso y procaz. Yo caminaba de prisa, casi trotando, casi cantando. Feliz como un zagal con regaliz.
Mis hijos –esta vez sí- llevaban los aperos y al atisbar a León –el primero de mis castaños- grité de alegría y les abracé. Allí no había nadie. Quizá fuera demasiado temprano. Nos dispusimos a esperar a que llegaran Feli y su grupo.
 
Ya empezaba a hacerse de noche y allí delante de León solo quedaba yo. Mis hijos, los últimos que quedaron en mi compañía, hacia ya un par de horas que habían bajado al pueblo.
Regresé dolorido y humillado. Telefoneé a Feli. “No ha sido posible. Quizá en otra ocasión”. Y me colgó antes de que pudiera gritar, insultar, golpear, sangrar. Me colgó. El dolor duró meses y algo se apagó dentro de mi y no se bien por qué.
 
Llegó la primavera y mi hermano regresó con Feli , de nuevo con ganas de diseminar sus conocimientos.
No pude resistir la tentación irreprimible de pedir explicaciones, de hacer reproches, de restregar culpabilidades.
Augusto, no te ofendas, pero estuve visitando tus castaños antes y te puedo asegurar que son una birria, no valen ni para madera. No merecen ningún esfuerzo y menos el nuestro. Lo entiendes, ¿verdad?”
 
La felicidad, os lo aseguro, es comer castañas asadas en otoño, bajo la niebla delante de tus castaños… solo”

 

Joseba Molinero