La mujer de Lot

 

Henok dormitaba a la sombra de una tapia cansado, hambriento y aburrido de la vida que llevaba desde hacía unos meses. Aquella mañana apenas había logrado hurtar un par de higos en el mercado y ahora, cada vez que parecía hundirse en el cálido abrazo del sueño, los rugidos de su estómago le sobresaltaban. El último había sido tan fiero que parecía haber llegado de algún lugar próximo, y no de su propio interior. Se incorporó y miró el cielo; se ofrecía límpido y azul, sin atisbo de tormenta. En algún lugar más allá de las montañas, el sol iniciaba su descenso. La sombra del muro bajo el que se cobijaba trepaba ya por la fachada de la herrería. Henok pensó que era extraño que el portón de la fragua estuviera cerrado; Lamek jamás apagaba los fuegos hasta que el sol se había ocultado del todo.
Un rumor sordo se elevó de nuevo desde algún punto a su derecha, allá por la plaza. Henok se palpó el estómago como si quisiera tranquilizarlo, se puso en pie y se encaminó hacia el origen de lo que cada vez con más claridad se mostraba como el griterío de una multitud enojada. Se asomó con precaución desde uno de los esquinazos, el que daba a la calle de las tahonas. Centenares de personas gritaban delante de la casa de Lot. Una punzada de amargura al ver la entrada del hogar de su antiguo amo se confundió con otra de hambre. Al fin y al cabo, Lot era el causante ambas, aunque ahora era la del hambre la que hacía que su vientre vibrara y la saliva inundase su boca. El olor que flotaba en la calle desde la que espiaba la plaza, a harina y trigo, a pan horneado, era demasiado tentador. Empujó la puerta que tenía más próxima y, para su sorpresa, giró sobre sus goznes con un leve maullido. Era la tahona de Esaú, aquel viejo avaro, rijoso e hipócrita que tantas veces le había palpado por debajo del faldellín a cambio de un mendrugo de pan agusanado. En la penumbra, sobre una mesa, unas cuantas obleas se iluminaron como candiles, acariciadas por la luz lánguida del atardecer. Se encaramó sobre la mesa, se acurrucó contra la pared y mordisqueó el ázimo que le pareció más apetitoso. Estuvo un buen rato concentrado en masticar y en ir rellenando su vacío estómago, lo hacía con los ojos cerrados, saboreando cada pedazo, hurgando con la lengua entre los dientes para no perder una migaja mientras recordaba la escudilla rebosante de guisado de cordero, la fruta fresca, la leche de cabra que siempre acompañaban al pan en la cocina de Lot. Tan absorto estaba en su placer que no escuchó las voces que se aproximaban. De pronto la figura encorvada de Esaú se recortó bajo el quicio. Henok se atragantó y empezó a toser. Mientras se golpeaba el pecho trató de hallar algún refugio en el que escapar de la ira del viejo. Si le atrapaba, no se conformaría con tocarle con sus dedos deformes. Su amigo Seboyim se lo había contado pocos días atrás, le había explicado cómo podía ganarse medio pan crujiente y recién cocido, y no un pedazo recubierto de moho. Henok se encogió, pero los ojos de Esaú no le vieron. Agarró una de las grandes palas que empleaba para sacar los panes del horno y salió renqueando del local. El rumor de voces en el zócalo oscilaba como las palmas de un oasis empujadas por la brisa del desierto, tanto que la intriga y la curiosidad prendieron de nuevo en la mente de Henok y apagaron su inquietud de hacía unos momentos. Lo que estaba sucediendo en la casa de Lot debía ser muy grave cuando el viejo Esaú acababa de desperdiciar la ocasión de aprovecharse de él. Henok flexionó los brazos y las piernas y de un brinco se bajó de la mesa. Aquel pan era mágico; después de todo, las manos de viejo eran capaces de amasar algo más que las posaderas de un adolescente.
Más seguro que unos minutos antes, Henok no se conformó esta vez con atisbar desde la distancia y se atrevió a hurgar entre la multitud, acercándose poco a poco al lugar en el que los más exaltados ya comenzaban a bastonear la puerta de Lot. El que más gritaba y con más fuerza golpeaba era el herrero Lamek. Junto a él, el viejo Esaú, el curtidor Abdías y el vinatero Nahum clamaban que se los entregaran, que ellos también querían abusar de los dos extranjeros. Henok comprendió de quiénes deseaban abusar cuando la puerta de la casa de Lot se entreabrió. Dos hombres se adelantaron desde la penumbra y contemplaron al gentío. Sin duda eran forasteros, pensó Henok, seducido por el fulgor azulado de sus extraños ropajes. La escena le pareció irreal, un sueño dibujado sobre el barro cocido de una vasija: los dos extraños inmóviles como las estatuas del templo, sus rostros ocultos tras unas máscaras de lisas superficies; Lamek y Esaú con sus instrumentos levantados y las bocas abiertas. La vasija se quebró en pedazos cuando una voz surgió de entre la muchedumbre alentando a los de las primeras filas. Los dos hombres giraron sus cabezas y parecieron hablar entre ellos, después dieron un paso adelante y una especie de neblina difuminó sus figuras. Los gritos del herrero y sus acompañantes cambiaron de registro y la furia que antes contenían se transformó en pánico. No podían ver nada, decían; se habían quedado ciegos. Agitaban sus armas golpeando el vacío y, de vez en cuando, la cabeza de alguno de los otros agresores. Henok esquivó la pala de Esaú y corrió por un callejón lateral hacia las cuadras de la casa de Lot, maravillado aún por el prodigio que acababa de contemplar. Si él dispusiera de aquel instrumento mágico que cegaba a las personas, su vida en aquella apestosa ciudad sería mucho más sencilla. Una sonrisa se dibujó en sus labios al pensar en los suculentos banquetes de los que podría disfrutar a partir de aquella noche si lograse robarlo. De un salto se encaramó sobre el muro que cercaba el patio trasero y se escurrió por entre las mulas.
Oculto entre las sombras cada vez más espesas del anochecer, Henok se asomó a la ventana que se abría hacia las cocinas. Lot y sus dos acompañantes estaban allí. Su antiguo amo parecía estar muy nervioso; desde detrás de las máscaras de los dos hombres salían unas voces de acento extranjero que hablaban de la inmediata destrucción de la ciudad. Lot y su familia debían abandonarla antes del amanecer y no detenerse hasta haber salido de la llanura que la rodeaba y llegado a las montañas. Henok abrió mucho los ojos al oír aquellas palabras, el poder de aquellos hombres y del amo al que se referían siempre sin nombrarlo había de ser muy poderoso para poder obrar tal prodigio. Continuó escuchando y pronto comprobó que sus planes se disolvían en el aire de la noche y huían dejándole tan desgraciado como antes, si no más, porque ahora el pozo de su desesperación sería más profundo. Según explicaban a Lot los enmascarados, ellos abandonarían la ciudad de inmediato; por tanto, sería difícil tener la ocasión de sustraerles el instrumento mágico. Henok se rascó la cabeza. Además, se preguntó, con quién podría emplearlo si lo que decían era cierto. Una maldición se filtró entre sus dientes, aunque no llegó a oírla porque en el preciso instante en que brotó de sus labios, un viento helado barrió el patio. Uno de los extranjeros le señaló y a continuación cerró su mano enguantada en un puño. Cuando la volvió a abrir, una luz rojiza brillaba entre sus dedos; entonces una niebla espesa y del color de la sangre empezó a descender sobre la cabeza del joven y lo envolvió por completo. Comenzó a sudar y un frío terrible le obligó a encogerse sobre sí mismo. A través del velo rojo, rielando sobre el tapiz oscuro de la noche, Henok vio a por encima de él a aquel hombre aún con la extraña luz en su mano. Lo miró tratando de contener las convulsiones que agitaban su cuerpo. Reflejado sobre la máscara que ocultaba el rostro del extranjero, el suyo propio se descomponía en dolor, resignación y abandono. Más allá del reflejo, crecía la oscuridad. El frío anidaba ya en su sangre cuando desde algún lugar le llegaron los gritos de Lot y el aire cálido penetró de nuevo en sus pulmones.
Lot estaba a su lado y le acariciaba la cabeza. Henok vio en sus ojos una mezcla de vergüenza y piedad, como el día en que le arrojó de su casa. La mujer de Lot, así habían empezado a decirle cuando otros sirvientes le veían en la calle o en el mercado. El apelativo no tardó mucho en llegar a los oídos de su amo y éste tardó aún menos en expulsarle de su hogar. Lo hizo con la mirada baja, huyéndole, amenazándole, sabiendo que era injusto, precisamente él, el único justo de Sodoma, como solía llamarse a sí mismo. Tres meses habían pasado desde entonces, tres meses en los que había tenido que robar, mendigar y, sobre todo, ceder a los apremios de cualquiera que pudiese ofrecerle los desperdicios de su mesa. Aquel hombre que le acariciaba la cabeza con el mismo cariño que antaño, pero ahora con pasión contenida, le había convertido en verdad en la mujer de Sodoma.
Lot le ayudó a ponerse en pie. La oscuridad cubría ya el patio. En la entrada de las cocinas brillaban los trajes de los extranjeros, como si no les hiciera falta el sol ni la luna. Uno de ellos levantó la mano y negó con la cabeza. El chico no, sólo Lot y su familia podrían salvarse. Lot se postró e imploró por el joven asegurando que era como su hijo, que le amaba tanto como a sus hijas allí presentes. Su mujer era testigo de sus palabras, sollozó, y al decir esto no se atrevió a mirarla. Al lado del hogar la esposa de Lot lloraba avergonzada al ver cómo su marido se humillaba. Los dos hombres lanzaron su última advertencia. Elige, le dijeron, no estamos en el mercado y esto no son tus negocios. Henok apoyó la espalda en la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo. Hundió la cabeza entre las rodillas. No entendía aquel regateo, lo único que anhelaba ya era regresar a las calles y encontrar algún rincón no demasiado frío en el que cobijarse y pasar la noche. Cuando volvió a mirar, los forasteros habían desaparecido. Lot le dijo que no se preocupara, que no pensaba dejarlo abandonado, que él no perecería en Sodoma entre el fuego y el azufre. Henok prefirió no preguntar por qué iba a suceder aquello. No dudaba de que la ciudad lo mereciera, pero también sabía que nunca se deben tratar de entender las razones de los dioses y de los poderosos.
Henok se acomodó junto al fuego y permaneció allí durante toda la noche, pendiente de los preparativos de la familia para la marcha. Cuando el cielo comenzaba a tornar su color del negro a un violeta manchado de sombras purpúreas, Lot, su mujer y sus hijas subieron a las mulas. Lot le llamó y le hizo subir en la suya. La mujer de Lot le escupió cuando pasó a su lado.
Las colinas próximas a la ciudad se alzaban ya a su alrededor cuando el primer rayo de sol surgió como una espada sobre el perfil oscuro de las montañas. Al punto, un viento ardiente que surgía de la misma tierra se abalanzó hacia Sodoma. Henok miró hacia atrás. Los edificios de la ciudad parecían temblar como si quisieran desprenderse de sus raíces y subir hacia el cielo. Volvió la cabeza y hundió el rostro en la espalda del que había sido su amo. Aspiró profundamente el olor de su túnica y de su cuerpo, aquella mezcla tan familiar de aceites aromáticos, incienso y almizcle, aunque esta vez creyó detectar algo más. Quizá miedo. Y aún algo más. Sutil. Todavía muy sutil, como si fuera una semilla apunto de germinar. Se apretó con más fuerza cuando un rugido ensordecedor arañó su conciencia. Bajaba del cielo, rebotaba contra la tierra haciéndola temblar y todo volvía daba inicio otra vez. El olor a azufre se impuso al del cuerpo de Lot. Azufre, como había dicho su antiguo amo.
La caravana se detuvo y se agrupó a la sombra de unos peñascos. Las mujeres hicieron amago de bajarse de las mulas, pero Lot las detuvo con un gesto de la cabeza. No, dijo, hemos de continuar. Recordad las órdenes que nos dieron los ángeles del Señor. La mujer de Lot le miró a los ojos y después su mirada resbaló hacia el cuerpo tembloroso que se ocultaba detrás de él. Recuérdalas tú también, dijo ella. A Lot se le descompuso el rostro en una mueca en la que se cincelaban la turbación y la cobardía, una vez más. Henok percibió en su mejilla el súbito endurecimiento de los músculos de su amo, tensos como el arco que se prepara a herir el cielo con sus flechas. Lot carraspeó, tosió, titubeó antes de hablar. Como cuando me arrojó de su casa, pensó Henok. El olor, su olor, sin embargo no era como entonces, ahora era mucho más denso, como si se hubiera destilado en las gotas de sudor que cubrían su cara. Un olor intensamente salado, tanto que había conseguido apagar el del azufre. El corazón le golpeaba en el pecho con el mismo ritmo que el rumor que inundaba el horizonte y se desplomaba sobre Sodoma. Qué sucede con la ciudad, Henok, hijo. Dínoslo, nosotros no nos atrevemos a mirar. Hazlo tú y cuéntanos.
Henok se bajó de la mula. La mujer de Lot y sus hijas se habían cubierto la cabeza con un manto. Lot permaneció sobre su montura con los ojos clavados en algún lugar lejano más allá de la tierra reseca que se extendía a su alrededor, más allá de Henok. Éste levantó la vista y miró el rostro de su amo, sabía que de alguna manera la traición se ocultaba en sus palabras.
Mira, Henok, mira y cuéntanos, repitió Lot.
Y Henok obedeció a Lot. Las lágrimas le nublaron la vista, le resbalaron sobre las mejillas, y gotearon sobre sus labios. Y le supieron a sal.

 

Roberto Sánchez