La despedida

La mano de mi padre atenazaba la mía en su interior aparentemente sin esfuerzo. Yo tenía nueve años, y él llevaba uno y pico licenciado de la guerra, de donde regresó con gesto doliente y palabra mermada.
 
Esa tarde había nevado, nada extraño en ese pueblo del noroeste interior ya entrado noviembre. No fue fácil avanzar por la nieve aún esponjosa hasta la casa, pero aún más nos costó, al llegar, abrirnos paso entre las comadres para dar el pésame a Ezequiel, enjuto, con las carnes de la cara metidas hacia dentro y los ojos enrojecidos y pitañosos.
 
- Le acompaño en el sentimiento- musitó de corrido mi padre con esfuerzo y humillando la cabeza. Parecía enteramente que se lo estuviese diciendo a la punta de sus zapatos.
- Gracias, hijo- respondió Ezequiel y me miró con tanta fatiga que pareció no verme.
 
Enseguida nos apartamos a un rincón. Permanecimos así un rato, viendo a las comadres entrar y salir del zaguán a la alcoba, de la que brotaba una luz mortecina y cálida. Hasta que la que parecía tener más autoridad dijo “ya pueden pasar” y empezamos a marchar despacio hacia la luz como un enjambre de insectos.
 
La estancia era pequeña, o tal parecía asfixiada por los muebles que albergaba: una cama oscura y baja rodeada de sillas, un imponente armario de igual color y, arrinconada, una mesa pequeña que sostenía unos trapos y una jofaina. Las cortinas estaban echadas, impidiendo que refrescase el ambiente la luz de las estrellas.
 
Sentí menos miedo que pudor al ver a la difunta, que más que yacente parecía expuesta sobre la cama. Algunas mujeres todavía le retocaban el pelo o la mortaja, de la que asomaban por aquí unos pies que señalaban hacia el techo, más allá unas manos enlazadas sobre el vientre y al final, enmarcado en una aureola de pelo blanco tendido sobre la almohada que la daba un aire de fúnebre santidad, su rostro relajado. Nada había cambiado en éste en los últimos días más que su boca, hasta ayer oscura y jadeante, y ahora cerrada. Era como si cada día su ser se hubiese ido rindiendo despacio a lo inevitable, blanqueando su color, afilando su nariz y hundiendo sus ojos en el cráneo.
 
Los hombres hablaban a media voz, como si compartieran un secreto. Yo permanecía atento a sus palabras y entre el susurro de las preces, iba atrapando algunas hilachas:
 
- ...toda la vida juntos, desde mozos...
- ...y el uno para el otro, sin una voz más alta que otra...
- ...y mira que lloraron que Dios no les mandara un hijo...
 
Cada rato volvía a mirar a Ezequiel, sentado entre las mujeres. Aquel hombre que hasta ayer era simplemente parte del paisaje, parecía ir llenándose de vida ante mis ojos, y descubría ahora con asombro que había alguien detrás del grueso cuero de su cara.
 
Ya anochecía cuando se oyó el lento repiqueteo de unos cascos de mula sobre las piedras. Al poco de cesar asomó por la puerta el rostro de un muchacho de ojos negros y flequillo alto que estrujaba una boina entre las manos.
 
-A la paz a de Dios. Me han dicho que tengo que dejar aquí la caja.
 
Terciado sobre la bestia se adivinaba, encima de un armazón de varas y atado con una soga, un cajón oscuro y largo. Mi padre y otro mozo le ayudaron a descargar la impedimenta y la dejaron en pie, reclinada contra el muro de la casa. El chico recogió, agarró la brida y marchó, mirando hacia atrás y haciéndose cruces de la frente al pecho.
 
Poco después volvimos a casa y, concluido el día, ya desde la cama, escuché un murmullo de voces y al poco el golpe de la puerta que se cerraba. Me acerqué al cristal de la ventana y desde allí vi a mi madre avanzando con esfuerzo sobre la nieve, cubierta hasta la cabeza con su manto de lana basta. Aquella noche, con apenas nueve años, por primera vez pensé en la muerte.
 
Ya entraba la luz fría por la ventana cuando mi padre tocó mi hombro. Un poco más tarde caminábamos de nuevo hacia la casa de Ezequiel. La nieve crujía y se quebraba ahora bajo nuestro peso, y un viento helado cortaba mi cara. Lo primero que vi al entrar fue el cajón de la víspera, abierto y tumbado sobre unos borriquetes. Encontré después a mi madre, sentada entre otras mujeres, con el rostro demudado por el cansancio.
 
Fueron marchando las comadres a medida que sus hombres llegaban, en lo que a mí me parecía una suerte de danza. Ya solo quedábamos varones en la casa rodeando callados a Ezequiel, cuando volvió a sonar por la cuesta el paso rítmico y lento de una cabalgadura, que hoy parecía que chapoteara. Los hombres dirigieron sus miradas hacia la puerta, por donde apareció la silueta negra del párroco, sacudiéndose algunas gotas de la capa. Después de los saludos, tomó a Ezequiel por el hombro y juntos entraron en la alcoba.
 
Mi padre me ordenó que esperara fuera, y allí permanecí atravesado por el frío observando cómo los gruesos nubarrones iban vistiendo el cielo de luto, y tratando de entender los ruidos y jadeos que me llegaban del interior. Un poco después me permitieron entrar y vi a la mujer dentro de la caja, ahora con el pelo recogido, pero en idéntica postura que la noche anterior.
 
Ezequiel parecía suplicar al párroco alguna cosa al tiempo que los hombres se miraban entre sí. Uno de ellos se apartó del grupo y le dijo al clérigo:
 
- Padre, no creo que nieve de momento, y el suelo está muy duro todavía. Si vemos que tal cosa, usted sabrá abreviar los oficios. Por favor, permítale que se despida como guste.
 
El cura accedió a regañadientes, y se encaminó a la puerta seguido por el resto. Allí permanecimos algún tiempo, unos fumando, otros charlando a media voz, yo contemplando allá en lo alto los cúmulos de nubes negras girar despacio en anchos remolinos.
 
El tiempo se aquietó delante la casa, y no sé decir cuánto transcurrió hasta el momento en que uno de los hombres inquirió al resto con los ojos si debían entrar. Nadie supo qué hacer. Hasta que el cura llamó a Ezequiel dos veces por su nombre y no obtuvo respuesta. Todos se miraron y se apresuraron a entrar. Fui tras ellos, pero topé con un muro de espaldas cuando se detuvieron en seco, hasta que, como las aguas del mar Rojo, se hicieron a los lados y dejaron unos pies balanceándose a la altura de mi cara. Una escalera estrecha se apoyaba en la pared, a poca distancia del cuerpo suspendido del anciano. Mi padre corrió a ponerse ante mí, pero no pudo evitar que viese el rostro de Ezequiel que ahora parecía mirarme fijamente con ojos cristalizados y hablarme en silencio con unos labios cárdenos e hinchados.
 
El cura parecía atarantado, dando grandes pasos hacia todas partes y agarrándose la cabeza con ambas manos, mientras los hombres organizaban todo para descender del madero del techo el cuerpo pequeño del viejo como si de un Cristo pagano y pobre se tratara. Mi padre volvió a atenazar mi mano con la suya para sacarme al aire frío y limpio de la mañana. Yo no dije nada, no sé porqué, pero lo último que vi antes de salir fue la cara de la difunta, y cómo brillaban sus sienes desde las comisuras de los ojos hasta una mancha pequeña y oscura en el raso blanco de la almohada.

 

Carlos Fernández