Blas de Otero : de Dios al hombre

El poeta perdió la fe hacia 1945, tras una depresión que dio lugar a dos obras maestras: 'Ángel fieramente humano' y 'Redoble de conciencia'

Fernando Aramburu 

Como muchos de nosotros, Blas de Otero (Bilbao, 1916) fue educado en las certidumbres del catolicismo. Dichas certidumbres aportan al adepto respuestas definitivas, de tal manera que a la edad de cinco o seis años un niño aleccionado en las nociones básicas de la religión ya tiene explicado para siempre el sentido de su existir. A ello se añade el aliciente de una vida eterna como recompensa por la aceptación de un modelo determinado de conducta y por el cumplimiento de una serie de preceptos. Toda religión obra un efecto lenitivo en quienes la profesan.

Un poeta que, libre de dudas, exterioriza por escrito su adhesión a Dios, aunque no se lo proponga compone rezos. No de otra índole fueron los primeros ejercicios de versificación de Blas de Otero, descartados más tarde por él del conjunto íntegro de su poesía. Esta comienza por decisión propia con poemas surgidos cuando las certidumbres religiosas de su creador se resquebrajan, con la consiguiente perturbación de la paz interior o paz de espíritu que aquellas le proporcionaban.

De acuerdo con los datos biográficos actualmente disponibles, Blas de Otero pierde la fe en torno a 1945, año en que sufre un fuerte episodio depresivo. Aquel es también el año de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El año en que Europa se halla convertida en un erial sembrado de ruinas y cadáveres. No otro es el paisaje predominante, además del mar (símbolo de un vasto vacío), en los poemas que Blas de Otero escribe por entonces.

El poeta no habría necesitado las noticias desoladoras procedentes de países extranjeros para llegar por vía de experiencia inmediata a la conclusión de que el ser del hombre, según afirma en uno de sus versos, comporta «horror a manos llenas». La Guerra Civil española, la represión franquista, la penuria generalizada o la muerte del hermano y del padre cuando él aún era joven, supusieron un duro golpe a su salud emocional. El resultado es un gran padecimiento y dos cimas de la poesía española del siglo XX: 'Ángel fieramente humano' (1950) y 'Redoble de conciencia' (1951).

No hace falta meterse en prolijas indagaciones para encontrarles abolengo literario al desasosiego y la exaltación que atraviesan ambos libros. Suenan en sus moldes métricos tradicionales ecos recientes de verbo airado (Dámaso Alonso, sin duda Unamuno), pero la cuerda tensada por autores que hablan directamente a Dios en verso, esperando en vano una respuesta, se remonta a siglos atrás. La mística del XVI, aunque no cuestiona la fe, también es una literatura de la desazón existencial.

Fuente de insatisfacción

El poeta místico no admite la naturaleza trágica de la existencia humana. Por lo tanto, no teme la muerte; antes al contrario, la desea ardientemente, la implora, la reclama, y si no la provoca por su cuenta es porque el suicidio, vedado por los mandamientos divinos, lo privaría del premio que anhela. El místico siente la vida terrenal como una dilación penosa de lo que define como vida más alta o vida verdadera. Para él la muerte es la entrada por la que se accede a un gozo supremo, asentado en la certeza de la fusión del alma con el Señor. Se entiende así que Teresa de Jesús, corroída de impaciencia, muera porque no muera, y que toda su esperanza, su ilusión, incluso su felicidad no exenta de ribetes eróticos, se cifre en el morir.

La condición del cuerpo provisto de conciencia supone una fuente de insatisfacción y de ansias desatadas tanto para la monja de Ávila como para el Blas de Otero de los libros arriba mencionados. Dicha condición causa a los dos poetas, por sí sola, con independencia de posibles vicisitudes adversas, un fiero dolor, dicho sea esto con un adjetivo cercano a ambos. Y aunque la intensidad de sus respectivos tormentos alcance parecida magnitud, lo cierto es que el origen de cada uno de ellos no podía ser más divergente.

Por un lado está el dolor de los creyentes fervorosos que menosprecian la vida mundana en nombre de otra espiritual, superior, y castigan sus cuerpos, en un ejercicio riguroso de desasimiento, con azotes, con cilicios, con privaciones, con lo que sea; por otro, el dolor asociado al miedo de un hombre que constata su finitud, mira al frente y sólo ve la nada que tarde o temprano aniquilará su vida, privándola de antemano de cualquier sentido.

El vigor expresivo de su lamento, la verdad humana de su pasión, las distorsiones lingüísticas que su angustia le suscitan no desmerecen de los tropos igualmente sentidos que aún nos conmueven cuando leemos los poemas de los místicos, por más que en estos derive con frecuencia hacia el júbilo (y hacia la ternura en el caso de San Juan de la Cruz) lo que en Blas de Otero es rabia desesperada. También él, como aquellos, eleva su voz a Dios, a quien dirige la palabra, tuteándolo, para formularle preguntas, mandarle súplicas, pedirle razones. Ahí terminan, por cierto, en la forma de un diálogo no correspondido con quien se supone que tiene la llave de la salvación, las concomitancias entre los místicos del XVI y Blas de Otero, tan diferentes, por lo demás, en sus respectivas maneras de concebir la existencia humana.

Afirmación de la vida

Aún no perdido de vista su horror, Blas de Otero opta finalmente por una afirmación de la vida, de esta vida de días y noches, de buenos y malos momentos, la única que hay o, en todo caso, la única cuya existencia inspira pocas dudas. «¡Quiero vivir, vivir, vivir!», exclama. Él no pidió nacer, tampoco desea morir. Primero se rebeló contra Dios, le pidió cuentas sin ahorrarle reproches ni acusaciones; pero al fin no obtuvo otra respuesta que el silencio. Y se siente solo. ¿Solo? No, hay otros hombres a su lado, compañeros de alegrías y de penas sometidos como él al destino absurdo de la especie, expuestos a los mismos desastres y a las mismas injusticias que a diario se deparan los unos a los otros.

Si el hombre tiene una tarea que dé sentido a su respiración y a sus afanes, esa tarea por fuerza ha de realizarse aquí, donde él está, donde están los otros, en el mundo material. Surge entonces en la poesía de Blas de Otero una serenidad, a veces teñida de sarcasmo, que ya asomaba en los poemas finales de Redoble de conciencia. Y surge al mismo tiempo la voluntad firme de cantar para el hombre, para todos los hombres, que es lo mismo que hacerlo para la «inmensa mayoría».

La paz que el poeta no hallaba en su interior la buscará en adelante en la comunicación con el resto de sus congéneres. De tales mimbres se hizo entonces el poeta social y el militante del partido que fue Blas de Otero. No es extraño (ni acaso paradójico) el que la reducida mayoría inmensa que hoy gusta de leer poemas prefiera aquellos del hombre que luchaba cuerpo a cuerpo con la muerte. Aquellos, en fin, a primera vista no escritos para muchedumbres.

 

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