Carnicero

 

    -…ya te dije que estaba en una reunión en Pamplona y allí estuve. No sé porque tengo que darte explicaciones, la verdad.
    -(---)
    -..,no, no se que tiene que ver que hayas encontrado un ticket de un supermercado de Miranda de Ebro de esa fecha para poner en duda mi palabra. No lo entiendo.
    -(---)
    -Yo que sé. Me lo daría alguien de allí para comparar precios o para escribir algo o para metérmelo por el culo. Yo que sé…
    -Vete a… Espera un momento que me están preguntando algo
 
    -¿Se puede saber qué quiere? ¿No ve que estoy hablando por teléfono?
 
    -Disculpe no quisiera molestarle, pero ¿es usted Alberto Fernández?
 
    -No, ni sé quien coño es. Ahora por favor déjeme seguir…
 
    -Nuria, ¿qué coño me estabas diciendo de amigui…
 
Dos mesas mas al fondo alguien también hablaba a través de su teléfono móvil.
 
    -Perdone ¿es usted Alberto Fernández?
    -Sí. Usted debe ser Mario Seguí.
    -Encantado.
 
La cafetería moderna e impersonal rebosaba de grupos de señoras cardadas con café y pastel de arroz. El bufido intermitente de la cafetera y el campanilleo de las cucharillas y cuchillos desmenuzaban la conversación.
 
    -…disculpe pero no entiendo en que le puedo ayudar. El asunto parece encauzado tanto por la policía alemana y como por la española sin contar con la intervención del gobierno israelí.
    -No lo crea. Llevan así varios años y no avanzan. Yo creo que una persona sola, independiente, discreta y perspicaz como usted tiene mas posibilidades de éxito que ningún ente oficial…
    -Sin discutir sus argumentos no creo que yo sea esa persona…
    -No sea modesto innecesariamente señor Fernández. Me han informado con detalle de su actuación para encontrar un cuadro o para averiguar el paradero de una traficante presuntamente muerta y...
    -De acuerdo, no siga. Pero insisto en que el caso se me antoja fuera de las posibilidades de un particular como yo.
 
Alberto aprovechó que su interlocutor se distrajo con las risas abultadas de una mujer cercana a la obesidad que arrojaba trozos húmedos de su ensaimada para apurar su te con menta fresca, jarabe de dátil y miel de chumbera. Casi se había quedado frío pero aun ocultaba una deliciosa melosidad oriental que le ayudó ordenar sus pensamientos.
 
    -Señor Fernández, déjeme que le insista hasta que le ruegue: por favor, acepte el asunto, sin compromisos. Mi asociación se hará cargo de todos sus gastos, de eso estoy seguro. No he hablado con ellos pero no me cabe duda. He acudido a usted porque estoy hundido y no confío en los medios oficiales. Es evidente que no van a conseguir nada. No han puesto alma, no la tienen.
    -Y ¿que le dice que yo sí la tengo?
    -Nada. Espero que usted me lo diga.
 
Bebió los posos del te. Pensó que quizá así sus orejas dejaran de arder.
    -¿Qué edad tiene su padre?
    -Ya sé lo dije: ochenta y tres. Creo que ya no le queda mucho y necesito que lo vea en la cárcel antes de que se muera- y sacó una fotografía del bolsillo interior de su americana de lanilla que ofreció a Alberto.
 
Algo en aquella foto le retenía. No podía dejar de mirarla obsesivamente. Aquella cara, aquella mirada escondía lejos un peso gris.
 
Mario aprovechó el silencio para deslizar otra fotografía en la mano izquierda de Alberto.
 
Alberto la observó también detenidamente. Era el retrato amarillento de un hombre elegante, de gesto noble y una cicatriz en forma de uve que atravesaba irrespetuosamente la comisura derecha del labio. La mirada inteligente, absorta destilaba cierta intranquilidad inexplicable que se coagulaba en un desasosiego profundo cuando se leía debajo, al pie de la instantánea: Aribert Heim, alias el Carnicero de Mauthausen, alias el Banderillero, alias el Doctor Muerte.
 
 
 
 
 
La playa de la Malvarrosa desprendía una humedad que se agarraba a la piel. La luz, sucia, se desentendía de aquella de Sorolla.
Se había citado en la casa museo de Blasco Ibáñez con un amigo de la policía judicial. El retrato de Don Vicente, libertino y fresco, le ayudó a olvidar aquel otro que le había traído allí. Debajo de la fotografía, oportunamente inoportuno, un ejemplar de la primera edición de Los cuatro Jinetes de la Apocalipsis le devolvió a la realidad.
 
    -¿Bonito sitio, verdad?- sonreía algo artificialmente embutido en un traje de lino blanco.
    -Blasco tenia claro donde quería vivir y esta estupenda casa indiana es su imagen, puro goce, pura sensación. ¿Qué tal te va, Luis?
    -Bien o eso creo, al menos hasta que me llamaste.
    -No seas picajoso. Yo nunca hago daño.
    -¿Qué te trae por aquí?
    -Ya te lo dije por teléfono
    -Sí pero no me lo creí. Repítemelo
    -Tengo que encontrar a Aribert Heim, el Doctor Muerte.
    -No quiero saber por qué ni cómo pero ¿qué te hace pensar que yo te puedo ayudar?
    -Sé que tu departamento ha practicado diligencias para encontrarlo por España, en concreto en Denia, Rosas…Hazme un resumen de lo que sabéis, con eso me basta.
 
Luis sacó un paquete mediano de una alforja que llevaba en bandolera.
 
    -Esto es lo que yo sé del individuo ese.
 
Alberto lo abrió con mimo e impaciencia. Dentro un cráneo no muy grande y pulido.
 
    -Es el pisapapeles del Carnicero. Pertenecía a un muchacho de dieciocho años que le llamó la atención por la perfección de su dentadura que a la vista está. El mismo lo ejecutó y pulió su calavera para regalarse un estupendo complemento para su despacho. Lo escribía todo en unas libretas que guardaba.
 
Alberto reprimió una mueca de asco y con un gesto mecánico apremió a Luis para que continuara.
 
    -¿Te hace falta saber más?
    -Las libretas
    -No las tenemos
    -Seguro que sí
    -Solo si me invitas a una paella
 
En el barrio de San Pablo de Valencia las cosas ocurren por lo natural, son lo que parecen pero la gente no.
 
    -En esta carpeta te paso copias de una de las libretas y del dossier del caso. No sé por qué lo hago pero no lo voy averiguar. No te conozco de nada.
 
Aprovechó el momento para servirse una ración más –y era la cuarta- de la paella de centollo, oscura y sabrosa.
 
Salió solo –dejó a Luis rascando el fondo de la paella- y se metió en la Lonja para leer con tranquilidad los documentos. Se apoyó en una de las columnas imposibles y dejó que la luz de la ventana le entrara por el hombro, estrellada.
 
 
    -Buenas tardes. Querría hablar con usted sobre el señor Heim de Mauthausen.
    -No tengo nada que decir. Ya conté todo lo que sabia a la policía- del altavoz del portero automático del numero 3 de la carrer del Segadors de Rosas surgía una voz con marcado acento cataloteuton.
    -Me lo podría repetir a mí, si no tiene inconveniente.
    -El señor Heim residió en mi casa hasta el año 2005 que se fue y no sé a dónde. Trabajaba esporádicamente como psicólogo o como psiquiatra para pagarme la estancia. Aquí llevaba una identidad falsa, se hacia llamar Viktor Reich. Le reconocí por las fotos. Y eso es todo. Auf Wiedersehen.
    -Por favor, una pregunta mas: ¿estaba solo?
 
Se quedó mas de quince minutos esperando la respuesta mientras contemplaba inquieto un bajo relieve en mármol veteado de un águila reconocible.
 
 
En el segundo tramo de escaleras hacia la mitad de la calle del Cid, una casa blanca como el resto pero con una puerta roja, muy roja.
 
    -¿Quiere tomar algo, señor Fernández?
    -Lo mismo que usted.
 
Una fámula pálida de azul marino depositó dos ginlets y un plato con camarones en la mesa de nogal pulido.
 
    -Coincidí con el señor… ¿cómo dice qué se llama?
    -Heim
    -Yo le conocí como Herr Post. Decía que coincidí con el en el Balneario de Denia durante casi seis meses. Nos dábamos masajes y baños y charlábamos en el salón sobre nuestra patria común detrás de un buen coñac francés.
 
Los ojos de un azul acuoso y una permanente sonrisa de sierra acompañaban reglamentariamente a cada palabra, a cada sílaba. Gomina -cubriendo pelo resistente después de los setenta-, piel de color trigueño y rallas perfectas en camisa y pantalón completaban el escenario.
 
    -¿Sabe donde esta ahora?
    -No. Me dijo que quería ir a Brasil, creo recordar.
    -¿Familia?
    -No que yo sepa. Desde luego en el Balneario se alojaba solo.
 
Al salir y sobre un pequeño mueble auxiliar, un retrato de medio cuerpo de un hombre trajeado.
 
    -¿Quién es?
 
Desapareció la sonrisa y un pelo se zafó de la gomina.
 
    -Mi abuelo
 
Alberto sacó un papel del bolsillo con información sobre Himmler, el capo de las SS. Parecía un abuelo inocente.
 
 
 
 
En el Hotel de Linz, Alberto tomaba su tercer vodka sin poder olvidar el color gris despiadado de las piedras de Mauthausen. No pudo llorar.
 
 
Julio Yáñez, inspector de la policía de Puerto Montt, esperaba en el Mercado de Mariscos sobre la caleta multicolor.
 
    -He pedido un salmón rosado con cholgas.
    -Muy bien. Déjeme que vaya al grano, me llamo Alberto Fernández y busco al Carnicero de Mauthausen.
    -Usted y muchos más: dos judíos, dos alemanes y un brasileño
    -¿Dónde está?
    -No sé. Debe estar vivo porque nadie ha reclamado el seguro que suscribió por un millón de dólares, ni tampoco la herencia. Bueno los hijos de Alemania si la reclamaron pero no pudieron demostrar que estuviera muerto. Aquí vive una hija de una amante, reconocida por Heim, una tal Waltraut Böser. El cazanazis judío, Zuroff, está apostado día noche delante de su casa. Está seguro que esconde al Carnicero.
 
Se acababa el salmón y las preguntas. El Carnicero no estaba en Chile, no se escondería jamás del acoso de un sucio judío detrás de las faldas de una hija ilegitima.
 
 
Llovía en Bilbao. Como siempre. Como en Calles de Lluvia, la novela que leyó en el avión de vuelta del frustrante viaje a Sao Paulo.
 
Don Teodosio le esperaba en la sacristía de San Felicisimo, en su barrio infantil, en Deusto. Lejos de su sacerdocio, Don Teodosio poseía un sentido común que le ayudaba a pensar. En casos complejos le había pedido consejo, sin mucho éxito hasta ahora.
 
    -¿Un café? Seguro que no has desayunado.
    -Gracias. No, no lo he hecho.
 
Dos cafés y panecillos con mantequilla y mermelada de limón aparecieron como por arte de magia en la mesa de la oficina de atención al publico (bautizos, bodas, comuniones, defunciones, confirmaciones).
 
    -¿Qué te trae por aquí, descreído?
    -Busco a una persona
    -¿A quién?
    -A Heim, el Carnicero de Mauthausen. ¿Sabes quién es?
    -Algo he oído. Cuéntame.
 
Mientras Don Teodosio apuraba el café, Alberto resumió la historia de Muerte.
 
    -¿Qué hacia con los reclusos?
    -¿De verdad quieres saberlo?
    -Si quieres que te diga algo, sí.
    -Elegía personalmente a los presos y hacia prácticas medicas con ellos. Inyectaba benceno en el corazón hasta que morían cronometrando su agonía -lo hizo tantas veces que los casi siete mil republicanos españoles que acabaron en Mauthausen le llamaban el Banderillero-; extirpaba órganos sin anestesia. En una ocasión, encontró en sus revisiones rutinarias a un preso con un tatuaje que le gustó, lo ejecutó y se hizo una pantalla de una lampara para su escritorio.
    -No sigas. Tengo suficiente.
    -En cualquier caso, te dejo una carpeta con más datos. Heim escribía todo lo que hacia en libretas pormenorizadas.
    -Aunque haya individuos de esa calaña, estate seguro de que Dios existe.
    -Pues hazme un favor, llámale y pregúntale dónde esta este hijo de puta que lo quiero encerrar, ¿vale?
    -¡Qué pedazo de ateo eres!
    -Pero sabes que te quiero, curita mío.
 
Seguía lloviendo por la tarde cuando Alberto se dirigía al domicilio de Don Teodosio. Vivía en un pequeño apartamento de la comunidad en la antigua Avenida del Ejército al lado de la librería Pilar y la panadería Granja Achu. Hoy no existen ninguna de las dos, se han convertido respectivamente en un todo a cien y en una inmobiliaria. Los motivos son los mismos, las caras no.
 
    -He traído un poco de Club Ranero y un Roncal para cenar
    -Tú siempre tan considerado, hijo mío.
    -Antes de que hablemos del alma y la inmortalidad, dime qué opinas del asunto de Heim
    -Tienes que buscar a Dios. Se creía Dios, con poder sobre la vida y la muerte y hasta con evangelios. Busca a Dios, allí estará.
    -Tú siempre barriendo para casa.
    -Calienta el Ranero, escancia el vino y cuéntame qué pasa por el mundo.
 
 
 
 
Al norte de Lhasa, el monasterio de Sera aparece humilde y sincero. Toda la verdad del budismo, la erradicación definitiva del sufrimiento en la búsqueda real del yo.
Avanzaban despacio entre la nieve. Alberto jadeaba por la falta de oxigeno. Detrás del impresionante edificio, cerca del cielo, el padre Everest, blanco y puro.
El guía preguntó a los monjes. Buscaban ojos claros, arrugas profundas. No las hallaron en el verde infinito de Machu Picchu ni en la algarabía de Jerusalén.
 
Al final de un oscuro pasillo, una pequeña celda y allí sobre un camastro una figura enjuta, consumida, exacta. Los ojos cerrados y cubriendo la boca y nariz una mascarilla de silicona amarilla conectada a una botella de oxigeno.
 
Alberto levantó la mascarilla justo donde una cicatriz en uve cerraba los labios. La figura abrió los ojos, vio la fotografía y una cierta luz humedeció el iris.
 
Al comenzar el descenso, volvió la cabeza y solo el Everest permanecía.
 
 
 
En la cafetería reinaba una sorprendente tranquilidad. Todavía no habían llegado los grupos de señoras y la cafetera descansaba preparándose para la pelea.
 
    -Hola señor Fernández. Me alegro de verle.
    -Hola Mario, permítame que le tutee.
    -¿Dónde está?
    -No lo sé. Si te soy sincero creo que ha muerto. Es lo lógico a su edad. Hazte un favor, olvídate de él. Aquí tienes la relación de mis gastos. Exclusivamente lo que he gastado, nada más. No merezco más.
    -Te lo abonaremos inmediatamente. Gracias de todos modos.
    -Te he traído algo. Creí que te gustaría tenerlo.
    -¿Qué es?
    -Una mascarilla amarilla. Solo una mascarilla amarilla.

 

Joseba Molinero