El periódico

El sol entraba por la rendija de la ventana mal cerrada y la despertó. Oyó miles de trinos, pájaros desperezándose como ella lo hacía también. Una corriente de aire limpio y fresco se colaba hasta darle en la cara. Suspiró con placer, zarandeó a su marido:

- ¿Oyes?

Él gruñó algo ininteligible y dio una pesada vuelta sobre sí mismo. Ella empezó a darle zalameros besos en la oreja.

- ¡No puedo creerlo! -exclamó-. Venimos al campo para aprovechar el fin de semana y solo se te ocurre dormir. ¡Vamos, despierta. Nos esperan los árboles, las nubes, el viento, la paz!

Protestó aún un poco, pero decidió ponerse en pie. Su mujer llevaba razón, habían conducido muchos kilómetros para dejar atrás la ciudad. La ciudad significaba trabajo intenso, estresantes citas de negocios, desplazamientos en coche entre tráfico denso y ruidoso. La mente sufre en esas condiciones, va acumulando cansancio y tensión. Oyó por fin los pájaros, enloquecidos de alegría ante un día de luz. Abrió del todo los postigos y la habitación se iluminó. «Es hermoso», pensó, «Quizá deberíamos comprar una casa de pueblo, huir hasta ella de cuando en cuando, encontrar un refugio. Sería más barato que alquilar esporádicamente. Tampoco era agradable variar de lugar; nunca se creaban relaciones».

Algunos amigos suyos habían comprado casas y hablaban maravillas de la nueva experiencia. Luego estaba el placer de la remodelación, hacer solo las transformaciones necesarias conservando las vigas antiguas, las sólidas paredes?

Elena, su esposa, había ocupado el lavabo. La oía tararear canciones en la ducha, de espléndido humor. Era otra razón importante para decidirse a buscar un lugar en el campo: a Elena le encantaba, renacía en aquel ambiente de calma y sencillez. Realizaba un trabajo muy penoso en la ciudad, un trabajo de banca, lleno de responsabilidades y momentos duros. Solía exhibir un leve fruncido en el entrecejo, que se deshacía al estar en contacto con el ambiente natural. La miró detenidamente. Estaba muy guapa envuelta en un albornoz, el cabello húmedo cayéndole, rojo, a ambos lados de la cara pecosa. Mantenía aún un aspecto juvenil, aunque ya no eran jóvenes ninguno de los dos, viejos tampoco.

- Pareces una granjera- le dijo, y ella rió.

Desayunaron en la cocina, sobre una pequeña mesa cubierta con un mantel de cuadros. Elena devoraba sus tostadas como si no hubiera comida nada en días.

- Quizá deberíamos dejarlo todo y venirnos a vivir al campo -comentó él.

- ¿Y de qué viviríamos?

- No sé, de cultivar cebollas, por ejemplo.

- ¿Tú sabes cómo se cultivan las cebollas?

- No, pero podría aprender.

- Demasiado tarde, me parece.

- ¿Qué vamos a hacer hoy?

- Voy a tenderme al sol en el patio. Luego me gustaría leer un rato. Más tarde podríamos salir a dar un paseo largo por la montaña. ¿Qué te parece?

- Muy bien. Me acercaré hasta la plaza a comprar el periódico.

- ¿Hay un kiosco en la plaza?

No lo sabía. De hecho, era de noche cuando llegaron al pueblo y no se fijó, pero parecía lo más lógico. Todos los pueblos del mundo tienen una plaza, y en esa plaza venden periódicos.

Se vistió, salió de la casa y llegó caminando hasta el pueblo. Era muy pequeño. No había nadie por la calle. Pensó que, igual que ocurre en las ciudades, los fines de semana debían también variar la actividad habitual de los pueblos.

En la plaza había un bar que parecía estar abierto; el resto eran casas de vecindad, sin aspecto de tiendas. Recordó que, en algunas aldeas, todas las actividades comerciales solían estar centralizadas en un solo establecimiento, un colmado quizá. Entró en el bar, que estaba desierto. Un hombre mayor secaba vasos detrás de la barra. El lugar era fresco y oscuro. Le preguntó.

- En ninguna parte. En este pueblo no encontrará usted periódicos; si acaso en Adells.

- ¿Está muy lejos Adells?

- A unos quince kilómetros. Coja la carretera de la salida norte del pueblo y siga siempre recto. A unos quince kilómetros ya verá la indicación. ¿Está usted en la casa rural?

- Sí, hemos venido a pasar el fin de semana con mi mujer.

- Ya. Ahora la casa rural está llena casi todos los fines de semana, aunque sea en invierno. Mucha gente viene, como usted, a preguntarme si vendo periódicos. Pero no llegan los periódicos al pueblo, no; si acaso ya le digo, en Adells, aunque no estoy seguro.

Salió pensando que era raro el proceder de aquel hombre. Si tanta gente le pedía periódicos, bien podía probar a venderlos antes de seguir enviando a todo el mundo a Adells. Pero era sabido que los que viven en sitios pequeños acaban viendo la vida en otra dimensión.

Regresó a la casa rural y le explicó a su esposa la situación.

- ¿Y vas a coger el coche y hacer veinte kilómetros solo por comprar la prensa?

- Quince, solo son quince kilómetros.

- No te entiendo. Hemos venido hasta aquí para relajarnos y olvidarnos de la civilización y no eres capaz de vivir sin leer el periódico.

Le incomodó tener que dar explicaciones por algo tan nimio, el tono desabrido que ella empleó.

- Voy a conducir quince kilómetros un coche hasta el pueblo de al lado. No se trata de escalar el Himalaya.

- ¡Por supuesto! Serías incapaz de escalar el Himalaya si no te aseguraran que hay un kiosco en la cima.

- Hasta luego -dijo como toda respuesta. Subió al coche, aparcado en la parte trasera del patio, e inició su viaje hasta Adells. Elena había conseguido ponerlo de mal humor. «El matrimonio es un desastre», pensó, «por muchos años de convivencia que lleves con una persona, nunca parece posible librarse de las pequeñas discusiones estúpidas. Si hubiera estado acompañado de un amigo esta ridícula bronca no se hubiera producido. Hubiera comunicado mi intención de comprar el periódico al amigo, y el tema no hubiera suscitado ni un comentario».

«Es como un terreno minado», volvió a pensar, «en cualquier momento pisas una bomba y la paz salta en pedazos».

En Adells

Llegó al pueblo vecino con toda facilidad. Adells era aparentemente algo mayor que la minúscula población en la que se hallaban alojados. Al menos había varias tiendas en la calle principal, a lo largo de la cual se articulaba el resto de calles. Un bar, un colmado, una carnicería? ¡y una papelería! Allí sin duda venderían lo que andaba buscando. En efecto, al entrar, junto a lápices, cuadernos y paquetes de folios, sus ojos se toparon con los colores brillantes de las portadas de revista. Revistas de actualidad, de cotilleos amorosos, de cine, de política, fascículos coleccionables sobre la Segunda Guerra Mundial, recetarios de cocina?

- ¿No tiene periódicos? -preguntó al encargado.

- No, periódicos no tenemos.

- ¿Y revistas sí?

- Es que las revistas son semanales o mensuales. Para los periódicos la camioneta tendría que venir todos los días y como no vendemos muchos no saldría rentable. ¿Comprende?

- Sí, ya comprendo -dijo, aunque la verdad era que no comprendía nada. Seguro que para surtir de productos al colmado, bien llegaba una camioneta todos los días hasta Adells, ¿qué costaba entonces añadir unos cuantos periódicos a esa carga? Naturalmente, si hubiera estado buscando cualquier otra cosa no hubiera existido problema alguno; pero claro, se trataba de algo escrito, de conocimiento, de opinión, y esos valores culturales eran perfectamente prescindibles en España. Si se hubiera tratado de otro país, Francia o el Reino Unido, con seguridad la prensa llegaría hasta el último rincón rural. «España tiene un retraso cultural de siglos», sentenció mentalmente, «y eso es difícil de remediar».

Caminó cabizbajo hasta el coche, sumido en fatídicas meditaciones sociológicas. De pronto, al levantar la vista, descubrió a un hombre más o menos de su edad, que llevaba bajo el brazo 'El Correo de Bilbao'. Se dirigió inmediatamente hacia él.

- Perdone, ¿puedo preguntarle de dónde ha sacado ese periódico?

- De la estafeta de correos. Tengo una suscripción.

- ¡Claro, no lo había pensado! Perdone, es que resulta tan difícil encontrar un periódico por aquí.

- Yo soy vasco. Tener cada día El Correo es como no perder el vínculo con mi tierra. ¿Por qué no se queda con él?

- ¡No, ni hablar, ni siquiera lo ha leído aún!

- Bueno, esa será mi buena acción de hoy. Una buena acción es obligada, soy el párroco de Adells.

Se echó a reír. Era un tipo simpático. Tenía buena pinta, iba vestido con pantalones de pana y jersey. Nadie podía sospechar que se trataba de un sacerdote.

- No puedo aceptarlo, aunque se lo agradezco de verdad.

- ¡Acéptelo! Le aseguro que puedo pasar perfectamente sin saber qué sucedió en el mundo ayer. De hecho, suceda lo que suceda, siempre es muy lejos de aquí.

- Tiene suerte en poder decir eso; significa que disfruta de mucha paz.

- No creo que esta paz le gustara. Oiga, ¿por qué no me invita a tomar un café? Será como si me pagara el periódico. A no ser que lleve prisa, claro está.

En el bar les sirvieron un café endemoniadamente fuerte. Era un local a la antigua, cuyo aspecto tradicional había sido estropeado por algunos arcones de congelación.

- La tranquilidad que tienen aquí es muy importante, padre. ¿Es padre como debo llamarle?

- Mejor llámeme Paco.

- Las ciudades son un hervidero: gente que va de un lado a otro a toda velocidad, batallar para conseguir cualquier cosa? Yo mismo me paso más de diez horas diarias trabajando: asisto a continuas reuniones, tomo decisiones comprometidas, viajo con frecuencia a Madrid?

- Es usted entonces un hombre importante.

- Que en el fondo solo desea un poco de sosiego.

- Pero que cuando lo ha encontrado corre a comprar el periódico.

- Eso mismo me dice mi mujer. Supongo que es un hábito.

- Un hábito que también tengo yo. Leyendo el periódico llenó el vacío de noticias que hay en este pueblo.

- ¿Y yo, qué vacío lleno yo?

- Usted está a otro nivel y, por tanto necesita saber más cosas, y más importantes.

- O sea, que ambos somos unos insatisfechos con un vacío existencial. ¿Y eso no podríamos variarlo, cambiar de vida, de lugar?

- Yo no. Estoy al servicio de Dios, y vivo en el lugar que la Iglesia me ha asignado.

- Pues tiene suerte, créame. A mí nadie me ha ordenado vivir como vivo, y eso me hace sentirme fatal.

- Todos estamos a las órdenes del Señor.

- Sí, pero es como si a usted el Señor le diera las órdenes más directamente.

El párroco soltó una carcajada, luego bajó la voz y dijo casi en un susurro:

- El imperativo es vivir. No existe otro más fuerte, créame.

La vuelta

Al llegar a la casa rural Elena estaba alarmada por su tardanza:

- ¡Ya no sabía qué pensar, y como te has dejado el teléfono aquí?!

Le contó que había hecho un nuevo amigo, le confesó que lo había invitado aquella misma noche a cenar.

- ¡¿Qué?! - exclamó ella entre sorprendida y escandalizada. ¿Qué has invitado a un puto cura a cenar? ¡No me lo puedo creer! ¿Y de qué vamos a hablar con él?

- Bueno, pues ya se sabe, de la vida, de Dios? es muy simpático, te gustará.

- ¿Y la cena? Aquí no tenemos casi nada para cocinar.

- No será ningún problema. A la salida de Adells hay una cooperativa de ex drogadictos que regenta él. Les he comprado huevos, verdura, ajos y limones. Ven, todo está en el coche, vamos a traerlo.

Ella se quedó mirándolo fijamente, sacudió la cabeza con estupefacción. Luego, los dos encontraron un punto absurdo en aquella situación y empezaron a reír cada vez con mayor intensidad. Tras las últimas carcajadas, él tuvo que secarse las lagrimillas que la hilaridad desatada suele hacer aflorar a los ojos. Entonces se dio cuenta de que, finalmente, el párroco no le había dado el periódico. «¡Qué estupidez la mía!», pensó, y solo deseó que el cura se acordara de llevárselo a la hora de la cena. Al menos le daría tiempo de echarle una rápida ojeada antes de irse a dormir.

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT.

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