Crónica de un silencio

No sabría decir con exactitud cuándo apareció en mi vida, quizá se coló como un fantasma mudo y delicado, quizá siempre estuvo ahí. Lo que sí sé es que absorbió por completo mi pensamiento y que mi vida dio un giro para situarse en torno a ella. Todo cuanto hacía a diario, mis más cotidianas rutinas se encaminaban a poder verla solo un segundo más, y habría matado antes de faltar una sola vez a nuestra cita secreta (incluso para ella) en mi ventana, desde donde yo la contemplaba salir de casa y volver siempre a la misma hora. Porque ella era la única luz en mi vida, ¿sabe?
La verdad es que nunca había hablado con nadie de esto, aunque, claro, con lo poco que hablo yo, ya sabe… Bueno, ya que he empezado seguiré, total, ahora ya nada importa. Aunque en realidad no podría explicar qué era lo que sentía cuando veía abrirse la puerta de su casa y tras ella aparecía su melena, sus ojos, sus manos, su piel, su figura, su silencio, como un hada pequeña y callada, como un beso en la oscuridad, como una gota de cielo caída en un mundo demasiado sucio. Ella era… no sé, simplemente increíble. Simplemente no podía ser de este mundo. No, no tiene gracia, a lo mejor era una forma de vida exterior, yo sí creo que existen, ¿sabe? Es más, estoy seguro de que ella tenía algo que el resto de mortales no tienen. Al ver su piel casi plateada me convencía de que bajo aquella fantástica envoltura, transparente como la del más delicado bebé, podría verse su corazón de cristal. Y, ¿sabe?, por las noches yo pensaba y pensaba en ella… y la veía una y otra vez revoloteando por mi mente con unas inmensas alas brotándole de la espalda de ninfa, tendiéndome una delicada mano para sacarme de mi miserable vida. Sí, yo la contemplaba temblando, casi llorando ante un ser tan puro, tan milagroso, tan… no sé.
También veía cómo entraba y salía gente de su casa, que la visitaba, le hacía regalos, gente sonriente, feliz y normal, como ella me hacía a mí cuando la contemplaba.
Hasta que comenzó a llamarme la atención algo nuevo en ella: comenzó a desaparecer, a borrarse de la realidad como un espectro triste caído por una ventana. A resultar cada vez más delgada y angulosa, más pálida, más fría. Conforme pasaba el tiempo ella empeoraba y yo la amaba cada vez más, consumiéndome el deseo de esperarla un día en su calle y decirle al fin lo que sentía. Pero, ¿cómo? Seguramente me habría mirado con sus ojos como canicas de algún color imposible y se habría alejado en silencio como una gacela espantada. Y no es para menos… No, no pude hacerlo. Me limité a contemplar cómo se desgastaba su figura, sin perder sin embargo su halo de otro mundo, cómo en su rostro anidaba la tristeza, cómo sus manos primero y todo su ser finalmente se tornaban marmóreos y nudosos. Y cómo sus amigos normales y sonrientes desaparecían también. Yo era todo cuanto tenía en el mundo, y ella no lo sabía. Yo la habría seguido hasta el infierno, y no fui capaz de dirigirme a ella. Yo pude hablarla, quizá ayudarla, sacarla del pozo en que se hundía sin remedio muda y sola, o al menos rodear sus fríos huesos y besar su frente cuando al fin regresara al extraño lugar de donde procedía, y le fallé. Continué amándola como un espectador torpe e inútil, mientras ella continuaba haciéndose más irreal día a día. Hasta que literalmente despareció. Y eso fue todo, ¿sabe?

Raquel Sánchez  Estudió Periodismo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, donde va a comenzar la carrera de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Confiesa que, por encima de la música, la palabra es su "mayor pasión".

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