Descansa en paz, cielo

La primera palada de tierra sobre el ataúd fue la señal palmaria de que todo había terminado. Mariano reposaría al fin eternamente en el cementerio del pueblo. A excepción del sacerdote que había oficiado las exequias y el enterrador que se afanaba en sellar con tierra la tumba, el único asistente al sepelio era él, el padre del difunto. Observaba a unos metros de distancia todos los movimientos del sepulturero. “hijo, no sufrirás más”, se repetía una y otra vez. Al hacerlo, experimentaba una insólita lasitud. Cuando a la conclusión del responso el cura pronunció aquello de “Requiescat in pacem” se sintió azorado; pero luego, al oír el golpe grave y seco que produjo el féretro en su impacto con el suelo, ya advirtió una extraña sensación de tranquilidad que, hasta cierto punto, se le antojaba impropia y morbosa en aquella coyuntura. Su estado de ánimo obedecía al consuelo de verse libre de la pesadumbre que le había embargado la vida. Desde que naciera Mariano, su existencia se había convertido en un “sin vivir”. Su querido hijo vino al mundo con la fatalidad bajo el brazo. Lo supo el mismo día del parto. No fue natural. A la madre hubo que practicarle una cesárea y falleció en la intervención. A partir de entonces nada resultó fácil para ellos. Fueron seis años de adversidades e infortunio. Así, cuando el chiquitín contaba aún con unas pocas semanas de vida, comprobó que su vástago jamás abría el párpado del ojo izquierdo. Al principio lo achacó a un antojo del bebé e incluso le pareció divertido. “El crío nos ha salido bromista; eso es todo”, respondía siempre a la niñera restándole importancia al hecho, cada vez que ésta le participaba su preocupación por aquel comportamiento extraño de Mariano. Los días pasaban, y el niño persistió en lo que él consideraba una graciosa ocurrencia; aunque no tardó mucho en darse cuenta de su equivocación. Le puso sobre aviso el pediatra que atendía al pequeño. “Algo no va bien en ese ojo. Habrá que consultar al especialista”. El diagnóstico del oftalmólogo fue inapelable. Mariano padecía un atrofia congénita del músculo orbicular, que era incurable, y jamás podría despegar el párpado izquierdo…”. El mazazo fue terrible. No aceptó nada bien aquella sentencia lapidaria del doctor, e inició un peregrinaje de médico en médico que le supuso varios meses de viajes, quebraderos de cabeza y sinsabores. Todos coincidieron en el resultado de su examen, y no tuvo más remedio que claudicar. Mariano sería tuerto, tuerto para toda la vida. Tendría que arreglárselas con su único ojo útil, el derecho, para ver las cosas, lo cual supondría sin duda una grandísima merma en su capacidad visual. Realizó muchas pruebas para comprobar cómo se percibe el mundo con la mirada de un solo ojo, tapándose una y otra vez el izquierdo. No le agradó nada la experiencia, y concluyó que el niño debería vivir ajeno a todo lo que ocurriera a la izquierda de su limitado campo óptico, si es que no quería ser, además de tuerto, bisojo, o peor aun, si es que no quería perder también el preciso foco de visión de su ojo bueno por aventurarse a aprehender una realidad que no le era dada a simple vista. Por esta razón se esmeró de lo lindo en adiestrarle en el uso idóneo de ese ojo. “Al frente y a la derecha, debes mirar al frente y a la derecha, porque al otro lado de tu varicita no existe nada”, le bombardeó machaconamente a todas horas. Con el transcurso del tiempo fue acostumbrándose a la tara de su hijo y se sentía satisfecho de los logros obtenidos tras tanta dedicación y esfuerzo. “El diablillo va bien”, solía decirle a la niñera, al observarlo trasteando con el correpasillos, erguido, mirando al frente y a la derecha. El pequeñín tenía ya el año cumplido. Parecía que estaba adecuadamente encarrilado y que su discapacidad había quedado en algo anecdótico. Sin embargo, pronto surgió un nuevo contratiempo. Para su desesperación, se percató de que Mariano presentaba serias dificultades al andar. Se debían a que su pierna derecha tendía de un modo ostensible precisamente hacia la derecha. Esta querencia anómala de la pierna le causaba un gran desequilibrio y le obligaba a desplazarse con suma torpeza, con el cuerpo escorado a la derecha, en una postura incómoda y forzada, dando continuos traspiés, deteniéndose a cada paso para enderezar el rumbo y avanzando a trompicones. “¡Por qué a mí, por qué a mí! ¡Por qué a él, por qué a el! ¿Por qué tienen que sacudirnos a nosotros todas las calamidades?”, se preguntó con rabia y amargura en cientos de ocasiones. Intentó denodadamente solucionar el problema por su cuenta, haciendo caminar al hijo sobre una línea recta que pintó en la cera que bordeaba la parte trasera de la vivienda familiar y compeliéndole a recorrer distancias cortas con los miembros inferiores atados por los tobillos; mas su brega fue baldía, y se vio en la necesidad de buscar la ayuda de un profesional. Y otra vez vuelta a empezar: idas y venidas de aquí para allá, visitas y visitas a los médicos, disgustos y, al final, una opinión científica unánime y desfavorable a sus deseos. A Mariano le prescribieron el uso de una prótesis correctora, que habría de llevar por lo menos hasta que se completara el desarrollo de sus huesos. “Ya ves… A éste no le quita nadie de calzar un artefacto ortopédico como mínimo hasta los veinte años”, vaticinó, después de ponerle a la niñera al corriente de los cuidados y prevenciones que debería tener para la utilización óptima del aparato que le iban a poner a la criatura. Dos meses más tarde, ésta disponía ya de él. Se trataba de una especie de bota de media caña de estructura metálica, acolchada en su interior y forrada con cuero por la parte externa, a la que se le articulaban dos barras de aluminio que estaban unidas en sus extremos por una pernera circular, rematada también en cuero a la altura de la ingle. Nunca llegó a adaptarse a aquel artilugio que le imposibilitaba para casi todo. Caminar con semejante trasto suponía un suplicio, era como tener la pierna muerta, y le impedía realizar acciones tan simples como saltar, corretear por el jardín o dar patadas a un balón. Lo odiaba, y siempre estaba deseando quitárselo, cosa que hacía a la hora del baño y cuando se iba a la cama. La operación era sencilla: bastaba con aflojar la roseta que graduaba el cierre de la bota para desembutir el pie y liberar el enganche que ajustaba el círculo de la pernera hasta que se destensara una lámina corredera insertada en el cuero, de manera que empujando hacia abajo conseguía desprenderse de aquella suerte de cilicio infernal. Al sentirse libre de su particular potro de tortura, aunque sólo fuera provisionalmente, la expresión de su rostro, por lo general ceñudo y desabrido, solía cambiar y se relajaba hasta el punto de dulcificarse y mostrar un gesto risueño. Verlo así era un motivo de alegría. No había dinero en el mundo para pagar aquellos instantes de íntimo gozo. Quizá por ello le consintió que jugara más de lo debido con el triciclo, cuando descubrió que, dándole a los pedales, su “mocosete” era el niño más feliz de la tierra. Montado en él, el defecto de la pierna derecha no tenía demasiada incidencia. Era verdad que la fuerza que ejercía con ella de forma espontánea al pedalear era mucho mayor que la que hacía con la izquierda, si bien tal menudencia no representaba obstáculo alguno, puesto que contrarrestaba la inercia del triciclo, que propendía a ir a la derecha, girando el manillar hacia el otro lado lo suficiente para mantener la dirección. “Qué contento se le ve al pillastre”, pensaba cada vez que se lo encontraba sentado en él. Reconocía que contravenir las recomendaciones de los médicos era una imprudencia, pero la cara de congoja que se le ponía al chiquillo, cuando le colocaban en la pierna el ingenio ortopédico que tanto aborrecía, le superaba y no tenía arrestos para prohibirle que anduviera todo el día de un lado a otro encima de su más preciado juguete. La consecuencia fue que Mariano creció sin que se apreciara ninguna mejoría en su pierna. Se sintió culpable de tal circunstancia. Y, como le remordía extraordinariamente la conciencia, se esmeró en hallar el modo de restablecer el orden. El discurso del tiempo le ayudó en el empeño, porque meses después el triciclo se le quedó diminuto y ridículo al chico, exageradamente corpulento para su edad; y terminó siéndole inservible. Además, al muchachito le llegó el momento de ingresar en el parvulario. A sus tres años era ya tiempo de iniciarlo en el ejercicio de sus primeros compromisos sociales. No había opción pues para la pusilanimidad o la indulgencia, ni para más caprichos ni concesiones. Como era previsible, a Mariano no le agradó en absoluto la perspectiva de tener que ir a todas partes con su pata de aluminio a cuestas. Su carácter se fue avinagrando día a día; casi no hablaba y, si lo hacía, era para gruñir un monosílabo; se volvió inapetente; en su ojo derecho se adivinaba una sombra perpetua de aflicción; y en sus labios se instaló una mueca indeleble de náusea por todo. Su deplorable aspecto recordaba a un espectro de figura nefasta. Ciertamente, la situación era a todas luces insostenible; aquel tormento tenía que acabar cuanto antes. El chico no aguantaría por mucho tiempo en un estado continuo de crisis; así que hubo de tomar cartas en el asunto. Y no se le ocurrió mejor forma de consolarlo que comprándole una bicicleta por navidades. Nunca olvidaría aquellas fiestas. Fueron un regalo de la vida, las más maravillosas que jamás celebrara con su hijo, quien parecía renacer minuto a minuto encima de su flamante bicicleta. Era verde y blanca y contaba con dos rueditas de seguridad atornilladas a cada uno de los lados del arco en donde encajaba el eje de la rueda trasera por medio de sendas barras de hierro, lo cual le permitía circular sin ningún riesgo de caerse. El Chavalín tenía tablas con el triciclo y supo desde el primer momento cómo gobernar el nuevo vehículo. Llegó a un acuerdo con él: convinieron que los fines de semana prescindiría por completo de la maldita pata artificial y que podría utilizar la bicicleta todo lo que quisiera. La entente funcionó hasta el verano, que fue cuando les sobrevino el principio del fin. Resultó que Mariano le pidió que quitara las rueditas que daban estabilidad a la bicicleta. “Los chicos mayores no andan con ellas”, arguyó con aires de orgullo. No le convenció nada un argumento tan peregrino y trató de hacerle entender los probables peligros que le acecharían, sobre todo teniendo en cuenta sus limitaciones físicas. Por desgracia, no consiguió que entrara en razón y, para hacerle el gusto, se deshizo de las rueditas de marras; aunque eso fue lo más tirado, porque las complicaciones vinieron después. A Mariano le costaba Dios y ayuda mantener el equilibrio sobre la bicicleta. Se sentara como se sentara, sujetara el manillar como lo sujetara, pedaleara como pedaleara, hiciera lo que hiciera daba lo mismo, indefectiblemente se torcía hacia la derecha. Si no se caía al suelo era porque él corregía todos sus movimientos agarrando el sillín por la parte trasera y redireccionando el manillar a cada instante. Tardó quince días en enseñarle a conducir la bicicleta, quince días de discusiones, enfados y dolores de cintura, tras los cuales podía afirmarse que había alcanzado el objetivo: el chaval marchaba a toda pastilla con su velocípedo; eso sí, la posición poco ortodoxa que guardaba subido en él evidenciaba su predisposición natural a inclinarse a la derecha. Se entretenía mañana y tarde recorriendo los alrededores de casa, circunvalando la urbanización donde ésta se ubicaba o, si salía con la cuidadora, transitando por los paseos y avenidas de cualquier parque o plaza. Disfrutaba así las primeras vacaciones de su vida con la dicha inconmensurable de prescindir del instrumento de martirio que tanto abominaba. No obstante, un día de esos que acudió a la glorieta donde embocaba la calle que atravesaba el complejo residencial donde vivían, la ventura devino en tragedia. Mariano escapó al control de la niñera, se salió de la linde pavimentada de la plazuela, se precipitó a la calzada y provocó un accidente de tráfico del que resultó gravemente herido. Cuando los servicios sanitarios lo recogieron de debajo del morro del coche que lo había atropellado creyeron que estaba muerto; pero no, en esa oportunidad se salvó. Sufrió múltiples contusiones, un politraumatismo y, lo más dramático, la amputación de la pierna izquierda. Lo tuvieron internado en el hospital cuatro interminables meses, al cabo de los cuales regresó al domicilio, aún convaleciente. Lo hizo con la que sería su compañera de viaje hasta el día de su muerte: una silla de ruedas. Estaba condenado a valerse de ella como único medio de transporte. Los médicos le aseguraron que cuando se le restañase el corte del muñón y se le formase callosidad probarían a ponerle una pierna postiza, mas él consideró poco probable que Mariano volviera a andar por su propia cuenta. ¡Cómo podría hacerlo con una extremidad artificial y otra que precisaba de un soporte corrector para su normal funcionamiento! “Los doctores que digan lo que quieran; a mí no me van a marear, no. No estoy dispuesto a que hagan padecer al niño otro calvario de pruebas, periodo de adaptación, más pruebas y el acoplamiento gradual de un engendro tecnológico que, a la postre, no va a servir de nada. Yo seré su guía, seré la energía de sus piernas, el aliento de su espíritu y el motor de sus sueños”, determinó. Y dicho y hecho. En adelante se encargó personalmente de todo lo relacionado con la formación, atención y custodia del hijo: contrató a dos asistentas, a una profesora particular y a un monitor de tiempo libre para los fines de semana; y aligeró la carga de trabajo en el despacho de abogados, al objeto de poder compartir más tiempo con él. No desaprovechó ninguna ocasión para estar a su lado: los mediodías, para acompañarle a la hora del almuerzo; por las tardes, para interesarse por sus progresos en los estudios y jugar al parchís, los dados, ver dibujos animados en la televisión o practicar con alguna maquinita multimedia; por las noches, para insuflarle con sus caricias a pie de cama amor y coraje e ilusionarle con la lectura de un sinfín de cuentos; los sábados, para sacarle a pasear hasta los confines del pueblo; y los domingos, para llevarle en coche a la ciudad e invitarle a tomar toda clase de chucherías, ir al cine o a visitar el zoológico. Mariano sobrevivía en un estado de semicatalepsia. Nada le afectaba; era como si la vida no fuera con él: ninguna sonrisa, ninguna lágrima, ninguna petición, ninguna queja; sólo postración, indolencia y ausencia. ¡Cuántas veces estuvo a punto de desistir! Si no tiró la toalla fue porque asumió que su misión en el mundo era velar por su retoño desvalido, ampararlo incondicionalmente y preservarlo de toda amenaza. Pero fracasó estrepitosamente en el cometido y, cuando menos lo esperaba, se produjo el fatídico siniestro que segó su vida. Aconteció una tarde de domingo. Como acostumbraban, se trasladaron en coche a la capital. Paseaban plácidamente; hacía calor y apetecía comerse un helado; él se metió en un establecimiento a comprar dos cucuruchos de chocolate y vainilla, dejando la silla de ruedas, y en ella sentado al niño, junto a la entrada en una esquina de la acera; y al salir de la tienda se encontró con que ya no estaba donde la había aparcado. Creyó morirse; sufrió un acceso de histeria; voceó el nombre de Mariano como un poseso; miró en todas direcciones; y no acertó a verlo. Presa del pánico, quiso gritar, correr, huir…, pero no fue capaz de articular movimiento alguno. Se sintió mal, muy mal: primero tuvo una regurgitación y luego un vahído; y, por último, le dio un síncope. Se enteró de lo sucedido en la clínica a la que les condujeron a ambos, a él para mantenerlo en observación, y a su malogrado hijo para realizarle la autopsia. La única versión de los hechos era irrefutable, tanto en cuanto que las manifestaciones de los testigos y la declaración del conductor del todoterreno contra el que se estampó su infausto hijo concordaban plenamente. Aseveraron haber visto una silla de ruedas circulando a gran velocidad calle abajo por la acera, ocupada por un chavalillo que se deshacía en risotadas ante la mirada perpleja de los peatones. Nadie pudo detenerlo ni evitar que rebasara la acera, cruzara el carril derecho de la vía pública y, ya en el carril izquierdo, que embistiera al coche implicado en el accidente. Según certificó el forense, murió en el acto. Las honras fúnebres acababan de celebrarse esa misma tarde. Todavía no había concluido el enterramiento. Allí permanecía él, en el camposanto, siguiendo impertérrito el trabajo del enterrador. Ya no le restaba más que alisar con la azada la superficie de tierra de la sepultura. “Descansa en paz, mi cielo”, fue su último pensamiento, antes de abandonar el lugar; y una lágrima solitaria el homenaje postrero a su amado Mariano.

 

Nicolás Zimarro