Unamuno, el filosofo incomprendido

Hoy se cumplen 75 años de la muerte de un vasco genial, contradictorio y profético

Félix Maraña

Se cumple ahora el 75º aniversario de dos fechas capitales en la vida de Miguel de Unamuno (1864-1936): la proclama del rector en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, parando la invectiva contra la inteligencia del legionario Millán Astray, y el deceso del filósofo vasco, que tuvo lugar tal día como hoy, en la soledad de su casa de la calle Cortadores de la misma ciudad. Unamuno moría desorientado, vigilado por quienes dirigían la ciudad en guerra, y su féretro fue sacado a hombros por falangistas de uniforme -entre ellos el tenor Fleta-, apropiándose de la figura de aquel hombre que había sido nombrado apenas unos años antes Ciudadano mayor de la República. Los republicanos, entre éstos su querido yerno el poeta José María Quiroga, lloraban su muerte al otro lado. Antonio Machado, que lo tenía muy claro, proclamó por escrito su confianza en la dignidad moral -no hay otra- de Miguel de Unamuno y Jugo, el de las Siete Calles, que diría Gabriel Aresti.

Un féretro en el que iban muchos Unamuno, y un solo Unamuno a la vez: aquel hombre de pensamiento que vivió toda su vida desgastando energías para sofocar su angustia existencial, que nada tenía que ver con lo que se entiende vulgarmente. Para Unamuno, el tiempo, el valor de la conciencia, la defensa del yo individual frente a toda imposición dogmática, fue norma, elección y conducta. Si no, no se puede explicar que prácticamente él solo -y con el silencio cómplice de muchos intelectuales con el dictador Primo de Rivera- pasara seis años de exilio en Hendaya. En ese tiempo, maldijo y denunció la quiebra del sistema político corrupto de España, aplicando, tanto a la conducta del rey como al dictador, ambos especialistas en la juerga y la irresponsabilidad, todo tipo de calificativos, que nadie se atrevía entonces a pronunciar, con total irreverencia. Un repaso a la revista 'Hojas libres', editada y hecha con su amigo Eduardo Ortega y Gasset -el hermano, pero no confundir-, da fe de aquella lucha sin cuartel de Unamuno contra la dictadura de Primo de Rivera.

La regata del Bidasoa

Pero Unamuno no se estuvo quieto en Hendaya, por supuesto. Además de vivir y convivir, recibir visitas, atender a la familia, acompañar al policía que le seguía noche y día -por el cual Unamuno sentía verdadera compasión-, Unamuno escribió libros fundamentales. Sin el destierro de Unamuno, sin su actitud de resistencia, frente a todo y frente a todos, hoy no conoceríamos una parte fundamental de su obra poética, el Cancionero, escrito en Hendaya, libro que tanto explica su condición agónica, así como algunas páginas de entraña sobre los lugares más singulares del País Vasco Continental.

Unamuno se hospedó en el Hotel Broca de la ciudad francesa, donde recibió a muchos intelectuales y políticos, algunos de los cuales realizaron retratos del filósofo, como Bienabe Artía, o esculturas, como Victorio Macho. De Macho son los bustos de Salamanca y Bilbao, uno de ellos castigado por la sinrazón de los sinrazón, al enviar a la ría el busto de la plaza de Unamuno. Menos mal que el alcalde Azkuna lo repuso rápidamente con réplica. Lo que es evidente que quienes derribaron el busto de Unamuno no pudieron darse cuenta de algo que sólo Macho advirtió: «La cabeza de Unamuno hierve».

Aunque nada pueda preverse sobre el asiento que la obra de Unamuno tenga en el futuro (algunas tesis doctorales, biografías y más biografías, la Casa Unamuno de Salamanca, como inspiración de su memoria), lo cierto es que la visión del personaje deambula de modo reduccionista, y en ocasiones vulgar, al citarse muchas veces sin venir a cuento, dos de sus frases más sonoras: una, dignísima, que resume toda su conciencia de hombre, resuelto a no ceder jamás a los dictados del poder, que se produce en el acto público final de su vida, el 12 de octubre de 1936, cuando pronunció su sentencia moral más grande, ante las fauces de la bestia militar que gritaba «¡Muera la inteligencia!» Unamuno sentenció: «Venceréis, pero no convenceréis».

Los textos y el contexto en que tiene lugar ese incidente 'mortuorio' son públicos y se pueden leer en internet, aunque quizá quienes mejor los han recompuesto son el novelista e historiador Carlos Rojas, y el novelista Luciano González Egido, si bien éste se ha detenido a resaltar en los últimos años que Unamuno era un soberbio de cuidado, «un insoportable», ha dicho, desconociendo que el hecho de que fuera soberbio, si lo era, no es más que una consecuencia de su genialidad: los genios están en la soberbia del mundo, porque no se parecen a los demás mortales, sino que nos superan. Y Unamuno, evidentemente, era un genio.

Lo que sí fue Unamuno es profético, porque aquellos hombres que pedían la muerte de la inteligencia iban a ganar la Guerra Civil, y algunos de sus más conspicuos protectores ideológicos, como el obispo vasco Antonio Pildain, se encargarían de ayudar al régimen triunfante en la contienda para enterrar bien enterrado a Unamuno. La pastoral de Pildain contra el filósofo vasco en 1953 sigue siendo hoy pieza clave para entender el purgatorio que la obra de Unamuno habría de padecer tras 1939. Pildain le coronó como maestro de herejes, «máximo hereje español», decía el obispo de Canarias, y a buen seguro que esa calificación le hubiera gustado mucho a Unamuno. De hecho, las injerencias de Unamuno en la teología católica pusieron muy nerviosa a la jerarquía, que siempre veía en él a un molesto cristiano, que parecía que hablaba -y se entendía, sin intérpretes- con el Cristo de Velázquez con más propiedad y acierto que los clérigos oficiales. Pildain no hizo nada distinto a lo que repitió en 1964 el también obispo vasco Gúrpide, molesto al parecer por la conmemoración oficial promovida por el Ayuntamiento de Bilbao para celebrar el centenario del nacimiento de don Miguel. Ambos obispos no hicieron sino copiar los textos del también reverendo González Caminero, que era el ideólogo en la sombra contra Unamuno. Una verdadera manía.

«Valemos como ellos»

La segunda frase sonora de Unamuno es el «¡que inventen ellos!» Resulta que algunos intelectuales europeos, como el alemán Haeckel, el francés Anatole France (quien había escrito que «la suerte es el seudónimo que usa Dios cuando no quiere firmar»), y el belga Maeterlinck, entre otros muchos, habían publicado un escrito, denunciando los desmanes que se cometían en España y su retraso intelectual. A los intelectuales europeos les interesaba España muchísimo más que ahora. Azorín, que quiso llamarles la atención a esos tres monstruos de la cultura mundial, protestó por la injerencia en asuntos de la finca, e invitó a los intelectuales españoles a protestar. Unamuno, que era muy rápido, le escribió a Azorín -quien desprecia en un artículo de 'ABC' a muchos de esos grandes intelectuales-, un carta en la que dice el vasco: «Hora es de reaccionar, y decir que en no pocas cosas valemos tanto como ellos y aún más? Dicen que no tenemos espíritu científico. ¡Si tenemos otro?! Inventen ellos, y lo sabremos luego y lo aplicamos». Y añade Unamuno: «Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste». Ortega y Gasset montó una pirula, arremetiendo contra Unamuno, sin duda porque no leyó detenidamente esa frase, pues en ella Unamuno no descarta, y nunca mejor dicho, a Descartes. Reléase.

Mística y metafísica

Ni uno ni otro resaltaron lo fundamental: que los principales intelectuales de Europa estaban preocupados por España, cosa que hoy es impensable. Ortega creía que había que europeizar España, y Unamuno, que había que españolizar Europa, pero, como el propio Unamuno señala en 1911, en su texto 'Sobre la tumba de Joaquín Costa', creía que España no podía estar al margen del concierto de los pueblos cultos. Él mismo, que había traducido a la principal filosofía existencial al castellano, era un ejemplo de lo mismo. Eso no quería decir que negara a Europa, donde Unamuno vivió y tenía mucha aceptación. Es en ese trabajo donde aparece el «¡Que inventen ellos!» con exclamación. Unamuno invoca aquí el don literario y filosófico de los españoles, y celebra la mística, como la más grande 'metafísica a la española'. Dice el vasco que en Suiza no puede haber marinos, y que si Alemania nos da a Kant, España les da a Cervantes: «Harto hacemos con procurar enterarnos de lo suyo, que su ciencia y su metafísica fecundarán nuestra literatura, y ojalá nuestra literatura llegue a ser tal que fecunde su ciencia y su metafísica. Y he aquí el sentido de mi exclamación, algo paradójica -lo reconozco- ¡que inventen ellos!» Unamuno dudaba, sí, de la capacidad de los españoles para la ciencia, después de haber leído el libro de Menéndez Pelayo 'La ciencia española'. Aunque no dudó nunca del valor de la ciencia.

En 1912, en la conclusión de su libro 'Del Sentimiento trágico de la vida', vuelve sobre la cuestión y se enfrenta a aquellos que, aprovechando su frase, negaban a los españoles su capacidad científica. Tres años después, volverá a insistir que la cultura española no podrá desarrollarse si no es como parte de la cultura universal. Y hay más: en 1906, en su texto narrativo 'El pórtico del templo', Unamuno, que es el Ramón de la novela, escribe un diálogo entre los protagonistas que es un verdadero canto al valor de la ciencia.

Parece en todo caso que Unamuno no había leído por entonces a Claude Bernard, con el mismo fervor que Baroja, que consideraba a Bernard el guía ideológico de la ciencia en el mundo y norma del pensamiento de progreso. Baroja entendía que la ciencia era Dios, o, mejor dicho, que la Ciencia no podía entretenerse en negar la existencia de Dios, porque la Ciencia era el Dios mismo. Unamuno, en cambio, es un torbellino de dudas, y se pasó toda la vida meditando el asunto trascendente, para acabar, después de haber escrito 'La agonía del Cristianismo', rematando, en un poema, pocas horas antes de morir, con su invocación al Dios a quien llama Padre Eterno. El 31 de diciembre de 1936 moría aquel genio del pensamiento, que se pasó media vida resistiéndose a aceptar la muerte. No sabemos si en algún lugar sigue discutiendo. A buen seguro que se quedará solo.