La blasfemia en su mirada

Pocos días después de su nacimiento, los padres murieron en un accidente. Fue la policía quien halló al bebé —un pequeño bulto palpitante envuelto en una manta—, ileso entre las chapas retorcidas del vehículo. Los agentes calificaron el hecho de milagroso; la pequeña no viajaba en ninguna silla que la pudiera haber protegido, era como si se hubiesen limitado a dejarla sobre el asiento trasero, olvidada. Durante los funerales, algunos parientes también hablaron de milagro. Los que así opinaban no habían visto aún a la pequeña. Los que habían tenido la poca fortuna de conocerla cuando nació, se limitaron a apretar los labios y asentir en silencio mientras contemplaban los dos féretros; no estaban seguros de si el accidente había sido en realidad un suicidio, un intento de matar al bebé o ambas cosas a la vez. Tampoco se atrevieron a decirlo en voz alta, pero todos pensaron que aquella niña estaba maldita. Nadie en la familia aceptó hacerse cargo de ella, y todos obraron como si nunca hubiera existido. Una semana después del sepelio, la recién nacida fue ingresada en un hospital infantil asistido por religiosas. Los médicos que la atendieron después de la tragedia estuvieron de acuerdo en que aquel era el mejor destino para la huérfana.
Las hermanas recibieron a su nueva paciente con aprensión e inquietud. Como aún no había sido bautizada, decidieron que el sacramento debía serle administrado con la mayor urgencia; sin embargo, el sacerdote que repartía su consuelo entre los enfermos de aquel lugar rechazó la idea con espanto cuando se enfrentó al bebé. Aquella no era una criatura del Señor, y si el mundo y la sociedad querían aceptarla, allá ellos, pero él jamás la admitiría en Su grey. Los murmullos de las monjas ante aquellas palabras no fueron de escándalo o rechazo; en el fondo estaban de acuerdo con el padre. Muchas abandonaron unas semanas más tarde la clínica, otras la propia orden. Las que aceptaron a la niña como una componente más de su comunidad, con un humor oscuro y desasosegante, decidieron llamarla Iris.
Iris se dio cuenta muy temprano de que en su existencia había algo extraordinario y terrible. En los rostros de quienes se dirigían a ella, pronto aprendió a reconocer un gesto de nausea reprimida, de miedo en muchas ocasiones. Las miradas esquivas, revoloteando a su alrededor sin posarse nunca en ella, se transformaron en insectos cotidianos. La pequeña no se aventuraba a hacer preguntas, se limitaba a palparse la cara en busca de ese detalle que provocaba incluso entre sus cuidadoras aquellos involuntarios fruncimientos de labios. La curiosidad de la niña fue más poderosa que los esfuerzos de las monjas; sus guardianas no lograron evitar que hallara un espejo y allí descubriera las razones de tantos fingimientos y ocultaciones. La primera vez que contempló su propia imagen se preguntó si eso era lo que veían los demás, una cara repleta de confusión, un gesto de no entender qué hacía en aquel lugar, de no explicarse por qué existía. Pasó horas paralizada, espiando el más mínimo movimiento de su reflejo; aguardaba a que la otra le explicara quién era ella misma. Desde ese día, siempre tuvo la esperanza de que la imagen contestara a sus preguntas, calladas al principio, a gritos más tarde, lloradas siempre. Pero la imagen se limitaba a observarla con su único ojo encastrado bajo la frente, siempre abierto, alerta, enorme; un ojo que solo se tornaba un ápice menos inquietante cuando los dos párpados que se arrugaban encima de él lo cubrían parcialmente. Entonces Iris se palpaba el rostro, y durante unos segundos creía ser normal; así la niña del espejo adquiría un barniz de humanidad. En esos momentos se daba cuenta de que solo cuando dormía sería posible mirarla a la cara sin sentir que un puño se cerraba sobre el estómago y lo apretaba hasta el borde del vómito, o más allá, como a ella misma le sucedió esa primera vez, cuando su inocencia se hundió en aquel iris negro y absurdo.
Iris ocultó el espejo en su cuarto. Después de cada vigilia cargada de mudas respuestas, cerraba su ojo; se acariciaba entonces el mentón, como el de los otros niños, la nariz, los labios, como los de las monjas que la cuidaban, las orejas, la frente, los párpados, sus dos párpados… Al llegar allí, pasaba las puntas de los dedos por la piel, y notaba el enorme ojo moviéndose inquieto, pulsante, aterrador cuando giraba en su cuenca. Al final, siempre volvía a mirarse en el espejo. Y lloraba, lloraba contemplando cómo un asimétrico hilillo de lágrimas resbalaba por su mejilla hasta descolgarse sobre su bata de enferma perpetua.
A los diez años todo el deseo de Iris se consumía en una pregunta. Y deseaba una sola respuesta, tan real y única como su ojo. ¿Por qué era así? Ninguna de las hermanas era capaz de soportar su mirada cuando se aproximaba a ellas y las enfrentaba. Quizá algo maligno anidaba en el fondo de su pupila; si se asomaban al abismo que se abría en el centro de su cara, acabarían sumergiéndose en la locura, o en algo peor. Sin embargo, allí, en la imagen del espejo, enredada en las tenues venas que se ramificaban como garras sanguinolentas por la esclerótica del ojo, pugnando por desgarrarse de la retina que aprisionaba sus miembros, solo estaba ella. Cuando lanzaba su pregunta, todas evitaban mirar su ojo. Retenían entre sus labios la manida repuesta que era bálsamo común para todas las desgracias. Es la voluntad del Señor, hubieran murmurado ante otra, pero no con ella. No, ella no era voluntad de Dios. Iris leía en sus caras la repugnancia, el rechazo y el miedo. ¿Cómo podía alcanzar el amor de las hermanas y el de ese Dios que ellas negaban que fuera también su padre?
Siempre que escuchaba al sacerdote hablar acerca de lo perfecta que era la Creación, en la mente de Iris batían olas de culpa y vergüenza. Ella no era perfecta, no era parte de Su Obra; la actitud de todos los que la rodeaban se lo hacía entender. Por eso lo hizo, fue su imagen la que le habló, la que le explicó cómo ganarse la gracia del Señor; fue en su ojo único donde halló la palabra que la iluminó. Único, esa fue la palabra. Esa fue. Solo tenía un ojo, pero en su cuerpo habitaban dos brazos, dos piernas, dos pechos nacientes… Aquella asimetría era una ofensa para Dios, le había explicado a través de su ojo la Iris reflejada. Cuando la encontraron desvanecida y agonizante en los sótanos del hospital, su brazo izquierdo ya había desaparecido en la trituradora de basura. Los médicos se dieron cuenta de que solo la pérdida de sangre le impidió consumar la mutilación de su pierna.
A partir de aquel momento, las hermanas quisieron estar más cerca de la joven, más pendientes de sus inquietudes, de sus temores; sin embargo, cada vez que Iris giraba su rostro hacia ellas, el frío del espanto les congelaba la sonrisa y la transformaba en el mohín de asco al que tan acostumbrada estaba. Su solicitud pronto se difuminó en la rutina hasta desvanecerse del todo. Cuando hubo sanado de las heridas, Iris regresó a su cuarto, de donde nadie había retirado el espejo.
Desde aquel día, las noches se poblaron de un extraño monólogo que corría por los pasillos del hospital. Una única voz mantenía durante horas una conversación desquiciante en la que la imagen de la chica trataba de convencer a la Iris real de lo que debía hacer para no agraviar más a Dios. Cada vez que lo miraba, cada vez que el ojo reflejado giraba en su órbita y acababa por clavarse en ella, de los labios de la imagen brotaba el mismo chillido agrietado por la ira. Cuando me miras, blasfemas contra Él. Iris negaba entre sollozos hasta que la voz del azogue se imponía a su terror. Hazlo, gritaba, debes hacerlo. La lucha finalizaba con el agotamiento de ambas, cuando el ojo de una se nublaba por fin y las dos hundían su rostro entre unos dedos crispados por la desesperación. Cada mañana, se despertaba con la mejilla entre grumos de vómito. Mientras los sonidos domésticos de la mañana sobrevolaban su cabeza, el olor ácido en su nariz, a medias sumergida en la pasta blanquecina, se enredaba en su mente confusa con la visión de los restos de alimento medio digeridos. La voz del espejo, tan próxima que por un instante su leve aliento parecía arrastrar las miasmas que le inundaban la cara, le susurraba burlona que había llegado la hora de volver a confesarse.
El diálogo cesó de repente, una noche. Ninguna monja se atrevió a recorrer los pocos metros hasta su habitación, todas permanecieron debajo de sus cobertores atenazadas por el pavor, tiesas como reliquias milenarias. No por esperado, el alarido que cabalgó sobre el silencio que ya había comenzado a impregnar las paredes del pabellón resultó menos sobrecogedor. Agudo al principio, crispante como el roce de una tiza sobre la pizarra, fue un grito que no terminaba, un grito que no necesitaba coger aliento para recomenzar. Fue una queja prolongada que se fue convirtiendo en un alud de cascotes. Fue la voz de niña de Iris transformándose en la súplica de una mujer que veía la derrota deslizándose entre sus dedos.
Al amanecer, las religiosas se aventuraron por fin a penetrar en su habitación. Allí estaba el cuerpo de Iris, postrado en una oración muda y eterna; su frente apoyada en el suelo, ceñida por un charco rojizo. Al lado, su ojo aún contemplaba el espejo cubierto de cuajarones de sangre seca.
 

Roberto Sánchez