Tinta, sangre y vino. De vinos con Hemingway

Hemingway vuelve a hacerse presente en los rincones de La Rioja donde dejó constancia en septiembre de 1956 de su incontenible humanidad, tan atormentada por las tragedias que acabaron anidando en su trayectoria vital. Toma cuerpo de nuevo en los espacios que se ofrecieron cómplices para el placer del que más disfrutó junto al torero Antonio Ordóñez, con el que recorrió toda España relatando para la revista Life, cautivada como el auditorio estadounidense por la mística del toreo, el mano a mano que el diestro mantuvo con otro mito de la época, Luis Miguel Domínguín bajo el título ‘El verano peligroso’.
Los calados históricos de Bodegas Paternina, los que socavan los cimientos de la localidad de Ollauri, y los más modernos y funcionales, en Haro, lo vieron pasar entonces camino de la Plaza de Logroño. Y lo recuperan ahora, 55 años después de su visita, tal y como fue. Vital, arrollador, genial, único. Para las letras y, a tiempo parcial, muy de vez en cuando, para las fiestas.
El complejo de Conde de los Andes resume en imágenes su paso por la tierra del vino que tanto disfrutó. Y anima, además, a realizar un recorrido paralelo por los lugares que conoció el Nobel de Oak Park. ¿Te animas a hacerlo? Ésta es la propuesta, la misma que siguieron, hace unas semanas, dos de sus descendientes: su nuera y secretaria personal, Valerie, y su nieto John Hemigway.

En compañía
Punto de partida obligado, Ollauri. En el municipio riojalteño, a cuatro kilómetros de Haro, fueron escarbados los recovecos donde se acunan los grandes reservas de Paternina. Su trama, diseñada con corredores consolidados con ladrillo galletero que desembocan en nichos de depósito excavados en el subsuelo, cautivó al premio Pullitzer, que entró a La Rioja junto a su cuarta esposa, Mary Welsh, el piloto de la RAF Rupert Belleville, un vecino de Pamplona que daba en llamarse Juanito Quintana y, por supuesto, Antonio Ordóñez.
Comprobarás por qué la visita aumentó su pasión por el vino. «El que más le gustaba, sin duda, era el rioja», confiesa Valerie, una periodista británica a la que se encargó una entrevista con el autor de ‘El viejo y el mar’ y acabó engullida por el torbellino de viajes y fiestas que protagonizó el escritor. Hasta tal punto que años más tarde contrajo matrimonio con Gregory, hijo del literato.
«Estás invitada a mi cumpleaños», soltó de sopetón un día, exhibiendo su inmensa sonrisa. «Imposible, tengo que trabajar», justificó Valerie. «Pues trabajas para mí». Ella pensó que se trataba de una broma. Luego se dio cuenta de que era una oferta en firme. Y siguió su periplo vital hasta su huida al infinito, disparándose a sí mismo con una escopeta de caza frente a su máquina de escribir. Ella mejor que nadie habría explicado cómo disfrutaba de la comida, del vino y de sus amigos en las instalaciones de la bodega.
Tú lo podrás hacer también, pues la cava alberga el restaurante Conde de los Andes, gestionado por la propia firma vitivinícola. Allí podrás seguir los pasos de Hemingway y parodiarás la instantánea que inmortalizó Chapresto con el literato y el torero enjaulados en un nicho de Ollauri, antes de conocer la planta de Haro, donde puso fin a su estancia en la Rioja Alta para dirigirse a la plaza de toros de Logroño, por entonces en plena feria de San Mateo.
Por septiembre, Hemigway llegó a una ciudad sumergida en fiesta, tal y como hicieron sus descendientes que asistieron desde uno de los balcones del nuevo Consistorio y participaron en actividades culturales promovidas por la Universidad de La Rioja. Es el entorno que nos recuerda al mito literario de Hemigway, el que se convirtió en una firma obligada de las letras con cuentos y novelas.El novelista norteamericano John Hemingway (derecha), nieto de Ernest Hemingway, junto a Valerie Hemingway, secretaria y nuera del escritor, durante la inauguración de la exposición de fotografías 'Tinta, sangre y vino' en la localidad riojana de Ollauri.

«Necesitaba España»
Aunque si algo acabará enganchándote es el bullicio, la proximidad, el buen rollo que se respira en el callejero de La Laurel, un laberinto plagado de locales de pequeño formato que se asoman a una calle convertida en lugar de encuentro. Los más  castizos (El Soriano, El Sebas, El Jubera o El Perchas) conviven con restaurantes de siempre, como La Senda, El Cachetero, Matute o Iruña.
Hemingway habría disfrutado en cada uno de ellos al máximo. Era su forma de concebir la vida, para entonces situada entre máximos, de sufrimiento y de placer. «Ernest era profundamente español», sostiene su nieto tomando como perspectiva de su figura el relato que recibió de su padre. Cuando su abuelo decidió poner fin a todo, él tenía apenas once meses. «Pero necesitaba España, estar físicamente en ella. Por eso volvió después de haber trabajado para la República durante la Guerra Civil, aún estando gobernada por un dictador. Consideraba a los españoles gente pacífica que era capaz de disfrutar, sin embargo, de la fiesta de los toros y convertían, de esa manera la muerte en arte. Torear es como bailar con ella», defendía metafórico John.
Ahora no hay carteles. Se intuye el eco de los clarines de la Feria de San Mateo que dejó hace años de celebrarse en la Plaza de La Manzanera, el ruedo que conoció su antepasado y en el que volvió a ser el choque de la vida y la muerte, amortiguados por vino que rulaba por el callejón en bota de cuero. La alternativa que se te plantea para emular su corta estancia, repetida cuatro años después, no deja de ser, en todo caso, menos interesante.
La Plaza de la Ribera se levanta, para que la admires, con su cubierta móvil, al lado del Ebro, asomada a lo más plácido y tranquilo de la ciudad. Sólo así podrás completar, como Hemingway, el ciclo ‘Tinta, sangre y vino’.

 

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