El angel exterminador

Eran las siete de la tarde. El crepúsculo extendía un halo cetrino sobre la ciudad, rebujada hasta entonces en un manto opalino. El adoquinado, la calzada y las fachadas de la avenida principal languidecían en una quietud mortecina. Las luces de las oficinas y los despachos dejaban poco a poco su turno a la iluminación de las farolas y de los escaparates de las boutiques. Era la hora de las últimas compras y el momento de la retirada al calor y la paz del hogar. En el portal de un edificio antañón, lujoso y bien cuidado, adornado con una gigantesca araña luminosa, una alfombra roja fijada al suelo de mármol con barras de latón y unos enormes tiestos esfinge escoltando los flancos del porche, un hombre se despedía del conserje, un anciano ataviado a la vieja usanza, con levita y sombrero de plato y todo. Salió a la calle apresuradamente. Llevaba subidos los cuellos de la gabardina, iba tocado con una gorra impermeable y portaba una gran maleta de cuero negro tipo ejecutivo. Miró a izquierda y a derecha, en una pose típicamente cinematográfica. Puede que fuera el hábito o simplemente una casualidad, o una prevención extraordinaria por alguna causa concreta, pero lo cierto era que sus movimientos denotaban un halo de nerviosismo, como si se dispusiera a realizar un recorrido por el dédalo de la urbe y quisiera evitar testigos incómodos o curiosos inoportunos. Caminó con paso ligero hasta confluir con la primera transversal. Allí se desvió a la derecha, abandonando la gran arteria para transitar un entramado de calles secundarias. No se percató de que dos individuos lo seguían con mucho sigilo, cada uno por una acera distinta. Tras veinte minutos de caminata, llegó a unos hermosos jardines, desiertos a esa hora. Se detuvo unos instantes a contemplar la escultura ecuestre que jalonaba la intersección de los diferentes senderos de guijo que lo entrecruzaban. Siempre lo hacía. Era como un rito en aquel ceremonial nocturno que ya había iniciado. La figura era una reproducción del “ángel exterminador” bíblico. “Soy tu siervo, Señor, el brazo ejecutor de tu mandato divino”, repetía a modo de jaculatoria cada vez que se paraba delante de aquella estatua que representaba al Ángel del abismo. Cuando dejó el parque daban las campanadas de las y media en la espadaña de la iglesia que se alzaba en medio de un vedado de hierba que ocupaba la parte izquierda de la vía que acababa de tomar. Se levantó un aire desagradable y al rato rompió a llover mansamente. El viento impelía las finas gotas en sesgo. Iba bien pertrechado y no le preocupó. Quienes lo vigilaban desde la distancia se protegieron del calabobos, uno poniéndose la capucha del chubasquero y el otro cubriéndose bajo un paraguas. No les resultaba difícil su cometido, porque la pieza que perseguían caminaba pausadamente. Ya había llegado a las inmediaciones de uno de los muchos puentes que unían los márgenes de la ría que dividía en dos el centro urbano. Era la pasarela que embocaba en la plaza donde se ubicaba el palacio del consistorio. La evitó y bordeó el agua por el paseo que discurría por la riba derecha. Había bajamar. Sin detener la marcha, observó la orilla de enfrente, precariamente iluminada por los faros de los automóviles que circulaban por ese lado. Imaginó el fluir cansino del agua en el curso fluvial, el fango acumulado en el álveo, los toscos pilotes que sustentaban las estructuras de los viales construidos en las riberas recubiertos de verdín y el misterioso mundo acuático habitado por una fauna depredadora en busca de pitanza. Admiró la evolución de su silueta ahusada progresando en oblicuo sobre el brillo irisado arrojado al asfalto por la luz del alumbrado. Le bastaron unos diez minutos para alcanzar la grada que llevaba al viaducto que embutía el tramo final de un bulevar. La ascendió. Atravesó una alameda desangelada y torció en un ramal que acogía una marquesina en la que unos cuantos rezagados esperaban al autobús. Poco después los dos sujetos que iban tras él pasaron por el mismo lugar. Nadie se fijó en ninguno de ellos. En esa zona los frontales de las casas, vetustas y renegridas, hacían patente la ruina y la decadencia de los bajos fondos. Entró en una calleja angosta y solitaria que lo devolvió a pie de ría. En la densa oscuridad, la masa de agua, apagada como la pez y viscosa como el aceite, hedía a humores de cloaca. Una costanilla lo condujo hasta una arcada. Las columnas proyectaban sombras fantasmagóricas en el pavimento, sucio y mohoso. Reinaba un silencio inquietante, sólo quebrado por el murmullo desvaído de un vagabundo que buscaba acomodo para pasar la noche y por los estertores de un drogadicto que sufría el síndrome de abstinencia. Esquivó a ambos y apresuró el paso hasta concluir el recorrido en la esquina que remataba la hilera de arcos. Allí descansó un momento: posó la maleta en el suelo, se quitó la gorra para sacudirla y prendió un cigarrillo. El fogonazo del encendedor expuso su rostro a la vista de los tipos que lo celaban, que pudieron apreciar sus pabellones auditivos rematados en punta, su tez albar y su cabellera parda. Lo reconocieron. Era el “Murciélago”. Cuando acabó de fumar, abrió una pequeña puerta supuestamente cegada con dos tablones en equis que se mostraron claramente inhábiles, se introdujo en la tenebrosidad y la cerró tras de sí. Aguardó a que sus ojos se habituaran a la lobreguez del nuevo espacio y arrancó luego a andar por un pasadizo de tierra que amortiguaba el ruido de sus pisadas. Le condujo a unas escaleras de caracol que culminaban en el vestíbulo de una a antigua estación de tren abandonada. Era una especie de refugio clandestino, un albañal que acogía a la escoria capitalina, en donde los marginales compartían miseria, infortunio y desamparo. La tenue claridad que se filtraba del exterior por las cristaleras posibilitaba distinguir un sinfín de bultos humanos tirados por todas partes. Algunos lamentos y ronquidos sueltos evidenciaban que, por lo menos quienes los emitían, estaban vivos. En la penumbra vislumbró a varios inquilinos famélicos y dolientes de la cripta ferroviaria que se recostaban en unas colchonetas improvisadas de cartón. “Makelele, ¿cómo van esos dolores?”, interrogó a un africano que yacía acurrucado a pocos pasos de la entrada. “Muy malo, muy malo. Mucho dolor, mucho dolor. Me muero, señor, me muero”, contestó el aludido. “Ahí van tus comprimidos. Tómalos sin miedo. Ya verás, volarás a Guinea para siempre”, le animó solícito. Después se acercó a una mujer decrépita, forrada de ropas, amojamada y con las  manos desfiguradas con los dedos como sarmientos. “Hola Aisa, ¿Le sigue doliendo el espíritu?”, le preguntó. “Y la penuria y mi pierna tullida… Sólo esas píldoras que me da me hacen ver el mundo de otro color”, respondió la desdichada. “Pues tome éstas y tocará el cielo”, le prometió irónico. Y así continuó su itinerario, repartiendo grageas por aquel lazareto de desahuciados de la sociedad. No identificó más que a algunos, porque aquella caterva de pelagatos fluctuaba constantemente. Cuando distribuyó toda la mercancía que contenía la maleta, se alejó de aquella suerte de malatería. En su retirada, el sonido de sus tacones repiqueteó en las baldosas en un arpegio descendente de un adiós prolongado. Sus dos custodios ocasionales lo vieron franquear el quicio de la puerta falsamente atrancada y sumergirse en la noche. Uno de ellos reanudó la tarea de seguimiento por el muelle, superando el inhóspito tramo porticado mil veces repintado para esconder la sordidez que traslucía a la luz del día, hasta perderse ambos en la bruma. El otro bajó la rampa que lo separaba de la puerta insertada en el muro que cerraba la galería de arcos y llegó a ella. Empujó con cautela la hoja cruzada de extremo a extremo por el aspa de madera de pega, que gimió y basculó sobre sus goznes sin resistencia, ofreciéndole su interior hediondo y opaco. Una cortina de oscuridad lo amenazaba y sus pupilas tuvieron que adaptarse para poder penetrar en su espesura. Anduvo el mismo pasaje y las mismas escaleras que el hombre de la maleta negra. Cuando accedió al hall se supo observado. Y no le faltaba razón, porque enseguida descubrió tendido en el suelo un pequeño ejército de fracasados. El más próximo reposaba apoyado sobre la pared derecha, rodeado de restos de comida y envases de vino barato. Se aproximó a él y se acuclilló para interesarse por el que apodaban “El Murciélago”. Lo hizo entre susurros, temeroso de provocar un cataclismo con su irrupción. El beodo le miró con los ojos acuosos y la boca entreabierta. Los órganos fonadores parecían habérsele paralizado. Confió en encontrar algún atisbo de inteligencia en su jeta macilenta, pero pronto se dio por vencido. Lo intentó de nuevo con otro mendigo y éste tampoco le prestó atención. La cosa se presentaba complicada. Escrutó entonces las sombras de aquel inframundo con la esperanza de hallar a alguien que pudiera informarle. En el fondo apenas se oía un coro de toses y un ruido como de aleteo de paloma. Tuvo fortuna, porque de él emergió un fulano de edad indefinible. Arrastraba los pies y expectoraba a una bola de papel higiénico. Y con voz ronca, soltando las palabras como graznidos disonantes, se le encaró: “¿Qué quiere saber del señor de las pastillas?”. Se frotó las manos. Por fin iba a sacar algo en limpio. Aquel pordiosero grotesco se mostraba dispuesto a ayudarlo. Y antes de que se arrepintiera, inició una conversación con él: “¿Lo conoce usted?”. “Casi todos lo conocemos en esta guarida”. “¿Me puede decir si es el hombre de esta foto que le enseño?”. “Si, es él”. “¿Sabe cuántos de los que aquí se cobijan ingerían esas pastillas?”. “En esta pocilga la gente va y viene, nadie cuida de nadie. Algunos marchan y no vuelven y a ninguno nos preocupa si han cambiado de ciudad o están fiambres en una cámara frigorífica del hospital. Yo nunca las he probado, los hombres generosos me dan muy mala espina. Además he visto morir a más de uno pocas horas después de tomarlas y no me fío”. “¿Y qué hacía usted con ellas?”. “Al principio nada, las guardaba por si pudiera necesitarlas más adelante. Luego empezó a venir por aquí un gitano que las compraba. Ha estado varias veces. No me gusta mucho, pero la pasta que paga es de las que te quitan las dudas”. “¿Podría detallarme algo de ese pájaro?”. “Pues… es un panzón, viste siempre un chaleco que a duras penas le abrocha y un sombrero negro, lleva en los dedos al menos tres sortijas y se le ve un diente de oro; aunque lo que más choca es la cicatriz que tiene a la par del ojo izquierdo, que le va desde la oreja al labio”… Con esto era más que suficiente. El diálogo había resultado muy fructífero. Claro que le había costado dos billetes de cincuenta euros desatascar los lapsus de memoria simulados que esporádicamente sufrió aquel pícaro, pero había merecido la pena: “El Murciélago” estaba pillado. Objetivo cumplido… Su labor allí había concluido y, sin perder ni un segundo, se largó de aquel lugar fétido y asfixiante. Lo primero que hizo una vez que estuvo en el exterior fue ponerse en contacto con su compañero para comunicarle el resultado de sus pesquisas. Después de intercambiarse información, convinieron en reunirse en el club deportivo al que acababa de entrar “El Murciélago”. Había llegado a ese sitio tras una nada desdeñable andadura bajo la lluvia. Estaba ubicado en la zona señorial de la ciudad. Era un palacio decimonónico, de esos elegantes y majestuosos, con remates en punta en el tejado, ladrillos de colores y múltiples arabescos en la fachada y con una enorme balconada adornada con bolas broncíneas. Precisamente, cuando recibió la llamada de su colega, se hallaba bajo ésta a resguardo del chaparrón que precipitaba con intensidad. En primera instancia creyó oportuno esperarlo allí mismo, pero la presencia de un extraño que comenzó a dar vueltas delante de él, en actitud provocativa, enfundado en un plexiglás raído, con unas zapatillas de lona deshilachadas y sin cordones, mojándose entero, le animó a cambiar de idea. El insólito manifestante pasaba una y otra vez a su lado mascullando toda clase de obscenidades, improperios y maldiciones. Sabía por experiencia que mirar a alguien de esa laya era requerir su atención y conseguirla de inmediato, por lo que prefirió soslayarlo y se metió en el recibidor del club. El portero puso cara de susto cuando le exigió que le enseñara el carnet de socio y en su lugar le mostró una placa de policía. Era ya mayor y se quedó descolocado ante un hecho que quizá sólo había visto en las películas, aunque no le opuso ningún reparo. Ya en el local, buscó a su presa. No fue fácil localizarla. Estaba en medio de un graderío habilitado para el público que asistía a una competición de squash. Había varias plazas libres y eligió la que quedaba justo a la derecha de quien quería tener bajo control. Nada más tomar asiento, se afanó en estudiar las reacciones de aquel espectador singular que observaba frío y absorto el juego de los contendientes. Su sorpresa fue mayúscula cuando éste, después de examinarlo durante unos segundos, le espetó si no seguía el partido. Por decir algo, le confesó que no le entusiasmaba demasiado. Y como si esta afirmación lo hubiera irritado, se explayó con una perorata sobre la esencia del deporte que le amoscó bastante. Entre otras consideraciones, apuntó que el mismo suponía la expresión más noble del culto a la fuerza, a la búsqueda feroz de la victoria, que no era casual que todos los regímenes autoritarios del siglo XX hubieran hecho de las competiciones internacionales una prueba con la que demostrar la superioridad de su sistema político y que servía como un elemento de cohesión social y terapia individual incomparable. Añadió también que resultaba, por el contrario, la manifestación más ridícula del fanatismo, como lo demostraba lo que estaba ocurriendo allí, aquel disparate de los asistentes de apostar de modo caprichoso por uno de los jugadores que peleaban en la cancha y padecer como propio el derrotero del choque. “¿No lo encuentra absurdo, un comportamiento irracional, básicamente primario? ¿No cree que tenemos el deber de combatir este aspecto de nuestra naturaleza que nos ata al origen y nos impide alcanzar la perfección?”, le inquirió taxativo. Como no obtuvo respuesta, prosiguió: “Sí, luchar por lograrla es un deber inexcusable, incluso con el uso de la violencia, porque aunque ésta sea absurda si no tiene objeto, cuando el fin es la perfección cobra un sentido heroico”. Aquel monólogo le disgustó profundamente. Comprendió que quien lo formuló era un tipo peligroso, quizá un lunático, pero potencialmente muy nocivo. La situación le empezó a incomodar; Más aún, cuando inopinadamente le insinuó qué había venido a hacer, si en ningún instante se había preocupado por el desarrollo del juego. Se zafó alegando que un amigo lo había emplazado en aquel sitio, pero que no le iba el squash. Notó que le sudaban las manos y su pulso se aceleraba. Barruntó que sospechaba de él y vaciló entre desvelar su identidad y detenerlo allí mismo o continuar la parodia. No tuvo que hacer ni una cosa ni otra. La aparición de su compañero le brindó la oportunidad de salir airoso de aquel brete. “Ahí está mi colega. Me voy”, le anunció y se retiró aceleradamente. Una vez juntos, permanecieron sentados en la fila más alta de la tribuna, para disimular. “Llama a la comisaría y que manden una patrulla. Vamos a trincar a ese tuso”, le indicó al recién llegado. Y a la mañana siguiente ya lo tenían en la sala de interrogatorios. Eso sí, hecho una piltrafa. Presentaba evidentes signos de alucinamiento y se asemejaba a un pelele petrificado. La luz de los dos tubos fluorescentes encastrados en el techo de escayola que rebotaba sobre el alicatado color lavanda de la habitación lo envolvía en un aura enigmática. Miraba al frente, sin ver, con la visión perdida en algún punto vacío de su mente. Ni siquiera pestañeaba. Apoyaba la espalda recta en el respaldo de una silla de metal. Sus manos descansaban sobre una mesa del mismo material. Cada poco tiempo, un ligero temblor agitaba la comisura izquierda de sus labios, como si estuviera reprimiendo el asomo de un visaje. Llevaba así desde que le apresaron. No había abierto la boca en toda la noche, ni para pedir un abogado, ni para realizar una llamada, ni para responder a ninguna pregunta. Estaba en trance. El inspector jefe no salía de su asombro. Lo había estado escudriñando desde una pieza aneja, en su ademán hierático e imperturbable. Aquello no era normal y encargó practicarle una analítica. No dudaba de que estaba de droga hasta el entrecejo. El parte de la detención revelaba que le habían echado el guante en los servicios del club deportivo, que tuvieron que reventar la puerta del retrete y que le encontraron allí sentado, exactamente igual que en ese momento, sumido en un mutismo y atonía absolutos. De todas formas, en el peor de los casos, era cuestión de tener paciencia. Antes o después se le pasarían las secuelas y entonces le apretarían las tuercas. Sólo faltaría que, después de tantos desvelos, movidas con los políticos, disgustos con los periodistas e incluso malos rollos familiares a causa de su frustración, mal humor y noches de insomnio por culpa de ese caso, todo se fuera al traste por una metedura de pata. Con todo lo que les había costado dar con el presunto asesino que había inmolado a una docena de indigentes en los dos últimos meses, no se lo podían permitir de ningún modo. La pesadilla debía finalizar y la declaración del sospechoso era crucial. Llegaron a él por casualidad, justo cuando más perdidos estaban en aquel asunto que era el paradigma del caos y la confusión. Fue una llamada telefónica que una mujer realizó para denunciar el asesinato de su marido la que desencadenó la operación. Lo recordaba perfectamente porque él mismo participó en las diligencias. El traslado al municipio donde se produjo el crimen y la actuación posterior para hablar con la denunciante fueron una auténtica tortura: padecieron varias horas de atascos, bocinazos y broncas al volante para llegar a una barriada que se asomaba recortándose sobre el cielo plomizo como una vieja desdentada. La panorámica oprimía el corazón. Las callejuelas mezclaban el marrón del óxido de hierro expulsado por las chimeneas de una fundición cercana con el gris del polvo acumulado durante lustros que, en lo que les tocaba, se había convertido en un barro ceniciento que se adhería al parabrisas del vehículo policial. Un espeso olor a orines y cardenillo les asaltó nada más abrir las portezuelas y una tromba de agua los arrolló al descender. Subieron cuatro pisos por una escalera de madera quejosa y esquiva. La altura parecía abrevar de los olores del portal y condensarlos sobre las paredes desconchadas. A su paso unas puertas se cerraron de golpe y otras se abrieron con tiento. Detrás de unas se oyeron bisbiseos y en las otras se intuían miradas furtivas. Les atendió una mujer próxima a la cuarentena, morena y vestida de luto. No pudo evitar un ligero sobresalto ante la belleza de la viuda del gitano. En un reflejo inconscientemente racista esperaba a alguien entrada en kilos y años, de piel ajada y ataviada con ropas de segunda mano; no obstante, aquella señora a buen seguro haría girar la cabeza a más de uno. Dio un paso adelante y, después de las formalidades rutinarias, satisfizo la muda curiosidad que se dibujaba en la faz de la gitana preguntándole por las actividades de su difunto marido y por las circunstancias de su óbito. Le sorprendió la franqueza de sus explicaciones. No ahorró ningún insulto para el muerto. “Hijo de puta” fue lo más suave que le llamó. Dijo que tuvo lo que se merecía y que se alegraba de que hubieran rajado a aquel cabrón que le tenía amargada. Según ella, se dedicaba a vender droga y lo que fuera al primero que se pusiera a tiro. Los colegios eran su lugar preferido. Aquel marrano no respetaba ni a su madre. Lo que no sabía era cómo lo conseguía con las pintas que lucía. Alguna vez le contó que mercaba pastillas con un pavo al que se las colocaba a precio de oro. Le llamaba “El Señorón”, porque tenía la facha de un ricachón que no sabía en qué gastarse la pasta. Aportó multitud de señas sobre ese tipo. Lo había visto varias veces mientras porfiaba con el finado desde la casa de una vecina del portal de enfrente, incluso el mismo día que lo liquidó. Lo describió como un señor con clase, un tanto feo, de estatura media, algo cheposo, con pelo oscuro, ojos ratoneros, nariz respingona, orejas picudas, cejas de percha y boquita de roedor. Gracias a su contribución las investigaciones adquirieron un cariz positivo. Estos datos eran algo concreto. Por fin vivían una alegría. En menos de ocho horas perfilaron un retrato robot de quien apodaron “El Murciélago”, en referencia a algunas características de su fisonomía. Y en setenta y dos horas averiguaron su paradero. Por eso pudieron seguirle la víspera y traerlo a la jefatura. Allí estaba él a la expectativa, ansioso por afrontar el interrogatorio que supuestamente debía esclarecer los hechos. Eran ya las cuatro de la tarde. Conocía el informe de los análisis clínicos que había solicitado. Lo halló sobre el escritorio a su regreso del receso del mediodía y lo leyó inmediatamente. En resumen, confirmaba que el preso actuaba bajo los efectos de una sobredosis de ketamina, tal y como había columbrado. Pensaba en si ya se habría despabilado, cuando sonó el pitido del intercomunicador y tras él la voz atiplada de su ayudante, que le avisaba de que el esperpento durmiente había despertado de su estado de pasmo. No le apetecía vérselas con un imbécil balbuceante y repuso que no le llamaran hasta que estuviera en condiciones de encarar con ciertas garantías el “vis-à-vis” al que iba a ser sometido. Fue al cabo de tres horas; aunque cualquiera lo diría viendo su aspecto patético: estaba en mangas de camisa, con los puños mal recogidos, con el pelo mojado, con manchas de vomitona en los pantalones, con unas ojeras que se prolongaban hasta el declive de los pómulos, con el rostro demudado y con un temblor ostensible en las piernas. Por añadidura, el calor que desprendían dos potentes focos lumínicos que apuntaban directamente a su cara le irritaba los ojos y lagrimeaba copiosamente, sin que pudiera hacer nada para aliviar su malestar, debido a que estaba esposado con los brazos a la espalda. Se hallaba sentado en la única silla que había en la estancia donde se llevaría a término la sesión. Frente a él, en el otro extremo, dos hombres lo contemplaban. No los distinguía. Sólo alcanzaba a discernir el contorno de unos espectros, porque se lo impedían Los haces de luz que se proyectaban en sus iris y le cegaban casi por completo. El inspector jefe dio comienzo a la batería de preguntas: “¡Bien, Sr. M.! ¿Qué tal el viaje psicotrópico?”.

El interpelado no se inmutó. “¡Mire! Es evidente que usted tiene relación con el mundo de las drogas, concretamente con el tráfico y por lo que hemos comprobado con el consumo de ketamina. ¿Le importaría hablarnos del tema?”. El interpelado no abrió la boca. “Su actitud no le favorece en nada. Respóndame, porque si no me voy a ver obligado a recurrir a otros métodos disuasorios. Se lo repito: ¿trafica usted con ketamina?”. El interpelado siguió guardando silencio. “¡Colabore Sr. M.! ¡Colabore! ¡Me estoy cabreando! ¿Lo entiende?”. El interpelado cerró los ojos. Por las mejillas le serpenteaban hilos de lágrimas. Bajó la testa. Y pareció querer tartajear algún vocablo. No era un hombre especialmente valiente – tampoco le favorecía la coyuntura- y al primer envite le entró el canguelo. “Sabemos que hace seis días se reunió con J. W., un gitano que moraba en el arrabal de la población aledaña, para trapichear con drogas. ¿Para qué las quiere? ¿Dónde están? ¿A quién se las ha suministrado? Y lo más importante, ¿por qué lo mató?”. El interpelado permaneció callado. “¡Vamos a ver, mamón! –intervino exaltado el segundo agente-. O empiezas ahora mismo a largar, o te cuelgo del techo por las pelotas”. El interpelado se revolvió. Sollozaba. Las lágrimas ahora le corrían en regueros por la cara. Estaba llorando. “¡Tu puta madre! ¡Por mis narices que vas a cantar! –le agredió verbalmente el mismo policía, fingidamente encolerizado-. El interpelado temblaba. Oía las voces, pero no apreciaba a quien las profería. Las lágrimas le empapaban el cuello de la camisa. El escozor de los ojos, el tufo de sus ropas, el frío que le entumecía los músculos, el cansancio que le arrobaba el ánimo y el irrefrenable pálpito del miedo le resultaban ya insoportables. Y cuando advirtió que una sombra con figura humana se le aproximaba, se meó encima. Era el inspector jefe que venía hacia su posición pañuelo en mano, para asearle la cara y aligerar algo su padecimiento, a la vez que inspirarle cierta confianza y quebrar así su resistencia a hablar. “¡Venga, venga! No sea usted cabezota y haga caso a mi compañero, que es muy capaz de cumplir con su amenaza. Facilítenos las cosas y será mejor para todos”. El interpelado se dejó hacer. “¿Ve? ¿A que se siente reconfortado? Hágame caso. Suelte prenda cuanto antes y acabaremos con esta desagradable situación”. El interpelado esbozó algo parecido a una sonrisa. Los policías comprendieron que habían doblegado la voluntad del detenido y que éste de un momento a otro abriría la espita del chorro de sus secretos. Así que decidieron relajar la presión sobre él. “Bueno Sr M. Voy a ordenar que le den una buena ducha y le pongan ropa nueva. Luego continuaremos. ¿Le parece bien?”. El interpelado asintió con un gesto de agradecimiento. Tres cuartos de hora más tarde el arrestado mostraba un aspecto bastante amable. Parecía otro, con el pantalón y la sudadera relucientes y bien peinado. Su mirada, libre del resplandor cegador de los reflectores ya retirados, recorría nerviosa y bailarina los rostros de los agentes. Sin dilación, abrió el fuego el inspector jefe: “Usted dirá”. El interpelado carraspeó. “¿Estuvo el veinte de febrero con J. W., el gitano? ¿Admite que traficó con él un alijo de ketamina?”. El interpelado musitó un “Sí” lacónico. “¿Para qué la necesita?”. El interpelado titubeó. Parpadeó varias veces, arrancó con un golpe de tos la flema que le constreñía las cuerdas vocales, rebañó los labios con la lengua y respondió que le hacía falta para cumplir su misión. “¿Qué misión es esa?”. El interpelado se enderezó. Su rostro se iluminó inesperadamente. Parecía transfigurado. Daba la impresión de que meditaba la respuesta, como si de lo que dijese o no dependiera el mantenimiento del orden cósmico. Y de súbito disparó una ráfaga de palabras: “Librar del sufrimiento a los ángeles caídos y a los mordidos por la miseria y barrer la ciudad de la inmundicia que se genera como consecuencia de su debacle”. “¿Qué cojones cuenta éste? – interrumpió el subordinado indignado-. ¡Si va a resultar que es un cachondo o, peor aún, un visionario!”. El interpelado, extrañamente sereno y clarividente, narró su relación y actividades con los parias que habitaban la abandonada estación del muelle antiguo. “¡Jodé con el angelito! – exclamó el  agente, horrorizado por lo que había escuchado-. ¡O sea, que la docena de cadáveres de tirados y vagabundos que han aparecido últimamente por las calles son responsabilidad de este salvamierdas chiflado!”. El interpelado soltó una risotada semejante a un balido entrecortado y estentóreo. “¡Seriedad, Sr M., seriedad! Todavía no hemos terminado – gritó tajante el inspector jefe-. A ver, dígame, ¿por qué se cargó al gitano? Porque se lo cepilló, ¿verdad?”. El interpelado sacó pecho orgulloso, a modo de reconocimiento de lo que consideró una hazaña, que relató con vehemencia: “Pues claro que mandé al otro barrio a aquel sapo y lo volvería a hacer una y mil veces, si fuera preciso. Sólo la angustia que despertaba en mí el desplazamiento al suburbio donde nos encontrábamos y la repugnancia que me producía su figura constituían ya un motivo suficiente para justificar mi predisposición a quitármelo de delante. Tienen que comprender la generosidad de mi sacrificio. Residía en un paraje que detestaba, lúgubre y desolado. Y para llegar allí debía sobrellevar un verdadero calvario. Siempre me trasladaba en un tren de cercanías hasta el centro del núcleo urbano y, luego, cogía el metro para acercarme a la periferia. En el trayecto me topaba con gente de baja calaña, con ejércitos de autómatas mediocres e insignificantes que bullían como hormigas por todas partes. Sus vidas no valen nada, no tienen sentido, porque son absolutamente prescindibles. Si la mayoría de ellos desapareciera, no cambiaría nada. Sería lo mismo que si pisara un hormiguero, nadie se enteraría… y todos tan felices y contentos. Y esto no era todo, porque el suplicio se recrudecía cuando me bajaba en la parada de metro y debía atravesar una plataforma vallada que discurría junto a unas plantas depuradoras. El olor a aguas fecales era insufrible. Eso era aquel mundo podrido: Mierda y seres anodinos, naturaleza infecta y despojos en un horizonte en el que sólo se divisaban solares vacíos de factorías derruidas, naves industriales en desuso y algunos centros comerciales repletos de coches de más hormigas voraces en busca de alimento. Todo bazofia, porquería y más porquería. Lo mismo que en el andurrial al que acudía para verme con “El Chirlo”. Era en medio de unos bloques de viviendas de color marrón, en los que bajo el revoque asomaban los ladrillos desportillados y en las ventanas sobresalían unos colgadores cargados de ropas ajadas que daban un toque todavía más cutre a aquella monotonía tétrica. “El Chirlo” solía citarse conmigo en un portal de un callizo que se abría incierto, profundo y cargado de presagios de corrupción. Así sucedió también la última vez que estuve con él. Todo transcurría como de costumbre. La transacción fue ágil y rápida, pero cuando me disponía a marchar el caradura me dijo que no habría más entregas, arguyendo que la cosa estaba alborotada. Por lo visto tenía problemas con la fuente de suministro. El menda que le proveía la droga estaba en el talego. Además me reveló que conocía el destino de la ketamina y que la mayoría de los desgraciados a los que se la procuraba se la revendían a él. En consecuencia, como señaló, me tenía “cogido por los huevos”. Y pretendió chantajearme. “O me das pasta gansa por la cara o dejo caer por ahí quien es el chorra que va regalando tripis a la morralla. Seguro que a la pasma le enrolla”, me amenazó. Aquello era intolerable: la sanguijuela no se conformaba con ganar un montón de dinero a mi cuenta y quiso extorsionarme. No sabía con quien se la jugaba. ¿Acaso creía que mi cruzada era un pasatiempo o una extravagancia? Pues se equivocó de plano. Y no estaba dispuesto a que pusiera en riesgo mi plan de exterminio, la razón de mi existencia. Así que decidí darle “matarile”. Fue sencillo. Hice como que guardaba el paquete de droga en el bolsillo del gabán y aproveché para sacar mi navaja automática. No se enteró. “Captas tío” decía cuando empezó a resbalar por la pared, alargando la última letra en un gruñido y con una mueca de sorpresa en el rostro. A la altura del corazón un delgado hilo de sangre le serpenteaba por la mugrienta camisa. Limpié la hoja sanguinolenta en las perneras de sus pantalones y recuperé el sobre que me pertenecía. Y allí quedó aquel perro, como lo que era. Una pena… La avaricia había acabado con aquellas relaciones comerciales tan ventajosas para ambos. Y ahora estoy aquí, en este tabuco, firmando mi propia sentencia de condena. Todo porque ese demonio de Satanás se cruzó en mi vida en perjuicio de mi encomienda. Ya no tiene remedio. Sucumbiré ante los designios de la ley, expiaré mi fracaso en la cárcel; pero vendrán otros soldados del Ángel Glorioso, muchos más, como plagas de langostas. Y nadie podrá con las huestes de *Abaddon, mi Señor, el Ángel Destructor, la Estrella de las Tinieblas. Sí, yo me pudriré en un presidio hasta que los mortales certifiquen que estoy muerto, aunque poco me importa, porque nunca moriré. Los hijos del Bien y de la Virtud viviremos eternamente, como proclama el *Libro de la Verdad: “llegué a estar muerto, pero, ¡mira!, vivo para siempre jamás, y tengo las llaves de la muerte”. Decidan pues lo que estimen conveniente. Yo acepto mi destino”. Los dos agentes se miraron incrédulos. La prédica de aquel iluso les había dejado anonadados. “está todo dicho”, determinó el inspector jefe y lo envió al calabozo. Y concluyó: “Vivamos, vivamos también nosotros, compañero. Te invito a un bocata y unas cervezas en el salchichauto”.

* Se conoce a Abaddon como el Ángel Exterminador, jefe destructor de los demonios de séptima jerarquía. En hebreo significa destrucción, predicción, o ruinas.

*Se refiere a la Biblia. El pasaje pertenece al Apocalipsis 1, 18.
 

Nicolás Zimarro