Diarios (2004-2007)

La vida reposada
 

Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) era hasta el año pasado, cuando publicó el primer volumen de sus diarios, un completo desconocido (a nivel nacional) en el mundo de las letras españolas. Es cierto, no obstante, que hubo de ejercer de crítico para el periódico vasco El Correo hace ya bastantes años, y lo venía haciendo de manera esporádica –y ya al final en pocas intermitencias- en los últimos años.

Tal anonimato, al menos para los que no vivimos en Euskadi, ha resultado magnífico, pues su obra se puede leer como la de un autor contemporáneo, pero no actual, en el sentido de tratarse de una escritura póstuma, o sea, que ha quedado ya en un tiempo ligeramente pretérito, es decir, que se trata de una escritura que por su –(a)temporalidad de aliento clasicista (en el sentido anacrónico y aristocrático) - no nos interpela, sino que nos comunica, distiende y cuenta. Y es que esa es una de sus grandes virtudes, que a pesar de que se incluyan referencias a Internet, los blogs, y algún suceso relevante de los últimos años, los hechos resultan apenas una excusa para lo que se nos cuenta, son incluso superfluos, decorativos. Pues lo interesante está en ese decir las cosas de Iñaki Uriarte, en su ethos particular.

Se trata del diario de “un rentista” (p. 77), un hombre que se construye bajo las leyes de “algo así como una coquetería ética” (p. 101), espoleado por las lecturas de un mal estudiante, conseguidas gracias al impulso de una “curiosidad errática (p. 98). Un “autodidacta bastante vago y arbitrario” (p. 99), así es cómo se nos define Uriarte. Un hombre que confiesa que le falta “sentido épico, o trágico, o lírico” (p. 91) y que, por así decir, va tirando, vacilando vivamente entre las opiniones de un hombre de letras y las de un hombre de mundo.

Es Uriarte un diarista para el que “escribir es como descomprimir un archivo zip” (p. 60). Ficheros de no demasiado peso, también ha de decirse, pues las anotaciones son más bien gráciles, breves, de una sola línea en ocasiones y, excepcionalmente, expandidas en unos pocos párrafos, nunca demasiado como para resultar cargantes. Aunque las anotaciones no vienen nunca fechadas, en algunas ocasiones se nos indica el día de la semana o se nos dan algunas claves temporales para la interpretación de ciertas secuencias.

En las páginas vemos a un diarista que duda, que pone de manifiesto que “no está claro por qué o para qué escribo estas páginas” (p. 83); el impulso para la escritura de estos textos, sin embargo, sí parece indubitable y es el que “un día miré para atrás y vi que no me acordaba de nada y desde entonces decidí guardar algo” (p. 84). Así, asistimos al diario de un hombre que se encuentra en un momento de su vida “en que no [tiene] certeza ni de [sus] certezas” (p. 83) y que cree de sí mismo que “soy una persona en general más buena que mala” (p. 65).

En su ir dudando, pensando y repensando las cosas, Uriarte va intercalando apreciaciones sobre sus lecturas presentes o pasadas, y así nos habla de de Thoreau, de Emerson, quien le parece “confuso y contradictorio” (p. 74), de Montaigne, de Spinoza, de Petrarca, quien “inventó el montañismo” (p. 73), de Heine, Ferlosio, Schopenhauer, Scott Fitzgerald, de Cervantes y el Quijote, Kierkegaard, Voltaire, Kant, Jaime Gil de Biedma, de Valéry o Borges y de Cioran, sobre el que opina que “no es tan original como se cree” (p. 40). Y de otros muchos, muchos más.

Pero, “haber leído mucho es, en parte, un desastre” (p. 58), nos confiesa. Y, por ello, el autor –como para descordar la (posible) gravedad- se da a la ligereza de contar los grados de separación que median entre él y Joyce, Proust, Kafka o Hemingway (pp. 51 & 52).

Y es que el diarista entonces, se sabe necesitado de prosaísmo, y se da a “lo que [él] mismo acept[a] calificar como de inanidad, frivolidad o insustancialidad” (p. 61). Uriarte nos cuenta entonces diversos acontecimientos, entre ellos, el encuentro con la mujer de “un tipo soso, del que no recuerdo nada” (p. 31), Letizia, una “presentadora de televisión en una cadena de pago, muy atractiva y charlatana” (p. 31), y que acabará siendo reina de España. También nos habla de sus viajes, de cómo “una semana lejos de España es un reconstituyente de primera” (p. 57). Y de sus vacaciones en Benidorm, en cuyas playas es capaz de alcanzar cinco o seis veces cada verano “el grado cero de la existencia” (p. 119).

Entretanto, asistimos a ciertos momentos de desencanto: “No estoy muy seguro de que me siga gustando la literatura” (p. 47); o acaso nos muestra su incredulidad, rechazo y pesadumbre (de una sola vez) al respecto de la vejez: “a partir de cierta edad la gente empieza a tener teorías sobre todo” (p. 43), “los viejos no vemos bien lo que pasa ahora –nos dice- “’en mis tiempos…’ resuena en el fondo de todo lo que decimos” (p. 133) y será porque con la edad “creo que te haces menos flexible y más raro e intolerante” (p. 71). Da cuenta de cómo en la infancia creyó “tener vocación de cura” (p. 179) y nos hace partícipes de su falta de amor por la política, al ver cómo muchos de sus compañeros de izquierda se han pasado velozmente hacia posiciones muy cercanas a la derecha.

Por ello, la gracia de este diario motivado “por la descripción y expresión de la individualidad” (p. 121) está en ese balancearse entre la seriedad del prurito y la comedia del apunte vitriólico. Y así, en su sinceridad halla Uriarte su expiación. Nos confiesa que le gustaría “ser más inteligente” (p. 86) o que se siente “envidioso de no ser más moderno” (p. 97) e igualmente se exculpa por lo redactado diciendo que “a veces no soy como el que escribe estas páginas. Incluso me produce extrañeza su autor” (p. 136). Ni siquiera tiene reparos en declarar que “le h[a] cogido un poco de manía al euskera” (p. 141) o de escribir que “[Bernardo Atxaga] sabe que no aprecio demasiado su obra” (p. 140).

Sus aforismos demuestran a las claras la profundidad del pensamiento cortado (a la manera levreriana) con la perspicacia ingeniosa de la pulla. Un ejemplo:

“esencia del pensamiento conservador: creer en las élites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que tú eres una de ellas” (p. 86).

O acaso este otro: “justificación de la envidia: no es infrecuente que las personas a las que sucede algo bueno se pongan insoportables” (p. 41).

También tiene tiempo Uriarte para contarnos un par de sueños que le inquietan un día determinado, sus lecturas de la prensa, su estado médico, de su gato Borges, de lo que significaron para él los años 80: “una única y estancada noche de borrachera, de excitación y monotonía a un tiempo. Una década sin apenas luz diurna […] años de depresión” (p. 55). También de las cenas de Navidad familiares, de su hermano Antón, quien dice que el cambio climático “es un cuento de ecologistas y los medios de comunicación, un gran mito moderno” (p. 85), de cómo concibió con unos amigos “el proyecto de colocar una bomba a la puerta de un banco español en París” (p. 147). Nos habla sobre su estadía en la cárcel como preso político bajo la represión franquista o de la pensión familiar de sus abuelos en nueva York, la pensión Cantolla “un sitio espléndido, con un ambientazo de primera y al que ahora mismo iría a pasar una temporada” (p. 126) o de cómo Internet ha procurado en la mente contemporánea un fuerte sentido del escepticismo.

En resumen: (pseudo)teorías, percepciones, ocurrencias y apuntes: vivencias escritas “con el propósito de valer[se] de la experiencia en el futuro” (p. 81).

Un diario fructífero, pues, no solo para quien lo ha escrito sino para el lector, que descubre una vida desconocida, que le deleita e instruye sobre los pareces de una personalidad singular, instalada en una época ida y en un lugar lejano, pero que ya son como si –un poquito, al menos- fueran nuestros.

 

J. S. Monfort

«Bastantes tostones me he tragado como para soltar ahora yo uno»

Las palmaditas en la espalda de tres amigos de Bilbao y de un poco impresionable crítico avilesino animaron a un reacio Iñaki Uriarte a publicar el año pasado el primer volumen de sus diarios. Se trataba de unas notas íntimas, escritas para nadie, como si el autor «hablara solo». Aquel libro previsiblemente minoritario no tardó en vender su primera edición y obtener un unánime respaldo crítico. Los diarios de Uriarte fueron uno de los fenómenos más felices de la pasada temporada. Pepitas de Calabaza publica ahora su continuación: 'Diarios, segundo volumen: 2004-2007'.

- Después de lo bien que fue el primer libro, ¿publica este segundo con mayor convencimiento?

- Bueno, con cierta esperanza de que a los que les gustó el primero les guste también éste. Tal vez falten ahora algunos elementos de sorpresa que había en el primero, pero creo que el tono es el mismo. Al fin y al cabo, completan los nueve años que escribí sin la menor intención de publicar.

- La publicación de aquellas notas tuvo repercusiones inesperadas. Le llevó a Estados Unidos y su nombre aparece incluido en la reciente 'Historia de la Literatura' de Gracia y Ródenas.

- Dos sorpresas enormes y muy agradables. Cuando recibí el e-mail del Instituto Cervantes de Nueva York le escribí a Eduardo Lago, su director, para preguntarle si no se había equivocado. En la Universidad de Brown, le di el libro a Domingo Ródenas, que asistió a la charla que ofrecimos Kirmen Uribe y yo. Le gustó mucho, se lo pasó a Jordi Gracia, que se entusiasmó, y me incluyeron en esa 'Historia...'. Supongo que, de todo el libro, soy el autor citado con menos líneas publicadas. Cuando Domingo Ródenas me dijo que iban a incluir una mención a mis diarios me quedé estupefacto.

- Jordi Gracia sitúa sus diarios entre los moralistas franceses y «un Pla socarrón y vividor». ¿Le agrada la compañía?

- Claro. A los moralistas franceses los leo habitualmente. Aunque alguno, La Rochefoucauld, por ejemplo, me parezca demasiado amargo, o agrio. De todas formas, mi gran autor francés es Montaigne, más templado y alegre que los moralistas. Y que no intentaba dar lecciones. «Yo no enseño, yo cuento», dijo. Pla me encanta y me provoca una sonrisa constante. No creo que haya muchos libros en la literatura española del siglo XX más perdurables que su 'Cuaderno gris'. Dicen que las principales cualidades de su estilo son la sencillez, la ironía y la claridad. Yo trato de imitarlo en eso, aunque la ironía es algo que no se puede imitar, claro, te sale o no.

- Su estilo es limpio y antirretórico. Suele decirles a sus amigos escritores que usted no sabe 'escribir'. ¿Lleva mucho trabajo hacerlo sencillo?

- Es que es verdad eso de que no sé escribir, si me comparo con ellos. Yo no tengo ese don del lenguaje que tienen los buenos escritores. Por eso escribo tan corto y sencillo. A un buen escritor le das un tema, la primavera, o un cenicero, por ejemplo, y te escriben en media hora un buen folio. Yo no sé hacer eso. Yo escribo una página y me sale como un cristal un poco sucio. Luego lo froto y lo froto, procurando que quede limpio. Y respecto a si me lleva mucho trabajo, yo no lo llamaría trabajo. Cualquiera que haya limpiado alguna vez una ventana de su casa sabe lo gratificante que es.

- Sus ideas sobre la política, el mundo del dinero o la deriva ideológica de su generación están entre el pequeño libertario y el tercero excluido. ¿Siempre en dirección contraria?

- No sé si en dirección contraria, pero sí trato de que sea la mía. Si no, ¿para qué escribir un diario? De política hablo poco. Es lo que más viejo se queda al leerlo al año siguiente. Pero algo sí digo, claro, porque es de lo que estamos hablando todo el día. Eso de «pequeño libertario» me gusta, me recuerda a aquello que la policía franquista le puso en la ficha a Fernando Savater cuando lo detuvieron: «anarquista moderado».

- ¿Y la evolución ideológica de su generación?

- Allá cada cual. No me gusta mucho el término de generación. Me remito a una entrada del diario donde cuento que mi madre, a sus 90 años, me dijo un día: «Por fin ahora entiendo algo que cuando me lo decían antes no lo creía. Me señalaban a una señora mayor muy fea y me decían: Esa, de joven, fue guapísima».

- Consigue decir semejantes cosas en un tono infrecuente por aquí: contundente, pero poco agresivo.

- La primera versión de algunas de las cosas que escribo es muchas veces más pendenciera. Pero luego se me pasa. También para eso sirve llevar un diario, para aliviar los cabreos.

- Aun así, hay en los diarios algún que otro retrato bastante irónico. ¿Algún enfado?

- El único enfado que me ha llegado es el de alguien a quien yo creía haber puesto muy bien.

- Dice José Manuel Benítez Ariza que la dificultad de llevar un diario estriba en avanzar «sobre la falsilla de lo ya escrito».

- Una vez me di cuenta de que había escrito un párrafo exactamente igual a otro del mes anterior. Cada uno tiene sus obsesiones y sus manías, que se repiten al escribir un diario. Y luego está el personaje que va saliendo de ahí, y que no soy exactamente yo, pero es el que sigue escribiendo. Luego, al releerme, lo que tengo es una especie de eso que llaman experiencia astral. Me veo desde fuera, con cierta familiaridad y también con cierta extrañeza, soy yo y no soy yo.

Versión de sí mismo

- ¿Ese personaje es una versión favorecedora de usted mismo?

- Sí. Me saco favorecido en los papeles. Aunque tampoco sabes nunca exactamente qué es lo que te favorece o no te favorece. Hay una entrada en este segundo volumen en que menciono los atuendos increíbles que se ponen las mujeres en las bodas. Y todas ellas salen de casa creyendo que están más guapas de lo habitual.

- Sus diarios son breves. Cada volumen abarca cuatro o cinco años y no llegan a las doscientas páginas.

- Eso es una cortesía para el lector. Bastantes tostones me he tragado en la vida como para andar soltando ahora uno yo. Y también es una especie de truco. El novelista americano Elmore Leonard dice. «Lo que pienso que el lector se va a saltar, lo quito». Yo trato de hacer lo mismo.

- Desecha dos terceras partes de lo que escribe.

- Bueno, es que parte de lo que apunto no son más que citas de libros o artículos. O desahogos del día a día que, leídos un poco más tarde, no vale la pena tener en cuenta.

- Desde hace un año sabe que ahí afuera hay lectores que esperan leer sus notas. ¿Afecta eso a su escritura?

- No lo sé. No he releído nada de lo que he apuntado desde que salió el primer libro. Ha sido poco, y supongo que una buena parte tonterías relacionadas precisamente con la publicación de aquel libro. Es posible que publicar me haya atontado un poco. Por lo menos, me ha metido en un lío para seguir con el diario.

- ¿Y publicar le divierte? ¿Habrá tercer volumen?

- Me altera, y no siempre para bien. Yo no tenía intención de publicar. Llegué a ello casi por casualidad. Y para mí ha sido una experiencia buena, pero también desasosegante. Aquello de la experiencia astral que he dicho antes, se multiplica. Cualquier comentario sobre mi libro y su autor me parece que se refiere a otra persona. Y no sé si habrá tercer volumen. Por lo menos hasta que pase bastante tiempo.

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

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