La muerte del hijo

La tempestad golpeaba la techumbre de la vivienda. Al filtrarse por las grietas que se abrían en los muros, el viento gemía dolorido, aullaba de pena por la muerte del hijo. La madre aguardaba la llegada del cuerpo; el más joven de todos ellos la había arrastrado a la fuerza lejos del lugar de la ejecución. Desde entonces, la mujer había permanecido sentada, encogida sobre su vientre, mirando el suelo de tierra apisonada sobre el que de vez en cuando caían mezcladas sus propias lágrimas y las gotas de agua que se deslizaban desde el tejado. A su lado, el más joven, de pie, contemplaba la puerta, pendiente de los sonidos que nacían y morían en el exterior de la casa, aguardando. Cuando escuchó unas voces ahogadas por el fragor del aguacero, enderezó la espalda y apoyó su mano en el hombro de la madre.
—Ya lo traen.
Ella se incorporó y lo miró a través de la nube grisácea de lágrimas que encelaba sus ojos. La madre asintió. Más allá del umbral de entrada, difuminados en la oscuridad por la lluvia, seis hombres transportaban un bulto cubierto por un sudario blanco. El más joven les hizo un gesto con la mano y ellos penetraron en la estancia. Sus rostros apenas destacaban como unas pálidas manchas que se movieran ingrávidas entre las sombras. Las dos velas que iluminaban con luz insegura despertaron brillos amarillentos sobre las pieles mojadas de los hombres. Obedeciendo a una indicación del joven depositaron el cuerpo sobre un jergón; la sábana que lo envolvía se desplazó ligeramente y mostró piel rota, carne lacerada, mostró tortura. Y sangre, sangre que punteaba de constelaciones rojas la tela blanca.
Una muda pregunta oscilaba en los ojos de la madre, aún teñidos de la esperanza vana e irracional que le había acompañado durante aquellas horas inagotables. Contempló las caras cansadas, tristes, privadas de ánimo de los hombres que habían traído el cuerpo del hijo. Las miradas de de todos ellos se hundieron en la tierra húmeda, avergonzadas por la inmensa pérdida de la que eran portadores. Se acercó al de más edad; era tan alta como él, y sus labios quedaron a la altura de la frente humillada del varón. Un beso triste y salado se posó sobre la piel mojada del hombre. Entonces, unas palabras amargas e innecesarias le cayeron desde la boca y golpearon el suelo entre sus pies.
—Señora, tu hijo ya no está entre nosotros.
La madre apretó sus manos contra el vientre, se retorció los dedos sin dejar de mirar la cabeza inclinada del que había hablado. Los demás apartaban sus ojos, bajaban los párpados como si así pudieran eludir la realidad que les había desviado hacia aquella singladura ya sin rumbo. El hijo había muerto y eso era lo único que ocupaba sus mentes, anegando su entendimiento, cubriéndolo con el barro de la confusión. La madre se irguió, elevó orgullosa la cabeza y preguntó sin dirigirse a nadie en concreto.
—¿Dónde está?
El varón que había hablado antes se atrevió por fin a levantar los ojos. El rostro de la madre ya no reflejaba ni desventura ni tristeza, quizá solo los párpados, levemente caídos, denotaran algo de la angustia y del fracaso que ahora yacían sepultados bajo el gesto de autoridad que representaba la pregunta que acababa de formular.
—Lo están buscando, señora. No tardarán en dar con él.
El varón dudó antes de continuar; aspiró muy hondo, como si deseara agotar todas las incertidumbres que flotaban en el aire de aquella habitación.
—¿Qué quiere que hagamos con él cuando lo encontremos?
Una sonrisa en la que bailaba una sombra de cinismo se dibujó en los labios de la madre. Lo mismo que le habían hecho a su hijo, tal vez; eso era lo que anhelaba en el fondo de su corazón, pero también conocía las entrañas de la venganza y lo incontrolable que podía ser la ira. Se encontraban en este lugar miserable, en el rincón más apartado de un imperio absurdo y cruel para evitar actos y sentimientos como aquellos. No, el traidor debía ser tratado de una forma justa, habían de escuchar las razones de su acción, aunque en realidad ya nada importaba porque el camino por el que habría de transitar el devenir ya había sido trazado por su mano, porque el hijo había muerto en medio de un suplicio atroz: ella misma había contemplado parte de la tortura. El mensaje que durante casi tres años trataron de diseminar había quedado truncado de una manera perversa y los tiempos venideros harían profesión de aquel extravío. El mensaje de amor quedaría oculto en un lóbrego bosque de escombros, escombros que nacerían de los huesos de millones de muertos futuros. Ellos sabían que así sucedería porque el futuro ya era pasado en sus propias vidas y en el lugar del que llegaron la muerte del hijo ya había ocurrido, de otra manera pero igualmente catastrófica.
La madre se acercó al camastro y apartó la sábana que cubría el cadáver. Contempló el rostro rígido, deformado en una mueca postrera de agonía, los ojos abiertos y sin brillo, las pupilas dilatadas hasta convertirse en dos pozos negros por los que se había vertido la vida hacia aquel lugar extraño y desconocido en el que ahora acaso moraba su alma, esa alma que no había existido hasta el mismo momento de su muerte, que había nacido a causa de la tortura y que ya sería eterna como un dios. Como un dios, la idea le llegó como un puñetazo y la dejó exhausta. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y no pudo evitar volverse hacia atrás, como si el espíritu de su hijo estuviera allí, a sus espaldas, observando la escena. Pero eso no era posible… Se clavó las uñas en las manos. No, no podía ser…
Los compañeros la miraron expectantes, pendientes de sus labios, pero ella se limitó a regresar a la contemplación de los despojos y envolver su conciencia con la tristeza. Tanto tiempo de viaje, de penalidades, de sinsabores, de dudas, todo con el único objetivo de que las gentes de aquel mundo pudieran tener una senda por la que caminar hacia adelante y que no se quebrara a causa de un Dios esquivo, huidizo e inexistente, pero al que en algún momento del futuro desearían crear con el armazón de sus propias vidas, con el adobe de su propia agonía y sufrimiento, con la argamasa de sus propias muertes. Ahora todo se había transformado en hojarasca removida por el viento y anclada en el légamo del fracaso. La muerte de su primogénito les había mostrado el camino hacia ninguna parte, el lugar desde el que ella, su hijo y los compañeros habían venido.
Unos golpes salpicados de gemidos sofocados y de amenzas e insultos irrumpieron en el silencio de la estancia. María se puso en pie y volvió a cubrir el cuerpo yaciente. Cerró los ojos y se dio la vuelta. Allí, arrojado sobre el suelo como un fardo de trapos viejos y empapados de lodo, el traidor intentaba librarse de la presa de sus captores. El más joven hizo un gesto con la mano, la cerró en un puño y la llevó a la altura del corazón. La quietud regresó a la habitación. El traidor levantó la cabeza y miró a su alrededor sin un ápice de agitación en sus ojos, frío y distante, como si todo aquello le fuese ajeno por completo.
—Levántate.
La voz de la madre sonó extraña, contenida, como si estuviera reprimiendo las propias palabras, bloqueándolas con los dientes, mordiéndolas.
—Levántate y dinos por qué lo hiciste. Tú, como todos nosotros, conocías las consecuencias. Ahora ya no hay esperanza para ellos.
El traidor dio un salto hacia la mujer y aproximó la máscara rígida que era su rostro al de ella. Apenas el espesor de un dedo separaba sus pieles, húmeda de lluvia la de él, de lágrimas la de ella.
—¿Por qué lloras, mujer? ¿A qué viene tanta hipocresía, a quién pretendes engañar?
El aire de la estancia se agitó a su espalda cuando el más joven y el mayor de los hombres se acercaron al traidor y lo sujetaron por los hombros. Los demás se apiñaron en torno a los anteriores pugnando por castigar su osadía al hablar en aquel tono a la madre. Una sola palabra sirvió para restaurar el silencio en la habitación: el nombre del traidor. Éste se desasió de las manos que le retenían y dio un paso a un lado. Afuera la lluvia seguía golpeando la techumbre de la casa, era como un repiqueteo de uñas sobre pizarra que transmitieran su impaciencia y crispación a los ocupantes.
La madre tocó el hombro del traidor con la punta de los dedos, presionó con suavidad los músculos de su brazo; acarició su cabello sucio y enredado de hierbas y hojarasca.
—Tú eres como nosotros… Tú eras como nosotros. Aceptaste nuestra misión y ahora has condenado a este mundo al dolor, al padecimiento y a la muerte.
El traidor apartó la cabeza con un latigazo de su cuello.
—A la muerte no, madre, tú lo sabes bien, porque ahora tu hijo ha muerto, pero su alma vive y nosotros somos nuestra alma; nuestro cuerpo no es nada.
La madre negó con su mano, sus labios se crisparon sobre los dientes. No quería gritarle a aquel hombre que nadie sabía lo que había más allá del momento de la muerte, de la muerte violenta, de la muerte consciente. Nadie conocía lo que había más allá del instante en que la mente se apagaba y el alma nacía como el fruto maduro del tormento. Nadie sabía si Dios, algún dios, estaba allí, al otro lado, esperando a sus hijos. Nadie sabía si esa alma era realmente inmortal. Nadie lo sabía, salvo su hijo. Él, ahora sí
—Nuestra vida es lo único que tenemos, no podemos sacrificarla en el altar fanático de una hipótesis. Jamás ha regresado nadie, hijo mío. Tú lo sabías, sabías que ese camino llevaba a la extinción. Nuestro mundo ya no existe, hoy es sólo un páramo de cenizas inhabitable…
El traidor dio un paso hacia delante. En sus ojos se reflejaba el cansancio, una fatiga pesada como la propia vida que tanto despreciaba.
—Madre, yo estuve con él hasta el final…
Se interrumpió como si dudara de lo que había de decir a continuación, como si acaso fuera mejor mantener el silencio y rechazar a aquel grupo erigido en un tribunal ya sin sentido. Levantó la cabeza.
—Yo estuve con él hasta el final, madre. Tú no has visto cómo le clavaron en aquel madero, cómo le rompieron las piernas a mazazos, cómo le alancearon. Sus ojos estuvieron todo el tiempo sobre mí y sé que en ningún momento deseó renunciar a lo que estaba padeciendo.
Aspiró profundo y con un leve giro de su cabeza incluyó a todos como destinatarios de sus palabras.
—Yo no le traicioné. Él deseó que todo sucediera así, él me ordenó que le denunciara y de esa forma se cumplieran las profecías de este pueblo y de sus libros sagrados. De alguna manera ellos ya lo habían intuido…
Ella sintió el frío extendiéndose por sus venas, sus mandíbulas parecían resquebrajarse, su boca se cerraba y no podía lanzar una negación.
—Mientes.
—No, madre, no miento. El sufrimiento es el único camino que les llevará a la eternidad —miró a los demás—. Vosotros también lo sabéis, hermanos, y él por fin también lo vio, por eso aceptó su sacrificio. Hoy, los que fueron nuestro pueblo eligieron la muerte y por ello viven para siempre.
De forma involuntaria levantó los ojos hacia un cielo húmedo y repleto de oscuridad.
—Ellos crearon a Dios con el sacrificio de sus vidas y ahora viven en Él. Nosotros no lo aceptamos y, ¿adónde hemos llegado, madre? A este senda sin destino. El amor, el rechazo a la muerte y al dolor conducen a la nada.
La madre se sentó de nuevo en la pequeña silla en la que había aguardado el cuerpo del hijo. La duda germinaba en su pecho. Si el hijo había aceptado voluntariamente su suplicio como decía el traidor, entonces todo carecía de sentido; la guerra y el exilio; el viaje terrible en el que tantos habían muerto; aquella misión estúpida condenada al fracaso desde el momento de la partida. ¿Quiénes eran ellos para actuar como dioses? Y eso era precisamente lo que habían tratado de hacer, intentando que aquel mundo pudiera vivir de otra manera, pero quizá el destino estaba escrito en todos los mundos existentes, tal vez tarde o temprano todos descubrían el camino hacia la inmortalidad, y para ello había que atravesar un umbral terrible, el mismo que su hijo acababa de cruzar.
Unos golpes bruscos, brutales, sobresaltaron a los de la casa. Todos se volvieron hacia al traidor; él les devolvió la mirada desafiante.
—El camino está trazado, madre. Basta con abrir la puerta y no ofrecer resistencia, y dentro de poco todos estaremos con él.
Un último destello de furia amaneció en los labios de la mujer.
—Maldito, sabes que podemos arrasar este lugar y no quedará resto de lo que ha sucedido, resto ni memoria. Podemos empezar de nuevo en otro sitio.
El traidor sonrió, pero en sus labios sólo había oscuridad. No, no podían pelear contra la naturaleza, contra la esencia de la vida. Hicieran lo que hiciesen, en aquel mundo acabarían por descubrir el camino, como su propio pueblo lo había descubierto tiempo atrás.
Los golpes retumbaron de nuevo en la estancia. El traidor avanzó hacia la puerta. Los compañeros miraron a la madre, aguardando una orden suya. El más joven se colocó a su lado y pasó su brazo sobre los hombros de la mujer. Ella cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos. Los gritos en el exterior no lograron apagar el fuego herético de su pensamiento. Quería ir con el hijo, quería abrazarlo de nuevo. Quería vivir para siempre, aunque para ello la locura y la muerte ocuparan el trono vacante.
El traidor abrió la puerta y la noche penetró en el mundo.
 

Roberto Sánchez