Nada

Los rayos de sol penetraban en la habitación casi sin fuerza, tímidos se diría. En la cama, Martín desplazó ligeramente la cabeza sobre la almohada en un intento inconsciente de que aquellos dedos dorados le acariciaran el rostro. Su tibio contacto se enredó con los murmullos de la conversación que mantenían Mónica y una enfermera.
El dolor había desaparecido, el dolor que le había mantenido los últimos días en un limbo de morfina, sitiado por pesadillas en las que de sus entrañas nacían insectos que a continuación le devoraban. Sin embargo, estaba seguro de que aquella ausencia de dolor no era una buena noticia. Trató de mover las piernas, de apartar unas mantas que pesaban toneladas. Derrotado, exhaló un suspiro que sonó como una explosión en su interior, pero que sus dos visitantes ni siquiera lo advirtieron.
¿Qué hacía Mónica allí? ¿Quién le había llamado? Debía estar muy mal si le habían avisado; hacía diez años que no se veían, y a pesar de ello era la única persona cercana a él. Martín parpadeó varias veces y una tempestad despegó desde sus ojos, pero las dos mujeres seguían sin darse cuenta de que él estaba allí, de vuelta. De vuelta de momento, pensó, y quizá la sonrisa que curvó sus labios estuviera teñida de sarcasmo.
La tregua había durado poco. Apretó los párpados; alguien le propinaba unos puñetazos salvajes en el hígado, en el estómago, en el vientre. Cuando la marea comenzó a retirarse, miró a su alrededor desde los escombros de su cuerpo. Mónica le acariciaba la cabeza. Una nube verde que parecía surgir de la melena de su amiga revoloteaba en torno a un gotero. Mónica podía ser su morfina o un insecto que viniera a desgarrarle lo poco que quedaba ya de él.
— Vaya, vaya, el señor se ha despertado. Y con cara de felicidad. ¿Qué habrás estado soñando? —dijo Mónica sonriendo—. Estoy aquí desde ayer. Has dormido más de veinte horas, Martín –continuó la mujer como respuesta a la muda pregunta del paciente.
Martín quiso responderle que no había soñado con ella, que no había soñado con nada, pero de sus labios se desprendieron unas piedras que, al chocar contra los acantilados de sus dientes se disolvieron en crujidos. Mónica se inclinó sobre él y le ofreció una pajita para que pudiera beber. Él se dio cuenta de que tenía mucha sed.
¿Cómo te encuentras?
Martín ensayó una tentativa de encogimiento de hombros a modo de respuesta. Ella lo sabría ya mejor que él. Quiso ser brutal.
¿Cuánto? —preguntó, y la palabra revoloteó por la habitación blanca, golpeó las paredes sin poder escapar. Mónica cogió su mano, fría, húmeda, piel húmeda sobre huesos frágiles. Martín notó la caricia y quiso ser brutal de nuevo; repitió la pregunta, y aguardó. Ahora era él quien apretaba la mano a la mujer. Supo que le estaba haciendo daño, quería que ella también fuera cruel. Estaba seguro de que el rencor aún se agazapaba detrás de aquella mirada huidiza.
Nada —respondió Mónica, y apartó su mano.
Nada, repitió Martín en silencio. Sí, ella también sabía ser cruel. En su rostro no había compasión o lástima. ¿Y amor? Quizá escondido, porque sus facciones no reflejaban ninguna emoción. En ellas no había nada. Nada. La misma nada que le aguardaba, oculta en algún rincón de aquel cuarto de hospital, y que había comenzado ya a desplegar sus alas de vacío. Pero Mónica seguía a su lado, impidiendo que la nada le abrazara, interponiéndose entre la muerte y él. Estaba allí porque quería saber y ninguno de los dos abandonaría aquella habitación sin que ella supiera. Ese era su mensaje. ¿Por qué no abreviar todo aquello?
— ¿Vanessa? —preguntó Martín.
La crispación se dibujó de inmediato en los labios de la mujer; parpadeó muy rápido y se llevó la mano a la boca.
Mónica, siempre la misma Mónica. Siempre anhelando algo y tratando de ocultar su deseo. Siempre oscilando entre el amor y el odio sin saber qué sentimiento debía elegir y a quién endosárselo. A él le había amado, quizá aún le amaba a pesar de los años de separación. Y también le había odiado, aunque por razones diversas y opuestas en ocasiones. A él le había odiado por creer que no la amaba, por creer que prefería a Vanessa, pero también le había odiado cuando ésta se separó del grupo inseparable que los tres formaban. Por culpa de él, le dijo, aunque jamás quiso aclararle cuál había sido su culpa según Vanessa. Tampoco le hizo falta. Recordaba el momento en el que terminó lo que jamás había existido entre Vanessa y él. Los gritos, las recriminaciones, las amenazas. El cuerpo de ella, de repente desnudo, una ofrenda en el altar de un amor imposible. O el sacrificio de un sacerdote lúbrico a su propia incontinencia, a una curiosidad morbosa ¿Lo recordaba de verdad? ¿Recordaba la verdad? ¿Cuál era la verdad? ¿Qué sucedió con Vanessa aquella noche de hacía quince años? ¡Cuántas preguntas! Ya no tenía tiempo para responderlas, de respondérselas a sí mismo, a aquel Martín que dentro de nada ya no sería nada.
— ¿Y Vanessa?
Mónica trató de sofocar un sollozo cuando Martín repitió la pregunta. Martín entonces adivinó que había sucedido algo que desconocía, y no estaba seguro de que le importara saberlo. Los ojos de la mujer brillaban en la penumbra que se iba instalando en la habitación. Respiró profundamente.
— Vanessa ha muerto, Martín… Fue ayer, en un accidente de tráfico —dijo Mónica.
Martín cerró los ojos unos instantes y se dio cuenta de que no le importaba, de que no sentía nada, de que su corazón seguía latiendo al mismo ritmo.
Mónica, ¿a qué has venido? ¿A verme morir? ¿Por qué no me dejas en paz? Todas estás preguntas se reflejaron en los ojos del hombre, pero no pudieron alcanzar unos labios agrietados que ya sólo podían vivir en el reino del silencio. A veces no son necesarias las palabras.
— Martín, he venido a conocer la verdad, ya lo sabes —Mónica quiso continuar hablando, pero Martín la contuvo con un gesto de la mano. No sigas. Silencio.
Inclinó la cabeza y miró por la ventana. El cielo estaba gris, aunque pronto se tornaría negro y se confundiría con la silueta oscura de los montes cercanos. Aquella mujer quería saber de verdad, pero, ¿para qué? Vanessa estaba muerta. Y él también. Ya nada importaba. ¿Qué pretendía ahora Mónica mostrándole aquella fotografía en la que aparecían los tres juntos? La recordaba muy bien, la había hecho él cuando aún eran tres amigos y no tres extraños cargados de frustración, reproches y remordimiento. Incluso recordaba la dedicatoria que había escrito al dorso: “¿Olvidarás? M.”. Pero aquella fotografía fue una vez de Vanessa, no de la mujer que ahora le hablaba con ira contenida. ¿La violaste, Martín? ¿Es verdad que violaste a Vanessa? Y no supo si las preguntas partían de la boca quebrada en una mueca de la mujer o de su propio cerebro.
Después de la última crisis, Mónica le explicó que había decidido llamar a su antigua compañera. Tenía que contarle que se estaba muriendo. A pesar del asco que durante quince años había sentido hacia él —así se lo dijo: asco. Él no lo sabía, pero no le costó esfuerzo aceptarlo—, Vanessa no dudó ni un instante en subirse al coche y conducir los doscientos kilómetros que la separaban de aquel hospital. Si lo que quiso fue satisfacer su rencor con la contemplación de su muerte, con su agonía o reconciliarse, nunca lo sabría. Pero tampoco aquello le importaba ya. Ni a Vanessa. Ahora estaba muerta.
Mónica se movió un poco y el cielo oscuro asomó por encima de su hombro. ¿Violó a Vanessa? Eso fue lo que ella le contó a Mónica y él nunca tuvo oportunidad de negar. Al principio Mónica no quiso creerlo, quizá porque de verdad le parecía imposible o, más probable, porque así se podía mantener cerca de él, del hombre al que amaba, hasta que por fin se dio cuenta de que entre ellos jamás habría nada; en un par de ocasiones le arrojó insinuaciones hirientes que él no tardó en comprender, luego llegó el silencio a sus conversaciones y más tarde la separación definitiva. Y ahora Mónica quería saber, saber si hizo bien al seguir amando a un violador o si hizo mal al creer las palabras de Vanessa.
¿Por qué la llamaste, Mónica? ¿Tan importante era para ti?
Egoísmo y desesperación. Necesitaba enfrentarles antes de que él muriese, necesitaba saber si podría seguir odiando a alguien o, tal vez, volver a amar aunque fuera una nada de tiempo. Ahora podría seguir odiando, podría seguir odiándose a sí misma por la muerte de Vanessa. ¿Por qué no la dejó en paz?
El cielo volvió a ocupar la ventana, pero ya era negro. No había estrellas. Del otro lado de la habitación llegaban ruidos confusos, pero el prefirió mirar hacia fuera, tratando de adivinar entre las nubes oscuras algún punto de luz. Pobre Mónica. La había querido, la había amado hasta que se dio cuenta de que ella siempre albergaría dudas sobre él, sobre su relación con Vanessa, y de que al final todo se pudriría en lo más profundo de un pozo de sospechas.
A Martín le pareció que su cuerpo se ponía rígido. Unas sombras verdes le colocaron una vía en el brazo, y le obligaron a dejar de mirar la negrura del exterior. Su pecho subía y bajaba a intervalos cada vez más breves. Ahora tenía enfrente de sus ojos un techo blanco en el que unas formas amarillas oscilaban y temblaban, parecían hincharse como si quisieran desprenderse de la pared. Un escalofrío bañó la piel de Martín cuando aquellos extraños seres se desplomaron sobre su cuerpo, aplastándolo. Le resultó extraño. Estaba a punto de morir, quizá estaba muerto ya porque su corazón no latía y el rostro crispado de un médico acaba de aparecer ante sus ojos, sin embargo su cerebro parecía completamente alerta, lúcido y despierto. Su cuerpo estaba muriendo pero su mente, que ya había aceptado la desaparición, la nada, funcionaba con una claridad tal que parecía cegarle desde dentro y obligarle a bajar los párpados.
Pobre Mónica. Nunca le creyó, y tampoco creyó a Vanesa. Ahora los dos estaban muertos y ya nunca sabría la verdad. Pobre Mónica, ahora tendría que elegir.
El cuerpo de Martín se relajó de repente. Mónica gritó algo desde el umbral del cuarto; sus palabras no pudieron volar y cayeron al suelo arrastradas por una lluvia de lágrimas, pero a Martín eso ya no le importó nada. Nada.

 

 

Roberto Sánchez