Reencuentro

Todo empezó con una mujer muerta. Era joven, había sido guapa y alguien le había arrancado los ojos. La encontraron flotando en la Ría a la altura del Museo Guggenheim. Durante un par de horas permaneció varada en la orilla de Deusto, hasta que la policía municipal decidió que no formaba parte de ningún espectáculo patrocinado por la alcaldía.
Cuando sonó mi teléfono, estaba a punto de darle el segundo bocado a mi sándwich de jamón y queso; era lo único que me podía permitir después de pasar la pensión a Marisol y los niños. Las comidas en Casa Rufo eran solo un recuerdo cada vez más desvaído. Pisano y Aristráin insistían en que con semejante dieta me acabaría convirtiendo en un estreñido crónico. El comentario me jodía porque no se imaginaban lo acertado que era.
Dejé que el teléfono emitiera unos cuantos gorgoritos mientras intentaba tragar el engrudo que me llenaba la boca. El tacto pegajoso de la baquelita en mi oreja fue el preludio de la voz de Artetxe. Con su habitual tono engolado, preguntó por el inspector Fernández. El muy hijoputa sabía que en aquella extensión nadie más que yo iba a contestar; después de la detención del cuñado del consejero Badiola, me respetaron el grado de inspector, pero solo eso. El de Interior me citó en persona en su despacho y me pregunto de qué iba. De policía, señor, le respondí. Me llamó de todo. A la mañana siguiente me asignaron mi nuevo puesto: una mesa en la comisaría de Deusto y ninguna función definida. Bastaba con que estuviese allí ocho horas al día por si era necesario que me encargara de algo. Después de seis meses, era la primera vez que Artetxe no me llamaba para que le llevara un café.
Quince minutos más tarde me encontraba apoyado en una barandilla en la ribera de la Ría; el cadáver estaba ya sobre una zodiac, y unos buzos maniobraban para acercarla hacia donde aguardábamos. Varios agentes municipales mantenían alejados a los curiosos con su clásica actitud chulesca. Me pregunté por qué aquellos tipos no se afeitaban más a menudo. Esta era una cuestión retórica por no decir estúpida, una forma de mantener encendida una pequeña llama en mi interior, la de la dignidad, algo de lo que andaba escaso desde hacía tiempo. Cuando dejaron a la chica en el suelo, corrieron varias lonas para aislar el lugar. El fiambre es todo suyo, Fernández, se burló Artetxe. Solo tenía que aguardar a que llegara el juez, explicarle dónde se había encontrado el cuerpo y asegurarme de que la ambulancia se lo llevaba al depósito del Hospital de Basurto. Por supuesto, él, Artetxe, se encargaría de la investigación del caso.
Le eché una mirada a la joven, más por costumbre que por verdadero interés. ¿Cuántos cadáveres había visto en los veintiún años que llevaba en la Ertzaintza? Tenía el número grabado en la memoria, recordaba las circunstancias en que fueron hallados, la forma en que asesinaron a aquellas personas, sus nombres y edades. Lo recordaba todo de cada uno de ellos, pero esta vez no sería yo quien diera con el criminal que había hecho lo que ahora estaba viendo. Eso pensé.
Estaba semidesnuda, los restos de su falda se le enredaban entre los muslos, apenas cubiertos por unas medias carcomidas; el torso y los pechos brillaban húmedos bajo un sol dubitativo; su cara mostraba una desasosegante tranquilidad que no encajaba con las circunstancias; unos mechones se le habían quedado adheridos al rostro como si fuesen las huellas de los oscuros dedos que le habían arrebatado la vida. El forense lo diría, pero si no la habían violado antes de matarla, yo no me llamaba Alberto Fernández. Volví a mirar la cara de la chica; fue entonces cuando me fijé en que le habían arrancado los ojos. Di unos pasos alrededor del cuerpo y me situé a sus pies. Esas facciones… El corazón se me aceleró. Aquella cría no tendría más de dieciséis años, sin embargo era igual que Maite San Cristóbal. Respiré muy hondo, me aparté y me dediqué a contemplar las puntas de mis zapatos. ¿Por qué coño había dejado de fumar? Mis ojos regresaron un instante a la chavala. Era la hija de Maite; tenía que ser ella, estaba seguro. Maldije entre dientes al desgraciado de Artetxe por haberme hecho estar en aquel sitio. Uno de los municipales asintió con la cabeza; sí, también el que había hecho aquello era un maldito. Aproveché la confusión para pedirle un pitillo, pero el muy imbécil casi pareció ofenderse por mi suposición de que pudiera ser fumador.
Habían pasado seis años desde que Maite y yo nos conocimos; fue a través de Marisol, me la presentó una noche de fiestas de Bilbao, cuando salíamos del teatro. Ella había ido sola; a su marido no le atraía demasiado la cultura, me explicó sin que viniera a cuento. Decidimos ir los tres juntos a tomar algo, y acabamos bebiendo demasiado kalimotxo en una terraza que habían colocado en el Palacio Ibaigane. Me cayó bien, y Marisol no dejó de percatarse de ello. No había dejado de mirarla de aquella manera en toda la noche, dictaminó. A partir de entonces cada vez que nos encontrábamos con ella y su marido, o sin él, al regreso a casa tenía la bronca asegurada. A mí ya no me miras así, me gritaba durante sus clásicas escenas de celos. Tenía razón. Sé que mi lío con Maite fue solo una mezquina venganza contra Marisol —al menos eso es lo que quise pensar en aquel momento—. También sé que Marisol terminó enterándose. Su aparente perdón a mi desliz duró lo que nuestro matrimonio, aunque no fue mi infidelidad la que acabó con él; de todas formas, desde aquel polvo apresurado en un hotel de Durango, Maite y yo apenas nos habíamos vuelto a ver una o dos veces entre sonrisas forzadas y miradas huidizas. Sin embargo, pasaron muchos meses hasta que conseguí empezar a quitármela de la cabeza. Solo a eso, a empezar.
Me pellizqué el entrecejo y regresé al cuerpo que tenía delante de mí. El juez Bernárdez acababa de llegar. Me preguntó varias obviedades hasta que optó por ignorarme; apabulló de tal manera a los dos transeúntes que denunciaron la aparición del cuerpo que acabaron poniendo cara de culpables; al final ordenó que se llevaran de una puta vez el cadáver al depósito, no fueran a pensar los guiris que aquello era el jodido Bronx. Jamás había visto un juez con una boquita como aquella. Regresé a la oficina; sobre mi mesa, con un aspecto poco apetitoso, aún me aguardaba mi sándwich mixto. Me acordé de nuevo de Casa Rufo y sus croquetas de huevo, en esta ocasión más por intentar huir de la imagen de Maite que por ganas de comer; aquella niña sin ojos me había quitado el hambre. Arrojé el sándwich a la papelera, barrí las migas con la mano y contemplé el tablero vacío. Estuve un buen rato así, inmóvil, pensando en lo estúpido que era todo lo que estaba sucediendo y en la mierda en que se había convertido mi vida. Defenestrado por hacer bien mi trabajo; abandonado por mi mujer por haber sido defenestrado; ninguneado por Artetxe porque le salía de los cojones; puteado por mis antiguos compañeros porque, en el fondo, eran unos miserables. Y ahora aquella pobre chavala muerta en el depósito. No lo pensé. Agarré la agenda y arrugué sus hojas hasta que apareció el número de teléfono de Maite. Sujeté el auricular contra la oreja y marqué. Unas pocas frases compulsivas y un tono de voz chirriante me bastaron para estar seguro. Estaba desesperada por la ausencia de su hija, no me hizo falta preguntárselo; ni siquiera se sorprendió por mi llamada después de seis años. Mi silencio me hizo sentirme como un infame.
Pasé toda la tarde dibujando garabatos en un papel, tratando de decidir cómo manejar aquella situación. Por supuesto, participar de manera oficial en las pesquisas me estaba vedado. Artetxe no lo permitiría, y si le hablaba de las circunstancias, menos aún. Por otra parte, no explicarle a Maite que a su hija la habían asesinado me parecía una indignidad. Los de la judicial no eran un modelo de tacto a la hora de comunicar a las familias tragedias como esta.
Me fui a casa sin haber llegado a ninguna conclusión. Cuando digo casa, no hablo de mi hogar, porque allí vivían Marisol y los niños; me refiero a un cuarto en la pensión Méndez, en el Casco Viejo, donde había conseguido embutir las escasas pertenencias que logré rescatar del divorcio. Me tumbé en la estrecha cama que solía servirme también de silla y mesa, y me entretuve mirando el techo hasta que empezó a anochecer. Bajé al Irrintzi —me hacían descuento a última hora—, y me tomé un par de pintxos de lasaña de puerro y txangurro con bacalao confitado. Estaban deliciosos, y con un buen vino hubieran estado aún mejor. Me conformé con agua del grifo. Después volví a mi celda y llamé a Cassany. A aquellas horas ya habrían acabado con la autopsia de la hija de Maite. Alfredo Cassany era el forense del depósito del Hospital de Basurto, uno de los pocos conocidos que no me trataba como si me hubiese convertido en una mierda de perro. Como yo no estaba a cargo de la investigación, no tenía ningún derecho a consultarle, pero los puteados por Artetxe siempre éramos bienvenidos cerca de su mesa de disecciones. Cassany me confirmó lo que había supuesto. A la hija de Maite —se llamaba Izaskun, lo acababa de recordar— la habían violado y después la estrangularon. No sin una triste ironía, mi amigo el forense me aseguró que los ojos se los arrancaron una vez muerta. Suspiré con alivio; bastante horrible había sido ya todo como para unirle aquella última crueldad. Artetxe se va a poner cachondo cuando lea el informe, me dijo Cassany. Me lo podía imaginar. Un asesino psicópata en Bilbao, y él capturándolo, salvo que era un tarugo presuntuoso incapaz de hilvanar cualquier tipo de razonamiento lógico. Me pasé la mano por la cara varias veces; así no iba a conseguir borrar a aquel imbécil de mi vida, pero el ritual solía serme de utilidad cuando deseaba concentrarme.
Maite vivía en Indautxu, zona que había intentado evitar de una manera concienzuda desde que nuestra fugaz relación acabó. Durante los años que habían pasado desde entonces, siempre vivió en mi interior un dilema que nunca pude resolver. Por un lado quería verla de nuevo, que estuviéramos juntos otra vez. Una hora, una noche, un día. Para siempre. Por otra parte temía un encuentro casual con ella, me espantaba que sus ojos me atravesaran como si fuese invisible, me aterraba ser objeto de su ira, su desprecio, o lo peor, su indiferencia.
Estuve más de una hora paseando arriba y abajo delante de su portal. Debía hablar con ella, eso no podía demorarlo más, pero cada vez que me acercaba al botón del portero automático, mis manos empezaban a temblar. La última, contemplé mi reflejo en los cristales de la entrada. Barba ya crecida, el cuello de la camisa arrugado y oscurecido por el sudor de la jornada, ojeras, el poco pelo que me quedaba, alborotado. Me olí el sobaco izquierdo y no me gustó su aroma. Miré la uña del trémulo dedo que se posaba sobre el pulsador del 3º B. Demasiado larga y con un cerco negro. Quise alejar de mi cabeza la avalancha de autocompasión que amenazaba con ahogar todo lo demás. No era el momento. Cerré los ojos y apreté con fuerza el pulsador. La Maite que me recibió en el rellano de la escalera no era la pobre histérica con la que había hablado unas horas antes. La observé unos segundos cuando salí del ascensor, lo hice como si yo mismo quisiera asegurarme de que aquella era la mujer de la que llevaba seis años enamorado. Supongo que me sonrojé como un adolescente al reconocerme a mí mismo aquello, pero sí, era la verdad, la amé entonces y continuaba haciéndolo. Había tratado de ignorarlo durante ese tiempo, pero la fuerza de lo que anidaba en mi corazón acababa de volatilizar todas mis defensas. Noté que me faltaba el aliento. Los segundos que siguieron a aquella revelación se han borrado de mi memoria. Mi mente y sus escasas y confusas neuronas debieron colapsarse durante ese tiempo. Lo siguiente que recuerdo es que la estaba sujetando con suavidad del brazo y la hacía entrar en el piso. Creo que no hubo saludos, ni un beso rozó nuestras mejillas. Supongo que nadie besa a un heraldo de la muerte, porque en eso me había convertido. No fue necesario que le dijera nada, y fue mejor así, sin palabras. No lloró, se limitó a sentarse en el sofá con la mirada perdida, ignorante de que yo aún continuaba allí. Me avergoncé del camino de mis pensamientos; traté de reconducirlos hacia la tragedia que había venido a describirle, pero Maite estaba guapísima, mucho más de lo que recordaba. Un tenue calor me subía desde el estómago. Me fijé en sus ojos, oscuros, ovalados y tan grandes que parecían ocupar toda su cara; las lágrimas destellaban en ellos bajo la luz amarilla de la única lámpara que iluminaba el salón. Con cada parpadeo las pestañas se humedecían un poco más; se asemejaban entonces a púas de plata que quisieran clavar la ira y el dolor sobre las impasibles paredes que nos rodeaban. Me di cuenta de que los ojos de la niña debieron ser así. Hasta que alguien se los robó.
Me senté a su lado y le sujeté las manos. No me rechazó, se limitó a recostar su cabeza en mi hombro. En voz baja, en susurros, le expliqué lo que había sucedido. Notaba sus lágrimas humedeciendo mi camisa, unas lágrimas silenciosas y resignadas. Cuando le describí el detalle más espantoso, el aire a su alrededor pareció helarse. Me volví muy despacio. Su cuerpo estaba rígido; toda su calma se había evaporado en un instante. Ya no lloraba. Ahora, la crispación de sus rasgos cincelaba aún más la hermosura de su rostro. Me cogió de la mano y me llevó a la habitación de Izaskun. Aún era el cuarto de una niña, todos los detalles que se adivinaban en la penumbra lo hablaban así. En una de las mesillas, una foto reciente mostraba a la joven con una cara seria y concentrada, no muy diferente a la que había visto unas horas antes de que la cubrieran con una sábana. No muy diferente, salvo por dos detalles. Lo de los abusos era una aberración, pero se podía catalogar como un delito habitual. Sin embargo, esos ojos que me miraban desde la fotografía, esos ojos… Su pregunta me desconcertó, no me la esperaba en aquellas circunstancias. Le confesé la verdad, ¿qué otra cosa podía hacer? Claro que la amaba, pero aquel no era el momento para hablar de ello, le dije. Sus dedos acariciaron mis labios y los silenciaron. Negó con la cabeza con tanta furia que su melena le cubrió la cara. Después me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio. Una vez allí, apoyó las manos en mis hombros y me besó. La sorpresa y lo dramático de la situación casi me paralizaron. La separé con suavidad. No podía estar en sus cabales, pensé, pero no me imaginaba cuán enorme era mi error. Maite siempre había sido una mujer de carácter y con las ideas muy claras. De decisiones rápidas y tajantes. Su forma de romper conmigo después de nuestra fugaz aventura fue una prueba de ello. Adiós, no quiero que esto vuelva a suceder. Me acordaba de sus palabras demasiado bien.
Lo único cierto es que en ningún momento de aquella noche terrible dijo que me amara. Tampoco se lo censuro. Solo fue sincera.
Nadie normal hubiera disfrutado de una relación sexual en aquellas circunstancias, y yo soy normal hasta donde puedo afirmarlo. O hasta donde podía; depués de las dos horas desconcertantes que pasamos en su cama y de lo que sucedió durante los días siguientes, ya no me atrevo a asegurar nada respecto a mí mismo. Aún no entiendo como mi cuerpo fue capaz de reaccionar a sus caricias y a su pasión; tampoco comprendo de dónde sacó ella ese ardor o cómo logró fingirlo de una forma tan convincente. Más tarde, estábamos sentados en la cocina tomando un café cuando, sin apenas modificar el tono de su voz, pronunció la frase que lo cambió todo. Sé quien lo ha hecho, me dijo. Se llevó la taza a los labios, sus ojos clavados en los míos, aguardando mi reacción. Mi entrecejo fruncido fue pregunta suficiente ante su increíble sentencia. Se levantó y me ofreció más café. En sus labios creí ver una leve sonrisa pronto borrada por un mechón de su cabello. Ahora sé que esa sonrisa existió y que, en realidad, yo no deseé verla y aún menos adivinar lo que se perfilaba en aquellas comisuras curvadas.
Me comenzó a contar una historia repleta de incoherencias y sobreentendidos; así me lo pareció hasta que todo lo que me estaba explicando comenzó a encajar. Jamás hubiera sospechado que Izaskun no fuese la hija de Juanma Larraona, ahora ya su exmarido. Se habían divorciado hacía un par de años, cuando él se enteró de que no era el padre de la chiquilla. Estoy seguro de que me sonrojé al oírle hablar de su divorcio, me avergonzaba al pensar que me estaba abriendo una puerta para que penetrara en su vida. Tuve la infantil y puritana idea de que ahora que estaba divorciada, Alberto Fernández por fin tendría una oportunidad. En aquel momento todo me pareció tremendamente lógico. Supongo que siempre me ha costado darme cuenta de cómo funcionan las relaciones personales. Durante unos segundos, las palabras de Maite habían resbalado por encima de mis absurdas ilusiones. Mi mirada subió desde sus labios hasta sus ojos.
Maite no sabía cómo había enraizado en él la sospecha; ni a ella misma se le ocurrió jamás que Izaskun no fuera la hija de su esposo. En esta ocasión fue ella la que se sonrojó. Me miró y se encogió de hombros. No merecía la pena ahondar en una infidelidad estúpida y sin sentido. Ya no. Yo quise preguntarle si había amado a su marido alguna vez, pero me pareció una crueldad innecesaria.
De alguna manera él consiguió realizar una prueba de paternidad y así confirmar las razones de su desconfianza. Maite me describió la escena cuando él se presentó delante de ella con los resultados; no hubo violencia física, ni apenas voces o gritos, y quizá por ello todo fue mucho más tenso y angustioso. Cuando se marchó, tampoco hubo portazos; sólo quedó en la casa el gélido horror de su amenaza. Él la amaba, no podía vivir sin sus ojos, sin su forma de mirarlo. Tarde o temprano tus ojos serán míos, le habló con una voz cargada de ecos cavernosos que jamás le había oído antes.
Imagino que mis cejas enarcadas reflejaban bastante bien mi incredulidad. Aquella frase no era prueba de nada, aunque pudiera resultar inquietante. Fue entonces cuando Maite me enseñó la nota que había recibido tres meses antes. Me duele recordar que en primer término pensé que la había falsificado, aunque esa duda duró poco. Ella aún guardaba documentos con la letra de Larraona, y es que el tipo había manuscrito su mensaje. Volví a leerlo. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no gritarle a Maite que era una inconsciente. ¿Cómo no se le había ocurrido ir a la comisaría más próxima y denunciarlo? Tu hija tiene tus mismos ojos y tu mismo cuerpo. Te sigo amando, decía. Joder, aquel tío daba miedo. Ella negó con la cabeza. En ningún momento había interpretado aquel papel como una amenaza. Las lágrimas se le desbordaban por encima de las pestañas. De repente hundió la cara entre los muslos; se había convertido en una espalda que se agitaba convulsa, desbocada, enloquecida. Extendí el brazo; mi mano revolotéo por encima de aquel mar encrespado, pero no se atrevió a posarse sobre las olas y así tratar de calmarlas. Mi boca se abría y cerraba; ninguna palabra llegó a salir de ella. Yo era ajeno a su mundo y a su dolor, un mensajero torpe, nadie que pudiese consolar su pena, nadie que pudiese compartir con ella su tristeza y aligerarla. No, yo no iba a servir para eso.
Me soprendí cuando se incorporó. Fue como si un resorte hubiera actuado en la base de su espalda y la hubiera obligado a enderezarse. Ya no lloraba; toda su pena había quedado en la tela del camisón que le cubría las piernas. Maite puso sus manos sobre mis sienes y me miró muy adentro. En sus ojos había algo, era verdad. No habló. Tampoco fue necesario. Supe lo que me estaba pidiendo, y también estuve seguro de que de una forma u otra cumpliría su deseo. No me planteé que pudiera ser de otra manera. Fui yo el que entonces lloró. Mi vida se había convertido en un puro desecho, pero durante aquella noche, siquiera por un instante, a pesar del horror, creí que algo podría llegar a salvarse. Sin embargo, no había redención posible. No, ella fue sincera, no dijo nunca que me amara. Yo solo era su instrumento, y así lo acepté.
Hace un par de días escuché a Artetxe mientras hablaba con el Consejero de Interior. El muy infeliz estaba exultante. Sí, señor, sin duda un psicópata anda suelto por Bilbao. Ya tenemos dos cadáveres, y a ambos les han arrancado los ojos. Sí, señor, a la joven ya la hemos identificado, pero al hombre aún no, le puedo dar todos los detalles mientras comemos…, explicaba a voces en medio de las oficinas mientras gesticulaba hacia su invisible interlocutor. No tardarán mucho averiguar la identidad del segundo cadáver; algún agente sospechará de Maite, eso seguro. Quizá entonces pase un mal rato; no todos mis compañeros son tan inútiles como el pedante de Artetxe. Pero no tiene nada que temer, conozco mi oficio.
No la he vuelto a ver desde la noche siguiente a nuestro reencuentro, cuando le devolví los ojos de Izaskun. No sé qué habrá hecho con ellos, ni con los de Larraona. No me interesa.
 

Roberto  Sánchez