En el camino

 

 

Acabo de despertarme. Me embarga una intensa sensación de humedad y frío. Sin siquiera abrir los ojos, advierto que me hallo tumbado sobre una superficie dura y gélida. Tengo el tronco completamente acartonado y entumecidas las extremidades. No sé dónde me encuentro. Para hacerme una composición de lugar, pruebo a mover los párpados con fuerza – arriba abajo, arriba abajo, varias veces-. No consigo mover el izquierdo. Me pesa como si estuviera laminado. Con el ojo derecho Sólo atisbo sombras, gigantes tenebrosos que me rodean y acechan en todas partes. Su baile macabro me aturde e instintivamente me resguardo en la oscuridad serena de mis párpados cerrados. Me castañetean los dientes. Siento unas bascas tremendas. Creo que voy a vomitar. Me convulsiono. Un flujo cáustico recorre mi garganta y se desborda por la boca abierta en un líquido acídulo y hediondo. Mi cuerpo es ahora un temblor de escalofrío. No recuerdo cómo he llegado aquí, pero parece que he vuelto a sobrarme. Mi estado se me antoja irreal y penoso. El cerebro no me carbura y sólo se me ocurre autocompadecerme agazapado en la negrura de mis ojos desvanecidos en las tinieblas. Cuando trato de abrirlos de nuevo, al igual que antes, únicamente logro fijar el párpado derecho; siento el otro abotagado y plomizo. Me esfuerzo en respirar profundamente. Aspiro una vaharada de aire contaminado, al tiempo que el hálito glacial de la noche se impregna en mis pulmones. Me espabilo un poco y hago un amago de incorporarme, pero el firmamento al completo con todas sus galaxias se me cae encima. La cabeza me va a estallar, los brazos me crujen como carámbanos que fueran a resquebrajarse y las piernas, insensibles, no me responden. Cejo momentáneamente en mi empeño y acto seguido me desplomo. Un dolor insoportable penetra mi sien izquierda y se extiende hacia el ojo y la zona de la frente del mismo lado. La efervescencia de una segunda secreción me corta el aliento. Devuelvo otra vez. Impotente, permanezco tendido en el suelo, con la mejilla izquierda sobre los restos de la primera vomitona, soportando el olor pestilente que emana de ésta y el regusto fétido del jugo bilioso que no cesa de regurgitar por la comisura de los labios. Aguanto un breve rato en esta postura y vuelvo a intentar levantarme. Una caterva de monstruos sombríos se cierne sobre mí. Procuro soslayarla. Me armo de valor y giro el tronco, de modo que me quedo bocabajo; recojo después los brazos y coloco las manos sobre el firme, separadas y con las palmas abiertas a la altura de los hombros, flexiono las piernas y me impulso con las exiguas fuerzas que me restan. Realizo todas estas acciones con suma torpeza, aunque al fin alcanzo a tensar los brazos y a separar las manos del pavimento. Aguardo de rodillas a recobrar el resuello. Los engendros siniestros ya no bullen en mi mente y, desde que me he despertado, por primera vez vislumbro algunos objetos a mi alrededor. Delante, a escasos metros, intuyo la silueta de varios contenedores repletos de basura y de algunos trastos diseminados en su base. No me desanimo y afronto el reto de ponerme en pie, objetivo que gano con gran dificultad. Tambaleante, me afano en reconocer el lugar en el que han recalado mis huesos. Desde la atalaya de mi cuerpo espigado me resulta relativamente sencillo avizorar con mi único ojo útil el horizonte que se descubre más allá de las sombras nocturnas. Me hallo en la esquina de un callejón. Adivino los perfiles desvaídos de las casas cochambrosas que lo jalonan. Es evidente que no he venido a parar al paraíso y que he acabado en las cloacas de un barrio inmundo de la ciudad. Decido largarme de este paraje tan tétrico. Una ráfaga de aire polar me abofetea en la cara y me apresuro a cubrirla subiendo el cuello de la chupa. Está pringado de devuelto, lo mismo que la pechera. Me da una arcada, pero hago de tripas corazón y limpio como puedo la guarrería con dos pañuelos de papel que saco de un bolsillo de los vaqueros. Noto que están apelmazados por la escarcha, sobre todo la pernera derecha que está totalmente hundida, lo mismo que el zapato de ese pie; Además, he debido perder el cinturón en algún sitio, porque los pantalones se me escurren por la cadera. Concluida la desagradable tarea, arrojo los clínex a la masa informe de porquerías que abundan en torno a los contenedores de basura e inicio mi andadura hacia quién sabe dónde con paso renqueante, bamboleándome ostensiblemente por el centro de la calleja. Enmarañado en un torbellino de impresiones contradictorias me pregunto cómo he aterrizado en semejante estercolero urbano. La respuesta empieza a insinuárseme en forma de imágenes atropelladas y confusas que me bombardean la sesera. Progreso a duras penas, embarullado y derrengado, mascullando mi desdicha. Mi cabeza parece un hervidero de avispas, la visión me falla y las piernas me flaquean, yendo cada una a su capricho, como si no pertenecieran al mismo cuerpo. Con todo, entre bandazos y trompicones y algún que otro juramento culmino el trayecto de la callejuela y me planto en un cruce. No puedo más y busco un zócalo o una grada en donde reposar. Por una vez la suerte me acompaña y descubro en un cantón de la calle un poyo que remata el escaparate verjado de un ultramarinos. No dudo… y me siento en él. Está congelado, pero no me importa. Necesito reacompasar mi desmadrado ritmo cardíaco, ordenar la cascada de instantáneas que se suceden anárquicas en mi memoria y darle al caletre para ver cómo salgo de ésta. La verdad es que me da igual tomar una dirección u otra. Es lo de siempre. Estoy solo en una encrucijada. Seguir al frente… girar a la derecha… torcer a la izquierda… ¿qué trascendencia tiene? ¿Acaso no son todos caminos? Eso… caminos. Caminos que, en lo que me toca, nunca conducen a ninguna parte. Bueno… a alguna sí…, a apeaderos a cualquier atolladero o a arrabales como por el que deambulo. Caminos que recorro, caminos que abandono, caminos que se me atragantan, caminos que me engullen, caminos pedregosos, caminos al infierno…, mi vida es estar en los caminos. ¿Cuál me habrá traído aquí? Me estrujo la mollera para ver un destello al principio del túnel del último por el que he transitado. Lo primero que recuerdo es la imagen de la barra de una discoteca y el rostro de una chica. Miro hacia arriba. No hay estrellas en el cielo. Debe estar encapotado, porque con mi ojo aprovechable veo lo mismo que con el que tengo a la virulé: sombras y oscuridad. Desconozco qué hora es. Seguro que madrugada muy avanzada. Salí de casa de noche… y aún es de noche. Supongo que se trata de la misma noche, una más de mis noches de parranda y cogorza. No sé… no sé. Me envuelve una nebulosa de fotogramas de lo que parece que ha sido la película de mi último viaje al abismo: un pub… otro… y otro; un whisky… otro… y otro; la discoteca, la penumbra, las luces ultravioleta, el ruido, la barra, los tripis, el humo…; la chica rubia, sus ojos verdes, sus labios carnosos, un beso… otro… y otro; la salida a la calle, la caminata por la ciudad, besos y más besos…; un portal, un abrazo apasionado, caricias y caricias, tocamientos, unas tetas de órdago… y un descomunal paquete bajo las faldas de la chica; un grito de horror, la huida por patas , las calles lóbregas, la desorientación… y un bar abierto… Todo esto se proyecta en la pantalla de mi imaginación, hasta que de repente el estruendo del motor de un coche me rescata del ensimismamiento. Debe circular por la ronda, porque no aparece por ningún lado. El estrépito se aleja poco a poco y se restablece el silencio y la soledad. Estoy aterido y me propongo ahuecar el ala, pero para mi desgracia compruebo cómo un incipiente calabobos humedece el ambiente. El balcón que hay encima del banco de piedra en el que descanso me protege de la llovizna, así que aguardaré aquí de momento. Inmediatamente desenrollo la cinta de la memoria y los recuerdos discurren nítidos y recientes. Sí, ahora lo veo todo claro. Era un bar infame, un cubículo infecto con un minimostrador mugriento que abarcaba todo el frente del local. Según se entraba, a la derecha, una pared mohosa acogía una pila de barriles de cerveza y una tragaperras; a la izquierda había una mesa alargada con sus dos bancas y una puerta de hojas batientes. Tres individuos se arrellanaban en los únicos taburetes que había ante el mostrador. Lo ocupaban casi por entero. Los tres volvieron la cabeza hacia la entrada cuando percibieron el chirrido de la puerta al abrirse. Por lo visto, no esperaban a nadie y mi presencia les sorprendió. Como pude, me coloqué en el reducido espacio que quedaba libre entre ellos y la tragaperras. Me miraban atónitos, como vacas que vieran pasar un tren. Estaban ataviados con mono de trabajo y chalecos reflectantes. Presentaban un aspecto patético: cabezones, con cara de torta, orejudos, lampiños, con las calvas grasientas, sudorosos y malolientes… ¡Todo un cuadro! Me evocaron a los tres cerditos; eso sí, éstos fumaban puro y soplaban copazos. Eran empleados del servicio municipal de recogida de basuras, que calentaban motores. Sabía que me fisgaban, pero no les presté mayor atención. Detrás de la barra, de entre las listas metálicas de un mosquitero que protegía el acceso a lo que debía ser la cocina de aquel antro, surgió el tabernero. Nunca había tenido ante mí un sujeto tan repulsivo. Era obeso y chaparrote, de esos que necesita una tarima para poder dar la talla en el mostrador; llevaba un pantalón de mahón asquerosamente sucio y una camiseta de tirantes cutre que no le alcanzaba a cubrir su oronda barrigota. Ciertamente hacía mucho calor en aquella covacha, pero la vestimenta resultaba ridícula para la época de invierno en la que estamos. No podía desprender la vista de su ombligo, que se asemejaba a una pústula o una escara más que otra cosa, ni de las barbas mojadas por la traspiración que le asomaban por los sobacos. Sentí una profunda náusea, que se transformó en shock cuando alcé la mirada para atender a su bramido – algo así como un “Tú que quieres” bronco y seco que me lanzó sin miramientos- y vi su rostro en toda su decrepitud. Al parecer, no acostumbraba a tratar con clientes como yo y quería despacharme cuanto antes. No reaccioné. Lo contemplaba entre perplejo y alucinado. Aquella pelambrera greñosa, aquellos ojos hundidos en unas cuencas insondables y ocultos por unas pobladas cejas, aquella nariz abotada de boxeador, aquellas orejas de soplillo salpicadas de cerdas negras, aquella piel escamada de lagarto de su cara, aquella boca desdentada… le proporcionaban trazas de alienígena. Un bufido de la bestia me alertó de su impaciencia. Por inercia pedí un whisky doble, antes de que su enfado fuera a mayores. Menos mal que me lo sirvió sin hielo, porque sólo de pensar que lo habría tocado con aquellas manos velludas, de dedos gordos como morcillas y roñosos de pura suciedad y con las uñas renegrecidas de mierda me atacó el hígado. Vencí los escrúpulos y lo tomé de un trago. El tabernero clavaba en mí su mirada con gesto socarrón; los basureros, con los puros temblando en sus labios, seguían mis movimientos con disimulo. Me sentí ínfimo y despreciable,…una cucaracha. Se me reprodujo el malestar que padecí al agarrar aquel enorme bulto palpitante en la entrepierna de la chica que magreaba en un portal no hace mucho tiempo. Tuve la impresión de que aquellos tipos grotescos eran superiores a mí y que en cualquier instante podían pisarme y machacarme, como lo que era: una miserable curiana de tres al cuarto. El repolludo panzón no me concedió opción a pensar. “Aquí se viene a beber; y si no… a la puta calle”, me gritó, mientras me sacaba otro whisky doble. No rechisté y me endiñé el pelotazo a botepronto. Eructé sin recato alguno. “El niñato nos ha salido bravucón”, exclamó el retaco tripudo, carcajeándose como un chimpancé. Los basureros corearon la gracia con unas sonoras risotadas. Empezaba a encontrarme verdaderamente mal. El energúmeno gordinflón llenó de nuevo las copas del trío de gorrinos y la mía, a la vez que él mismo se puso un caldero de ginebra. “¡Por esta jodida vida!”, dijo a modo de brindis, alzando su perol. Los puercos uniformados hicieron lo propio. Yo me limité a pegar un sorbo al cancarro de whisky. Me supo a rayos. Me dio un espasmo en el estómago. Creí morirme. Los retortijones me quemaban las entrañas y parecía que la vejiga me iba a estallar. Tenía que ir al water si no quería palmarla allí mismo. Supuse que estaría tras la puerta que remataba la pared del otro lado de la tasca y lo busqué precipitadamente. No sé con qué ni cómo, si con un taburete o una banca, pero me tropecé y perdí el equilibrio y me estampé contra un batiente. En condiciones normales un batacazo así seguro que es muy doloroso; en cambio, sólo aprecié el calor de la sangre que brotaba de mi ceja izquierda partida y un gran vértigo. Nadie me ayudó a levantarme y, como no era capaz de hacerlo por mi cuenta, hube de franquear las hojas andando a gatas. Por el tufo a orín proveniente de un hueco que entreví en la negrura de aquel cuchitril presentí que allí encontraría el inodoro y me deslicé para averiguarlo. Lo palpé; y apoyado en él, con extraordinario sacrificio logré ponerme en pie. Me aferré con una mano al tubo que bajaba de la cisterna hasta la taza y con la otra, no sin apuros, liberé la hebilla del cinturón y solté los botones de la bragueta. No pude evitar mojar el calzoncillo antes de evacuar a discrección. El pestazo era asfixiante y comencé a estornudar con aparatosidad. El escándalo debió alertar a alguno de los marcianos que permanecían en la taberna, ya que al otro lado de los batientes oí una voz desabrida que graznaba algo ininteligible y de pronto se encendió una bombilla en el water. No hice caso y persistí en mi posición hasta que cesó el aluvión de meada, que curiosamente coincidió con el fin de la tos. Fue entonces cuando reparé a mi derecha en un pequeño espejo que pendía de un alambre. Entre el polvo adherido y las manchas de excrementos incrustadas en el cristal distinguí lo que debía ser el reflejo de mi cara. La figura me aterrorizó. No me reconocí en aquella máscara horripilante que mostraba la faz deformada y la mirada extraviada de un espectro. No lo pensé dos veces y, de un puñetazo, rompí el espejo. En el marco de plástico que lo albergaba no quedó ningún trozo y, aun así, el monstruo fantasmal continuaba en él observándome estupefacto. Cerré los ojos para no verlo. Y nada… No había forma… Aquel semblante mortecino perduraba, ahora dentro de mí. Me estremecí; una especie de colapso me abatió y no mantuve la verticalidad. En mi caída arranqué la cadena de la bomba. Me quedé encajonado en un lateral de la letrina, con la cara a la par del agujero de la taza. El tirón que le di a la cadena provocó el desagüe de la cisterna y un remolino de agua desbordó el inodoro. Estaba atascado y en su interior flotaba un montón de heces salidas de las cañerías. Las tocaba con la nariz, las olía… El aire que inhalaba se había podrido del todo. Un volcán de alcohol entró en erupción en mi vientre y vomité las entrañas. En medio de aquella inmundicia todavía adivinaba mi jeta de espantajo. Jamás había vivido semejante experiencia. En ese instante interioricé que era una absoluta piltrafa, un desecho humano; y me dominó una desazón insufrible, una angustia de muerte que me abocaba sin remedio a finiquitar mi lamentable situación. Con una lucidez insólita y con una energía inexplicable acometí la empresa: me incorporé, me abroché la botonadura de la bragueta, me quité el cinturón, lo pasé en corredera por el cuello y me dispuse a subir a la taza para atarlo al codo que hacía el tubo de la cisterna en su unión con la pared… Pero fallé… y, en lugar de posar el pie en el borde del inodoro, lo metí en su boca. La morrada debió ser de aupa; más que nada, por cómo estoy ahora, que me siento como si el tranvía me hubiera pasado por encima. No tengo ni idea de cómo terminé tirado como una colilla junto a unos contenedores de basura. ¡Quién sabe! Quizá los basureros clones del bar haciendo gala de su profesionalidad consideraron que el recaudo idóneo para un despojo como yo era ese punto y me depositaron allí; o quizá vine por mi propia cuenta, de modo inconsciente, después de que me echaran de la taberna como a un perro rastrero. El caso es que estoy aquí, en un nudo de calles, colgado como un chucho abandonado, tiritando bajo la a lluvia, que ha empezado a arreciar con ganas. El balcón ya no me abriga. Debo marcharme y buscar mi hogar. Hacia la derecha se abre una costadilla. No me interesa cogerla. A la izquierda la calle se curva. Me da que muere cerca y tampoco voy a tirar por ahí. Tomaré la vía de enfrente. Al fondo veo luces. Doy el primer paso trastabillando, pero no me arrugo. Lo primordial es que sigo vivo y otra vez arranco en el camino.

 

Nicolás Zimarro