En el convento

- Buenos días, ¿es el arzobispado de Zaragoza?
- Disculpe, no le oigo bien, ¿Quién dice que es?
- No…preguntaba si es el Arzobispado de Zaragoza… ¿Me escucha, buen hombre?
- No, el autobús turístico sale de una manzana más allá. Aquí no es. Este es el Arzobispado de Zaragoza. Con Dios.
Un sol injusto me persuadió de que sería mejor llamar por teléfono solicitando ayuda que seguir peleándome con aquel aparato zumbador y la voz gutural que de él rebosaba.
- Así que debo suponer que usted es el afamado detective privado Alberto Fernández ¿no es así?-.Un curita asténico me recibió en el portal.
- Bueno en realidad ni soy afamado, ni detective privado. Sin embargo debo decir que si soy Alberto Fernández, vulgar instructor de la Ertzaintza en Arkaute-.Admitió las explicaciones con un gesto alérgico, casi un estornudo inesperado.
Se dio media vuelta con solemnidad y con un ligero escorzo con la cabeza me sugirió que le siguiera. Tras un primer tramo de escaleras portaleras, nos topamos de frente con una pecera donde dormitaba lo que podría ser un ujier sobre una silla de enea apoyada contra la puertucha. No pude evitar abrirla con lo que precipité una reacción en cadena que acabó con el individuo por los suelos. Farfullé una disculpa maliciosa y me reincorporé lo más rápido que pude a la fila india tras mi guía.
- ¿Se estará preguntando que por qué le he pedido que viniera?
- No le voy a engañar, no soy de frecuentar arzobispos y me sorprendió mucho cuando me llamó Don Teodosio…
- ¿De qué conoce al bueno de Teodosio?
- ¿Ah, le conoce también usted, su reverendísima? Es así como hay que tratarle, creo.
- No me sea socarrón. Me vale con usted y Don Manuel o si lo prefiere Manuel a secas y sí coincidí con él en mis tiempos de seminarista. Impartía unos cursos muy divertidos sobre la evangelización en el tercer mundo. Pero insisto, ¿de qué le conoce?... Antes de contestarme ¿quiere tomar algo, jerez, acaso oporto…?
- Fue mi párroco de cabecera cuando creía y me comía los santos. Me libró con paciencia de mis complejos de culpa tras la inevitable época masturbatoria de la adolescencia. Preferiría un Benedictine que se adapta mejor al decorado…
- No precisaba tantos detalles pero le agradezco la confidencia.
Al poco rato y tras llamar a la puerta, el curita depositó en una mesa redonda y baja situada a mi espalda, una botella mediada del licor y un plato con almendras marconas ligeramente tostadas y aceitadas con arbequina.
Bebimos y masticamos lo que el protocolo recomendaba como prudente antes de desvelar las intenciones sacras.
- Y bien, usted me dirá, su reverendísima.
- Ya le dije que me apee el tratamiento. Seré breve. Conocerá usted por la prensa el desafortunado incidente acaecido hace algunos meses en el Monasterio de Santa Lucia…
- Se refiere usted al robo de los millones de la monja pintora…
- Bueno no exactamente. Es verdad que fue un robo pero el dinero no pertenecía a la monja pintora como usted la denomina sino a la congregación y dicho sea de paso a toda la comunidad religiosa ya que las monjas lo pensaban destinar a labores de evangelización de pueblos desfavorecidos.
- Ya sé cómo me dice y por eso lo tenían escondido en varios rincones improbables y monásticos dentro de bolsas de basura, bendecidas supongo. O así al menos lo contaba la prensa...
- No haga usted caso a todo lo que digan los plumillas. Tienen tendencia a ser sensacionalistas, usted sabe…
- Da igual, ¿y qué tiene que ver este turbio asunto conmigo?
El arzobispo se removió en el sillón, se frotó la calva afeitada y pulcra y se encendió una mirada astuta, casi intrigante debajo de aquellas cejas perfiladas, femeninas.
- Yo creo que está claro. La diócesis tiene un problema, ummm, digamos de apropiación indebida que necesita ser desvelado y usted es un afamado investigador con cientos de casos truculentos aclarados a sus espaldas.
- No me sea usted empalagoso, su reverendísima. Sabe usted perfectamente que he resuelto algunos casos con más suerte que talento. Además no creo que sea conveniente que me inmiscuya en este asunto., no me gustan mucho los conventos y creo que la policía sigue en plena actividad en este caso.
- Me rindo, llámeme como le parezca. No creo en la suerte. Si me lo permite le confiaré que los agentes que llevan este caso además de -dedicó unos segundos y algunos gruñiditos a desentrañar el termino apropiado- desmotivados no me parece que derrochen talento.
- ¿Y que quiere que yo le haga, Don Manolo?
- Don Manuel, no me equipare al forofo ese del tambor. Es evidente que aspiro a que encuentre el dinero y encierre a los culpables y que lo haga más pronto que tarde.
- Siento tener que pedirle que abandone sus pretensiones. No voy a dedicar ni un minuto de mi tiempo al robo en ese absurdo convento…

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Apenas pasaban unos minutos de las cuatro de la tarde cuando pulse el timbre de la entrada principal del Monasterio. El sol golpeaba los ladrillos de aquel edificio modesto y estos brillaban henchidos de luz. Dudé si escapar. “¿Qué pintas tu entre monjas, Alberto? Vete de esta ciudad ardiente e inhóspita. Que sí, que te acababan de insultar por hurtar unos taburetes en la barra de la taberna. Maleducado decían que eres, que ya ni las navajas, ni las canaillas, ni siquiera los garbanzos con bogavante te entraron bien. Aquel lechuguino rodeado de pollitas con color de no haber trabajado nunca, ni de pretender hacerlo. Que ya se veía que aquellos taburetes y aquel trozo de barra estaban ocupados, que desde luego chicas hay gente de lo peor y todavía creen tener razón. Chusma. ¿Pero qué pintas tu aquí qué esta historia ha empezado con el pie torcido, primero el cura ese, luego el arzobispo ladino y para acabar el panoli esnob ese y espera que aún quedan las monjas. Ábrete, Alberto, ábrete”. Pero antes de que pudiera reaccionar e hiciera caso a mi lado racional y cuerdo, los goznes de la puerta del Monasterio chirriaron y tras ella apareció una monjita oronda y pequeña, con sonrisa de monja, habito blanquinegro de la orden cisterciense, gafas de pasta de varias generaciones atrás, algunas canas revoltosas asomando por el tocado y ese aroma a monja que tanto me turbaba.
- Buenas tardes, hermano. ¿Con quién tengo el gusto?
- Ya anuncié mi visita hermana. Me llamo Alberto Fernandez y vengo de parte del arzobispo a entrevistarme con la madre Abadesa...ya sabe por el asunto del ro...-, antes de que pudiera terminar la frase me agarró del brazo y me arrastró dentro con una fuerza inesperado para un ser tan escaso.
- No conviene airear ciertos asuntos. ¿Comprende hermano Alberto?
- Sí..ssssí, claro-, acerté a musitar.
Atravesamos varias estancias en penumbra. Me costó hacerme una idea del edificio, el contraste de la luz exterior y de la oscuridad intramuros cegaba la vista varios minutos. Al fin cuando ya recuperaba la visión, llegamos a un despachito con escritorio de estilo castellano, lamparita y crucifijo en pared, pechera y mesa. Tras él sonreía una monja, alta, enjuta y de tez cítrica. Sostenía una mirada punzante e inteligente que desmentía su aparente entusiasmo.
- Soy la Abadesa del Monasterio, Sor Margarita Aifún y me han ordenado que le preste toda mi atención.
- Es un honor Ilustrísima Madre Abadesa
- Perdone que le interrumpa pero solo la Abadesa de la Huelgas merece el tratamiento de Ilustrísima, sírvase si no es inconveniente utilizar para mí el de Señora.
- Disculpe, decía que es un honor que me preste su atención que asumo que es mucha. Ya sabrá que tengo que iniciar unas investigaciones en el Monasterio para tratar de averiguar el paradero del dinero que fue sustraído de la casa ya hace algunos meses.
Salí de allí más o menos como había entrado, malhumorado, desorientado y acalorado. La Abadesa solo me confirmó lo que ya sabía por la prensa y por los informes escuetos que el Arzobispo me había pasado en un cartapacio negro: que el robo se perpetró por la noche; que no se oyeron ruidos; que aparecieron forzadas algunas puertas pero aparentemente sin excesiva violencia (lo que a juzgar por su aspecto no parece fácil de conciliar); que el dinero estaba recogido en bolsas de basura y escondido en tres rincones diferentes, en el armarito del aseo, en la despensilla del pan y en un zapatero que ya no se utilizaba apenas; que no saben ni por asomo quien pudo haber sido; que la policía les confesó que sospechaban de algún proveedor habitual del Monasterio. De la procedencia de tan elevada cantidad de dinero y de la cuantía exacta de la misma no quiso explicarse y me remitió a los informes policiales o los del Arzobispado. En cualquier caso es de justicia reconocer que la infusión de té de monte con miel y las tortas de Muel que me ofreció la Abadesa compensaron su excesiva prudencia.

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- Si quieres te pasas mañana por la mañana por la comisaria y te empapas de los informes pero no vas a encontrar nada más de lo que te acabo de contar-, apuró la copa de un reserva de Somontano que el mismo había elegido y que a juzgar por sus frecuentes suspiros resultaba muy de su agrado.
- Pero si no me has contado nada diferente a lo que me susurró la abadesa ¡Antonio qué somos colegas, coño! Este caso preñado de curas y de calor no me gusta ni un pelo y tú no me lo facilitas nada. ¡Deja ya de comer y hazme un poco de caso!
Antonio Guzman Cos subinspector de la Comisaria de Zaragoza se estaba terminando una perdiz en escabeche con guisantes en lágrima que le incapacitaba para alegar nada en su defensa. Se encogió de hombros ostensiblemente y comenzó con la interminable liturgia del pan y la salsa. Di la batalla por perdida, llamé al maître, pagué y salí a la calle Predicadores que aun exudaba el calor de un largo día de un estío despiadado. Crucé la muralla romana. Aquellas piedras desorientadas y antiguas me reconfortaron en mi aturdimiento. Caminé en busca de una fresca esquiva y decidí aliviarme acodado a la barra de un bar con nombre de pintor flamenco. No había comenzado el segundo sorbo de mi gin tonic cuando una mano más que sudada me palmoteó el cuello. Encogí los hombros instintivamente intentando amortiguar el segundo golpe.
- Yo también quiero un gin tonic. Te has ido sin pedir postre, que falta de tacto para con los amigos-, Antonio levantó un dedo y con la otra mano señaló mi bebida asintiendo con la cabeza. El dueño también flamenco pareció entender.
- Gracias por todo Antonio. Ya nos veremos- corté por lo sano.
- Pero que arisco te has vuelto Alberto, cuando coincidimos en San Sebastian en aquel curso de criminología eras bastante más agradable. Bebamos y recordemos el pasado que seguro que es más interesante que el robo de tus monjas. ¿Qué tal tu mujer? Recuerdo que estaba muy bien. Seguro que eres ya un gerifalte de la Erchancha esa. Tienes clase tu Alberto, se nota. Se habla mucho de ti en comisaría y…
- Mi mujer me dejó. Mi jefe me defenestró a la academia. Y no creo que nadie hable bien de mi y menos en el cuerpo, así que el gin tonic te lo pagas tu-, corté por lo sano, apuré de un trago el vaso y me largué antes de que nos enfangáramos aun mas...
La torre de la Magdalena, mora, amarilla, magnifica me ayudó a calmarme.

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Una brisa amable me engañó según salía del Gran Hotel, me atreví a apostar que aquel iba a ser un buen día, con menos calor y con mas luz eclesiástica. Una hora más tarde mientras espera al Padre Ainat tras un té a la menta helado supe que había perdido. En un alarde de ingenuidad y animado por la falsa brisa decidí dar un paseo hasta el Café La Candelaria donde tenía una cita con un sacerdote con entrada en las monjas.
- ¿Se encuentra usted bien?- , me preguntó una camarera pizpireta y alarmada.
- No se preocupe, esa tan solo este calor insoportable. Vine andando confiado en el frescor matutino, está claro que me equivoque. Recomiéndeme algo que me refresque por favor.
No me fue difícil reconocer a mi interlocutor, minutos más tarde un hombre alto, canoso, con alzacuellos me saludó cariñosamente.
- ¿El señor Fernandez, supongo?-, se dirigió a mi sin presentaciones y con un leve tono irónico. Le brillaba una luz inteligente en la mirada.
- Muy literario le encuentro…padre Ainat-, me ayudé de una discreta chuletilla que llevaba en la mano.
- Tomaré un Martini con ginebra, bien seco por favor, señorita-, encaró a la camarera con algo más que familiaridad y abusando de su vena irónica.
- Me avergüenzo de mi pacato té comparado con su cinematográfica bebida, padre-, ataqué con la misma munición.
- No se crea que los curas no sabemos disfrutar de algunos placeres mundanos considerados como lícitos por la cátedra más ortodoxa de nuestra Santa Sede-, sonrió con un movimiento cejil que le reafirmaba en su posición de superioridad.
- Si no tiene inconveniente, me gustaría que fuéramos al grano directamente, tengo algo de prisa hoy-, mentí algo saturado.
- Como usted quiera-, borboteó mientras apuraba el primer sorbo del Martini y elevaba sus ojos al cielo agradeciendo tales dones.
- Tengo entendido que usted tiene acceso al Monasterio de Santa Lucia y quisiera me diera toda la información que crea relevante sobre sus ocupantes y las circunstancias del robo del que imagino está al tanto.
- Ya veo que mi buen amigo Teodosio le tiene bien informado – y se puso zalamero- ¡Qué gran hombre el pater! ¡Qué facilidad para llegar a los fieles con ese hablar discreto y dulce! A mí me conquistó e Teruel durante su seminario sobre el apostolado social y desde entonces soy su más ferviente seguidor. Creo que usted es un buen amigo suyo a pesar de ser ateo-, me preguntó mas sarcástico que irónico.
- Si me considero un buen amigo suyo y espero que él por su parte también lo haga. Teodosio es persona antes que sacerdote y es capaz de separar ambos planos de la vida-, zanjé frotándome las manos con impaciencia-. Y ahora le ruego conteste a mi pregunta, ¿qué sabe de la vida en el Monasterio?-. Me estaba agotando el curita. Me levanté del taburete impaciente.
Apuró el Martini hasta los posos, exigió otro a la camarera (que a su vez le respondió con un respingo de asco) y se incorporó también de su taburete.
- Como bien sabe soy confesor habitual de las madres del monasterio y debo decir sin modestia que tengo buena entrada en esa santa casa -. El color de su voz se había vuelto sorpresivamente monocorde-.Todo lo que le voy a contar telegráficamente porque observo que tiene prisa por atender asuntos más importantes ya lo hice con la policía que no me prestó la atención que creo merecían los contenidos de mi declaración. Las madres debo decir son todas unas santas. Son casi una veintena pero hay cuatro que forman el, podría denominarlo núcleo duro del Monasterio: la madre Abadesa, a la que creo ya tiene el placer de conocer, y que tutela las finanzas de la casa; sor Isabel la madre pintora, de la que sabrá por la prensa atea; la madre portera que es responsable de todas las llaves y de la coordinación de la intendencia y por ultimo Sor Adela que se encarga de las relaciones con el exterior, página web, reuniones con fieles, apostolado etcétera. Todo lo que ocurre dentro lo controlan estas cuatro monjas con mano santa y recta. En cuanto al robo sé lo mismo que usted, que forzaron algunas cerraduras con facilidad y que había un dinero del que, se lo juro, no tenía ni la más mínima idea, imagínese la discreción de esas santas madres que ni al confesor revelaron su pequeña fortuna. Dice la policía que serán proveedores habituales pero yo no lo creo. Si yo no llegué a saber nada de ese filón, dudo que lo hiciera el panadero o el frutero- Soltó toda la parrafada de un tirón y se refrescó el gaznate del mismo modo.
Aproveché el armisticio alcohólico y le ordené un tercer Martini este acompañado por unos pulpitos con padrón.
- …y para mí una cerveza con limón que ya va siendo la hora del aperitivo y fuera están cayendo las del infierno- , y me dirigí con la mejor de mis sonrisas cristianas al curita en el que ya se reflejaban los vidrios alcohólicos-. Muy interesante padre lo que me ha contado, ¿podría además detallarme como son esas monjas del llamado núcleo duro?
Un sorbito más de Martini mientras chicleaba un pulpito, me miró con ojos de pez y le dirigí una mirada de insistencia.
- Pues eso, monjas y nada más que monjas. Santas, reservadas, generosas y por lo visto millonarias-, soltó un carcajadita babosa para abrochar su comentario.
- Me refiero a su comportamiento habitual con usted, si le han referido algo de su vida, su ingreso en el convento, alguna novedad reciente. Ya sabe usted.
- No sé de qué le puede servir eso pero en fin…

El frescor de la Seo me ayudó a ordenar los escasos datos de que disponía. Me senté en un banco cercano a una capillita barroca, delicada y me concentré en escribir en cuatro fichas lo que me parecía relevante de las cuatro monjas. En menos de diez minutos había completado el trabajo en forma de cuatro cartoncitos bilineados con desgana. De la Abadesa me dijo el curita martinilemico que era seca y mas lista que los ratones colorados, el vermut le disparaba todas las filias y fobias; la Madre Portera gorda, desconfiada y halitósica; la pintora habitaba su mundo sensible y bajaba rara vez y solo para pedir más pintura y Sor Adela, la más involucrada e inteligente que hacía diez meses que se puso enferma y que aun no se había recuperado del todo. Y las cuatro sesentonas. Levanté la vista de las fichas con desesperación contenida y las arcadas góticas blancas y estilizadas de la catedral me aliviaron transitoriamente el espíritu. Tanto fue así que me entró apetito y decidí calmarlo en la vecina plaza de Santa Ana. Me senté en la terraza toldeada del Dominó y encargue un plato de ahumados, ensalada, queso picante y un Somontano joven y fresco.

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- Sor Isabel, primero gracias por venir a esta cita algo extraña. Le he pedido que viniera aquí porque pensé que los dos pensaríamos mejor fuera del Monasterio.
Me miraba con expresión ausente y ojos algo nublados. Había elegido un rincón discreto del Parque Grande que a aquellas horas de la tarde empezaba a fresquear ligeramente. Quería alejar a la monja pintora del convento para tratar de que el entorno me ayudara a que se sintiera más relajada y me revelara lo que sabía sobre el maldito dinero.
- Usted dirá, hermano. Yo soy la primera interesada en ayudar a la policía a esclarecer este doloroso asunto y más si viene con la recomendación del Arzobispo-, contestó con automatismo la monja.
- Permítame que le exponga lo que sé del caso y usted me completa o me corrige.
- Si usted así lo prefiere…
- Ustedes, la congregación del Monasterio poseían la cantidad de millón y medio de euros, aproximadamente doscientos cincuenta millones de las antiguas pesetas, escondida en tres lugares recónditos en bolsas de basuras que fueron robadas el pasado Domingo 27 de Febrero forzando sin aparente esfuerzo algunas cerraduras…-, me detuve en seco y le interpelé con la mirada mientras ella contemplaba distraída la sombra del chopo que nos cobijaba.
- Digamos que lo que usted cuenta no contiene ningún error-, contestó elusiva.
- ¿Pecaría de imprudencia si le pregunto por la procedencia de tal cantidad de dinero?
- Sí, lo haría-. No dudó en la respuesta a pesar de seguir con su mirada la sombra chinesca de la fronda.
- Déjeme que sea imprudente entonces. Necesito su ayuda por favor, ¿de dónde procedía tan inusual cantidad de dinero? ¿Acaso de sus pinturas? Es de sobra conocida su popularidad y el interés del mercado por sus cuadros.
- Me escandaliza, hermano Alberto. ¿Usted que es un hombre inteligente cree posible que mis modestas alegorías cristianas generen esa fortuna? No, hijo desengáñese, no proceden de mi humilde arte.
- Pues, ¿de dónde entonces?-, imprequé a la monja sujetando mi garganta para evitar el grito inconveniente.
- Ya le dije que no está en mis manos poder contestar a esa pregunta.
- ¿Quién lo podría hacer entonces?
- Sólo Dios
- Ya, quizá pudiera contestarme pero me pilla algo a desmano-, contesté seco y levantándome del banco donde la monja seguía contemplando el movimiento sombril del follaje.

Paseé largo rato por el parque, casi bosque, bello y tibio. Cruzaban bicicletas, tándemes, triciclos y artilugios cicleos por doquier además de deportistas de todo pelaje. La caída del sol inhumano invitaba al personal a solazarse en aquel edén verde y yo decidí continuar el goce en compañía de una cerveza espumante y unas aceitunas aliñadas en un quiosco decadente que asomaba por entre un bosquecillo cercano.

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Me sentía animado a pesar de que ya ni brisas tramposas refrescaban la tórrida mañana. Había programado entrevistas con las otras tres monjas generalas pero en este caso todas exigieron que la conversación se mantuviera intramuros. Disponía de tiempo suficiente y decidí tomar un autobús hasta Pignatelli y de allí caminar por el canal, sueño romántico de un adelantado librepensador. Decenas hubo de ellos en tierras aragonesas cuando más los necesitaban pero acabaron siendo ignorados como cualquier profeta y paisano. Solo el canal, bello y andarín atestiguaba la inteligencia y el amor de aquellos bienintencionados. Mientras lo cruzaba, mi mente no se regocijaba con sueños románticos sino que se torturaba con interrogantes prosaicos.
- Madre Abadesa ¿me puede decir de dónde procedía el dinero?
- Sólo Dios lo sabe, hermano-, contestó con gesto seco y clavándome la mirada repujada en soberbia.
- Ya, pero necesito saberlo y Dios no acaba de llegar.
- Dios está en todos los sitios-. Creí atisbar un reflejo de sonrisa en su rostro afilado.
- Ya, me imagino. Vamos que no me lo va revelar, ¿no? No me haga perder tiempo si es así.
- Está en manos de los inspectores de Hacienda. Yo solo le diré que es dinero de la congregación, aunque quizá debiera decir era, destinado a fines benéficos y cristianos.
La entrevista con la Madre Portera fue más o menos similar con más sudor y efluvios hociquiles. Sor Adela se retrasó sin disculpa. Era alta, ancha y con un velo triste en la mirada que de cuando en vez se encendía con algo que no supe interpretar con precisión pero que aparentaba un rencor lejano.
- ¿Qué tal se encuentra de su enfermedad?-, decidí abrir el juego con cortesía ya que la firmeza no me había servido de nada e incluso la gorda de la portera me recriminó mi grosería.
- Yo no estoy enferma ni lo he estado. Siento decirle que alguien le ha proporcionado una información equivocada-, contestó sin titubear lo mas mínimo.
- Es extraño, juraría…-, dudé y decidí no continuar por ese camino-. Bien ¿me podría decir de donde procede el dinero robado?

- ¿Doctor Martinez Yanguas?-, se escuchaba una respiración gorda al otro lado del auricular.
- Sí soy ¿con quién hablo?
- Oh, disculpe mi desconsideración, me llamo Alberto Fernandez y estoy investigando el robo en el Monasterio de Santa Lucia por encargo expreso de Arzobispado de Zaragoza. Tengo entendido que usted atiende a las hermanas, medicamente me refiero.
- Sí, así es.
- ¿Podría explicarme la enfermedad que padece Sor Adela?
- Que yo sepa ninguna
- ¿Está seguro?
- Completamente. Pero espere un momento que lo confirmo con mis archivos. Espere por favor, no cuelgue.
- De acuerdo.
La voz regresó al cabo de breves minutos y sonoros tecleos.
- Confirmado, no me consta ninguna enfermedad de Sor Adela. De esa hermana solo tengo una pequeña depresión que sufrió hace unos diez meses y de la que se recuperó tras recetarle una caja de antidepresivos suaves que creo no tuvo que acabar. Ese tipo de cuadros depresivos leves son habituales entre las monjas.
- Muchas gracias, doctor.
- Adiós
 

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El archivo diocesano anexo al museo homónimo espejeaba el rio Ebro en un flanco de la Basílica del Pilar. Alargué en lo posible un almuerzo a base de migas y uvas para atravesar a cubierto las horas más dañinas pero como ya se sabe que los clérigos cierran pronto, tuve que arrojarme a las calles en llamas y desiertas a la hora del té. Atravesé la puerta de entrada a la sede diocesana hecho un asco, acalorado, anegado en sudor, agotado. El ujier que atendía en el vestíbulo se inquietó y me ofreció agua y asiento. Acepté ambos agradecido. Cuando recuperé el resuello, pregunté por el archivo y enseñé la carta de referencia que me firmo el ayudante del Arzobispo. El ujier, amable y ya recuperado del susto, me franqueó todas las puertas y me depositó con dulzura en una sala grande llena de armarios cajoneros y con vitrinas superiores, a su vez llenas de casullas, estolas, manípulos, albas y demás ropajes eucarísticos y una mesa central también grande de una pieza y con una silla ritual en su cabecera. Me ofreció el solitario asiento y me pidió que esperase. Al poco rato aparecieron una cohorte de sacristanes y monaguillos con unos ficheros polvorientos que depositaron sobre el mesón. Se despidieron con una leve inclinación de cabeza y me dejaron solo contra los ficheros. Hora y media de brega me permitieron localizar las fichas y filiación de las cuatros monjas. La Abadesa procedía de Fuentesaúco en Zamora, hija de tratantes de garbanzos fue ascendiendo en el escalafón monjil a base de discreción y mala leche (carácter y ambición rezaba la ficha). Sin pecados conocidos, ni desafecciones o crisis de fe, se le consideraba personal “de confianza”. La Monja Portera, navarra de la ribera ingresó en la orden ya siendo talludita por un desengaño amoroso de segundo orden. La ficha reprobaba su tendencia a engordar y alababa su fuerza física y espiritual. De la monja pintora, de Pesquera de Ebro en Burgos se hacia una semblanza completa de sus capacidades artísticas y de las posibilidades de apostolado de su talento. Terminaba la ficha con una apreciación subjetiva del redactor, decía “parece que siempre morara en los famosos cerros de Úbeda, acaso sea la inspiración artística que le hace vagar por otra dimensión. Conviene tenerla tutelada por alguna hermana de confianza”. Sor Adela hija adoptiva de una familia acaudalada de La Almunia, terratenientes con tierras de labor y fruta a pocos quilómetros de Zaragoza. Etiquetada como nacida para la fe e involucrada en las labores apostólicas. Nada se decía de su depresión y sí constaba un permiso de una semana para visitar a un pariente en Madrid en una fecha anterior al día de hoy en nueve meses y diez días, justo dos semanas después de la muerte de su madre.

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El autobús se detuvo en la Almunia ya de anochecida. El pueblo, casi ciudad derrochaba silencio, el mismo silencio que reinaba en el camino, el silencio de mares de frutales, olivares y viñas. Un hotel pequeño y pulcro me dio cobijo y alimento aquella noche. Cené tortilla de calabacín con pisto y perucos de San Juan. Con el café, llamé al camarero que se acercó solicito para escampar el sopor.
- ¿Me podría traer un orujo de miel por favor?
- Claro ahora mismo. Se lo pondré en un vaso helado y lo acompaño de guindas borrachas de la tierra.
Instantes después regresaba con la comanda. Era un hombre redondo, algo cetrino y claramente bragado en el oficio.
- Siéntese un momento si no tiene inconveniente-, sonreí la sugerencia.
- Encantado. No sabe usted que largas se hacen aquí las veladas vespertinas-, contestó aliviado.
- Estoy de paso por el pueblo y quisiera saber donde vivía doña Asunción Saiz Recuello. Sé que murió no ha mucho tiempo y quisiera entregar a sus deudos un mensaje de unos parientes lejanos.
- ¿Los de Almendralejo?
- Sssssí, eso es.
- Tiene usted razón, murió no hace ni un año. Era de una familia bien del pueblo con tierras y cuartos. De derechas de toda la vida. Solo tuvieron una hija, que se metió a monja en Zaragoza. ¿Viene usted por lo de la herencia? Ya se terció aquello y hubo hasta tiros por las tierras y las casas. Salieron parientes hasta de las rastrojeras. Fíjese que hasta les hizo un programa tele cinco y todo. Ella era una buena mujer, algo estrecha y beata pero buena y generosa. Vivía ahí en la casona junto a la Cooperativa Olivarera, camino de Molina. Mire usted que tenia casas mejores, con piscina y todo, que se hicieron construir un chalet en una finca en la carretera de Almonacid que no se lo saltaba un gitano. Pero ella era de natural tradicional y no era amiga de cambios y siempre dijo yo moriré en la casa de mi padre, en la casona. Y allí murió, rodeada de los pocos que le quedaban: su hija que no se despegó de su cama en todo el día, murió rápido sabe usted, de un ataque se fue en pocas horas y una hermana soltera que está ya un poco chocha y que sigue viviendo allí.
Tuve que trasegarme la botella entera de orujo y dos platos más de guindas para darle tiempo al camarero a terminar el censo de La Almunia.
Por la mañana el camarero era otro, más joven y menos locuaz y mi cabeza también lo era, cargada y palpitante. Desayuné melocotoncillos, zumo, café, churros y aspirinas y me acerqué a la casona que efectivamente lo era. Casa de campo señorial, blasonada de las que ya no se ven, con vestíbulo, cocheras y patio emparrado. La hermana efectivamente estaba chocha como me advirtió el orujero y me recibió como si fuera el correo del Zar. Vivía prácticamente sola, con el único apoyo de una vieja tata. Me confirmó todo lo que ya sabía. Le pregunté por Sor Adela y me dijo que estuvo acompañando a su madre durante toda la agonía, muy cariñosa como siempre. Le animaba a rezar y le limpiaba o le daba los medicamentos. “Mi hermana no dejó que nadie más estuviera en el cuarto, solo Adela. Estaban muy unidas. Lo más sorprendente llegó a los pocos días cuando se leyó el testamento. Adela renunció a voz en grito a su parte de la herencia que era cuantiosa. Se levantó, tiró la silla, acalorada volvió a anunciarnos fuera de sí que no necesitaba nada, que lo único que era suyo estaba en el Monasterio. Y se fue dando un portazo. Nadie se sintió ofendido porque se amplió el pastel para el reparto”.
La hermana resultó completamente inexpresiva –cosas de la chochez o de la soltería, que el no catar hombre produce ese tipo de disfunciones- y me soltó todos estos chismes sin gesto alguno o inflexión en la voz. “No ha vuelto por el pueblo desde lo del testamento y hasta entonces nos visitaba a menudo. Me marcho que tengo hambre.”, terminó diciendo antes de dejarme literalmente plantado.
Salí de aquella casa interminable con la luz interminable de aquellas tierras cegándome los ojos y con un aroma a fruta, oliva y vino en el aire.

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Me alojé en su mismo hotel, un edificio impersonal del norte de Madrid. Mientras me desayunaba con porras y café, le pregunté al camarero del bar del hotel si recordaba una monja que se alojó allí mismo el pasado mes de Noviembre. Dudó y me remitió al recepcionista, un hombrecito ojeroso y mal encarado.
- Sí la recuerdo. En este hotel no se alojan muchas monjas y menos con la decisión con que aquella pedía las cosas. Parecía una coronela.
- ¿Le preguntó por algún sitio en especial?
- Déjeme hacer memoria. Si ahora me acuerdo, quería saber dónde estaba la plaza de la Cebada, buscaba una Asociación de no sé qué de la guerra…
- Muchas gracias, buen hombre. Me ha sido usted de gran ayuda-. Y le solté una generosa propina tanto que en su rostro peleaba por germinar una sonrisa.
La plaza de la Cebada en Madrid, irregular, torcida, bella bullía de actividad aquella mañana calurosa y llena de luz, luz de Madrid, luz de memoria. En un rincón una taberna, entro, entorno los ojos para acostumbrárme al frescor de la penumbra y pido una caña bien fría. En seguida dispongo a mi vera de un vaso chorreante de espuma y un plato de torreznos de tapa, bendita tradición. La cerveza la mastico como solo se puede hacer en Madrid y pido la segunda para gozar despacioso. Tras la liturgia, me dispongo a otear la plaza desde mi atalaya privilegiada y observo en un balconcillo un cartel algo mustio de una Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares (Anadir). Pago y me dirijo hacia allí.
En un primer piso de madera ruidosa me recibe un anciano perfectamente trajeado y afeitado, luciendo un bigote de catedrático.
- Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?-, pregunto sonriente.
- Hola. Tengo que pedirle una información puede resultar un poco extraña pero le juro que es de máxima importancia. No soy de la prensa de ni ninguna otro estamento interesado o canalla-, le miré con fijeza mientras reunía las manos en una oración desesperada. El me devolvió una mirada confiada.
- Si está en mis manos no dude que trataré de ayudarle.
- Se trata de una monja de Zaragoza. Tengo razones para pensar que ha estado aquí recabando información de su madre real.
- Sí, la recuerdo. No quería ninguna publicidad del caso ni siquiera quería denunciarlo. Me pareció extraño. Más que solicitar ayuda nos la exigía, como si nos echara la culpa.
- Necesito saber el nombre de la madre real y toda la información que de ella me puedan aportar. Tiene mi palabra que no utilizaré esa información para nada ilícito-, le miré fijamente con calma, comprendiendo el dolor que se concentraba en aquella estancia. Dudó unos instantes, bajó la mirada, la volvió a clavar en la mía y por fin respondió.
- Dígame el nombre de la monja por favor.
- Adela Bernal Saiz, de la Almunia o de Zaragoza no sé cómo podría constar en sus registros. Creo que estuvo por aquí allá por Noviembre del año pasado.
- Deme unos minutos. Vuelvo en seguida.
Me senté en una silla esquinera en una habitación con aroma a moho y zotal y cubierta recortes de prensa con niños secuestrados durante la Guerra Civil y la post guerra. Colgaba de un junquillo una copia de la Ley de Memoria Histórica tal y como se publicó en el BOE. Me puse a ojearla.
- Es quizá lo único de que disponemos para poder reclamar justicia-. No le había oído volver y debo reconocer que el corazón me dio un respingo. El entorno no propiciaba la tranquilidad de espíritu-. He encontrado el informe de Adela-, me dijo mientras me mostraba una copia de un documento.
Lo leí con avidez y levante la cabeza más conforme que sorprendido.
- Así que su verdadera madre se llamaba Luisa, Luisa Rodriguez Casas.
- Así parece ser. Tenía el marido en la cárcel por rojo y se le aconsejó “ceder” la niña que estaba a punto de parir.
- ¿Quién lo hizo?
- No nos consta pero solían ser Conventos o Casas Cuna. Ya le dije que ella no quiso que se diera más publicidad ni que se investigara más.
- Según dice este documento, esto debió suceder en 1948 y en Zaragoza. Así que Adela tendría ahora sesenta y tres años. ¿Qué se sabe de Luisa?
- Según nos consta murió hace ya tres o cuatro años y está enterrada en Zaragoza, ciudad que parece no abandonó. Pero no sabemos más.
- Déjeme que abuse un poco más, ¿tendrían un listado de los Conventos, Casas Cuna, Monasterios o cualquier otra institución que están involucrados, aunque solo sea supuestamente, en casos de secuestros de este tipo?-. Otra mirada y otra complicidad.
- Veré lo que puedo hacer. Espéreme un poco, por favor.
Apuraba el BOE cuando regresó mi confidente.
- Esto es todo lo que he podido recabar. Por favor memorícelo pero no se lo lleve-. Y me tendió un segundo documento.
- …Clínica San Ramón de Madrid, Hijas de la Caridad de Madrid, Casa Cuna de Tenerife, Monasterio se Santa Lucia en Zaragoza, Maternidad de Santa Cristina, Hijas de la Caridad de Alcoy-, leí en alto, acaso demasiado.

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El cementerio de Torrero de Zaragoza es de esos sitios que uno podría elegir para leer un buen libro. Es silencioso, fresco (en lo que cabe, que aquella mañana no era mucho), amplio y reconfortante (a pesar de las reminiscencias fatales). Caminaba con pereza por sus calles y me encontré con el panteón de Joaquin Costa. Disfruté observándolo y leyendo los epitafios que glosaban la justicia como bien supremo.
Ya en las calles de los nichos, encontré con facilidad el de Luisa aunque a duras penas se podía leer su nombre. Cientos de flores frescas, adosadas de múltiples maneras colmaban la lápida cubriéndola en toda su extensión. En las cintas de todos los ramos rezaba “Flores La Romareda”.
- Disculpe, ¿Floristeria La Romareda?
- Sí, ¿qué desea?
- Quisiera poner flores en una lapida de un nicho. ¿Se encargarían ustedes de hacerlo?
- Sí, por supuesto.
- Bien, quisiera una docena de rosas rojas para el nicho número 3546 de la calle 12 del cementerio de Torrero en Zaragoza.
- Un momento. (Vuelve la voz tras unos minutos). Para ese nicho tengo ya encargados 10 ramos como todas los meses.
- Dígame por favor quien lo ha hecho no vaya a ser que estemos duplicando el encargo.
- Sólo tengo un teléfono móvil. Nunca deja cinta con la procedencia en los ramos.
- Dígamelo a ver si puedo identificarlo.
- Un momento…Sí aquí está es el 678897654.
Colgué y llamé. Al otro lado identifiqué sin lugar a dudas a Sor Adela.

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Entré en una taberna en chaflán del Barrio de la Química. Pedí caracoles asados, ali oli, chuletillas de ternasco y cariñena. Mientras comía, repasé mentalmente como iba a abordar a la hija de Luisa. No esperaba colaboración.
- Hola, ¿está Martina Torres?
- Sí, soy yo ¿Quién es usted?
- Me llamo Alberto Fernandez. Soy policía y quisiera hablar unos minutos con usted si no tiene inconveniente. No se inquiete no hay nada contra usted.
Durante unos minutos interminables el interfono de portal permaneció en silencio, solo con el eco que tienen esos aparatos.
- Pase usted.
Subí los cuatro pisos andando, era un piso sin ascensor. El rellano de la casa ms que fresco resultaba húmedo incluso en verano. Llamé y conté las palpitaciones. Se abrió la puerta y tras ella una mujer de unos cincuenta, rubia con las raíces ya oscuras y con gesto de desconfianza.
- No sé porque le he dejado subir. No me da ninguna confianza. Dice que es policía pero no me lo creo-, retahiló con gesto defensivo, la frente fruncida, tensa.
- ¿Conoce usted a Sor Adela del Monasterio de Santa Lucia?-, pregunté sin introducción.
- No sé de quién me habla. No conozco monjas-, contestó encogida. Mantenía la puerta a tres cuartos.
- Tengo entendido que sor Adela pudo ser hija de su madre.
- Haga el favor de no mentar a mi madre. Está muerta y no voy a tolerar que la meta en sus tejemanejes-, escupió la frase espasmódicamente, atrancándose, ahogándose en los rincones.

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En el tubo ya no hay ni chortas, ni curas, ni putas, ni siquiera calamares. Las callejas ahora limpias y pulidas cobijan tabernas modernas de color vengué que reparten huevos rotos por doquier. El plata ya no dispensa trozos de papel higiénico a peseta y sus vedettes antaño redondas y parlanchinas aparecen hogaño anoréxicas y discretas. Solo la antigua casa Lac conservaba en sus salones del primer piso el sabor del tubo autentico. Me acomodó un camarero veterano y con el reglamentario chaqué blanco. Allí me esperaba Antonio.
- He pedido una botella de Rueda y gambas. No te importará ¿verdad?-. Se había apalancado más de la mitad de las gambas y un tercio de la botella.
- No, claro que no. Ya te dije que te invitaba. ¿Qué sabes de lo que te pregunté?-. Decidí ahorrarme el Nodo y los anuncios y pasar directamente a la película.
- Ya veo que estas ansioso. Te voy a dar una alegría, tenias razón la tal Martina Torres ha gastado mucho más en los últimos dos meses que en los últimos tres años. Ha pagado al contado coche, nevera y vacaciones en Salou. No sé de dónde habrá sacado la pasta porque sigue en el paro y con una pensión mínima de esas no contributivas que solo le daría para gastos fijos, ya sabes el teléfono, agua y gas. En el barrio están alucinando pero ella no suelta prenda. Bueno sí dice que ha le ha tocado una bono loto.
Me levanté, le di las gracias y le animé a que comiera todo lo que se le antoje, que lo dejaba arreglado.
- …y te recomiendo la falda de ciervo con orejones, tirabeques y boletus. Es excelente.
- Pero Alberto, ¿no te quedas con…?-. No tuvo tiempo de acabar la frase, el camarero del chaqué había cerrado la puerta tras de mí.

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Caía el sol a plomo a esa hora solitaria de la siesta. Perlaban los azulejos de la torre mudéjar de la Seo. Llegué entero al portal del arzobispado, creo que me había acabado por acostumbrar al calor de Zaragoza, una ciudad que se aprecia más desde dentro que desde fuera.
- ¿Esta su reverendísima?-, pregunté al curita que hacía guardia en la pecera.
- Pues creo que sí. Pero ¿tenía cita?-, preguntó desconcertado.
- No, pero seguro que si le dice que le está esperando su policía de cabecera, no tendrá inconveniente en recibirme.
- Espere un momento.
Volvió antes de que pudiera empezar a impacientarme.
- Pase, el arzobispo le recibirá.
Allí me esperaba sentado tras la misma mesa redonda, baja y con la misma botella de Benedictine y el mismo plato de almendras.
- No se moleste su reverendísima, vengo a anunciarle que dejo el caso. Que me rindo, no soy capaz, no puedo desentrañarlo. Lo siento. En cualquier caso, ha sido un placer y ya nos veremos…
- Pero si no lleva más allá de una semana. Es imposible que en tan poco tiempo haya podido escuchar todos los testimonios, cotejar todas las pistar, analizar los hechos…-. Frunció el ceño enojado, contrariado. No estaba acostumbrado.
- Pues ya ve, su reverendísima, estoy seguro que no puedo resolverlo. Renuncio y además hace un calor infernal.
- Pero al menos hágame un informe que sirva de algo para gente más tenaz que usted. ¿De quién sospecha, qué se huele?
Dudé un instante si marcharme dejándole con la palabra en la boca, pero me lo pensé mejor.
- Lo único de lo que estoy seguro es que es un caso de autentica justicia histórica, su reverendísima.

Entré sonriendo sin rubor en una cafetería de la Plaza del Pilar. Ordené un café con hielo a un camarero que me miraba sorprendido. “Si me siento feliz”, le espeté ante su insistencia. Se sobresaltó al escucharme y ofendido se dirigió a la barra de inmediato a por el pedido. Llamé.
- ¿Hola, Sor Adela?
Sólo una respiración turbada. Ninguna contestación.
- Sé que es usted. Soy Alberto Fernandez ya se acuerda de mi el policía del Arzobispo-. Algunos crujidos del aparato como si quisiera cortar la comunicación.
- Le aseguro que soy sincero si le digo que siento de veras haberme enterado de su historia. No es agradable ser testigo desinteresado de tales crueldades y quería que lo supiera. Yo me marcho ya de aquí, me acabo de despedirme del Arzobispo. No estaba contento se lo juro. Una última cosa si es tan amable, piense bien lo que va a hacer con las bolsas de basura, son muy llamativas. Son muy bellas las flores de la lápida 3546, muy bellas.
Antes de colgar me pareció que alguien lloraba al otro lado.
 

 Joseba Molinero