Fábula en sol menor

Nacía el nuevo día en el bosque. Hacía sol y cada animal se afanaba en sus quehaceres rutinarios. Uno de ellos, la Liebre, correteaba bajo los frondosos árboles en busca de algún fruto con el que desayunarse. En un recodo de su senda se topó con la Zorra que también se buscaba su almuerzo mañanero, y se desearon los buenos días mutuamente.
 
     —Buenos días —dijo la Liebre.
     —Buenos días también para usted —contestó la Zorra.
—¿Cómo se levantó esta mañana? — preguntó la Liebre a la Zorra.
—Bastante bien, gracias — contestó la Zorra— ... ya se sabe que la vida en el bosque es siempre difícil. Me preguntaba si bajo estos arces habría algún topillo que me sirviera de frugal desayuno.
—Pues sí. Le comprendo. La vida se ha hecho aún más difícil y en el bosque ya nadie ayuda a nadie salvo la propia familia. Tengo que llevar algo de comer a mis tres lebratos que me esperan en la madriguera. Si no llego con algo tendré que oír sus lloros toda la mañana.
—Mi familia también me espera con hambre. Sacar adelante a la prole me cuesta Dios y ayuda en estos tiempos de acoso a nuestra especie. Cada vez que bajo al pueblo en busca de gallinas salgo con la cola pelada. Me tienden todo tipo de trampas y sólo en algún caso esporádico consigo mi objetivo. Ese día en casa, lo celebramos por todo lo alto. La carne de gallina no es un manjar que comamos de todos los días.
 
Un ruido puso en vilo los ojos de la Zorra y al mirar a la espesura que se movía, vio aparecer al Jabalí. Su paso era renqueante pues llevaba una herida en el cuarto trasero derecho.
 
—Buenos días – dijo la Zorra.
—Hola ¿qué tal está ? — preguntaba la Liebre mientras vigilaba la fronda de los árboles que les protegían de la alta mirada del Gavilán que en aquellos momentos sobrevolaba el bosque.
—Pues no tan malos porque yo también les deseo unos buenos días, claro está, en justa reciprocidad — contestó el Jabalí intentando no lagrimear por el escozor—. La vida continúa y hay que mirar hacia adelante.
—¿Cómo se hizo usted esa herida? — inquirió la Zorra con curiosidad en el tono y sobre todo en la mirada despierta.
—Ayer por la tarde fui perseguido por unos hombres y sus canes. En la larga carrera un hombre apostado en un desmonte, tras unos arbustos, disparó de manera certera sobre mí como ya habéis podido apreciar; temí por mi vida. Y para no perecer tuve que echarme al río para así borrar mi rastro y poder escapar de la jauría. Afortunadamente, la idea tuvo un final feliz como ya habéis podido apreciar. Y ahora, tras una mala noche ando caminando en busca de alimento, temiendo que la herida empeore y acabe con mi vida animal.
—Parece que ya no sangra ¿no? — apostilló la Liebre con una sonrisa dental.
—Sí, así parece ser. La verdad es que no me quiero mover mucho para que cese la hemorragia – mientras se echaba contra el tronco de un sauce muy ancho – y pueda proseguir mi vida tranquila de aquí para allá. La ley del bosque siempre ha sido dura incluso cuando estaba el gran guardabosques entre nosotros. Es más, habría muchos animales que colaborarían por verme aniquilado para siempre, ensartado en un gran pincho al calor achicharrante de la lumbre.
—Con gran pena, tengo que marcharme – dijo la Liebre repentinamente – con estos frutos que he cogido. Espero que se mejore, Jabalí. Hasta otro ocasión.
—Adiós, adiós – despidieron al unísono la Zorra y el Jabalí mientras la Liebre desaparecía entre la vegetación.
—Es impresionable la Liebre – dijo el Jabalí con la vista perdida en la espesura.
—Me huelo que sí – asintió la Zorra —. Nadie quiere presenciar el dolor. Al verte ha pensado que mañana podría ser ella. Vamos que se ha aplicado aquella máxima de “cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar·.
—Sí, su velocidad le va salvando hasta que un día... Además del propio vértigo de esta vida, vamos siempre corriendo de un lado a otro para no llegar a ninguna parte... Sin tiempo para reflexionar ni contemplar. Porque vamos a ver : si no disfrutas la vida mientras la tienes ¿de qué te sirve?
—Pues es verdad – contestó la Zorra – todo el día de un lugar a otro dando vueltas por el bosque para que detrás aparezca un ave rapaz caída del cielo y acabe con tu vida y con el futuro de tu prole.
 
Mientras hablaban la Zorra y el Jabalí, el Gavilán avizoraba desde el cielo; la película de todo lo que transcurría llenaba la retina de sus ojos. No eran presa de su gusto y, por ello, no los tomaba en cuenta. Cerca de allí volaba también la Cigüeña y al verles conversando quiso también compartir tertulia con ellos.
—Buenos días – dijo la Zorra cálidamente al ver aterrizar a la Cigüeña.
—Buenos días, Cigüeña – dijo también el Jabalí con su voz grave y algo quejumbrosa.
—Buenos días tengan ustedes— dijo la Cigüeña —. Veía desde el aire su diálogo y me dije : qué forma tan buena de empezar el día conversando con mis hermanos del bosque.
—Es lo que comentábamos con la Liebre, que se acaba de marchar : uno debe saber disfrutar de los momentos y dejar de un lado la subsistencia, que también requiere de grandes esfuerzos.
—La verdad que es importante siempre que no se tengan otros contratiempos – dijo el Jabalí mientras se miraba el cuarto trasero lastimado.
—Lo que es yo siempre sobrevuelo muy de mañana la laguna para disfrutar de ese enorme espejo y encontrar a alguien con quien conversar – añadió la Cigüeña. Normalmente está desierta porque son pocos los animales que madrugan. Pero sí suelo charlar con otras compañeras de especie acerca de cómo va la vida en el bosque. Nuestras alas nos dan una perspectiva interesante de lo que acontece y casi diría que nos ha hecho chismosas. Como que buscamos las gusanas en la vida de cada animal de la misma forma que lo hacemos en las orillas del río.
 
Y en éstas se encontraban la Cigüeña, la Zorra y el Jabalí cuando se hizo el silencio que antecede a un suceso grave. Apareció el Lobo en el calvero por entre unos arbustos altos y dijo :
 
—Buenos días a todos, ¿podría participar en su tertulia? Ah, se me olvidaba decir que ya he desayunado.
 
La Cigüeña aleteó hasta la rama de un árbol cercano mientras contestaba afirmativamente. La Zorra intentó disimular su cara de susto y contestó de igual forma visiblemente agitada. El Jabalí ni se movió de su sitio e inmutable se dignó a aceptar al Lobo en el grupo. Sabía que el olor a sangre había atraído al Lobo y por ello no tenía mucha fe en el recién llegado. El Lobo, sonriendo como aquel que cree tener todos los ases en la manga, se acercó despacito para no dar motivos de sospecha. Además se quedó a unas cuantas zancadas del grupo.
 
   —Pues estábamos hablando sobre la vida que llevamos en el bosque — acertó a decir la Zorra que para ese momento se había alejado unos pasos del grupo y se apoyaba en la raíz de un árbol tomando como parapeto otra.
   —Sí ... la vida es terrible — apuntaba la Cigüeña ahora encaramada en una rama.
   —Coincidimos en la opinión —aseveró el Lobo con cierto destello en sus ojos profundamente oscuros— pero la vida siempre ha sido complicada en el bosque. El secreto es hacerse fuerte a medida que uno vive.
   —Eso lo puede decir usted que tiene supremacía en estos parajes que compartimos —dijo el Jabalí, semirecostado en un arce algo aliviado del dolor—. Pero los animales que tememos por nuestra vida cada minuto de la existencia quizá creamos que hacerse fuerte no es tan sencillo.
   —Eso es lo que pienso yo que para hacerme con una gallina sin perder la vida hago equilibrios una noche sí y otra también  —sacó a colación la Zorra.
   —Estáis hablando ahora conmigo y no tenéis nada que temer ¿no es verdad? —salió el Lobo por peteneras.
   —En fin, usted Lobo no puede comprender la angustia que recorre nuestro corazón y nos deja muchas veces sin resuello — sentenció la Cigüeña.
En ese momento el Lobo dio un paso a cámara lenta que no obstante hizo dar un respingo a los animales allí reunidos; los ojos del Lobo brillaron entonces con un fulgor salvaje.
   —Comprendo toda vuestra angustia —mientras iba subiendo el tono de voz progresivamente— y eso me enfervoriza cada vez que... —dijo sin terminar la frase el Lobo, un poco antes de lanzarse hacia el más desvalido del grupo, el Jabalí.
La Zorra y la Cigüeña, que se temían lo peor, actuaron según les dictaba su instinto. Huyeron sin mirar atrás. El Jabalí, que no estaba en plenas facultades, optó por incorporarse, erguir la cabeza y tratar de hacer frente a las dentelladas del Lobo. La providencia estaba del lado del débil aquella mañana pues cuando el Lobo iba a arrebatar la vida al berraco, sucedió algo fuera de toda imaginación : a escasa distancia del Jabalí —en el espacio que mediaba entre él mismo y el Lobo — y sin haberse dado cuenta, había un cepo que algún cazador había colocado. Y hete aquí que el Lobo metió su garra en el sitio exacto para quedar trabado y, preso del dolor provocado por el metal clavado ahora en su pata, cejó en su ataque y comenzó a aullar.
El Jabalí, recuperado del susto y sin mirar hacia atrás, comenzó a trotar en medio del sol y el frescor de la mañana. Estaba solo y no se oían ladridos de perros. Tampoco los aullidos del dolor del Lobo le impresionaron y se fueron haciendo más distantes a medida que se alejaba. Era una mañana soleada, ideal para refocilarse en la charca que había al otro lado de la colina. Hambriento de vida, se dirigió hacia allí habiendo olvidado casi por completo el dolor en su jamón derecho.
 
Moraleja : “Considera sin cesar cuántos médicos han muerto después de haber fruncido el ceño repetidas veces sobre sus enfermos; cuántos astrólogos, después de haber vaticinado, como hecho importante, la muerte de otros; cuántos filósofos, después de haber sostenido innumerables discusiones sobre la muerte o la inmortalidad; cuántos jefes, después de haber dado muerte a muchos; cuántos tiranos, tras haber abusado, como si fueran inmortales, con tremenda arrogancia, de su poder sobre vidas ajenas, y cuántas ciudades enteras, por así decirlo, han muerto: Hélice, Pompeya, Herculano y otras incontables. Remóntate también, uno tras otro, a todos cuantos has conocido. Éste, después de haber tributado los honores fúnebres a aquél, fue sepultado seguidamente por otro; y así sucesivamente. Y todo en poco tiempo. En suma, examina siempre las cosas humanas como efímeras y carentes de valor: ayer, una moquita; mañana, momia o ceniza. Por tanto, recorre este pequeñísimo lapso de tiempo obediente a la naturaleza y acaba tu vida alegremente, como la aceituna que, llegada a la sazón, caería elogiando a la tierra que la llevó a la vida y dando gracias al árbol que la produjo “
Para quien estas palabras de un viejo amigo mío no sean de su gusto, simplemente le parezcan rimbombantes o fuera de tono, valga una máxima más sencilla : “Al acabar la partida, el Rey y el Peón van al mismo cajón”.

 

 

El maestresala