La cojera

Que dos antiguos amigos, acaso solo conocidos, es difícil delimitar la línea que separa la amistad de la mera rutina, dicen que un amigo es aquel que llega cuando todo el mundo se va, el que escucha tus silencios, el que contesta tu llamada incluso cuando no suena, el que no envidia tu éxito y silencia tus fracasos, todas estas definiciones de blogs y foros (que los hay para todo) no son fácilmente cuantificables así que cuando nos encontramos ante un candidato a ser nuestro amigo es difícil precisar si ha pasado la línea o si aun le vence la envidia o incluso la ira, supongamos que son amigos, amigos por esas razones peregrinas que no acertamos a discernir, no son amigos de la infancia, ni han hecho la mili juntos, ni siquiera han trabajado en la misma empresa, quizá un día remoto se encontraron en una situación singular y empatizaron –creo, que así se dice ahora- y ahora se reconocen ambos, sí son amigos. Habiendo dejado sentado este primer e importante aspecto de la historia podemos retomar el hilo, por tanto que dos antiguos amigos se encuentren una mañana por casualidad no es nada inusual.
- ¿No me recuerdas, soy Ramiro el jefe de estación? Recuerdas que querías volver a tu pueblo en el expreso del oeste y que cuando ya llegaba desapareciste. Recuerdo que llevabas un braguero por una hernia y que te había echado de una fábrica.
- Sí claro que le recuerdo, como voy a olvidarle. Me he acordado de usted cientos de veces estos últimos años. Usted fue la última persona que me dio el consejo que necesitaba, volver a mis raíces y a mí me cegó el dinero y ya ve usted como me encuentro.
- Pero háblame de tu, soy viejo pero no obispo. Fíjate si lo soy que llevo jubilado varios años y me dedico a pasear e ir a ver los trenes pero ya no son como los de mi época. No hacen ruido, ni huelen a tren. Todo es aséptico, ya ni el bar huele a calamares, te sirven sándwiches de plástico, un horror. Pero sigue tú, cuéntame todo.
- Pues si recuerdas bien, estaba herniado y ahora estoy cojo de por vida y todo por el maldito bar. Por cierto me llamo Jose Luis pero todos me dicen Chelis. Pero antes de nada creo que este encuentro merece un abrazo, ¿no te parece?
(Y se abrazaron. Lo hicieron dejándose llevar por los recuerdos y por el destino. El abrazo duro largo y algunos viandantes se detuvieron y hasta le hicieron corro. No estamos acostumbrados en este mundo moderno a un reencuentro de dos amigos. Y como no podía ser de otra manera, entraron a un café cercano, se acomodaron en una mesa discreta y pidieron café dispuestos a conversar y a escuchar).
- Volví a por mi novia y su bar, Bar Real se llamaba y se llama. Me recibió con los brazos abiertos, todo hay que decirlo y me pusieron a despachar tras la barra en un suspiro, con hernia y todo. Y tantas horas de pie y tanto cargar bidones de cerveza y cajas de vino, pues ya ve, cojito me quedé, como la cantinerita de la canción.
- ¿Te casaste?
- Hombre, ¡vive el cielo que sí! Sus padres nos ayudaron a cambio de que nosotros nos encargáramos del bar y en un añito casados. De mi parte no acudió nadie, solo me quedaba mi pobre padre que murió poco después de que renunciara a regresar. Una cirrosis fulminante, no me dio tiempo ni a verle vivo. Me contó una vecina que se lo encontró tirado en la cocina, empapado de aguardiente. Ves, si hubiera cogido ese tren acaso no hubiera sido así. En fin solo Dios lo sabe.
- Yo creo que Dios sabe poco de esas cosas.
- Bueno pues el destino o el azar que he leído que controla los vericuetos de la vida, a mi el azar, o la codicia, no sé, me impidió tomar aquel tren.
- Quizá en tu pueblo te hubiera ido peor. Nunca se sabe.
- Puede ser.
- Y ahora, ¿sigues en el bar?
- Que va. Mi mujer, Rosa, quería tener hijos a toda costa. Yo no estaba tanto por la labor, le decía que un bar no es un buen lugar para educarlos, pero ella empeñada hasta el cuello. Pero otra vez el azar no quiso que se quedara embarazada y ella llora que te llora. Nos hicimos pruebas y no estaba claro qué fallaba. Mis suegros decían que si la hernia podía influir y Rosa que se lo acabó creyendo se encontró un novio por allí que le dejo preñada y acto seguido me pidió el divorcio. Por entonces ya teníamos ley aunque los trámites eran complicados y hacía falta dinero. Total que entre todos me echaron de la casa que la teníamos encima del bar, me dieron la parte del bar que creyeron oportuna, una miseria y a la puta calle con una mano delante y otra detrás.
- Pero, ¡qué sinvergüenzas! Y ahora ¿a qué te dedicas, amigo?
- Pues sobrevivo con el dinero que me dieron y hago chapuzas aquí y allá aunque la cojera tampoco me permite muchos esfuerzos.
- Pero puedes pedir una invalidez o algo así.
- Ya pero si ni siquiera cotizaba como autónomo. No tengo derecho a nada. Todo por el maldito bar.
- ¿Y volver al pueblo?
- No, allí ya no me queda nada. Mi padre vivía arrendado y en cuanto se murió el dueño se hizo cargo de ella. Además solo resisten cuatro viejos, el pueblo se muere Ramiro, se muere.
Hemos asistido como meros espectadores a la escena del reencuentro y puesta al día de las vidas de Ramiro y Chelis, especialmente la de éste ultimo. Aunque no lo hubiéramos perseguido, nos habría sido imposible no tomar partido por alguna de las partes: odiar a Rosa y sus padres, compadecednos de Chelis, envidiar a Ramiro por una vida tan equilibrada o acaso sentir lástima por el hastío de su existencia.
No nos relajemos. También existen otros puntos de vista, otros enfoques, acaso más datos, el color del cristal.
Preguntemos a Rosa.
“No, así no sucedieron los acontecimientos. Fueron totalmente diferentes. Cuando Chelis se hernió en la fábrica yo le propuse que nos hiciéramos cargo del bar, lo hice porque estaba muy enamorada de él. En aquel entonces era un chico muy cariñoso, comprensivo y trabajador y bastante inteligente, si me lo permiten. Pero fue proponérselo y torcer el morro, que si el bar es vuestro, que si yo no pinto nada, que si está mal situado, excusas. Me dijo que estaba pensando en volverse al pueblo. A mí me dio un vuelco el corazón, ya llevábamos varios meses de noviazgo y jamás me había mentado su pueblo, que justo sabia que le quedaba padre vivo. Pero ya se figurarán ustedes que no podía retenerle, así que me resigné y le lloré sola en casa. A los pocos días volvió con el rabo entre las piernas como vulgarmente se dice. Dócil y diciendo a todo que sí con la cabeza. Abrimos el bar y que si la hernia que si la cojera más tarde, el caso es que no se levantaba de la cama y cuando lo hacia se marchaba Dios sabe dónde. Cometí el error de consentir en casarnos que yo ya veía que aquello no funcionaba. Un día le dije que tendríamos que tener chicos que es lo suyo. Comprendan ustedes que llevábamos ya varios años casados…Se puso como un basilisco, que si los niños son un engorro, que si el bar no da para tanto (me pregunto cómo sabrá para lo que da si no pisaba el local), que si aún somos jóvenes…Además ya llevaba una temporada que ni me tocaba. Me compré camisones, pijamas hasta un tanga me puse en una ocasión pues ni con esas. Yo no había cumplido aún los treinta años y modestia aparte creo que estaba de buen ver. Por el bar pasa mucha gente y un día que estaba sola (quiero decir que no estaba mi padre), un mozo de buen porte, bien vestido, limpio y con mirada sana me echó los tejos así con todas las de la ley. En un primer momento le mande por donde amargan los pepinos y perdónenme la grosería pero volvió y me mandó flores. ¡Jo!, no me habían mandado flores desde ni me acuerdo. Yo es que soy muy romántica y lo de las flores es que me vuelve loca y además rosas rojas de las caras. Y otro día un perfume y me invitó a cenar en un sitio de postín, de esos de raciones pequeñas en platos grandes y claro que iba a hacer yo. Comprenderán que ocurrió lo que tenía que ocurrir y va y me quedo preñada. Fue un disgusto porque hasta entonces todo había sido un juego divertido. Lo hablamos Ramon (que así se llamaba ni novio) y yo y decidimos tener el chico y montar el escándalo. Y así fue. Fueron años duros pero Ramon me apoyó en todo y ahora creo que puedo decir que soy feliz. Tenemos dos chicos, el bar funciona mejor que antes. Ramon propuso que ofreciéramos una carta de tapas y raciones y ahora no paramos de servir croquetas, chopitos y bravas. Él trabaja en lo suyo, es enfermero en una clínica y nos va bien…”
No se apresuren a cambiar su juicio. No serian justos. Acaso les interese ser testigos de otra vertiente de esta historia. Por aquí viene el padre de Rosa, Esteban.
“Un maricón, un mariconazo el tipo ese. Gais como le dicen ahora. Yo fui el primero en calarle. Tantos misterios cuando se iba por la tarde. A pasear decía. Una tarde decidí seguirle. No soy cotilla ni mucho menos que me tiene sin cuidado lo que hagan los demás pero se trataba de la felicidad de mi hija, que yo ya veía que aquello no carburaba. Y le vi salir agarradito de la cintura de un tipo y se hacían carantoñas y todo. Luego supe que frecuentaba un bar de esos que llaman de ambiente, vamos de maricones. Me subí a su casa una mañana, las pasaba en la cama por lo de su cojera decía. Le puse las peras al cuarto, le dejé claro que o dejaba lo de los maricones o se iba a la puta calle aunque le diera un disgusto a mi hija. Se asustó mucho y no fue capaz de soltar ripio. Surgió efecto porque se comportó con formalidad hasta que mi hija se lió con Ramon y ya saben el resto. Nunca se lo dije a mi hija, no me pareció correcto, la verdad.”
Rodolfo es peluquero…“No es exactamente así, regento un centro de belleza y esteticien en el barrio del Arrabal, las cosas como son, ¿no te parece, encanto?” Bien, corrijo, Rodolfo regenta un centro de belleza y esteticien en el barrio del Arrabal y quiere contarnos algo que considera relevante para su justo dictamen.
“Chelis es un amor. Sensible, generoso, tolerante. Una persona cabal. Sacrificó su salud por una individua que solo le quería por su semen. Salimos una temporada y me ayudó a dejar de beber. Yo abusaba del alcohol. Es el problema de los homosexuales que salimos todas las noches para encontrar cariño y comprensión y ya se sabe salir y beber todo va unido. Me pasaba la mañana de resaca en la cama y el negocio manga por hombro. Llegar Chelis y transformarme fue todo uno. Le estoy muy agradecido. Recuerdo que se pasaba las horas hablándome de su pueblo y hasta pensamos en irnos de finde. Siempre se lamentaba de la oportunidad que perdió de regresar. Todo iba bien hasta que llego el energúmeno de su suegro que le amenazó con abrirle en canal si no me dejaba. Barajamos la posibilidad de huir juntos pero yo tengo aquí montada mi vida y mi negocio y la verdad no me atreví. Fui cobarde, lo reconozco y ahora le añoro una barbaridad”
“Pero si en cuanto se fue Chelis se echó al cuerpo otro más guapo…”
Disculpen la intromisión de Guadalupe. Es una de las peluqueras de Rodolfo.
Después de todo lo que sabemos ahora, el encuentro casual de los dos amigos resulta cuanto menos trivial, vano y un punto farsante. Aunque no es descartable que horas después del mismo, los dos amigos se invitaran a cenar y mas tarde a tomar unas copas y surgiera espontáneamente un dialogo parecido al siguiente.
- Ramiro, tio, te tengo que confesar algo. Soy gay…, homosexual, ¿entiendes? No sé qué hacer con mi vida. Tuve un novio que me quería de verdad y ahora estoy solo y angustiado…
(Quizá en este instante Chelis babeara un poco y hasta podría deslizarse alguna lagrimita por su mejilla, incluso es probable que se bebiera de un trago el cuba libre mediado que aprisionaba entre las manos.)
- Chelis, amigo. No sé qué te puedo decir. Nunca he conocido a ningún…gay. Supongo que habrá tratamiento para eso ¿no?
(Desgraciadamente para Ramiro su vaso llevaba largo rato vacio.)
Esto solo pretendía ser el relato sobre un reencuentro de dos amigos que lo eran pero supongo que nada es lo que parece.

“Por favor, no se vayan. Tengo algo importante que decir. Soy jefe de estación en activo y he vivido como tal la época digamos romántica y la actual. Y puedo asegurar que no tienen nada que ver. Es con mucho mas atractiva la actual. Con mayor variedad de unidades motoras, de tipos de vagones, estaciones con estilos diferentes: clásicas como la de Bilbao ó la de Valencia; modernas como la de Atocha o la de Zaragoza. Todas pulcras, organizadas y ordenadas. Máxima puntualidad y comodidad. Lo que digo ni punto de comparación y el que afirme lo contrario no tiene ni…idea”
 

Joseba Molinero