Y la muerte dijo adiós

Todos los mundos son extraños para los que no viven en ellos, sin embargo, aquel en el que sucedió este singular acontecimiento era muy parecido al nuestro; tenía verdes bosques, ríos cantarines y grandes extensiones de agua salada. Las gentes que lo poblaban eran muy sociables y se agrupaban en pueblos y ciudades como nosotros. También, nacían, vivían, y por supuesto morían. Unos más añosos y otros en plena juventud, las enfermedades no renunciaban a cobrar sus peajes, pero al final, sin excepciones, todos pasaban por el indeseado trámite de la muerte.
Una circunstancia peculiar caracterizaba a los habitantes de aquel mundo; su inagotable fe. Una fe volcada en un ser sobrenatural al que adoraban. Convencidos de que los protegía y cuidaba, imploraban continuamente su gracia rogándole su benevolencia. Un día, todos aquellos seres se pusieron de acuerdo en que lo que más les disgustaba de su existencia era morirse. Tenían miedo a la muerte, y estaban convencidos de que si consiguieran erradicarla para siempre se sentirían mucho más felices.
Así pues, con toda la convicción de que fueron capaces, rezaron y rogaron durante días y días al ser al que adoraban suplicando que les concediera el privilegio de la vida eterna. Durante algún tiempo no pasó nada, sin embargo ellos, inasequibles al desaliento, continuaron con sus ruegos y preces.
La primera alarma saltó en los hospitales. Ningún paciente, ni siquiera los más graves, se decidía a renunciar a la vida. Más intensa fue la preocupación en las funerarias, nadie reclamaba sus servicios. Estos laboriosos operarios del tránsito al más allá dejaron de recibir solicitudes para encargarse de los cuerpos y exequias de los finados. Se cruzaron llamadas que rayaban en lo histérico ya que, aún siendo ellos también hombres de fe, nunca llegaron a creer que aquel ruego disparatado llegara a hacerse realidad. Intentaban consolarse unos a otros diciendo que aquello era casual, que era una falsa alarma, que al día siguiente todo volvería a la normalidad y que la gente continuaría muriéndose como siempre.
No fue así. Pasaron los días y nadie requería sus servicios. La alarma creció. En poco tiempo, los pobladores de aquel mundo comenzaron a comprobar con inusitada sorpresa la ausencia total de esquelas en los diarios.Una vez comprobado que el hecho era real, el júbilo se desbordó y, exceptuando a los cariacontecidos funerarios, todos saltaban y bailaban por las calles ebrios de felicidad. Lo sobrenatural les había escuchado, podían desterrar de sus mentes lo más temido: la muerte.
Durante un tiempo todo fue alegría y euforia, la dicha se desbordaba por todos los rincones de aquel mundo. Sin embargo toda cara tiene su reverso y algo comenzó a no ir del todo bien.
Nadie se moría, eso era un hecho, pero sí enfermaba. Debido a alguna fuerza desconocida, a pesar de las enfermedades, los pacientes se restablecían y continuaban con vida. Sin embargo no sanaban y las secuelas que dejaban aquellas dolencias, algunas de ellas terribles, quedaban presentes en los cuerpos; circunstancia que, para los sanos, era de lo más penosa.
La gente continuaba envejeciendo sin morir, por lo que la capacidad para la vida en aquel desdichado mundo comenzó a desbordarse. No transcurrió demasiado tiempo antes de que ancianos y enfermos pusieran al límite el frágil sistema de cuidados y atenciones que podían proporcionar los sanos y jóvenes. El simple hecho de vivir comenzó a ser insostenible e insoportable.
Muchos comenzaron a pedir a lo sobrenatural que devolviera las cosas a su anterior manera de ser y que los enfermos y ancianos se murieran como siempre. Sin embargo, los candidatos a morir pedían que las cosas no cambiaran ya que, si los otros eran escuchados, ellos tendrían que morir y eso no era de su gusto.El ser sobrenatural, al ver lo absurdo de su creación y comprobar el egoísmo que se desprendía de todas aquellas contradicciones, se olvidó de ellos y dedicó su tiempo e interés a otras actividades más útiles y satisfactorias para él. El final de la historia es previsible pero prefiero dejar a la imaginación del lector que elija el que le parezca más adecuado.

Tito Murua. Vitoria. Es médico otorrinolaringólogo y coordinador de comunicación en el Hospital de Santiago Apóstol (Vitoria). Escritor aficionado, colabora con frecuencia en la prensa local. Tiene escrita una novela de narrativa histórica que en la actualidad gestiona la agencia editorial Balcells.

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