Penitencia, pecador

Alboreaba. El crepúsculo matutino se desplegaba en un monocromo y denso cobalto. La ciudad y los arrabales despertaban a una nueva mañana de marzo. La sombra gigantesca y negrísima de la torre de la iglesia de S. Michael se proyectaba sobre los tejados de las casitas más próximas y de los inmuebles de reciente construcción en el barrio. Un silencio fúnebre impregnaba el ambiente, sólo roto por los ladridos de varios perros que reverberaban en el campanario. A esa hora temprana Simón salía a diario en dirección a la sacristía para activar el mecanismo de calefacción que caldeaba la nave eclesial. Cincuenta minutos bastaban para aclimatar ese espacio y crear una atmósfera agradable a la feligresía que asistía a la primera misa matinal. Como todos los días, a las ocho menos cuarto en punto, el viejo profesor convertido en sacristán cerró el portón de su casa y se encaminó hacia el edificio de la vicaría. Era martes. Fuera, la neblina persistente dibujaba un mosaico de fantasmas evanescentes que se adherían a sus pantalones y a su gabán. No sabía muy bien por qué, pero aquella mañana se sentía intranquilo. Creía haber percibido un ruido de tacones no muy lejano y, aunque giró la cabeza en varias ocasiones para verificar esa impresión, no alcanzó a vislumbrar más que los fantasmas flotantes que se erguían hasta una altura de unos tres metros. Por precaución, decidió acortar por los cantones. Andaba rápido, como evitando a un hipotético perseguidor. En la calleja por la que transitaba nunca había nadie y, sin embargo, él seguía oyendo unas pisadas, ahora acompasadas con el golpeo de un bastón en el empedrado. Volvió a mirar hacia atrás y se encontró con lo mismo: con los fantasmas multiformes pululando por todas las esquinas. Los pasos y el “tac, tac” cadencioso de la cachava sonaban cada vez más cerca. Asustado, aceleró la marcha. También hizo lo propio quien venía detrás. Calculó que le restarían unos ochenta metros y corrió lo más deprisa que pudo. Sudaba por el esfuerzo y la excitación. Su carrera no duró mucho, porque tuvo que detenerse, medio asfixiado. No le dio tiempo a escuchar ni a pensar nada. Se quedó petrificado cuando advirtió que alguien le expelía el hálito en la nuca. Quiso averiguar de quien se trataba, pero antes de que reaccionara notó un pinchazo en el costado izquierdo y en un instante perdió el conocimiento. No se desplomó porque su agresor lo sujetó agarrándolo por las axilas para llevárselo arrastras hasta el pórtico de la iglesia. Cuando se recobró del desmayo inducido, se hallaba cara a cara con un sujeto de apariencia siniestra. . Era alto y corpulento. Vestía una gabardina negra y adornaba su cabeza con un sombrero de alas estrechas. En la semipenumbra de la estancia destacaban sus ojos, azules y gélidos. En su estado no discernía si lo que le ocurría era una vivencia real o simplemente una absurda pesadilla. Permaneció pues quieto, con la vista perdida en aquel hombre, como si en sus perfiles se abriera el horizonte inescrutable de un misterio jamás sospechado por él. Parecía estar atrapado en el laberinto de algún pensamiento profundo o hipnotizado por alguna visión apocalíptica. daba muestras de una grotesca estupefacción, como evidenciaba la expresión bobalicona de su rostro. Todavía no había vencido por completo el efecto de la droga que aquel desconocido le había inyectado y faltaba un rato para que el fuego de la consciencia prendiera las yescas de su cerebro. Aun así, se percató del entumecimiento de los brazos y de las dolorosas punzadas que le resquebrajaban las rótulas. Comprobó que estaba postrado de rodillas en una superficie dura e intentó cambiar de postura para aliviar su sufrimiento. Su empeño fue baldío, porque quien lo había secuestrado lo tenía atado por la cintura al frontal de un reclinatorio y su movilidad era nula. El extraño individuo que lo retenía había desaparecido súbitamente de su campo óptico y se desasosegó, aunque pronto supo de él, cuando pronunció con tono imperativo unas palabras que le resultaron familiares: “¡Penitencia! ¡Penitencia!, pecador”. Le retrotrajeron a otro tiempo y le causaron una honda consternación. Y antes de que pudiera asimilar nada, la voz aplomada y serenamente severa de aquel tipo le continuó removiendo las entrañas: “¿Se acuerda, perro asqueroso? Éste era uno de sus sabios consejos, mi magnánimo, piadoso y diligente tutor”. Comprendió que quien le sometía a aquella suerte de mortificación lo conocía de su época de profesor y que, según todos los indicios, pretendía saldar alguna cuenta antigua. Poco a poco fue sobreponiéndose y, como si despertara de un sueño perturbador que lo había envuelto en ecos del pretérito, clavó la mirada en aquel que debió ser su alumno, con gesto de incredulidad y repugnancia. Tenía bien estudiada esa pose intimidatoria y siempre le funcionó a las mil maravillas en su etapa de docente. Era una manera extraordinaria de tomar la medida a su interlocutor, haciéndole sentirse un sapo nauseabundo. Pero en esta ocasión no obtuvo el resultado esperado y su anónimo discípulo ni siquiera pestañeó. Su posición de clara desventaja le incomodó muchísimo. Unas gotitas de sudor que delataban su nerviosismo refulgieron en su calva. Procuró disimularlo secándoselas con la mano. Necesitaba unos segundos para rehacerse y se frotó la testa monda como si quisiera sacarle brillo. Cuando se recuperó, estalló en una vaharada de improperios, haciendo gala de su fama de energúmeno de ademanes salvajes, gritón y aficionado a los tacos, más propia de un capataz de obra que de un preceptor. “¿Quién cojones eres? ¿Qué quieres?”, espetaba histérico. Aunque no alcanzó su propósito, por mucho que vociferó. No hubo respuesta. Todo lo contrario: el azote del pasado en forma de dos témpanos garzos y una sonrisa hierática le heló la sangre. Aquello iba en serio. Si no se concentraba y resolvía aprisa las dudas que se abrían camino en la selva de su incertidumbre desbrozando las trochas de sus pensamientos, lo iba a pasar verdaderamente mal. Inspiró profundamente y, al hinchar el pecho, las ligaduras que sujetaban su torso al mueble que hacía funciones de potro de tortura se le incrustaron en las carnes, produciéndole una lacerante sensación de quemazón. Descubrió entonces que se hallaba desnudo. Y por una de esas curiosas concomitancias psicosomáticas que tienen lugar a veces en algunas personas, empezó a tiritar de frío. Cerró los párpados para abstraerse y ordenar el caos de su mente. No lo consiguió, porque los impactos de un objeto en las tablas del entarimado lo sobresaltaron. El sonido retumbó, inquietante, en las paredes que abarcaban la negrura de su prisión y se fundió con los ecos de los bramidos que salieron de su boca. Su irritación fue en aumento al constatar que el toque a madera, grave y seco, no cesaba. Además, ya no veía a su captor. “¡Hijo de puta, ¿dónde estás?”, chillaba entre iracundo y despavorido. Lo acalló la calidez de un cuerpo que le rozó la espalda. Giró el cuello a un lado y a otro, tratando de perforar con sus ojos la opacidad de las tinieblas. Las palabras vertidas a sus oídos en susurros que provinieron de las sombras lo paralizaron. “Calma, pedacito de pan tierno, regalo del cielo. Nada va a ocurrir que no sea para bien… ¿Lo recuerda babosa repelente? Es lo que usted decía siempre”. Tembló horrorizado. Mas la letanía espectral prosiguió: “Este cuerpecito es pura ambrosía, manjar de ángel. ¿Cuántas veces me lo repitió, mientras sus dedos, repulsivos e impúdicos, lo recorrían de arriba abajo?”. Cuarenta años de ignominia y sodomía cayeron sobre él como un baldón. Y el terror devino en anonadamiento cuando sintió la suavidad de unas yemas que resbalaban por su piel. Inclinó la barbilla para seguir las ondulaciones de aquellas serpientes de lujuria, pero la burbuja tenebrosa que acotaba el sitio donde se encontraban se lo impidió. La mano invisible descendió por su vientre hasta llegar a los genitales. Los acarició con delicadeza, como si se trataran de una valiosa pieza de porcelana. La desnudez de su cuerpo se le reveló ominosa y fatal. La humillación le cubrió de rubor el rostro y creció a medida que su verga despertaba con la fricción de aquellas culebras lascivas. Las lágrimas acudieron a sus ojos. Reprimió un sollozo, mezcla de grima, miedo y placer, cuando su masa corporal se independizó de la voluntad y un calor viscoso se expandió por su abdomen. Sobre los gusanos blanquecinos que lo pringaron llovieron gotas saladas de un humor funesto. Entonces e pánico cedió ante el llanto y a éste sucedió la furia. Tensó el tronco y se agitó en una tentativa por ahuyentar la mano que seguía sobándolo, si bien el conato se limitó a una mueca esperpéntica, dadas las circunstancias. Sus modos de barriobajero se acentuaron en aquel peculiar contexto de espanto y sarcasmo y su rabia atronó en exabruptos: “¡Cabrón, rata de alcantarilla! Suéltame de inmediato, que te voy a moler a hostias. ¿Quién pelotas crees que eres, sanguijuela de mierda?”. Escupió las frases entre babas de cólera, como un chorro de odio y desesperación. El emisario de sus miserias más íntimas lo escarneció imprimiendo a su contestación un acento fingidamente escandalizado: “¡Por Dios, por Dios, Don Simón! Modere el lenguaje y no utilice ese vocabulario en la casa del Señor. ¿No sabe que es pecado y que se va a condenar? Fíjese, si muriera ahora mismo iría directo al infierno”. Definitivamente perdió los papeles. “¡Me cago en tu puta madre, malnacido, sapo bilioso!”, se arrancó a blasfemias, a la vez que reanudaba el forcejeo con las ataduras. El vengador que se ocultaba en la oscuridad insistió en que hablara con respeto y acompañó la demanda con dos sonoras bofetadas, una en cada mejilla. Le dolieron mucho, aunque no tanto como el nudo que aquel desalmado le practicó a continuación en el pene con un lazo duro y lacio, a unos dos centímetros del pubis, para evitar que se desangrara en la ceremonia de castración que llevó a término. Resultó agónica. Y esto solamente fue el principio del suplicio que hubo de padecer, ya que el monstruo resurgido de sus cloacas no tardó en manifestarse en plenitud a la luz de unos potentes focos, enseñoreándose y dispuesto a culminar su plan de represalia. Un destello radiante le obligó a cerrar momentáneamente los ojos para escamotear el tormento que le infligía. Uno de los reflectores laterales que coronaban el ábside lo iluminaba de lleno. Delante de él, un altar de mármol inmaculado brillaba álgido e inerte bajo aquella lumbrera artificial. Reconoció el retablo de madera tallada recubierto de pan de oro. Desde la hornacina central, el Sagrado Corazón le contemplaba con un visaje de reproche. En un nivel inferior, un pequeño Cristo de metal volvía sus ojos ofendidos hacia el techo celeste del hemiciclo presbiterial. Entre las sombras, las columnas multicolores danzaban enojadas. Un escalofrío nació en su estómago y se extendió en oleadas por sus venas y arterias hasta erizar su epidermis. Era su propia iglesia… Aquel ser abyecto lo tenía cautivo en el templo de sus desvelos… Observó que a su lado estaban tiradas sus ropas en un montón informe y que entre los pliegues del gabán un trozo de carne sanguinolenta escurría una secreción marrón. Le dio repelús y quiso vomitar, pero en medio de las arcadas distinguió el aroma a tabaco que exhalaban los labios de su particular jinete de la Apocalipsis, cuando le habló de nuevo, despacio, remarcando cada una de las palabras que se precipitaron en sus oídos en orvallo de rencor, para invitarle a despedirse de este mundo, puesto que lo había condenado a viajar al más allá y a pudrirse en el regazo del diablo por toda la eternidad. Y sin más explicaciones, le propinó dos punzadas simultáneas que atenazaron los músculos de sus hombros. Los espasmos iniciales fueron atenuándose hasta dejarlo convertido en un títere desarticulado. Sólo el parpadeo estroboscópico de sus ojos delataba que aún continuaba con vida. Lo había soltado del reclinatorio, a sabiendas de que era un guiñapo a su entera disposición. Su verdugo fue rotundo y expeditivo. Le transmitió las órdenes en modulaciones distorsionadas por chirridos metálicos que armonizaban una rapsodia de dominio y subyugación. Una porción de su sesera era consciente de lo que le estaba sucediendo; sin embargo, en el acto apreció que su cuerpo era propiedad de quien lo había enajenado a su capricho. Así, se vio poniéndose de hinojos en la tribuna del presbiterio y alargando sus brazos con la parte interior de las manos hacia arriba. Los varazos con una palmeta empezaron sin preaviso. Por cada uno de ellos un murmullo extenuante declinaba hacia él desde la bóveda y, durante su vuelo, se transformaba en un ladrido cada vez más débil, más gañido de sufrimiento que rugido de furor, en un jadeo generado por su propia garganta. Las palmas le escocían y las lágrimas difuminaban en contornos imprecisos la imagen que una y otra vez hacía descender la regla de madera hasta convertirla en un remolino negruzco. Cuando finalizó el castigo, recibió otro mandato y obedeció como un autómata. Se posicionó en el ara posando el tronco sobre el plano marmóreo, con los brazos abiertos en cruz y la faz sobre el jaspe. Los pies, apoyados en el suelo apenas por las puntas de los dedos, temblaban como peces moribundos en la arena de una playa. El primer palmetazo le señaló con un rectángulo rojizo la nalga derecha, pero la frecuencia del flagelo creció tanto que parecía que una enorme lija le iba despellejando el trasero hasta dejarlo en carne viva. Cada varapalo venía asociado a un gemido emitido por su torturador, mezcla de denuedo y dicha. La tralla cesó con un alarido final del ejecutor incógnito, que respiraba aceleradamente, generando una resonancia en el recinto desierto semejante a las olas rompiendo sobre un acantilado lejano. En el impás, captó el tacto suave de una mano que le sujetó la cabeza. Entrevió algo fulgurante que se movió en torno a su cara y, enseguida, experimentó una sensación de frío en el cuello, que se transformó en un tris en calor y en humedad. Probó a levantar la testuz y a separar su pecho del altar. Fue en vano. Y cuando un velo rojo tiñó el mármol, supo que estaba muriendo. En el último segundo logró ver la fisonomía de su asesino, pero ya no importaba.
 

Nicolás Zimarro