Un cuento poco profundo

¿Cómo quiere el café?
– Poco profundo, gracias.
El camarero se limitó a trazar un palito en el papel como resumen del pedido. Desplazó una silla metálica que se interponía en su camino y se dirigió a la cocina del chiringuito lanzando a la playa miradas furtivas de cazador de libido.
– Su café, señor
El cliente se asomó a la taza. Le había servido un café corto, pero oscuro y concentrado como un agujero. Al contemplarlo, el pensamiento se decantaba peligrosamente por la comisura del recipiente y tenía que hacer equilibrios para no ceder y sumergirse en una madeja de recuerdos sin retorno.
Una vez más habían ignorado la precisión de su pedido. Un tanto decepcionado, se apresuró a verter azúcar en el líquido. La montañita dulce se sostuvo en el mar negro y, por unos instantes, más bien pareció emerger de él como iceberg victorioso. A continuación, introdujo la cucharilla y, sin revolver, midió la profundidad. Todavía le pareció excesiva y vació un segundo sobre de azúcar. Por suerte siempre llevaba algunos en el bolsillo. Esta vez, la cuchara se sostuvo casi derecha antes de inclinarse y reposar en el borde.
Ya más tranquilo, levantó la vista para llenarla con la luz de la playa. Al instante acudieron los gritos de los niños, los chapoteos en la arena y las dunas en el agua, las pelotas en volandas, los castillos en apogeo y las murallas arruinadas, las conversaciones livianas, los compradores de todo y los vendedores de nada, las tetas ingrávidas y las barrigas fláccidas, la guerra entre pieles rojas y pieles blancas, una radio poco sintonizada, efímeros y tiernos brotes de calma y sombras pírricas acotando ilusiones territoriales vanas. La gente entraba y salía del mar en lentas oleadas. Algunos solo se mojaban los pies, otros se aventuraban a cierta distancia y se colgaban al cuello el agua. De ahí a perder la cabeza no les faltaba nada.
No le gustaba al cliente hundirse y si tuviera sobrecitos de sal los echaría al mar para que su cuerpo siempre flotara. Que no hicieran falta milagros ni que él o el mar estuvieran muertos para caminar sobre las aguas. Que pudiera elegir ser bote o submarino según le viniera en gana.
Cerró los ojos y en la inevitable noche escuchó el rumor de una herida grabada en la roca, tallada cual runa en una dura tabla. Sopló una brisa e imaginó que la piedra se disolvía en polvo y que la raya caía al suelo y se convertía en un trazo sobre la arena. Escuchó una ola e imaginó que se la tragaba, convirtiendo la herida en una línea que desaparecía en el agua.
Se llevó la taza a la boca y probó el café. Demasiado dulce. Era el precio de la levedad. Tomó varios sorbos más mientras el camarero tropezaba con la misma silla metálica, que parecía empeñada en salirle al paso y convertirse en su karma. Y mientras bebía con lentitud y descendía el nivel del líquido en la taza, crecía su esperanza de encontrar en el fondo arenoso y azucarado ojos de buey y perlas blancas, huellas de cangrejo, cristales pulidos ya sin amenazas, tesoros que solo un niño distinguiría entre la paja.
Así era la playa, la posibilidad de convertir la corriente lejana en espuma blanca, el fondo en superficie cuando la marea bajaba, la ida en venida y la tormenta en calma.
La última gota de café descendió por su garganta en el mismo momento en que una silueta lejana se sumergía en el agua. Podía sentir su frescor en el calor de la bebida. La silueta tardó en salir y, en ese lapso, el cliente temió por ella. Pensó que si él se hundiera, si por algún motivo se viera en el compromiso o la circunstancia de caer a la sima más oscura, a la sombra más incierta, si la noche del alma sobre él se cerniera y en burbujitas se esfumaran sus últimos alientos de esperanza, pensó que entonces daría una buena brazada hacia la profundidad, y luego otra y luego otra hasta que el fondo del océano tocara, y con los pies se impulsaría con todas sus fuerzas hacia la marejada, y que saldría, abriría la boca y tomaría la bocanada de aire más grande que sus pulmones soportaran.
La silueta asomó de nuevo y expiró aliviado. Había contenido el aire sin darse cuenta. El tiempo se reanudó y la orquesta de la playa y de la silla metálica se puso en marcha.
Una atractiva mujer se sentó en la mesa contigua. Antes de abordarla con una excusa calculada, miró el poso que el café había dejado en la taza. Por suerte, no sabía leer el futuro en él ni hacía falta.Cómo quiere el café?
– Poco profundo, gracias.
El camarero se limitó a trazar un palito en el papel como resumen del pedido. Desplazó una silla metálica que se interponía en su camino y se dirigió a la cocina del chiringuito lanzando a la playa miradas furtivas de cazador de libido.
– Su café, señor
El cliente se asomó a la taza. Le había servido un café corto, pero oscuro y concentrado como un agujero. Al contemplarlo, el pensamiento se decantaba peligrosamente por la comisura del recipiente y tenía que hacer equilibrios para no ceder y sumergirse en una madeja de recuerdos sin retorno.
Una vez más habían ignorado la precisión de su pedido. Un tanto decepcionado, se apresuró a verter azúcar en el líquido. La montañita dulce se sostuvo en el mar negro y, por unos instantes, más bien pareció emerger de él como iceberg victorioso. A continuación, introdujo la cucharilla y, sin revolver, midió la profundidad. Todavía le pareció excesiva y vació un segundo sobre de azúcar. Por suerte siempre llevaba algunos en el bolsillo. Esta vez, la cuchara se sostuvo casi derecha antes de inclinarse y reposar en el borde.
Ya más tranquilo, levantó la vista para llenarla con la luz de la playa. Al instante acudieron los gritos de los niños, los chapoteos en la arena y las dunas en el agua, las pelotas en volandas, los castillos en apogeo y las murallas arruinadas, las conversaciones livianas, los compradores de todo y los vendedores de nada, las tetas ingrávidas y las barrigas fláccidas, la guerra entre pieles rojas y pieles blancas, una radio poco sintonizada, efímeros y tiernos brotes de calma y sombras pírricas acotando ilusiones territoriales vanas. La gente entraba y salía del mar en lentas oleadas. Algunos solo se mojaban los pies, otros se aventuraban a cierta distancia y se colgaban al cuello el agua. De ahí a perder la cabeza no les faltaba nada.
No le gustaba al cliente hundirse y si tuviera sobrecitos de sal los echaría al mar para que su cuerpo siempre flotara. Que no hicieran falta milagros ni que él o el mar estuvieran muertos para caminar sobre las aguas. Que pudiera elegir ser bote o submarino según le viniera en gana.
Cerró los ojos y en la inevitable noche escuchó el rumor de una herida grabada en la roca, tallada cual runa en una dura tabla. Sopló una brisa e imaginó que la piedra se disolvía en polvo y que la raya caía al suelo y se convertía en un trazo sobre la arena. Escuchó una ola e imaginó que se la tragaba, convirtiendo la herida en una línea que desaparecía en el agua.
Se llevó la taza a la boca y probó el café. Demasiado dulce. Era el precio de la levedad. Tomó varios sorbos más mientras el camarero tropezaba con la misma silla metálica, que parecía empeñada en salirle al paso y convertirse en su karma. Y mientras bebía con lentitud y descendía el nivel del líquido en la taza, crecía su esperanza de encontrar en el fondo arenoso y azucarado ojos de buey y perlas blancas, huellas de cangrejo, cristales pulidos ya sin amenazas, tesoros que solo un niño distinguiría entre la paja.
Así era la playa, la posibilidad de convertir la corriente lejana en espuma blanca, el fondo en superficie cuando la marea bajaba, la ida en venida y la tormenta en calma.
La última gota de café descendió por su garganta en el mismo momento en que una silueta lejana se sumergía en el agua. Podía sentir su frescor en el calor de la bebida. La silueta tardó en salir y, en ese lapso, el cliente temió por ella. Pensó que si él se hundiera, si por algún motivo se viera en el compromiso o la circunstancia de caer a la sima más oscura, a la sombra más incierta, si la noche del alma sobre él se cerniera y en burbujitas se esfumaran sus últimos alientos de esperanza, pensó que entonces daría una buena brazada hacia la profundidad, y luego otra y luego otra hasta que el fondo del océano tocara, y con los pies se impulsaría con todas sus fuerzas hacia la marejada, y que saldría, abriría la boca y tomaría la bocanada de aire más grande que sus pulmones soportaran.
La silueta asomó de nuevo y expiró aliviado. Había contenido el aire sin darse cuenta. El tiempo se reanudó y la orquesta de la playa y de la silla metálica se puso en marcha.
Una atractiva mujer se sentó en la mesa contigua. Antes de abordarla con una excusa calculada, miró el poso que el café había dejado en la taza. Por suerte, no sabía leer el futuro en él ni hacía falta.

 

Marcos Xalabarder Barcelona. Escritor de cuentos. Ha publicado ‘Arquitecturas Mínimas’ y ‘Pidemeuncuento vol. 1’. Creador del proyecto ‘pidemeuncuento.com’ y del espectáculo ‘Improtext’, prepara varios volúmenes de relatos y novelas.

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