El chon de Pechón

En los viejos tiempos las noches de verano, aunque invitaban a que los paisanos se reunieran a la fresca, no ofrecían mucho entretenimiento, más allá de contar los cricrís de los grillos, imitar el ulular el autillo o ver una de las lágrimas de San Lorenzo; por esto los lugareños buscaban diversión en las historias de los héroes y sus hazañas.

En estos tiempos nuevos nadie puede escuchar el cricrí de los grillos ni el ulular de los autillos porque lleva auriculares de colores que aporrean música descargada ilegalmente en sus oídos. Lector, quítate los auriculares y escucha el relato de las aventuras del más grande de los héroes.

Aquel día de mediados de verano amaneció raro en el valle. La noche anterior, Satanás había abierto las puertas del infierno, el ábrego se había llevado las nubes que lo habían cubierto durante semanas y el sol apareció, despiadado, bajo un cielo de un olvidado color azul inmaculado.

Don Euristeo llegó temprano a su despacho de la alcaldía y comenzó a imaginar todas las dificultades que traería la surada: los murrios se echarían al tren, los locos quemarían bardales, los rencorosos se descalabrarían por problemas de lindes, el ganado se encabritaría y las preñadas darían a luz. Inmóvil y con la vista perdida, pasó unos minutos cautivo de estas pesadillas, hasta que la llegada del ordenanza, con un telegrama, le advirtió de que la realidad podía superar cualquier sueño.

Observó el sobrecillo azulado con desconfianza mientras sacaba las gafas de cerca del bolsillo delantero de la americana y las limpiaba con el extremo ancho de la corbata. Una vez se las puso, comenzó a desdoblar los plieguecillos con las manos un poco inseguras, como si adivinara ya la mala noticia, se dio ánimo conteniendo un momento la respiración y leyó:

ERIMANTO FUGADO.

LEMEGEN.

Con la color caída, solo pudo gemir:

-  ¡Merino!

Al poco, llegó el cabo Merino, sudoroso a pesar de su guerrera de verano, y, cuadrándose, se anunció:

-  ¡A sus órdenes!

Don Euristeo ya había recuperado un poco su ser y se dirigió, autoritario, al guardia civil:

- Quiero que vaya a buscar al de Cos y me lo traiga inmediatamente, aunque sea a rastras.

Merino sonrió satisfecho y contestó:

-  Ya está aquí.

Don Euristeo se sintió marear un poco y volvió a gemir:

-  ¿Cómo es posible?

Merino se autoordenó descanso y explicó:

- Esta mañana, la frisona del sacristán se ha puesto de parto, por lo que Don Folo, el curita que hace de diácono con Don Quirón, mandó llamar al de Cos para que le ayudara en la misa; cosa que así hizo y que le adorna como buen cristiano, teniendo como justo premio el compartir el desayuno del diácono, por lo que ambos se dirigieron a la casa parroquial donde dieron cuenta de unos tazones de leche con un trozo de quesada.

Mientras desayunaban, Don Folo le había comentado a Casimiro que tenían allí alojados a tres escolapios recién venidos de Tánger y que habían traído, entre otras curiosidades, una cierta pasta que añadían a sus cigarrillos y que les ponía de muy buen humor.

Casimiro sintió curiosidad y solicitó que le mostrara dicha sustancia, identificándola inmediatamente como una grifa muy buena (ya sabe que el de Cos hizo el servicio en Regulares y tiene por qué saber de grifas) y pidiendo, acto seguido, a Don Folo permiso para hacerse un canuto con la susodicha resina; a lo que respondió el diácono que los escolapios no verían con buenos ojos que se la fumase un extraño; respondiendo el de Cos que prometía defenderle de cualquier acusación; promesa que tuvo que cumplir al poco rato, cuando los escolapios acudieron a la cocina atraídos por el olor del cigarrillo; organizándose una trifulca entre los cuatro de la que salieron bastante mal parados los clérigos, incluido Don Folo, aún siendo el único no fumador, por estar dotado de gran caridad cristiana ya que trató de separar a los contendientes, llevándose uno o varios mamporros en la cara que le han dejado la nariz tronchada y los morros hinchados.

En resumidas cuentas, con tanto alboroto, Don Quirón nos mandó llamar y hemos tenido que llevar a los cuatro curas a la casa de socorro y al de Cos al calabozo, donde se ha acabado el pitillo enriquecido tan ricamente.

Don Euristeo se quitó las gafas, las plegó y las guardó en el bolsillo, miró al cielo y musitó:

- Maldito viento.

Y dirigiéndose a Merino, añadió:

-  ¡Hágale pasar!

Lo que hizo el cabo en unos instantes, pues Casimiro esperaba a la puerta del despacho.

Casimiro se quedó de pies, frente al escritorio de Don Euristeo, sonriente, con la boina en la mano, esperando los comentarios del alcalde.

- Casimiro. Eres una vergüenza para este valle y para el Movimiento Nacional... ¿Cómo puedo hacer de ti un ciudadano de provecho? No quiero imaginarme el mal rato que habrá pasado Don Quirón, que tanto ha hecho por ti. Me están dando ganas de mandarte al Dueso de por vida, por rojo y por camorrista...

La alusión al Dueso no afectó demasiado a Casimiró que se limitó a ampliar su sonrisa, mostrando la ringlera de dientes que escondía bajo su labio inferior. Don Euristeo, suspiró con infinito cansancio y continuó:

- Pero hoy te necesito más que nunca. La seguridad del valle... ¿qué digo?... la de toda la provincia está comprometida por un suceso de magnitud increíble...

Casimiro relajó su sonrisa y este gesto pareció dar ánimos a Don Euristeo, que comenzó a explayarse:

- Todo comenzó con el estallido de la Guerra Mundial, el Caudillo vio la oportunidad de satisfacer la deuda de gratitud que España tenía con la Alemania nacionalsocialista por su apoyo incondicional a la Cruzada, mediante la exportación de las materias primas básicas que la industria alemana necesitaba para la fabricación de armamento o avituallamiento en general. Así se potenciaron diversas empresas y consorcios, que ya estaban operativas durante la Guerra Civil, entre los que destacaba SOFINDUS (Sociedad Financiera e Industrial) que, como he dicho, desempeñaba la función de abastecedor de materias primas para la economía de guerra germana.

SOFINDUS estaba estructurado en tres grupos: el primero dedicado al comercio de productos agropecuarios (Productos Agrícolas, Compañía General de Lanas, Compañía Exportadora de Pieles, Compañía de Productos Resinosos, Corchos de Andalucía, Scholtz Hermanos, y Agro S.A. de Explotaciones Agrarias Experimentales); el segundo estaba dedicado a los transportes y a los servicios (Transportes Marión y Nova), y el tercero, que era el mayor, se ocupaba de la extracción y el comercio de materias primas de explotación minera (Minerales de España, Montaña S.A. de Estudios y Fomento Minero, Montes de Galicia Compañía Exportadora de Minas, S.A. de Estudios y Explotaciones Santa Tecla, Compañía de Explotaciones Mineras Aralar, Compañía Minera Mauritania, Minas de Irún y Lesaca, S.A., Minera Nertóbriga, Compañía Minera Montañas del Sur, y Compañía de Minas Sierra de Gredos). En total: 20 empresas, bajo la sabia dirección de Don José Martínez Ortega, conde de Argillo, que te sonará más por ser consuegro del Caudillo.

Desgraciadamente, con la derrota del Tercer Reich, toda esta estructura empresarial fue desmontada por exigencias de la Comisión Aliada de Control. Sin embargo, la astucia del Caudillo pudo mantener las más interesantes en funcionamiento, acogiendo a científicos y técnicos alemanes, que tuvieron que exiliarse por la marea roja que cubrió su país al final de la contienda, de los que el más famoso, quizás sea Ludwig Vorgrimler que, con su equipo de antiguos ingenieros de Mauser, desarrolló el fusil que utiliza la gloriosa infantería: el CETME B; conocido popularmente por “chopo”.

Y, también, te sonará la ya mencionada Agro S.A. de Explotaciones Agrarias Experimentales, ubicada en Pechón, que se dedica a la mejora de las razas pecuarias autóctonas bajo la dirección del no menos famoso Doctor Josef Rudolf Lemegen.

Don Euristeo se detuvo un instante para beber un sorbo de agua de un botijo que tenía a sus pies y el cabo Merino, aprovechó la ocasión para darle un par de sopapos sordos a Casimiro que empezaba a trasponerse, a pesar de la enjundiosa disertación de aquel. Una vez espabilado el público y refrescado el conferenciante, Don Euristeo continuó su exposición:

-  El Doctor Lemegen ha realizado en su campo grandes avances, consiguiendo magníficos resultados, especialmente en el ganado porcino, siendo el mayor exponente de su éxito un ejemplar macho llamado Erimanto... que hoy, seguramente agitado por las condiciones atmosféricas, se ha escapado de la granja, produciendo diversos destrozos por toda la comarca. No tengo que explicarte la importancia que tiene para el Ministerio de Agricultura este animal ni la necesidad imperiosa de devolverlo a su redil... vivo.

Por tanto, Casimiro, presentate inmediatamente al Doctor Lemegen para que te informe de donde ha sido visto el animal por última vez y procedas a su captura.

Casimiro, volvió a esbozar su mejor sonrisa, como si informara a Don Euristeo que esta vez le había encomendado un trabajo muy sencillo. A lo que el alcalde le respondió, tajante:

- No te confíes...es un animal muy grande... y vete enseguida. Te llevará Jacinto en su camión, que tiene que hacer un porte hasta Unquera.

El cabo Merino se llevo a Casimiro, a base de empujoncillos, hasta la puerta del Ayuntamiento donde le esperaba Jacinto apoyado en la puerta de un flamante PEGASO y que le saludó alegremente:

- Yeeeép.

A lo que Casimiro, respondió cortés:

- Uoooóp.

Ya de camino, Casimiro le dió conversación a Jacinto.

- Menudo haiga, ¿qué fue del otro?

-  Es el futuro Casimiro. Un PEGASO Barajas: seis cilindros en V, inyección directa, bloque motor de aluminio de 120 caballos, caja de cambios de doce velocidades, con cabeza tractora articulada... el Milagro Español de los camiones al servicio de la industria láctea montañesa... el futuro,,, Casimiro: el futuro.

Se han acabado las perolas, el ordeñar a mano, los madrugones y el reuma en los pulgares.

El de Cos miró de soslayo a su amigó y le preguntó:

-  ¿Tu también, Tuco, has estado con los escolapios de Don Floro?

A lo que Jacinto contestó, sin entenderle:

- ¿Qué dices? No, hombre. En el remolque llevo una máquina ordeñadora y un tanque refrigerado para Pepito el de Unquera, para que ordeñe a las vacas con esta máquina. Ya sabes, le colocas unos manguitos a la vaca en los pezones y das a la puesta en marcha y los manguitos se mueven y la leche va, por unos tubos, directamente al tanque, donde se conserva a baja temperatura hasta que la recoja yo con el camión, al que solo tengo que cambiar este remolque por uno con un tanque refrigerado...

Es el futuro Casimiro: el futuro.

.. Y a ti ¿como te va? ¿Qué vas a hacer en Pechón?

-  ¡Bah! Lo de siempre, líos de Don Euristeo. Esta vez se le ha escapado un chon a un alemán que hace experimentos con animales. Parece que hoy la surada nos está trastornando a todos.

-  Ya sé quien es... el Doctor Remagen, o algo así. Un tío raro, vive solo con una rubia pechugona. Los de Pechón no le hablan, por que dicen que maltrata al ganado. No te fíes Mirín, que para coger a una chona escapada no hace falta gritar ¡a mí la Legión!

Bueno, todavía nos queda un ratito,,, ¿por qué no duermes un poco?... tienes mala cara... ¿te ha sentado mal el desayuno?

Casimiro se limito a recostarse sobre la ventanilla y rezongar:

- ¡Puay, puay!

Casimiro soñaba una pesadilla en la que cerdos escolapios, que fumaban grifa, le querían enchufar a una ordeñadora... cuando Jacinto le despertó.

-  Hemos llegado.

Casimiro bajo del camión, se despidió alzando el puño y marchó por un sendero, flanqueado de abedules, ubicado sobre la Tina Menor, hacia una casona en cuya puerta una mujer observaba como se acercaba.

Cuarentona, muy alta y entrada en carnes, pero atractiva, con el pelo, rubio y liso, recogido en un moño, con la nariz pequeña y respingona, y los ojos azules. Vestía un bata de enfermera sobre una camisa y una falda de tubo, ambas grises.

Casimiro se echó la boina hacia atrás y se presentó:

-  ¡Buenos días! Vengo de parte de Don Euristeo.

La mujer le miró de arriba a abajo y le contestó, secamente, con un fuerte acento alemán:

- Acompáñeme. Herr Doktor le espera en el laboratorio.

Y se dirigió al interior de la casa, seguida por Casimiro, entrando en la primera habitación de la planta baja.

El cuarto, más que un laboratorio, parecía la sala de despiece de un matadero y además de una gran mesa de mármol y un lavabo, estaba amueblado con una mesa de despacho, con dos sillas de confidente, y una estantería con tarros de formol, cuyo contenido consistía en extraños fetos de animales, según le pareció a Casimiro.

De detrás de la mesa salió un hombrecillo de unos cincuenta años, de baja estatura, con más calva que pelo negro y lacio, ojos oscuros y estrábicos y unos dientes conejunos, que compartía con la mujer: el vestuario, a base de bata blanca y camisa y pantalón gris, y el acento alemán, que demostró tras invitar a Casimiro a sentarse, con un gesto.

- ¿Puedo ofrecerle un café? ¿Señor?

- Llámeme Casimiro, sin cumplidos y no, gracias, he desayunado fuerte.

-  Bien Casimiro, ud, puede llamarme Herr Doktor.

La rubia le sirvió un café al científico, que tras dar un ligero sorbo, volvió a dirigirse a Casimiro.

- Sabemos quien es ud. y confiamos que pueda encontrar a Erimanto: un ejemplar de cerdo ibérico en el que hemos cristalizado la investigación sobre el crecimiento en los mamíferos. Su tamaño es descomunal y no lo hemos conseguido aumentando las raciones de recebo si no mediante la aplicación de un suero activador de la secreción de la hormona del crecimiento con el que se consiguen grandes niveles de somatotropina y un aumento de talla, perdón, de tamaño de los ejemplares así tratados. Una especie de acromegalia controlada.

Casimiro pensó que hoy no era su día ya que todo el mundo se empeñaba en soltarle conferencias sobre temas que no le interesaban mientras el doctor continuaba su discurso, ajena a la falta de atención del de Cos.

- No se presentan diferencias entre la carne de los animales tratados y los no tratados, aunque se ha observado un aumento del tamaño relativo de las vísceras, incremento de la agresividad y acortamiento de la vida natural por efecto de concentraciones críticas de somatotropina.

Hasta ahora, no habíamos dado importancia a estos efectos secundarios, ya que las asaduras tienen menor valor que el magro y los animales siempre son sacrificados en su juventud. Sin embargo, la agresividad se ha convertido en un problema puesto que, finalmente, nuestro mejor ejemplar se ha escapado y ha realizado diversos destrozos en la vecindad.

Su misión es recuperarlo... vivo... y llevárselo a Don Euristeo quién lo expondrá en la feria del Pilar de Cabezón.

Hemos comprobado que siguió la vereda que lleva al pueblo... le sugiero que no se demore.

El doctor se quedó callado mirando fijamente a Casimiro que, incomodo, se levantó y dejó al hombrecito y a la mujerota murmurando en alemán.

- ¿Qué piensas, Josef?

-  Que es tiempo de marchar, otra vez, Greta. Este asunto levantará mucho revuelo y no nos conviene.

-  ¿Donde iremos?

- ¿Que te parece Sudamérica? ¿Brasil? ¿Paraguay?

Al pasar por delante de las cuadras, Casimiro olió y oyó al ganado, nervioso, y cogió una soga tirada entre los aperos.

Siguió el camino que le indicó el Doctor Lemegen y al poco rato llegó a un maizal en el que el cerdo había practicado un pasaje, bastante ancho, al derribar las panojas a su paso. Casimiro siguió el rastro del animal hasta llegar a un prado, donde, de igual manera, se veía el camino tomado por Erimanto al aplastar el pasto, que ya estaba a punto de siega, y a un paisano que se afanaba en recoger la panojas que habían sido pisoteadas por Erimanto. Casimiro se acercó a él y lo saludo con respeto y le dio conversación.

-  ¡Ave María purísima!

-  ¡Sin pecado concebida!

-  ¡Menudo destrozo! ¿Ha sido el chon de...?

-  Si, del “Angelito Matachín” y ya sabíamos que esto tenía que suceder. La lástima es que no se lo haya comido a él y a la chona rubia que le acompaña.

-  ¿Ya habían tenido problemas antes? Le pregunto por que me han encargado que coja al chon. Vengo de parte de Don Euristeo.

- ¡Ah! Eres el de Cos. Mucho gusto, majo... aunque vienes en mala hora y mira que el pobre animal no tiene la culpa, que la culpa es de ese canijo que a todos los animales que tiene les ha hecho las mayores perrerías... si hasta les hemos oído llorar y cuando se acercaba al pueblo hasta las gallinas salían pitando cuando le veían.

- Y hoy... ¿que ha pasado?

Casimiro le ofreció la petaca y el hombre aceptó sacando, del bolsillo superior de su camisa de mahón, el librillo naranja de zigzag, que pasó a Casimiro, después de sacar un papel. Se liaron los pitillos y el aldeano sacó el chisquero y sopló la mecha ofreciéndosela a Casimiro. Fumaron y el paisano continuó.

-  Anoche, el perro encontró al chon en el panojal en pleno festín y tuvieron una enganchada. Esta mañana, cuando le he traído la comida me lo he encontrado muy mal herido de una dentellada y así está la cosa: siete carros de hierba, maíz y alubias arruinados. Una pena por que la borona no estaba madura, no tenía nada, pero lo ha destrozado.

Casimiro pisó el cigarro y señaló la dirección de la hierba aplastada

- Parece que ha seguido hacia aquella loma.

- Seguramente, al otro lado hay un cajigal, donde sin duda se habrá escondido.

-  Voy a ver si lo encuentro. ¡Adiós!

- Cuidado con las tarascadas. ¡Hasta la vista!

Casimiro avanzó ligero hasta la loma y vio la robleda al final de la cuesta.

Sintió el alivio de la sombra y el olor a monte y comenzó a buscar por el suelo el rastro de su presa, cuando oyó un gruñido a su espalda. Al volverse vio a Erimanto y tuvo que admitir que este trabajo no era fácil. Tenía el tamaño de un rinoceronte y los colmillos de una cuarta de largos; miraba a Casimiro con odio en los ojos y deseaba mostrarle hasta donde llegaban los efectos secundarios de la somatotropina.

Casimiro pensó que era mejor correr un poco hasta que se cansara y tuviera un aspecto menos amenazador, así que salió disparado seguido por el cerdo monstruoso.

A pesar del calor, ni Casimiro ni Erimanto cesaron en su carrera, cruzaron arroyos, saltaron cercas, subieron collados. Pasaron las horas y multitud de huertas, prados y frutales, pero nada detuvo la carrera de Casimiro ni el pertinaz deseo de venganza de Erimanto.

Al caer la tarde, desde un cerro próximo a la carretera general, Casimiro vio acercarse a su salvación, de manera que aceleró y se acercó a la carretera, corriendo paralelo a ella, hasta que, por encima del eterno gruñir de Erimanto, oyó el ronroneo de un motor de seis cilindros en V, entonces giró su cabeza y cambió su dirección noventa grados para cruzar la carretera y llegar hasta el arcén opuesto, donde se paró con tiempo suficiente para oír el chirrido de los neumáticos del PEGASO Barajas de Jacinto y ver como chocaba contra la bestia que le perseguía.

Erimanto quedó tendido en la carretera y Jacinto salió de la cabina gritando:

- Casimiro, ¿estás loco? Casi te mato. ¿Y el camión? Fíjate que abollón... y está roto el faro... Me van a cortar los cojones... destrozar el camión el primer día... ¿Y este bicho?

- Es el futuro, Jacinto, una acromegalia controlada por el efecto de la somatotropina... anda, no seas maricona y ábreme el remolque para que cargue el chon, que todo lo arreglará Don Euristeo.
 

Miguel San José