El pez rojo

Fue un niño de un retraído y un taciturno que daba sentimiento mirarlo. Mi hermano Bonifacio lo observaba de reojo por si lograba entrever algo en aquella expresión enfrentada durante horas al acuario donde erraba solitario un pececito almagre.
–¿No te cansas, hijo? –le preguntaba con un temblor en la voz–.
Mi sobrino asomaba entonces desde el hondón de la tontuna, emitía un gemido interrogante y miraba al padre volviendo de golpe la cabeza, con lo que salía disparado el hilillo de baba que le colgaba del labio. Bonifacio resoplaba, optaba por abandonar la pregunta y arqueaba las cejas temiendo del futuro lo más negro. No le engañaron los malos augurios.
Sobre aquel hogar azorado se extendió el manto opaco de la tristeza una tarde de san Pedro Canisio. Era el último día de colegio antes de las vacaciones de Navidad y el niño había vuelto a casa más mohíno que de costumbre. Cuando sus padres le preguntaron, contó gimoteando que todos se habían reído de él, incluida la señorita, aunque para ser exactos fue precisamente la señorita quien levantó la veda de los ultrajes. No resultó sencillo deducir de las explicaciones lloronas de Hilarito lo que había ocurrido.
En el aire entre ocioso y festivo de las horas previas a las vacaciones, y por matar el tiempo, la maestra tuvo la ocurrencia de preguntar a los alumnos qué querían ser cuando fueran mayores. Después de un momento de bulla, la señorita había logrado poner orden en el aula y daba comienzo la detallada nómina de oficios más o menos razonables.
…Torero, cura, payaso, astronauta, portero, maestro, arquitecto como mi padre, capitán general, médico, policía, médico…
–Seño, Adolfito se ha copiado.
…delantero centro, piloto de tren, cantante de Eurovisión, rey de España…
– Niño! –se sobresaltó la maestra Elvirita Oseguera, hija menor del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, excelentísimo señor don Olegario Oseguera y Ontoria, y recriminando le ilustraba–. ¡En España no tenemos rey! Por lo menos todavía, y quiera Dios que tarde mucho. ¡A nosotros nos gobierna nuestro glorioso Caudillo de España!
…bueno, pues glorioso Caudillo de España.
–¡Niño! No digas barbaridades.
…bombero, guardia de los coches que van por la calle, funcionario...
Había sonado la voz de Hilarito. La maestra dio otro respingo y se produjo en el aula un rumor profundo como el de una moneda que rueda sin terminar de caer. Hasta que cayó. La maestra exclamó ¡Funcionario! y estalló en una carcajada a la que siguió un coro de chimpancés histéricos. Cuando quiso recuperar el timón, la nao ya iba al garete; en tres segundos la mala baba infantil había convertido el aula en una alimaña gigante que devoraba a Hilarito ridiculizándolo sin tener ni idea de por qué.
Los padres se miraron atribulados. No tanto por lo que su hijo hubiera sufrido como por la angustia que estaban sufriendo ellos mismos al escucharle.
–¿Funcionario? Pero… ¿cómo funcionario? –balbucía mi hermano sin soltarse de la mirada de su esposa–. ¿Qué es eso de… funcionario, hijo?
–Sí –se reafirmó vengativo mi sobrino con la contundencia que le habían negado sus compañeros de clase–. Funcionario. Oficinista.
Y ante el arrugamiento del padre, proclamó soberbio:
–¡Administrativo!
–Pero ¿por qué quieres ser… eso, hijo mío? –Bonifacio se sacudía el pronombre como un moco entre los dedos–.
La respuesta de Hilarito fue mirar a su padre con desdén allá abajo, donde el valle de los idiotas. Y la del idiota de su padre no fue ninguna porque no se le ocurrió nada. Se quedó callado calladito. Mi hermano Bonifacio no era de más espíritu, para qué engañarnos. Así que aquel día de san Pedro Canisio, Hilarito puso el huevo de la melancolía en el nido de su propia morada.
Desde entonces mi cuñada no volvió a ser ella, iba de un lado a otro amargada y penitente igual que una sombra en un suspiro. Bonifacio, por su parte, ya no fue capaz de perder de vista al niño ni un segundo, lo tuvo cada instante en el rabillo del ojo. Y aunque le escocía admitir que no se fiaba de su propio vástago, se consolaba pensando que nadie en su sano juicio puede confiar en la naturaleza de un crío de ocho años cuyas ansias de porvenir, sus anhelos imposibles, sus mayores ilusiones, se reducen a llegar a oficinista.
Pocas fechas después escribió la carta a los Reyes Magos de Oriente con igual entusiasmo que cualquier otro niño.
En la mañana del 6 de enero mi sobrino Hilario temblaba de emoción abrazado a sus regalos. Sus Majestades le habían traído todo lo que les pidió: una máquina de escribir Olivetti, un paquete de quinientos folios de la marca Galgo y una grapadora El Casco con sus dos cajitas de grapas, unas de color de aluminio y otras de cobre.
Justo una semana más tarde, por su onomástica, sus padres le colmaron de felicidad regalándole un juego de sellos de caucho para registro de entrada y salida de documentos, dos más –de pendiente y archivado– y sendas almohadillas con tinta roja y azul. Y su delirio: un fechador que corría las fechas automáticamente. Por toda la casa estampó en dos colores la del día:

13-ENE-1972

Aquel mismo 13 de enero, festividad de san Hilario obispo de Poitiers, murió el pez rojo en el acuario. De soledad.

 

Jorge Márquez, 53 años. Sevilla. Novelista y dramaturgo, ha publicado, entre otras obras, ‘El claro de los trece perros’, premio Ciudad de Salamanca (1997), ‘Las parcas’ y ‘Los agachados’. Ha escrito una veintena de obras teatrales, como ‘La tuerta suerte de Perico Galápago’ (premio SGAE 1994). Exdirector del Festival de Teatro Clásico de Mérida, es premio Lope de Vega de Teatro 2010 con ‘Cuchillos de papel’. Este relato es el primer capítulo de la novela inédita ‘Trienios’.

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