La guerra de Farsund Borknagar

Y en lo alto de cada monte, dijo el Señor de los Ejércitos,
pondré a mis centinelas…”
El Terror” de Arthur Machen
 
Farsund Borknagar se acomodó en uno de los sillones de cuero de la sala de lectura; sus labios exhalaron un suspiro en el que se mezclaban la fatiga y la extrañeza. El comportamiento del sacerdote le tenía desconcertado. Durante toda la tarde había estado correteando por la casa, rociando de agua suelos y paredes, embadurnando con ungüentos las puertas y ventanas, encendiendo velas, colgando crucifijos aquí y allá, murmurando salmodias incomprensibles. Cuando Vetle le preguntó al cura si con aquellos rituales conseguirían expulsar al fantasma, una leve sensación de desasosiego anidó en las entrañas de Farsund. La casa Mosjoen era de su propiedad y el hecho de que hubiese sido asesinado cincuenta años antes en Boston, unas pocas horas antes de embarcarse de regreso a Noruega, era un detalle accesorio y sin importancia. Nadie tenía derecho a arrebatarle su hogar y menos aún aquel petimetre pagado de sí mismo que se pretendía escritor.
Pero, y a Borknagar esto le parecía turbador, cuantas más velas ponía el sacerdote en las ventanas, cuantos más latinajos escupía, cuanto más bizqueaba, más se incrementaba el hormigueo que le rondaba los pies y se extendía al resto de su ser. Cuando el hombrecillo del alzacuellos inició lo que parecía su invocación final alzando los brazos al cielo y poniendo los ojos en blanco, todo a su alrededor comenzó a disolverse. Al punto se vio en un páramo en la parte elevada de la isla, al borde de los farallones, habitado solamente por una tropa de ovejas que pastaba ajena a cualquier conflicto humano. Desde allí contempló con gesto de sorpresa e incredulidad cómo el cura salía ufano de la casa y era despedido con grandes muestras de agradecimiento por Vetle. La furia iluminó su nívea figura durante unos instantes. Farsund Borknagar, por su condición, disponía de algunas ventajas sobre los vivos: podía mover objetos, atravesar paredes, generar ruidos, producir olores… Conocía estas técnicas y las había empleado con Vetle —y con otros antes que él— sin recato alguno; sin embargo no había conseguido que éste abandonara la casa. De hecho la batalla había terminado en la humillante derrota en forma de prado que ahora le rodeaba. Trató de calmar su ira. La guerra aún no había terminado; si deseaba vencer en el combate final que aún estaba por llegar, había de mantenerse frío y permitir que germinase la semilla de la venganza.
La oportunidad que Farsund aguardaba llegó unos meses más tarde. Vetle había invitado a las hermanas Lundevaagen a pasar unos días en la casa. La llegada de los huéspedes instaló una nueva rutina en las actividades diarias de su enemigo. Al amanecer las dos jóvenes salían a dar un paseo en barca alrededor de la isla acompañadas por el hermano menor de Vetle, Gaute, quien a la sazón se hallaba de visita en Mosjoen. Entre tanto el odiado intruso solía retirarse al prado que ahora constituía el hogar de Farsund. Vetle se recostaba sobre una roca al borde del abismo y se solazaba contemplando el cielo, aquilatando la belleza de las criaturas que pastaban a su alrededor, construyendo elaboradas fantasías con su musa como protagonista —la mayor de las hermanas Lundevaagen—. Vetle vivía estas horas de soledad como un éxtasis que embriagaba su mente de poesía y exaltación del amor. Su felicidad sólo servía para alimentar el aborrecimiento de su enemigo invisible.
Por fin, Borknagar decidió actuar. Tomó posesión de los rudimentarios cerebros de las ovejas que habitaban el prado y los sometió a su control. Cuando Vetle regresó de su mundo lírico de cielos teñidos de sol y elegías, se enfrentó a una estampa inusitada. Frente a él unos cuarenta animales habían formado un semicírculo. Permanecían inmóviles como pequeñas estatuas de algodón, sus negros ojillos clavados en él. Aquel extraño hieratismo le transmitió una inquietud tal que se puso en pie y caminó cauteloso hacia uno de los extremos del prado, allá donde empezaba el camino de Mosjoen. Las figuras de lana tomaron vida y se desplazaron al unísono en el mismo sentido que Vetle, manteniendo así el cerco. En el otro extremo de la pradera, perfilada por un intenso contraluz, la figura del pastor de aquel singular rebaño se recortaba sobre el cielo. Sus labios murmuraban la condena de Vetle, las palabras eran como pinceladas en el aire. Yo soy el Señor de los Ejércitos, decía, y en lo alto de cada monte acamparán mis huestes, y en la casa que se encuentra más allá del tiempo dictaré sentencia, y en vano huirás a las rocas, en busca de refugio.
Poco a poco, obedeciendo a lo que para el escritor no podía ser sino una anormal pulsión, los animales fueron estrechando el arco en torno a él. Vetle empezó a gesticular tratando de espantar a las ovejas. De repente la que se hallaba más próxima inició una carrera enloquecida en su dirección. El escritor recordó con un sobresalto lo que tenía a su espalda. Detrás de él le saludaba una prolongada caída que se deslizaba susurrante hasta las rocas. Durante apenas un segundo divisó la barca con las tres figuras oscilando sobre los reflejos dorados de las aguas del fiordo. Una imagen hermosa, tuvo tiempo de pensar mientras daba un salto a su izquierda esquivando a la oveja que se le venía encima; por el rabillo del ojo vio como el animal salía despedido hacia el vacío.
Farsund observaba con gesto displicente cómo la figura que brincaba al borde del acantilado se sustraía a las cuatro primeras ovejas. La crispación del rostro del enemigo anunciaba que el triunfo despuntaba en el horizonte. Un golpe. Un empujón. Dos. Tres.
Un grito final confirmó la caída de Vetle en la nada.
Farsund Borknagar dio media vuelta y se encaminó hacia su hogar, la casa Mosjoen.
Las ovejas siguieron pastando.

 

Roberto Sánchez