Píldoras unamunianas

Las obras completas de Unamuno ocupan diez gruesos tomos y hay en ellos espacio para los aforismos, los artículos, los cuentos, los ensayos, las novelas, las obras de teatro, el diario íntimo, las prosas memorialísticas y las traducciones. Es difícil encontrar un género literario que el grafómano bilbaíno se dejase sin frecuentar. Y lo curioso es que lo hizo siempre de un modo personal y dominador, 'unamunizándolo' todo a fondo. Unamuno fue un escritor más que dispuesto a adaptar los géneros violentamente a su voluntad, que en este caso no era sino la versión ejecutiva de su peculiar y poderosa personalidad.

Recio y levantisco, Miguel de Unamuno fue un poeta capaz de rimar los octosílabos «Salamanca, Salamanca» y «académica palanca», ripio máximo que, sin embargo, termina teniendo en sus manos cierto encanto conceptual y desabrido. Unamuno fue también capaz de dar aire a un ensayo como 'Del sentimiento trágico de la vida' que no deja de ser el pormenorizado lamento de un corazón académico, inocente, categórico y altivo. Unamuno, en fin, es el autor de 'Niebla', una novela en la que los personajes no pueden resistirse a visitar al propio Unamuno para que les firme un autógrafo vagamente existencialista.

Partidario de las estructuras breves que favoreciesen la comunicación inmediata con el lector, Unamuno escribió cuentos -a su manera, siempre a su manera- durante toda su vida. El investigador Óscar Carrascosa los reúne ahora en un volumen -'Cuentos completos' (Páginas de Espuma')-, tratando de establecer un poco de orden en un corpus abundante y desordenado sobre el que los expertos no terminan de ponerse de acuerdo.

El desacuerdo es comprensible. Hay que tener en cuenta que por lo visto ni siquiera el propio Unamuno sabía a ciencia cierta cuántos relatos había publicado y dónde lo hizo. Sus relatos fueron apareciendo a lo largo de cuatro décadas de intensa actividad literaria, académica y política en infinidad de periódicos, revistas, libros y antologías.

En su pesquisa unamuniana, Óscar Garrido cataloga ochenta y siete cuentos y los fecha entre 1886 y 1923. El más antiguo es una idealización del noviazgo del filósofo titulada 'Ver con los ojos'. La pieza es enfática y repostera: «¡Cuidado si era alegre la muchacha! Cuentan que nació la chica bajo aquel mismo emparrado; cuentan que era un día de cielo azul y campo verde, y cuentan, además, que el viento tibio agitaba los racimos al compás que la niña sus manecitas. Añaden que su primer llanto fue un llanto que parecía risa; cuentan que en aquella alma puso Dios todos los colores bellos, todos los perfumes suaves».

El último relato que se incluye fechado en estos 'Cuentos completos' se titula 'Una tragedia' y es de 1923. Se trata de un cuento de ideas, una volátil burbuja de pensamiento: «¿Recordáis los que hayáis leído las Memorias de Goethe, aquel profesor Plessing de que nos habla el autor del Werther? Fue un joven misántropo y preocupado que quiso ponerse en relaciones con él, que le dirigió como a un director laico de conciencia largas cartas a que aquel no respondió, que se quejaba de esto y que al fin se puso al habla con él sin lograr interesarle en sus fantásticas cuitas?».

Escritor peripatético

Entre ambos relatos hay un poco de todo: monólogos filosóficos, diálogos repletos de paradojas, remembranzas líricas, pequeños ensayos narrativos que avanzan un poco de cualquier manera, ácidas humoradas, pasajes morales, apólogos, retratos de personajes que encierran arquetipos éticos o figuras de pensamiento, preludios de novelas, divagaciones políticas, extravagancias, etopeyas, poemas en prosa, escenas increíbles, piezas casi teatrales en las que se representan algunos de los clásicos conflictos del autor?

El variopinto ramillete de relatos se nos presenta sin embargo con una notable uniformidad. En todos ellos, en los leves y en los más graves, en los fúnebres y en los irónicos, se adivina la presencia del Unamuno altisonante y agonista, del teorizador constante, del intelectual furioso que se entiende a sí mismo como una especie de borboteante matraz filosófico. Reflexionando sobre el peculiar estilo de Unamuno, sobre su particular concepción de la narrativa breve, Óscar Garrido habla de la «escritura peripatética», una «particular visión finisecular que lleva a aunar la tradición canónica y el problema íntimo de la identidad en figuras en las que confluyen la agonía y la contemplación, lo bufonesco y lo trágico, como don Quijote, lector de lectores».

Se diría que Unamuno se enfrenta a la ficción breve con pocas ideas preconcebidas sobre el género, con ningún temor reverencial y con todo su instrumental unamuniano brillante y recién afilado. En ocasiones, da la sensación de que Unamuno no comienza a escribir un cuento para expresar sus ideas sobre un asunto concreto, sino para descubrir esas ideas en el texto que vaya saliendo.

Hay en el tronante Unamuno una pasmosa cantidad de autoconfianza y un evidente matiz romántico. Se advierte en su imposición de la propia personalidad y en la creencia, tantas veces voluntarista, de la supremacía del sentimiento sobre la razón.

En un conocido relato de 1913 titulado 'Y va de cuento', Unamuno compone una especie de poética en la que se dibuja a sí mismo -transmutándose en el protagonista o 'héroe' de la narración- sentándose a escribir un cuento. El retrato es revelador: «Y mi héroe, delante de las blancas y agarbanzadas cuartillas, fijos en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos sobre la mesilla de trabajo - y con esta descripción me parece que el lector estará viéndole mucho mejor que si viniese ilustrado esto, se decía: Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos, tres o más al año, y el hombre que las escribe cuando ellas le vienen de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!...».

Pensamientos breves

Lector atento y conocedor de las corrientes extranjeras, Unamuno escribió su narrativa breve consciente de que era aquella una literatura que iba acorde con los nuevos tiempos. Lo explicaba en un artículo de 1900: «Sobra que leer y falta tiempo para hacerlo, lo que obliga a los escritores que quieran ser leídos a condensar cada vez más sus pensamientos y buscar un modo de expresarlos más breve y epitómico». Además, es probable que se sintiese cómodo en un género que, al igual que los artículos de prensa, le permitía abordar un tema de un modo directo y veloz para pasar a continuación a otro asunto muy distinto, y también la confección de piezas intensas y misceláneas en las que cupiese un poco de todo sin caer en el excesivo desbarajuste.

Entre los cuentos completos de Unamuno que presenta ahora Páginas de Espuma hay piezas conocidas como 'Solitaña', 'Soledad', 'Don Catalino, hombre sabio' -ese curioso anticipo humorístico de 'Niebla'- o 'El espejo de la muerte'. Y, por supuesto, hay también entre los cuentos una pequeña multitud de textos menos conocidos o directamente semisecretos que en ocasiones sorprenden por su agudeza y malévola intención y en ocasiones incomodan por su aparatoso desarrollo, por su escasísima acción o por su insistencia pedagógica. En cualquier caso, la inmersión en la suma de la narrativa breve unamuniana es una manera eficaz de acercarse al pensamiento, al estilo y a la personalidad del bilbaíno. No es raro que, tras una sesión de buceo un poco larga, el lector termine sorprendiéndose a sí mismo susurrando las exclamaciones que los protagonistas de Unamuno enuncian con frecuencia. '¡Trascendencias!' '¡Ay, ay, ay!' '¡Qué embolismo!'.

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

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